BALCONES
DE GRACIA
Manuel Requena. Octubre 2011
Corrigiendo pág. 92
BALCONES DE GRACIA
PRESENTACIÓN Y
MOTIVACIÓN DE ESTE LIBRO.
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“El rezo diario del Santo Rosario, se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (¡duc in altum!), y en su Palabra extender sus redes. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor… El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones… y en él siempre he encontrado tanto consuelo…! Dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad… Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana». Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica “Novo millenio ineunte” como verdadera y propia ‘pedagogía de la santidad’: «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración»… El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano… No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicado en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación… El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17). El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración ‘incesante’… En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.
El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto ‘color’ espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico… El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21). En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el Rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido.( DE LA CARTA “ROSARIUN VIRGINIS” DE JUAN PABLO II.-)

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INTRODUCCIÓN

Orar, desde el grado más simple del rezo vocal hasta el más complejo y pleno del silencio activo, desde la lejanía del criterio propio hasta la cercanía de la unidad del corazón en Dios, desde la sima de la carne hasta la cumbre siempre desconocida y nueva de la contemplación en el Espíritu, es la gran aventura de la raza humana, esencia de su historia en todas las latitudes y culturas de la tierra. Castillos, pirámides, desiertos, selvas, dragones, héroes, grandes sabios y grandes malvados, milagros y gestas titánicas que buscan el amor como la cumbre conquistable de un deseo con su poder e inercia poseyente, incluyendo lo más excelso del hombre, que pudiera ser quizás la enorme proeza cotidiana de las vidas humildes y sencillas, para tan solo vivir y relacionarse con los que aman. Todas esas experiencias heroicas de la humanidad están presentes en la oración de siempre, y todas conllevan una mirada al cielo con una súplica al dueño de la vida. El que ora se interna en la realidad mistérica del hombre que busca luz y paz con su entorno, vinculando su vida, si la oración es sincera, al resultado del encuentro con alguna estrella que lo guíe en esa noche que envuelve el pensamiento humano y su doble sentido hacia lo físico y lo metafísico. En el testimonio de la Sagrada Escritura, desde el Génesis al Apocalipsis, entrar en la aventura de la oración no es ‘conocer’ lo que ‘pasa’ o sucede, como si fuese un dato histórico-científico o una noticia de última hora, sino introducirse en lo que ‘no pasa’, en lo eterno y válido de siempre para nosotros, como lo fue para Abrahán, para Moisés, para David, para todos los profetas, para los Apóstoles, los santos y santas de la Iglesia Católica, de todas las iglesias, y de todas las religiones. Orar es aventurarse en el camino de todos los “hombres de buena voluntad”, que levantan sus ojos al cielo interior, a veces sin saber siquiera que oran. La oración simple es el estado de la conciencia abierta a la Palabra eterna, recogiendo la vida que gotea de ella como si fuera un alambique de esencias. Esa conciencia orante guarda y procesa la Palabra aventurándose con ella como guía y camino en el universo de la fe, y haciendo de ella el combustible vehicular de un viaje alucinante hacia el encuentro con Dios.

He querido hacer en este libro un pequeño aporte a los aventureros de la oración, los que no solo oran, sino que gozan orando y aceptan convertirse con esta forma de oración y vida, en piadosos rezadores del Rosario, gustadores enamorados del “recuerdo permanente” de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado de entre los muertos”(2Tim. 2,8), subido al cielo y con su señorío, vivo entre nosotros por el Espíritu. Es un libro que nace menos del estudio reflexivo que de la piedad impulsiva hacia la experiencia de Dios, esa virtud que hoy nos huele un poco a naftalina e incienso, y que parece conllevar el fru-fru de los negros trajes femeninos hasta los tobillos de monjas y señoronas ‘piadosas’ en pasados siglos, o el olor a cera entre capas pluviales y casullas bordadas en oro de arciprestes, deanes, monseñores y demás estamentos jerárquicos. He intentado sacar la piedad cristiana de los arcones de las cosas viejas, y no para ponerla en un museo, sino para vivirla en la novedad que conlleva en sí misma, como eco de la misericordia divina que la inspira, y que en el hombre se transforma en humildad piadosa, con la fuerza de las cosas sencillas que regala el Espíritu Santo.

El ambiente de esa piedad –sin tener aún noticia de la presencia y amparo en la oración de María de Nazaret, Reina y Madre de la Piedad, pero ya presintiéndola-, lo expresa perfectamente el salmo 130: Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis labios altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; por eso acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su Madre. Espere así Israel al Señor, ahora y siempre”. Ese es el ambiente que requiere la conciencia para vivir en la oración sencilla, y el que Jesús consagró por su mandato:”Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Seguro que su corazón de hombre lo aprendió siendo niño, en brazos de su Madre. Y en esa conciencia he querido hacer un homenaje a los que hoy aún creen y oran en el “ardor del corazón”, -usando la expresión de los dos caminantes a Emaús-, que se produce y se siente al repasar “las cosas de Jesús” en la memoria viva de la Escritura, la gran obra del Espíritu en el alma: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él mismo os enseñará todas las cosas (mías), y os hará recordar todo lo que yo os he dicho…” (Jn 14,26). Ese recuerdo asiduo y vivo en el que se pronuncian los nombres de Jesús y de María su Madre, sobre la realidad permanente de “sus cosas” que ella guardaba en su corazón, se reproduce en el rezo continuo del Rosario, cuya consecuencia casi inmediata la expresa Juan en el versículo siguiente, al recordar en el Espíritu las cosas de Jesús: “Así os dejo mi paz. Así os doy mi k Romano el día 7 de Octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario: “La Palabra hizo carne y ha acampado ya entre nosotros… Por la fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, en nuestro pensamiento, y desciende hasta la imaginación… el incomprensible, el inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano, ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia. ¿De qué modo? Te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de una cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo de los cielos, ¿hay algo de esto que o sea objeto de una verdadera piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios, y a través de todas ellas llegó a mi Dios. A esa meditación la llamo Sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo, y la derrama abundantemente sobre nosotros”. Será difícil encontrar una descripción más completa y exacta del fenómeno espiritual que se produce en el rezo meditativo del Rosario.

PRIMERA PARTE

I.- ENUNCIADO DE LOS MISTERIOS.

En la ciudad de Dios, que es oración, hay una casa grande solariega, como un castillo que corona, acoge y protege el mundo de las gentes sencillas que rezan el Rosario con María. Sus misterios son como estancias de honor y de gloria, de alegría y de llanto, de silencio y contemplación, de intimidad fecunda, de conocimiento personal y gracia, guarnecidos con una fosa de agua pura recogida de un río de Palabra de Luz, que es Evangelio. Tiene sus almenas edificadas en fe, para contemplar desde ellas los misterios de Dios revelados en su Hijo único, Jesús de Nazaret, visto con los ojos del corazón consagrado de su Madre, María, y admirado por todos los que han tenido el privilegio de ser llamados. Te invito amigo lector y orante, a entrar juntos y recorrer estancias, patios y murallas, para asomarnos desde sus balcones de gracia a la plaza y las calles de la historia sagrada que se contempla en plenitud desde ellos. La oración sencilla del Rosario con María, Reina y Señora de esa mansión, es un observatorio vivo y privilegiado sobre la vida de Dios en relación al hombre, manifestado a su pueblo la Iglesia, en Jesús de Nazaret.

Sin adornos de figuras de imaginación, el auténtico castillo, palacio y morada, es la conciencia piadosa que se abre a la experiencia de Dios. El ejemplo más vivo de esa conciencia abierta es la misma Sagrada Escritura que, forjada, realizada y transmitida por hombres abiertos a la luz de lo alto, empapados del rocío de Dios, se hacen testigos de la interacción de esas dos realidades: Dios y hombre, vida y muerte, luz y tiniebla, silencio y Palabra. Ese es el único y gran misterio del Santo Rosario: la Palabra de Dios que se hace vida en la persona orante. Codificada en la conciencia de los profetas, apóstoles y evangelistas, nos llega esa Palabra en forma escrita y traducida a nuestro idioma, para que nosotros, en la meditación de cada hecho misterioso, decodifiquemos la esencia que da vida y alimenta: el mismo Verbo de Dios hecho carne y vuelto de nuevo con nuestra carne a ser Palabra que traduce y alaba al Padre para siempre. Este libro, que intenta seducir e incitar a la oración-contemplación continua, tiene por toda base la Palabra, y una humilde experiencia de oración sobre ella. Cada día podemos descubrir con más agrado al rezar el Rosario, que el orden y modo de recordar las “cosas de Jesús” en los ‘Misterios’, como lo hacía en su corazón María, la Madre, los puede, y casi mejor decir los debe estructurar cada uno de los que rezan, sobre la inmensidad oceánica de las Sagradas Escrituras que proclaman la vida y obra del Cristo Salvador, porque en ese orden y modo de recordar su vida, se manifiesta el don personal de la gracia. Todo el que entra en la mansión y fortaleza de la oración sencilla, puede elegir lo que tiene que contemplar cada día para su gozo y alimento, como elige lo más necesario y adecuado para su nutrición corporal.

Para correr por el camino de la oración constante, reviviendo en la memoria la revelación de Dios como Palabra, bajo la tutela de la experta en el ‘recuerdo vivo del corazón’ que es María, propongo empezar la contemplación de los Misterios, no en el anuncio angélico de la Encarnación del Verbo como un niño en su vientre, sino, aunque sea a grandes rasgos, en la preparación que hizo el Espíritu a lo largo de toda la Historia de Salvación desde Adán a Cristo, pasando por la Ley, el templo y los profetas que el pueblo de Israel llevaba dentro de sí. El Verbo de Dios está siempre en el seno eterno de la gloria del Padre porque es el Hijo eterno del Dios eterno, y de allí, enviado y ungido, sale hacia su creatura para llevarla a la gloria que Él mismo tiene desde antes de la creación del cosmos. Así lo percibió S. Juan, y lo escribió puesto en boca del mismo Jesús antes de irse: “Ahora glorifícame tú Padre junto a ti, con la gloria que tenía en ti antes de la creación del mundo”(Jn 17, 5). Ese camino de gloria a gloria, será el trayecto a recorrer en la oración que se hace conocimiento y unión permanente en el recuerdo vivo de la acción de gracias, de la eucaristía interior y plena. Cuando llegó la hora de la plenitud o madurez del tiempo y del espacio, en el viejo cosmos se abrió una puerta al universo nuevo de presencia interior, donde la vida de Jesús resucitado surge como fuente de luz, ya sin espacio ni tiempo, en el lugar que llamamos alma. La última etapa del camino de la creación, comienza en el Sí, quiero, “hágase en mí” de María, que se reproduce y crece con el “yo también quiero” de cada uno de nosotros. El Verbo, Esposo y Rey, está cerca, se hace presente en la piedad como experiencia histórica del pueblo de Dios, y en la experiencia de cada uno de sus miembros por la oración constante, se constituye en el Reino de Dios hoy entre nosotros.

Dios es “el Misterioso”, según se reveló a Manoaj, padre de Sansón (Jc 13,18), y aún hoy se sigue revelando así en los hechos del Rosario que llamamos “Misterios”, con todo el sentido religioso del vocablo. Son como el ‘agua viva del Espíritu’, o como la cimbra que alimenta una fuente; no se ve, pero recoge el agua que luego se manifiesta en su salida. Esa cimbra se alimenta en el silencio sagrado, una bóveda interior que en lo oculto, en el sigilo del simple conocimiento que brota del recuerdo afectivo, va recogiendo el agua que “llueve de lo alto” y brota luego convertida en fuente al servicio del hombre, en la palabra y el ardor del corazón que ora, en la misericordia y el amor. El silencio era como el ambiente interior del Arca de la Presencia en el templo, y María es el Arca de la Nueva Alianza de Dios entre los hombres, en cuyo interior piadoso se hizo carne la Palabra. Su silencio es pura presencia, como nuestros Sagrarios. En verdad Dios no tiene silencio, pero nosotros, al tener los oídos taponados, no escuchamos su voz y pensamos que se ha callado. El salmista lo canta así: “El día, al día le pasa el mensaje, la noche, a la noche se lo susurra. Sin que hablen sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, hasta los límites del orbe su lenguaje”. Así el encuentro con Jesús, tanto aquellos que lo vieron físicamente hecho un hombre entre ellos, como los que lo abrazamos en la interioridad del recuerdo vivo, resucitado y sentado a la derecha del Padre, tenemos que contar con la riqueza de sus ‘silencios’. Son el preámbulo seguro de un nuevo brote del Espíritu que lo hace visible, audible y creíble en nosotros, por la virtud que fundamenta este modo de orar, que es la piedad.
La estructura de este libro la he tomado de Proverbios 9,1-6, que parece incitar al rezo del Rosario: “La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad:”Si alguno es simple, véngase acá.”Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia.”
Cuarenta y nueve misterios de encuentro propongo en este libro como Hechos de Dios recordables sin demasiado esfuerzo mnemotécnico. Están estructurados en siete partes, como aquellas siete columnas de los Proverbios, y cada parte en siete misterios, para poder contemplar orando y rezando, una parte cada día de la semana sin tener que repetir ninguna. Conozco gente, que tiende a la ‘oración continua’, y que reza todos los días -incluyendo sus noches- las siete partes aquí propuestas, y aún alguna más de su propia devoción particular. Así, repasando la vida de Jesús tal como es proclamada en la “Buena Noticia”, en el Evangelio, los orantes del Rosario, los que queremos tener una parte de nuestra vida religiosa de oración y meditación vinculada a este modo de encuentro, podemos programarnos la meditación rumiada escogiendo personalmente los “misterios” o las noticias del único misterio a contemplar cada día y en cada momento del día: la presencia de Cristo. Y para que resulte más enriquecida la puesta en contacto con el misterio único de Cristo que se hace conocer a través de la ayuda e intervención de su propia Madre, propongo siete partes con siete misterios cada una. Son estos:

Misterios del Principio.
1 Eternidad del Padre, del Hijo y del Espíritu.
2 Creación del Cosmos y del hombre. Paraíso y pecado.
3 Fe, promesa y respuesta. Abraham.
4 Esclavitud y pascua en Egipto.
5 Desierto y encuentro. La ley, alegría y esclavitud.
6 La tierra prometida y el Templo.
7 La Palabra cercana. Profetas y Salmos.

Misterios de Gozo.
1. La Anunciación a María.
2. La visitación a Isabel.
3. Nacimiento de Jesús en Belén
4. Ángeles y pastores, alegría y gloria de Dios.
5. Presentación en el Templo.
6. Mártires inocentes. Magos y huída a Egipto. Sagrada Familia
7. El niño Jesús hallado en el Templo, en las cosas de su Padre.

Misterios de Luz. Jesús es presentado al mundo.-
El Bautismo. Lo presenta el Padre.
La boda en Caná. Lo presenta su Madre.
El Evangelio de Jesús. Se presenta Él mismo
Testimonios de Juan. Lo presenta el último profeta.
Primeros discípulos. Lo presentan los sencillos.
Transfiguración en el monte Tabor.
Eucaristía.

Misterios de Gracia: Yo soy.

Soy de lo Alto. El nuevo hombre. A Nicodemo.
Soy el Mesías, el que habla contigo. A la samaritana.
Soy misericordia. A la mujer adúltera.
Soy la salud y la luz del mundo. A un enfermo y a un ciego.
Soy la Palabra, soy “lo que os hablo desde el Principio”. A los judíos.
Soy el buen pastor. La puerta de las ovejas.
Soy la resurrección y la vida. A Marta y María.

5.- Misterios de Dolor.

5.1 Oración y soledad en el huerto de los olivos.
5.2 Prendimiento y entrega.
5.3 Un juicio inicuo. Su carne triturada.
5.4 Cargando su cruz, sube a la muerte.
5.5 Clavado en la cruz, perdona.
5.6 Levantado en la cruz, muere y se hace signo de Vida. Sangre y agua.
5.7 Sepulcro y silencio. Descendió a los infiernos.

6.- Misterios de Comunión.

1. Resucitó, y se aparece nuevo a los suyos.
2. A la Magdalena.
3. A los discípulos. Domingo y su octava.
4. A los dos de Emaús.
5. En el lago. Pesca y comida.
6. A Pablo y Ananías.
7. A Juan. El Hijo del Hombre. (Ap. 1)

7.- Misterios de Gloria.

1. La Ascensión a los cielos.
2. Pentecostés
3. Asunción de María.
4 Coronación como Reina y Señora de todo lo creado.
5. Madre de la Iglesia en la fe, la esperanza el amor.
6. ¡Ven Señor Jesús! “Sí, vengo pronto”. Juicio final y encuentro.
7. Su Reino no tiene fin. La eterna alabanza.

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II- LAS ORACIONES

1.- EN NOMBRE Y GLORIA DE LA TRINIDAD

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Como toda nuestra vida cristiana, y fundamento esencial de nuestra oración, también el Rosario se inicia “en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Siendo tan amplio y profundo el sentido trinitario de todo lo nuestro, escogeré solo unos versículos del Evangelio de S. Juan para que luzca su presencia en este pequeño aporte a la oración: “Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuídalos a ellos en el Nombre tuyo que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo los cuidaba en tu nombre, el que me has dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido,-salvo el hijo de perdición-, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada”.

El Nombre que Yavhé le ha dado a Jesús es el de Hijo, o si se prefiere, el nombre que le ha dado a su Hijo Único hecho hombre, es el de Jesús, y Él nos ha enseñado el nombre de Dios para nosotros, el Nombre del Padre. Lo veremos en los misterios de la Encarnación y del Bautismo en el Jordán. En ese Nombre nos unge o cristifica también a nosotros, los que creemos y oramos en Él. Pronunciar ese Nombre, es la forma de engendrarnos y guardarnos que ha querido el Padre. Jesús hombre lo sabía bien, y nos lo dijo en el Evangelio para que llegáramos así, en su Nombre, a la plenitud de la alegría. La gran riqueza inextinguible de la oración cristiana, está en ser capaces de pronunciar el Nombre bendito de Jesús conociendo el sentido de filiación que tiene, el sentido de puerta al Misterio total de la Trinidad. Así, “Yavhé Salva” (Jesús) dando sentido y fuerza a su Nombre. Es por eso que todos nuestros actos cristianos, sacramentos o no, empiezan siempre proclamando la tutela del Nombre del Padre, manifestado en el Hijo, y conocido en el Espíritu. El encuentro personal que se produce al pronunciar el nombre en el inicio de la oración sencilla del rosario, es la unidad de vida esencial del amor. El recuerdo vivo del amor, se traduce para cada uno al pronunciar el Nombre que hace, de algún modo misterioso, presente al amado. Es por eso importante pronunciar conscientemente el Nombre, “santiguándose” así en la unidad de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu. “Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” (Jn 17, 21).

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B) Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo.

Al terminar cada Misterio, se recuerda el auténtico sentido de la oración más universal: “Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en el Principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.” El recuerdo del Misterio Trinitario, como himno de gloria, es el origen de todo lo que podamos decir y hacer en la oración, y la finalidad de toda nuestra vida cristiana. Si todo lo cristiano se inicia en el Nombre de la Trinidad, todo acaba en su Gloria. No cabe tampoco aquí un estudio teológico de la Trinidad, pero si brevemente algunas notas sobre el sentido de la doxología o “palabra de gloria”.

Este antiguo himno de alabanza a la Trinidad fue compuesto en el siglo II y toma su frase inicial del Evangelio de San Lucas (2:14), cuando los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de Cristo. Se recomendaba como oración diaria matutina, y en el siglo V ya formaba parte de la misa donde se canta en los domingos y fiestas solemnes con su fórmula más larga. Para muchos de nuestros hermanos mayores, que llamamos santos, el misterio trinitario es el centro de su riqueza en Dios, de su vida plena. Recojo algunos testimonios de esa devoción trinitaria:

“¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas”. (Oración de la beata Isabel de la Trinidad)
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¡Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco todavía. De ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está hambrienta de ti, Trinidad eterna; siempre está deseosa de ver la luz en tu luz. Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes, así mi alma ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo, para verte de verdad… ¿Podrás darme algo más que darte a ti mismo? Tú eres el fuego que siempre arde, sin consumirse jamás. Tú eres el fuego que consume en sí todo amor propio del alma; tú eres la luz por encima de toda luz… Tú eres el vestido que cubre toda desnudez, el alimento que alegra con su dulzura a todos los que tienen hambre. ¡Pues tú eres dulce, sin nada de amargor!¡Revísteme, Trinidad eterna, revísteme de ti misma para que pase esta vida mortal en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima, con la que tú has embriagado a mi alma! (Oración de Santa Catalina de Siena)
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Tú eres Santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo. Tú eres rey omnipotente, tú eres Padre santo, Rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios, todo bien. Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios, vivo y verdadero. Tú eres caridad y amor, tú eres sabiduría. Tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres seguridad. Tú eres quietud, tú eres gozo alegría. Tú eres justicia y templanza. Tú eres todas nuestras riquezas a satisfacción. Tú eres hermosura, tú eres mansedumbre. Tú eres protector, tú eres custodio y defensor. Tú eres fortaleza, tú eres refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra. Tú eres la gran dulzura nuestra. Tú eres la vida eterna nuestra, grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso salvador. (Oración de San Francisco de Asís).
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¿Qué entendemos por Gloria de Dios? Es una noción primaria, como la belleza. Es la expresión del esplendor de la perfección divina que suscita admiración y adoración. La definición clásica de “gloria” es “clara cum laude notitia”, “conocimiento claro con alabanza,” pero puede quedarse algo corta para su entendimiento. Lo ideal es la ciencia de la experiencia que “sabe porque sabe, pero no sabe por qué sabe”, ve, siente, experimenta, conoce y reconoce, asciende, saborea o queda anonadada ante la grandeza, como Moisés ante la zarza ardiente del Sinaí o como Pedro en la Transfiguración, y se postra con temor y temblor atraída fascinada, pero con el respeto de lo tremendo y fascinante que es lo propio de lo sagrado. Es lo que los hebreos llaman el “kabod” de Dios. Es la “doxa tou zeou” de los griegos. Aunque en los griegos tiene un matiz de conocimiento más o menos incierto, en cambio el kabod es una cualidad de la gran trascendencia de Dios.
Cristo es “el esplendor de la gloria del Padre” después de una breve humillación fue coronado de gloria (Heb 1,2;2,7.9). San Ireneo nos dará una aportación importante para captar lo que es la gloria de Dios: “Gloria Dei vivens homo”, la gloria de Dios es la vida del hombre, y la vida del hombre es la visión de Dios. No es por tanto la relación algo lejano y trascendente, que considere a Dios como un rey que recibe el tributo de los hombres, en una especie de autocomplacencia. La gloria de Dios es vivir Él en nosotros y que tengamos nosotros vida eterna, la suya; es endiosarnos. Esa gloria de Dios es gozo en Dios por la alegría del triunfo del hijo libre, que puede ser díscolo, pero que ha triunfado y ama como Dios, es el mismo Dios en cierta manera, como dice San Gregorio de Nisa. Es el endiosamiento bueno que será perpetuo en la vida de la gloria perpetua que es el cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica también insiste en esta verdad. “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica S. Buenaventura, “no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla”) (sent. 2,1,2,2,1). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: “Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas”(Sto.Tomás de A. sent. 2, prol.) Y el Concilio Vaticano primero explica: “En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal(293). “La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios , “Creador de todos los seres, se hace por fin ‘todo en todas las cosas’ (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (AG 2) (294).
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2.- EL PADRE NUESTRO

La oración que enseñó Jesús a los suyos, para todos los tiempos, es el corazón y la mente del Maestro dirigiéndose hacia el Padre, en comunión con los hermanos. Entrar en la oración de Jesús, es entrar en su doctrina, en su forma de estructurar la vida espiritual, en la hermandad de los suyos. Aunque sea la oración comunitaria por excelencia y el pronombre personal del que ora sea la primera persona del plural, ‘nosotros’, la enseñanza de Jesús para orar es también un ambiente de intimidad personal. “Tú, cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta, ora a tu Padre allí, en lo escondido, y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,6). En ese ambiente de secreto en compañía, de oración personal que se hace comunitaria, entramos al orar, sabiendo que en ese santuario y en lo más escondido de mí, hago siempre relación a los hermanos, a la Iglesia. En síntesis, lo que enseña Jesús en su oración, es que El, con todos y cada uno de nosotros tenemos un mismo Padre, que está en algún parámetro de energía o estado de conciencia que él llama “cielos”. Enseña que ese Padre tiene un Nombre que es Santo, que hay que reconocerlo así ya desde este mundo, y así santificarnos en Él. Enseña que ese Padre tiene también un Reino activo que puede venir, y de hecho ya está viniendo a nosotros en cuanto lo invocamos: y que el reino consiste en hacer su voluntad, o se descubre al hacer su voluntad aquí en la tierra, como la hacen ángeles y hombres en el Cielo donde el Padre está desde siempre con su Hijo y su Espíritu. Jesús nos enseña también a pedirle al Padre remedios para nuestras carencias, para nuestras necesidades y circunstancias adversas en el estado actual del hombre en la tierra:
– Para el hambre le pedimos pan. Hambre y pan que se renueva cada día, en el devenir del tiempo, en nuestra finitud, y por eso se lo pedimos para hoy.
– Para el pecado, presupuesto impeditivo para entrar en el Reino, le pedimos el perdón que nos da su misericordia, como preparación de un acto de acogida
– Para el momento de la tentación, como escuela para aprender a caminar, le pedimos que no nos deje caer, que nos dé la fuerza para superarla y crecer hacia la libertad.
-Y para el mal, como misterio que engloba todas nuestras carencias, le pedimos ser libres, porque el hombre se descubre hecho para el bien, pero vulnerable.
3.-EL “AVE MARIA”

Antes de entrar a contemplar los Misterios, veamos el ambiente en el que se va a experimentar el contenido de esos misterios, la oración del “Ave María” repetida casi desde el subconsciente. Es como el aire que hace sonar en la memoria el instrumento que nos va a interpretar la vida de Jesús. Es la oración más repetida en nuestro modo piadoso de orar católico, porque es la base del Rosario y el modo de acercarse a Dios de tantos millones de personas sencillas que meditan la vida de Jesús, y que se unen a Él en un río profundo de afecto que nace en la “Fuente de la Gracia”, la Madre de Dios. Esa corriente va creciendo hasta llegar al mar de la presencia, el océano de su misericordia que llena la historia de todo lo creado. Aunque sea un atrevimiento por mi parte proponerlo, creo que los textos evangélicos que componen el “Ave María”, tal como la rezamos hoy, admiten otra traducción y la propongo porque personalmente me ha hecho mucho bien entenderla, de tal forma que diciendo o recitando con entendimiento esa oración sencilla, las distracciones hacia otras noticias mientras rezo, se han secado. No alego más autoridad para la propuesta que la de ser un hombre en camino de salvación, que ora rezando el Rosario todos los días de su gracia y que goza en los misterios de la novedad permanente que tiene la vida en el recuerdo de Jesús, en su Evangelio.
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El saludo del arcángel Gabriel a María (Jaris, kejaritomene, o kirios meta sou), no es, -o al menos no es solo-, el “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo” que recitamos. La puesta en contacto o relación de cariño con la mujer llamada María, la Madre de Dios a la que se dirige el saludo, es válida de todas formas porque ella, estando ya en la Vida definitiva, lo entiende y acepta, pero ser conscientes y entender algo de esa puesta en contacto con su maternidad en el misterio cristiano, es para nosotros mejor aún, porque en definitiva es hacer real el diagnóstico que dio Jesús de su propia obra: “Ahora ‘conocen’, porque salí de ti; ahora ‘creen’, porque tú me has enviado…” (Jn 17,7-8). Dentro de ese misterio de conocimiento y fe que es el “avemaría”, se han unido varios textos del Evangelio de S. Lucas y de la de costumbre piadosa cristiana de rezar junto a María, y de llamarla Madre de Dios, Madre muestra, Madre mía, solicitando su auxilio en todas las circunstancias de la vida. Y así ha surgido el “Ave María”.

La traducción que propongo, por si pudiera servir a alguien es esta:

Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en ti. Bendita entre las mujeres por tu fe, y dichosa por el fruto bendito de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruégale en nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte. Amen.

Sé de algún hermano que reza una variante piadosa y muy ilustrativa, que transcribo por parecerme muy bella: Gracia plenitud de gracia del Señor que está en ti. Dichosa por tu fe. Bendita en el amor de tu Hijo bendito, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruégale en nosotros, por nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte.

Trataré de dar alguna explicación concepto por concepto, aunque la única razón convincente será rezarla.

3.1.-¡GRACIA!

No es solo un saludo, es también un grito de petición. Es una demanda: “Danos de la alegría y gracia”(Jaris) que te llena a ti en plenitud (kejaritomene). Danos de la gracia que brota de ti desbordándose hacia toda la humanidad cuando alguien te lo pide. Es por tanto como un grito que reclama: ¡Deja que salga la gracia de Cristo tu Hijo hacia nosotros, como el agua nace de su fuente de vida, que está en ti! (O kirios meta sou).

“Jaris” era un saludo de la cultura griega, como en la romana era “Ave”, o en la judía “Shalom”, un deseo de salud, de alegría, de paz. Lucas lo sabía perfectamente, y si usa el griego en la Anunciación, puesto en boca del Arcángel Gabriel, sin traducción alguna del hebreo, o quizás arando, que debió usar el ángel consideración a María, es porque quiere darle otro sentido además del conocido como saludo. Quiere que sea un grito de petición y de alabanza. Incluso en el Arcángel que anunció a María aquella fuerza de luz engendrativa en su carne, tuvo también este sentido de admiración y gozo, de petición y entrada en el Misterio que él mismo anunciaba, según el relato de Lucas. Quizá por eso María “quedó desconcertada al oír estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo” (Lc 1,28-29). ¡Un Ángel pidiéndole a ella gracia, de la plenitud del Señor que llevaba dentro! ¿Qué era aquello? El alcance teológico de la palabra “jaris”, gracia, como saludo, petición y deseo, no cabe ampliarlo más en este comentario, porque es la misma esencia de nuestro ser cristiano (“Karis”, caridad, carisma, amor), y por tanto inagotable en su riqueza de contenido, pero quiero señalar al menos alguna faceta que nos haga gozar más de la oración sencilla que repetimos tantas veces cada día. El contenido del saludo del Ángel, hecho nuestro cuando lo rezamos, es el mismo que le da S. Juan en su Prólogo del Evangelio al testimonio del Bautista sobre la presencia de Jesús en su entorno judío cuando dijo:”El que viene detrás de mí, se ha puesto delante de mí, porque es antes que yo, y de su PLENITUD recibimos todos GRACIA PARA LA GRACIA, (jaris anti járitos), gracia para poder estar frente a la Gracia del Padre, y entrar a la plenitud del Misterio de Dios hecho vida en carne humana para nosotros.

Dios solo acepta como culto, el ofrecimiento de lo que Él mismo nos ha concedido antes, como dice San León Magno en un sermón de Navidad, y el saludo a María por parte del Ángel, y nuestro cuando oramos, pide eso: Gracia de su plenitud de gracia, para estar en alabanza ante ellos. Porque nosotros ¿de donde vamos a sacarla? En la carta a los Efesios Pablo de Tarso resume en esa “jaris” o gracia, y en la fe que la acepta, todo el misterio del camino cristiano de la salvación. “Estáis salvados por la gracia, y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios, y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir”. (Ef 2,8) La salud que nació entre nosotros por la fe aceptante de María, es la que pedimos cuando gritamos ‘GRACIA, FUENTE DE GRACIA’. No es solo pues “Dios te salve, María” el sentido del saludo, sino quizás mejor, es como alzar las manos pidiendo: “danos de esa gracia que hay en ti, que ya te ha salvado, y ahora nos salva a nosotros”. Para la sencillez de la oración, basta simplemente decir ¡GRACIA! La petición, en su sentido de recibir para dar, se parece mucho a la que hace Jesús a su Padre, según nos lo proclama S. Juan en su Evangelio: “Padre, glorifica ahora a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti con todo lo que le has dado” (Jn, 17,1-2). Y es que solo se puede estar ante el Padre y entrar a su reino con su propio regalo como acreditación. Solo se puede llegar a la Gracia de su presencia, respondiendo a su gracia primera, que en María se hizo consciente en su corazón cuando entendió el saludo del ángel, y llegó a ser carne de su carne en su vientre, al responder “Hágase en mí según tu palabra”. Cuando decimos “GRACIA”, pedimos ser como ella en el conocimiento y en la respuesta de encarnación que Dios tiene preparada cada uno de nosotros.

3.-2.- PLENITUD DE GRACIA (”kejaritome”)

Lo realmente antecedente para el ser religioso del hombre es la gracia que en María se encuentra en plenitud. “Nos engració en su gracia” dice Pablo en Efesios 1,6. Es lo que proclamamos y pedimos en el avemaría. Pedimos que Él brote en nosotros como brotó en María, dejándonos admirar aquel estado de ella que Lucas resume con una sola palabra, como el nombre propio de María para ángeles y hombres desde entonces: “kejaritomene”, plenitud de gracia. Es admirable que los dos evangelistas que recibieron más influencia directa de María, Lucas y Juan, tengan también casi los mismos términos para proclamar la noticia de la Encarnación del Hijo de Dios. Juan nos proclamará la plenitud de gracia que produce la presencia íntima del Verbo en el alma del creyente cuando dice en su Prólogo que el Verbo encarnado traía plenitud de gracia y de verdad. (Jn 1,14; pleres jaritos kai alezeia). Y eso es lo que Lucas dice de María: kejaritomene -plena de gracia- cuando lo recibió en su alma, y tomó carne en su vientre. Si fundimos en una sola palabra castellana los términos griegos alezeia y jaris, –Verdad y gracia—sonaría como nuestra “ALE-GRÍA” cristiana, que en grado superlativo es el verdadero sentido del kejaritomene (Lc 1,28). El prefijo griego ke es la reduplicación típica del tiempo perfecto del verbo jaritoo, que se convierte así, no solo en tener gracia, sino en ‘estar lleno en plenitud de la gracia divina’. La nueva naturaleza para el hombre, el ‘pleroma’ que nos regaló el Padre en su Hijo nacido de María, es la plenitud de gracia que pedimos en la primera invocación del avemaría. Nada menos que la “exuosía”, el ”poder”, como capacidad o poderío, de llegar a ser hijos de Dios aunque sea de adopción, hasta llegar a la participación de su naturaleza, como nos dice también Juan en su Prólogo. Si se lo pedimos aún hoy a María, es porque ella vivió, y vive ya para siempre, en su actitud engendrativa de los hijos de Dios, de los que reciben la nueva naturaleza en su “pleroma” o plenitud de gracia. La esencia de lo que se predica en el Evangelio, y la finalidad de su proclamación, el “Kerigma”, es precisamente aquella obediencia o escucha activa de la Palabra que ella tuvo, y que nos hace Hijos de Dios. Es también la esencia del himno que recoge S. Pablo en su carta a los Colosenses como expresión del sentir de la primera iglesia que aprendió a rezar con María. “Damos gracias a Dios Padre… Porque en Él (su Hijo siempre y ahora fruto del vientre de María) quiso que residiera toda la plenitud”. Eso es lo que pedimos en el saludo, (jaris, Kejaritomene) gracia de su plenitud de gracia para poder seguir en su presencia y adentrarnos en el misterio de Dios. No es un simple deseo para ella, “Dios te salve María, llena de gracia”, en el sentido literal de la frase, porque ella está ya salvada en la totalidad de su ser, cuerpo y alma, sino más bien la petición de la misma fuerza conformante que S. Pablo usa en el principio de sus cartas. “Gracia y paz. La gloria de su gracia…” Ese es también el sentido de la primera invocación en la oración sencilla del Rosario, descubrir el rostro de Dios, en la piedad que lo acepta como cercano. Así lo profetizó Baruq, “Dios mostrará tu esplendor, Jerusalén, a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará nombre para siempre “Paz en la justicia” y “gloria en la piedad”. En los Padres de la Iglesia, y especialmente los que están ungidos en la piedad mariana, la expresión y sentido de esa plenitud es constante. Señalo solo una frase de S. Anselmo en el sermón 52, que recoge la liturgia de las horas el día 8 de diciembre, celebración de la Inmaculada: “… Tan grandes bienes eran obra del bendito fruto del seno bendito de la bendita María… ¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda a la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen Bendita, bendita por encima de todo, por tu bendición queda bendita toda criatura, no solo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura!”. En la oración sencilla con María, en nuestro Rosario, se reúnen esas bendiciones de Dios a los hombres y de los hombres a Dios.

La proclamación del dogma de la Concepción Inmaculada de María, tiene su mejor argumento bíblico precisamente en la “Plenitud de Gracia” declarada por el Arcángel Gabriel. Transcribo solo un párrafo para la referencia:
12. El Ave María y el Magnificat.
Considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios por el Ángel Gabriel, cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. De ahí se deriva su sentir no menos claro que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica. (BULA “INEFFABILIS DEUS” de Pío IX -8-12-1854- sobre la Inmaculada Concepción)

3.3.- DEL SEÑOR QUE ESTÁ EN TI. (O kirios meta sou)

La admiración del ángel se hace anuncio del camino también en nosotros como quiere Lucas en su Evangelio. Es el cumplimiento de las profecías: “Regocíjate, hija de Sión: grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón Jerusalén. El Señor será el Rey de Israel, en medio de ti” (contigo). Llegó esa hora cuando María escuchó el saludo, y todo se vuelve a realizar en nosotros cuando lo recordamos orando. Las dos referencias personales del relato de Lucas en el anuncio del Arcángel, además del propio Gabriel, son el Señor y María. Y cuando oramos, el Señor, María y nosotros, envueltos en el mismo mensaje angélico, somos hechos familia en ese Evangelio.

En cuanto al propio anuncio del ángel, el “meta sou” del texto griego de Lucas, no es igual simplemente a “contigo”. Si uno busca en cualquier diccionario griego la preposición “meta”, encuentra varios significados en sus usos, clásico y vulgar. Todos tienen sentido en el anuncio del arcángel Gabriel. “En medio de”, “entremedias”, “juntamente”, “con la ayuda de”, “al lado de”, ” además”, “enseguida”, “después de”, “detrás”, “a continuación”, “hacia”, “para…” Etc. Pero el contexto de “meta” en el versículo de la Anunciación, le da un misterio en Lucas, que no es el propio de una preposición de lugar o dirección. No es simplemente “contigo” o “junto a ti”, como en el uso que hace de la preposición modal el mismo Lucas unos cuantos versículos adelante, cuando dice que María “..en aquellos días subió con presteza (meta spoudes) a la montaña”. Aquí, en el anuncio de la Encarnación del Verbo, está referido a la obra maestra de Dios en el género humano, y propone una inercia interior, que sale hacia los hombres. Rezar el avemaría con cada uno de esos sentidos de la preposición meta, añadiría ya una riqueza a la oración sencilla, que solo conoce la experiencia de los asiduos rezadores, pero el resumen de todas esas preposiciones o adverbios castellanos que mas provoca al entendimiento del “meta sou” griego, al menos para rumiarlo despacito en la oración, sería entender la frase “el Señor es contigo”, (o kirios meta sou, -Dóminus tecum-) como “el Señor que sale hacia nosotros desde dentro de ti”, que brota en ti como en su fuente hacia los hombres. No es solo que ‘está en ti o contigo’, sino que está ‘naciendo’, saliendo o brotando hacia nosotros, hombres y ángeles de una manera nueva. Quizás una palabra castellana actual meta-stasis, usada tristemente para una realidad oncológica, nos da una pista cierta del sentido de la preposición meta. Pero también tiene el término meta ese sentido de inercia que modifica la realidad primera en meta-bolismo, o meta-noia. El sentido de “o kirios meta sou” -el Señor está contigo- es dinámico, de interacción entre el cielo y la tierra. Lo expresa magníficamente S. Agustín en su sermón que se lee el 24 de Diciembre con frases del salmo: “La Verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne, la carne de María. Y la justicia mira desde el cielo, porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo”. Por eso pedir “gracia de la plenitud de gracia del señor que brota en ti”, es como pedir el primer fruto del universo nuevo, del paraíso eterno prometido, que tiene un río de vida (gracia) en el centro, y árboles con remedios para todas las dolencias y con todos los alimentos necesarios al hombre, en sus orillas. Tener la gracia del pleroma, o la gracia de la plenitud de la nueva y definitiva naturaleza del hombre, es el objetivo de la oración, de la predicación y de toda la obra de Jesús y su Iglesia. Así lo confiesa el mismo Maestro en la “oración sacerdotal” hacia su Padre que nos relata S. Juan: “Yo ahora voy ya hacia ti, y todo lo que hablo en el mundo es para que ellos tengan la gracia de mi plenitud dentro de ellos” (Jn.1,13). Y el mismo Juan usa esta preposición relativa, “meta”, para indicar la dirección de la “comunión” o “koinonía” cristiana con el dinamismo que propone en su Primera Carta: “Y la comunión que proponemos, la nuestra, es hacia el Padre y hacia su Hijo Jesucristo” (meta tou patros kai meta tou uiou autou Iesou Xristou) (1Jn 1,3). Es la esencia también del Avemaría, cuando recoge el saludo del Ángel y nos lo hace recitar para que surta en nosotros el mismo efecto que surtió en ella. Cada “avemaría” es por tanto a su modo, una eu-jaris-tia, una acción de gracias y comunión, por el cuerpo bendito del Señor que está en ella, la Madre. Cuando oramos con ella la oración es operante, de forma que produce en nosotros un meta-bolismo nuevo de la gracia. Nos hace entrar en el fantástico mundo de la imagen de Dios. Y una meta-stasis porque su ser de hombre-Dios, se desplaza hacia nosotros con toda la potencia de su divinidad. Es la tesis que plantea la carta a los Colosenses cuando dice “dando gracias con la gracia a Dios Padre (meta jara eujaristantes), con la que nos ha hecho dignos de participar en el pueblo de la luz…” (Col 1,12). La gracia antecedente, como la llave de una puerta que se abre a la presencia, es el sentido de la oración que recitamos en alabanza, saludo y petición:“Gracia, llena de gracia del Señor que está en ti”. Es como decirle a María: Danos agua de la fuente del agua viva que brota en ti. Danos luz, del sol de luz divina prendido en ti. Danos la Verdad, del conocimiento en experiencia de Dios encarnado en ti. Danos ánimo, fuerza y diligencia del camino que se abre y comienza en ti. En el piadoso libro “La Imitación de Cristo”, Fr.Tomás de Kempis lo expone así: “¡Oh gracia verdaderamente celestial! Sin ti ningunos son los merecimientos propios, no valen nada los dones naturales, ni las artes, ni las riquezas, ni la hermosura, ni el esfuerzo, ni el ingenio, ni la elocuencia, ni hay cosa en los hombres que valga algo ante ti, Señor mío, sin tu gracia” (tratado III, Cap. LX). Nunca se acabará de decir ni de pedir en ese misterio, porque es el mismo Misterio del Cristo de Dios amando al hombre y en relación al hombre.

3.4.- DICHOSA POR TU FE.

S. Lucas pone en boca de Isabel en su Evangelio: “Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). Fue la exclamación al darse cuenta de que la fe de Israel nacida en Abrahán, se hacía realidad por la fe de María. Isabel percibió que allí, delante de ella no solo estaba su pariente, sino el principio de un nuevo orden de cosas. El Evangelio de Lucas lo repetirá luego hasta la saciedad. María no es solo bienaventurada por haber llevado en su vientre y amamantado a Jesús, sino por haber creído en él y por haber escuchado el saludo del ángel como Palabra de Dios que se cumplía en ella. “Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Y María es el primer ser humano en hacer el “paso” de la felicidad de la carne a la del Espíritu, integrando ambas en la experiencia del Señor, el Mesías prometido, más hijo suyo que de David, llamado por ella Jesús, y por los suyos, no de Belén donde nació, sino de Nazaret como ella misma. El rezo sencillo del ‘avemaría’ supone una participación de esa dicha de fe, bienaventuranza específica de la mujer que dio lugar a nuestra salvación. La humildad y alegría de Isabel y del hijo en su seno, fueron el primer fruto del gozo en el Espíritu Santo provocado por la presencia y saludo de María. Sin ver al niño, Isabel creyó y gozò así la bienaventuranza que luego proclamó Jesús a su apóstol Tomás, “Has creído porque me has visto. Dichosos los que aun no viendo creen” (Jn 20,29). ¡Quien pudiera sentir aquella primera gracia en el saludo! ¡Quien pudiera vivirlo con la fuerza y claridad de Juan, Zacarías e Isabel, que saltaron de gozo y dieron gracias a gritos, -incluso antes que el bendito José-, ante la presencia oculta en el vientre de María aún del Verbo de Dios. Sin poner reparo alguno a la noticia, nunca oída, de que una virgen concibiese en su seno sin dejar de ser virgen, ellos bendijeron a Dios y a María. Algunas mujeres antes habían concebido fuera de su periodo fértil de vida, en la Historia Sagrada de Israel, incluso Isabel tenía esa experiencia. Pero que una virgen concibiera sin intervención de varón no era cosa fácil de creer. Se necesitaba y se necesita un regalo del Espíritu, que se dio allí y que se da en nosotros cuando oramos con fe. Completar la bendición al “fruto de la fe” de María, no es sino reconocer en ella el nuevo camino de la Iglesia, como hizo su pariente en el mismo acto en que la bendijo por el fruto de su vientre. “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”(Lc 1,45). Isabel como signo de Israel la llamó “dichosa por su fe”, y fue entonces cuando María proclamó el canto del Magníficat. Lucas quiere así unir el fruto de la fe con el fruto del vientre virginal. Nuestra alabanza se unifica también ahora en ese mismo fruto. María había concebido en su vientre de mujer, el fruto de la fe de toda la historia de salvación. Había unificado en su interior toda la bendición en plenitud de la humanidad, y el Evangelio de Lucas lo dirá enseguida de otra forma: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”. Así cuando nosotros lo recordamos hoy, cuando nosotros la bendecimos por su fe, estamos haciendo historia de salvación de Dios en la humanidad, junto con ella.

3.5.- Y BENDITA POR EL FRUTO BENDITO DE TU VIENTRE. (Bendita eres entre todas las mujeres).

“En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó a gritos: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno”… ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bendita…” (Lucas 1,41-42; 45-48).

“Todas las generaciones” somos los que hemos creído el anuncio a lo largo de toda la historia humana, todas las gentes que aún creemos y decimos “bendita tú, María, por el fruto de tu vientre: JESUS”. Así cumplimos tu canto profético y magnífico. No hace falta repetir constantemente el texto de la profecía, sino cumplirla llamándote “Bendita por el fruto de tu vientre”. No es necesario repetir que te llamarán bendita todas las generaciones, sino sentirse “generación” tuya, miembros de tu Hijo, y simplemente llamarte la bendita, bien-decirte mientras vivamos en este camino de gracia.
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En la versión latina del Nuevo Testamento, la llamada Vulgata, S. Jerónimo añade al saludo del ángel la frase “bendita tú en las mujeres” (benedicta tu in mulieribus), aunque esa frase en el texto griego se atribuye solo a Isabel, que la pronunció al entrar María en su casa de la montaña, y no al Arcángel Gabriel en la anunciación. Poco después, en Lc 1,42, -el saludo de Isabel a María-, S. Jerónimo introduce una variante y no traduce “benedicta tu in mulieribus” sino “inter mulieribus”. Parece lo mismo pero no es igual. “En las mujeres es una afirmación ampliativa de su gracia a todo el género femenino, y “entre las mujeres” o entre todas las mujeres, es exclusiva, solo ella entre todas. Podemos bendecir a María en su papel de maternidad como una más de las mujeres, o como única en su género, e incluso única en su especie humana, por sus singulares funciones femeninas y maternales. Si no entendemos bien esta frase del avemaría, la oración sencilla sería como se dice hoy, feminista o quizás maternalista. Es cierto que el vientre que engendraba un hijo era una bendición proverbial en Israel, pero la cumbre de esas bendiciones fue el fruto del vientre de María, y no solo para las mujeres de Israel, ni siquiera para todas las mujeres, sino para toda criatura. S. Anselmo lo expresa de forma magistral en el sermón citado:“Dios es pues el Padre de las cosas creadas, y María la Madre de las recreadas, Dios es el Padre quien se debe la constitución del mundo, y María la madre a quien se debe su restauración, pues Dios engendra a aquel por quien todo fue hecho, y María Dio a luz a aquel por quien todo fue salvado… ¡Verdaderamente el Señor está contigo puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a él!

La frase de Isabel cuando oyó el saludo de María que la visitaba en su encierro, y que se recita tradicionalmente en el avemaría en castellano como bendita tu eres entre todas las mujeres, está relacionada, corregida y explicada en el “Magníficat”, el canto que María recitará inmediatamente después del saludo entusiasta de Isabel, y que es el inicio del cumplimiento de su profecía:”Desde ahora me felicitaran todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Para entenderlo hay que tener en cuenta que en Lucas hay una proclamación, enfatizada en todo su Evangelio, del “paso” de la carne al Espíritu, es decir, de la pascua cristiana, o paso de la esperanza de aquel pueblo que se había quedado en los términos de una generación terrestre o de pertenencia a una raza y genealogía determinada, a la esperanza y pertenencia al nuevo pueblo, a la nueva genética de la gracia, a la ‘gente’ del pleroma de Cristo, semilla de Dios. El mismo Jesús, explica ese ‘paso’ cuando corrige en otro pasaje del Evangelio a la mujer del pueblo que entusiasmada gritó: “Dichoso el vientre que te llevó, y los pechos que mamaste”, y Jesús le increpó:”Más bien dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Esa misma corrección es la que hace María ante Isabel. Cuando esta le gritó: “Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, María le contestó: “Me llamarán bendita todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. No iba a ser alabada solo por Isabel, que conoció su bendición como mujer judía, sino por todas las ‘generaciones’ que conozcan y acepten desde entonces aquel “fruto de su vientre”, la obra más grande del Creador entre los hombres, que es la encarnación de Verbo en Jesús, el Hijo de Dios y de María.

La entrada de Dios en la historia humana como uno más de los hombres que la componen, se evoca y aprovecha en cada impulso de la oración que recitamos por María. Cada recitación es como una vuelta de la rueda de un carro que nos acerca al final del viaje. Aunque su forma de ser concebido físicamente por María difiera de la nuestra, ya que fue fruto directo del Espíritu Santo modelado en un óvulo de María, -seguramente su primera ovulación-, así se inició la nueva creación, y es precisamente el ser fruto de un vientre de mujer lo que hace a Dios un hombre como nosotros en nuestra historia. Excepto en su concepción, en lo demás la vida de Jesús fue como la nuestra. Incluyendo la muerte. Hay sin embargo, visto desde hoy, una diferencia. Cuando se le proclama “fruto bendito de tu vientre”, se está dando por el evangelista Lucas, el fundamento de todas las bendiciones. Las del Israel de siempre, y las del pueblo nuevo de la Iglesia. Al recitar esa bendición en la oración sencilla, los orantes entramos al mundo misterioso de la Palabra Hermosa, de la Palabra de Vida, de la Palabra de Dios bien dicha, de la Ben-dicción del fruto de la humanidad. Los que ahora hacemos realidad aquella profecía orando, estamos haciendo de nuevo realidad efectiva y afectiva en nuestra vida la alegría de María, de Isabel, de Zacarías, de Juan Bautista, de los pastores, de los magos, y de todos lo que supieron y se alegraron con la Noticia. Por eso la oración, cada oración del Rosario, cada avemaría, será como una piedra preciosa del tesoro eterno de esa nueva humanidad: ‘Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en ti. Bendita por el fruto de tu vientre…”

3.6.- JESÚS.

Ese es su nombre. El fruto bendito de la fe y del vientre de María se llama Jesús, el que hace que todo sea bendito delante de Dios, porque en su Nombre todo se recrea ante Dios, su Padre. (Jn 17,7). El verdadero tesoro y centro de la oración por María, está precisamente en pronunciar el nombre bendito: JESÚS -Yahvé salva- es el nombre donde el Padre guarda a todos los que le ha dado en todos los tiempos, a petición del mismo Señor: “Guárdalos en tu nombre, el que me has dado” (Jn 17,11), es decir en el nombre de Jesús, el Cristo, el fruto bendito del vientre de María. (Jueces 13,5,7; Salmo 22,11;Is 49,1; Jer. 1,5; Lc 11,27) Es el Nombre de Dios para los que creen en Él. Ahora el “Innombrable” ya se puede nombrar en la fe y en el fruto del vientre de María. Pronunciar el nombre de Jesús constantemente, es la parte más satisfactoria del Rosario. Los Misterios del Rosario son como balcones de gracia que nos asoman a la fuerza de su gloria cercana conjugando el nombre de Jesús y María con el recuerdo de su gesta. No es posible agotar el contenido de la riqueza que conlleva el nombre, y para comprobarlo por experiencia propia, el Padre nos ha regalado en Él la Vida Eterna, vida sin más tiempo ni espacio que el que cada uno quiera para su gozo. La alegría de decir Jesús, crea el sentido de comunión con el Padre, con el mismo Hijo, y con todos los hermanos de todos los tiempos que han pronunciado ese nombre. Nos viene revelado por el Evangelio de Juan, en el gran discurso de la última cena, cuando Jesús oraba al Padre por los suyos. El “nombre” para Él, como judío de su tiempo, era signo de la unidad de persona, signo de su amor, signo de identidad, signo de protección, signo de transmisión de vida, signo de gozo colmado:“Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo. Yo voy a ti, Padre santo, guárdalos ahora en el nombre que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo los he guardado en tu nombre, el que me has dado. Los he amado y ninguno se ha perdido, -salvo el hijo de perdición-, para que se cumpla así la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada.” (Jn 17, 11-13). Esa alegría se tiene al entrar en el Nombre pronunciándolo o, lo que es lo mismo para la unión, recibiéndole en el anuncio. También en nosotros la alegría Cristiana llega a su plenitud al pronunciar el Nombre. No hace falta decir más aquí. Queda la riqueza del tesoro, al modo y manera personal de pronunciarlo que se la ha dado a cada uno, porque en ello está la cumbre del amor, y para nuestro mundo de fe, como para el mundo judío, el nombre es la propia persona.

3.7.- SANTA MARÍA

La santidad es uno de los atributos de Dios que se transmiten al hombre en Jesucristo y en la comunión del Espíritu Santo. María es ”Santa”, porque está consagrada y escondida en Dios, separada del mundo para Él, pero cercana a los que van llegando al universo nuevo de la piedad y la misericordia. Al llamarla Santa, reconocemos que está junto a Dios, en el Misterio de Dios, y viviendo en conexión con el centro interior del hombre donde se engendra la oración y donde brota la Palabra que se dirige a Dios, que es su Hijo querido. Es el sentido del silencio que sobre ella guardan los Evangelios en momentos claves, como la resurrección. Su apartamiento del mundo y consagración a Dios en humildad y silencio, lo expresa Lucas en pocas palabras cuando nos relata el Misterio de la Encarnación “…. En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entrando donde ella la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido (Lc 1,26-29). Separada de todo para estar ante Dios, hasta el Ángel Gabriél, “que está delante de Dios”, tuvo que entrar a su secreta intimidad para poder cumplir con su misión de anuncio. La santidad de aquella humilde virgen de Nazaret fue un Misterio también para los ángeles.
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El nombre de MARIA es el otro nombre reconfortante de la oración sencilla, Mir-yam, Señora del Mar. Una mañana cuando paseaba yo a la orilla del Mediterráneo recitando esa oración, quedé admirado al comprender el sentido etimológico de su nombre como “Señora de las aguas grandes”, de las que brotó la vida de todo viviente. La raíz de su nombre probablemente signifique eso, “Señora de las aguas”, que se entiende mejor en castellano como Señora del Mar. Reconozco que puedo estar influenciado por la devoción mariana de mi tierra Almería, cuya patrona lleva por nombre “Virgen del Mar”, pero fuera de los apellidos que le ponemos cada pueblo a nuestra devoción, todos coincidimos en llamarla Miriam, sencillamente María, y ese nombre es una de las fuentes más seguras y universales de la comunión cristiana. No me cabe la menor duda de que cuando se produzca la deseada unión entre todos los que creemos en Jesús, ella y su nombre serán signo de identidad entre los hermanos, como la madre es referencia de unidad en la familia. Es tan directamente experimentable el fruto interior de solo pronunciar su nombre, que tampoco aquí digo más. Cada uno puede comprobarlo en la intimidad de presencia que se produce en la oración.

3.8.- MADRE DE DIOS

El misterio de gloria de María es ser Madre de Dios, porque es madre de Jesús de Nazaret, que es Dios e Hijo de Dios. Al hacerse “hijo del hombre”, -no sé por qué no se le dice el “Hijo de la mujer”-, ella es Madre de Dios y madre del hombre nuevo, que se manifiesta en “todas las generaciones que la bendicen” por el fruto de su vientre. Sería muy largo desarrollar aquí esa verdad teológica, pero es central para la oración sencilla apreciar el misterio de su maternidad, que hace relación a nuestra piedad y a nuestro beneficio personal, por la filiación que se anuncia y desarrolla con la oración del avemaría.

Cuando oramos diciendo en bendición “MADRE DE DIOS”, estamos reconociendo que es también engendradora de la imagen de Dios en cada uno de nosotros, madre de cada uno en su conformación divina. Ese es el misterio y la riqueza de la repetición gustosa de la oración, que es a la vez de llamada y de reconocimiento. Ni a ella ni a nosotros nos cansa que la llamemos mil veces al día Madre, porque las cosas de Dios no cansan, como no cansa el respirar, ni se hace monótono mirar todo lo visible del universo bañado de luz, ni comer todos los días, ni escuchar a diario el sonido de la voz amada. No se cansa la madre de oír gritar al hijo su primera sílaba “ma-ma-ma-ma-ma”, aunque la repita miles de veces sin otro sentido que su propio gozo.

En el orden físico de nuestra vida, llamamos madre a la que nos da vida en su seno y en su momento nos hace entrar en este mundo, con la primera pascua del hombre que es el parto. En el misterio de Dios sucede igual. Es Madre nuestra la que nos hace entrar en la vida de Dios, la que nos da a luz en Dios y nos hace entrar en la Vida Eterna, que es el conocimiento del Verbo eterno. Cuando llamo a María MADRE DE DIOS, no solo reconozco que fue madre de Jesús de Nazaret, y que Jesús es Dios entre nosotros, sino también que es madre de esa realidad en mí, porque me está abriendo el camino eterno de conocimiento del Padre, del Hijo y del Espíritu de Dios. La relación personalísima y única de cada uno con María como su madre en la luz de Dios, como la que lo abre al mundo de la gracia de Dios, o lo da a Luz en Dios, es una de las verdades de experiencia más tiernas y únicas de la religión cristiana católica. Su técnica uterina de maternidad virginal tiene dos salidas. Una hacia el mundo, como todas las madres de la raza humana, con la que dio a luz al hombre Jesús en este cosmos, y otra hacia Dios, con la que nos concibe y pare a nosotros en el mundo del Espíritu, en el seno de Dios. Conocer a Dios desde María es tan seguro como conocer el mundo desde los brazos de la madre física.

De ella aprendemos el ‘idioma materno’, esa forma de hablar y de expresarnos que nos es connatural, y que se aprende de los labios, los gestos, las expresiones, los tonos y cadencias de voz de la madre física. En el misterio de la vida en Dios, el idioma de la piedad se aprende por María. Aunque Dios es Padre y Madre de todos los hombres, los que hablan el ‘idioma materno’ de María, que es el mismo Logos del Padre, le son muy aceptos a Dios, muy queridos, porque en ellos tiene puesta también su “complacencia”, su eudokía, como en su propio Hijo.Pero su misión maternal no es solo darnos un idioma, una forma de expresarnos para hablar con Dios, sino que su maternidad en nosotros es también ontológica. No se puede ver a Dios si no nos convertimos en luz como Él es luz, y en amor como Él es amor. Es en esa conversión o metamorfosis donde interviene María, porque así lo han querido el Padre y su Hijo. No digo que no pueda acercarse o asemejarse a Dios alguien que no conozca a María, porque en el seno del Padre hay muchas moradas y formas de ser, lo que aseguro es que la invocación de María como Madre, y el camino de la humildad que ella patrocina, es un instrumento seguro de deificación, de entrada rápida en la familia de Dios, la que escucha, guarda y cumple su Palabra.

3.9.- RUÉGALE EN NOSOTROS, PECADORES .

Ruégale “en nosotros y por nosotros” como dice Juan Pablo II en su Encíclica Rosarium Vírginis, recogida en la presentación de este libro.

El regalo de todos los días nos lo comunica el Evangelio como pan nuestro de cada día. Dice Juan 17,9 “Yo te ruego en ellos”, (“ego peri autón eroto”). No solo dice te ruego por ellos, sino en ellos, porque en nosotros y a través de nosotros Jesús se hace oración al Padre. No solo intercede por nosotros, sino que su acción es mucho más atrevida, ya que se hace a sí mismo nuestro ruego al Padre, y nos saca del gran pecado que es la “a-rrogancia”. El a-rrogante es el que no ruega, ni pide ni da gracias ni alaba, porque piensa que no necesita nada de Dios ni de nadie. Jesús se hace oración nuestra con su Espíritu, porque en realidad no sabemos pedir ni a Dios ni a los hermanos lo que nos conviene. Y eso es lo que le gritamos también a María, que se haga maestra de oración en nosotros. Que a través del Espíritu de su Hijo en nosotros se dirija ella misma en oración a su Hijo y al Padre, en el tiempo que transcurra desde ahora hasta el encuentro definitivo tras muerte, nuestro tiempo de hora a hora, de día a día, de minuto a minuto, de gracia a gracia, y de pecado a pecado. Es como una proclamación en la breve oración del ‘avemaría’ de la pascua cristiana, o paso de la nada a Dios. Solo puede entenderse en el “Ambiente Santo” del Pueblo de Dios que es el Espíritu. Pedir que María ore o ruegue a Dios “en nosotros”, con nosotros y a través nuestro, por nuestras cosas, es pedir la garantía de ser escuchados porque oramos en el Espíritu que a ella le dio su plenitud. Y cuando se recibe la gracia de saber que ella va a matizar y tamizar nuestra oración, es entrar en una seguridad personal de que esta va a ser atendida. En un gesto profético, eso hizo Rebeca con Jacob, cuando para lograr la bendición de Isaac le puso una piel muy peluda por encima, y su padre lo tomó por el hijo primogénito, el velludo Esaú. Así le dio la bendición y la herencia. Saber que María ruega en nosotros al Padre a través de su Hijo, y en el estilo y modo del Espíritu que ella conoce a fondo, es reconocer la gran Verdad: somos templos de Dios y en nosotros se puede mantener una relación personal con Dios. Entonces, además de Madre y sacerdotisa nuestra, María es maestra de oración. ¡Y quien mejor!

3.10.- DESDE AHORA HASTA EL ENCUENTRO TRAS LA MUERTE.

Pedimos así que el estado de relación con Dios, inmersos en esa especie de útero oracional, o almendra mística, que es la protección mariana en el Espíritu, se extienda en cada paso del camino hasta llegar al encuentro definitivo. Cada avemaría es como un pasito por el camino que nos acerca a Dios, y en cada uno de esos pasos, se proclama el misterio pascual definitivo del cristiano, que es la entrada en el Reino tras la muerte, más allá del mar rojo de la sangre y de la carne. Lo que le pedimos pues, no es que esté con nosotros y ore en nosotros solo “hasta la hora de la muerte”, y después nos deje, sino que nos acompañe hasta el encuentro definitivo tras el viaje supremo y último. Es como una petición implícita también por todos los que ya han muerto y no han llegado aún al reino por necesitar algún tipo de purificación. El camino entre la muerte y el abrazo definitivo y eterno, también necesita de su protección, porque el misterio de ser cristiano no tiene plenitud en la conversión o conducta especifica alguna de este mundo, sino tras la muerte, en el encuentro definitivo del reino eterno. No se puede ser en verdad obra acabada en el Espíritu, según el modelo de Jesús propuesto en las bienaventuranzas, hasta que se encuentre de modo definitivo el reino, más allá de la muerte. Nada soy sin la esperanza de poseer la tierra prometida desde el principio al hombre. Nada si no encuentro allí la hartura de mi hambre y mi sed de justicia. No soy nada en el Reino de Dios, si no aprendo lo que significa misericordia para siempre. Entonces mi corazón ya limpio vivirá en su paz, y seré consolado porque habré entrado en Dios. Y en ese camino le pido a María su acompañamiento.

Una Oración del Breviario Romano, en el Oficio de Santa María en Sábado, para la hora de Nona, expresa esta dimensión “post mortem” de la oración sencilla. Dice así: “Escucha Señor nuestra oración y danos la abundancia de tu paz, para que, por intercesión de Santa María, la Virgen, después de haberte servido durante nuestra vida, podamos presentarnos ante ti sin temor alguno. Por Jesucristo nuestro Señor”. Todo eso lleva encerrada la petición final de la oración mariana: “desde ahora hasta el encuentro tras la muerte”. Así puedo decir en plenitud: AMÉN.

4.- EL AMEN
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura (cf Ap 22, 21), se termina con la palabra hebrea Amén. Se encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo Testamento. Igualmente, la Iglesia termina todas sus oraciones con un “Amén”. En hebreo, “Amén” pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el “Amén” puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en El. En el profeta Isaías se encuentra la expresión “Dios de verdad”, literalmente “Dios del Amén”, es decir, el Dios fiel a sus promesas: “Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con frecuencia el término “Amén” (cf Mt 6, 2.5.16), a veces en forma duplicada (cf Jn 5, 19), para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad fundada en la Verdad de Dios. Así pues, el “Amén” final del Credo recoge y confirma su primera palabra: “Creo”. Creer es decir “Amén” a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de El que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana de cada día será también el “Amén” al “Creo” de la Profesión de fe de nuestro Bautismo: “Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11, 13: PL 38, 399). Jesucristo mismo es el “Amén” (Ap 3, 14). Es el “Amén” definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro “Amén” al Padre: “Todas las promesas hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios” (2 Co 1, 20): Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN.
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También en el rosario, al final de cada oración, lo proclamamos como puerta del amor de ágape, y en la fe decimos Amén. Hoy está vacío de contenido el propio término “Fe”, incluso para muchos que se llaman cristianos”. Pero nuestra fe no es una entelequia sin sentido. No está desconectada de la vida, ni de nuestra forma más natural de pensar o sentir. La fe es una verdad de vivencia total. Una seguridad total de la existencia del Otro en la cercanía de lo interior, donde vive la Verdad de todo. Y la fe se refleja en una conducta coherente con esa verdad. El estado de conciencia que llamamos FE, por aclararlo con una semejanza, sería el que tiene un hombre que navegando en su barquita por la mar, encuentra un temporal que lo hace zozobrar, y sintiéndose necesariamente ahogado, encuentra de pronto bajo sus pies una roca que no había visto antes, al estar oculta por las olas. Sin dudarlo un instante se sube a ella, y ya seguro, tras vomitar toda el agua que ha tragado y que le impedía hasta respirar, dice a grito abierto: AMEN… Ahora sí!… menos mal! …Es mi suerte!… Gracias a Dios! Estoy salvado gracias a esta roca. Ese grito de seguridad sería el significado vivencial del verbo hebreo del que viene nuestro amén como expresión de fe. Algo totalmente seguro, que traslada del mar encrespado por la zozobra de las dudas, a la seguridad de conceptos y sentimientos que supone la fe. En ese estado de conciencia, cuando es de verdad y no mojigatería, se produce el dialogo interno, la conversión o conversación interior que conforma el programa de trascendencia, y que conecta sin saber cómo, pero sabiendo que es verdad, con el Otro. El mejor signo de fe, es nuestra oración, con María y ‘en lo escondido’, al Padre. Así y ahí se habla con Dios. En su comunicación interior, el mundo de la Fe es real como la Vida misma, porque es la oración de Jesús que llama a Dios su Padre, y que nos identifica con Él al recitarla.

SEGUNDA PARTE

UN PALACIO EN CASTILLO INTERIOR CON BALCONES DE GRACIA

No es fácil hablar de lo espiritual con palabras, conceptos y términos que han nacido para describir lo material sujeto al tiempo y al espacio, que son nuestros parámetros de vida, pero la manifestación de la Verdad de Dios en las cosas más nuestras, incluso en ‘la carne que nace y muere’, ha creado de modo sublime, como cumbre de todas nuestras codificaciones en signos inteligentes de la realidad, la Palabra que habla de Dios, la Palabra que se dirige a Dios. Para entrar en ese mundo nuevo abierto para siempre por Jesús de Nazaret, el Verbo de Dios, se han usado muchas imágenes sugerentes. Él mismo se describió como el agua viva, el pan del cielo, la vid del nuevo vino de Dios, la luz del mundo, el buen pastor, la puerta de las ovejas, el Señor de todas las cosas, el Templo de Dios, la resurrección y la vida, etc. Y todas esas imágenes son entendibles por la gente sencilla de un pueblo sencillo. Para este libro he escogido la imagen, usada frecuentemente por los que entran al mundo de la oración, del palacio o castillo interior, situando ese palacio o castillo en el centro de la gran plaza pública del Pueblo de Dios.
En lo más profundo de esa casa de oración en la que vamos a entrar, en el sótano que sirve de bodega y despensa, se conserva siempre la misma temperatura, el mismo grado de humedad, la misma gracia, la misma vida, la misma oscuridad de luz que solo deja ver cuando los ojos que vienen deslumbrados del mundo se acostumbran a ella. Allí tienen su nacimiento las aguas que llenan el pozo-aljibe sin fondo de la gracia, de la que beben los fieles. Son aguas que brotan de un venero subterráneo cuyo origen y fin nadie conoce, aunque alguno cantase “que bien se yo, la fonte que mana y corre, aunque es de noche”. Son las mismas aguas que manan luego por la fuente pública del pueblo, para que todos puedan llenar sus cántaros. Es la Fuente Primera, o del Principio, cuya imagen meditamos en el Rosario como los Misterios del Principio o Principio de todos los misterios, manifiestos en la historia de la salvación que nos brinda el Antiguo Testamento. Sobre ese sótano del Antiguo Testamento, bien fundada, hay una planta baja con ventanas abiertas en su fachada principal, unas hacia la plaza central de pueblo y otras a las calles laterales, enrejadas todas, y en ellas macetas de flores colgadas, como en nuestros pueblos mediterráneos. Son los misterios de la infancia de Jesús, los Misterios de Gozo, porque son Ventanas de gracia, de alegría cercana. Sobre esa planta, sobre el gozo de la Encarnación del Verbo y su cercanía, hay otra planta asoleada con enormes balcones. Son los Misterios de Luz y Misterios de Gracia. En esa altura que es la vida pública de Jesús, hay una ventana abierta al callejón oscuro de los Misterios de Dolor. Y subiendo a lo más alto, a la terraza o almena superior, se ve por fin el cielo donde calienta el Sol de Justicia. Son los Misterios de Comunión y Misterios Gloria.
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Un balcón abierto en una casa antigua, siempre es un misterio; tanto para el que está dentro de la casa, como para el que pasa por la calle o la plaza y lo ve desde fuera. El trasluz abierto a la interioridad es una llamada, una provocación. Sus cuatro aristas, o cada una de las casillas de sus cristales, para el que sabe mirar, son un templo, un lugar de misterio y de revelación a la vez.

Por un balcón abierto, uno se incorpora también a la vida del pueblo viendo quien llega y quien pasa. De modo parecido, rezando el Rosario se incorpora el orante sencillo a la vida de la Iglesia, contemplando la vida y misterio de Jesús de Nazaret. Entrar en la vida de Jesús a través de Rosario, es como entrar cogidos de la mano de María en la casa o castillo interior de la memoria religiosa. Edificado sobre una cumbre genética de la raza humana, el castillo de la oración se cimienta en la roca firme de la FE, erguida sobre el paisaje ancestral de la historia sagrada de Salvación del Hombre, desarrollada en los “montes de Israel”, donde se hizo realidad la Pascua, o el paso de la carne al Espíritu. Cada misterio del Santo Rosario es como un balcón abierto a esa gracia, para gozar la vida y la fuerza que encarnó el Verbo Eterno. Es un obsequio para el orante contemplativo, al que se le ha regalado ver lo que ocurre—y que nunca pasa– en el pueblo de Dios. San Juan en el prólogo de su Evangelio lo expresa así en boca del Bautista: “El que estaba detrás de mí, se ha puesto delante de mí,… y de El recibimos gracia para estar ante la Gracia” Es como si dijera que la Palabra, el Logos, es una ventana abierta a la luz de Dios por la que podemos disfrutar su vida, como se toma el sol por un balcón abierto al mediodía. Rezar el Rosario es como asomarse a la vida que propone el Evangelio de Jesús de Nazaret, y dar un paseo por el relato de su vida, que lo va haciendo presente a la conciencia. Esa fue la técnica de la primera “cristiana”, la madre del Cristo y de todos los cristianos, en la forma que proclama el Evangelio de Lucas: “Su madre guardaba (rumiaba, repasaba) todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51). Después, esa misma técnica la recomendará S. Pablo a Timoteo ”Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según el Evangelio.” Y eso es orar en el Rosario, o rezar el Rosario, entrar a la presencia del Verbo encarnado, y seguirlo en su pascua, en su paso al Padre, desde que salió de Él hasta que volvió, naciendo como hombre, muriendo, resucitando y subiendo al cielo. El recuerdo vivo de la Palabra viva, tiene toda la fuerza del Evangelio vivo. Transforma, purifica, ilumina, protege y conduce a los que son capaces de entrar al mundo de gracia que proclama, con esa técnica o propuesta vehicular, como lo hacía María, la Maestra en el recuerdo de Jesús. Admiremos pues cada ‘misterio’ como el que se asomase a los balcones del castillo grande de la memoria humana, con vistas a los puntos cardinales de la historia de su salvación, observando al menos siete espacios diferentes donde el pueblo de Dios se va transformando de pueblo de la tierra en pueblo de la Luz. Siendo tan simple y tan profunda, la oración sencilla del Rosario supone una medida personal de nuestra integración al mundo de Dios.

2.- COMENTARIO DE LOS MISTERIOS

1.- MISTERIOS DEL PRINCIPIO
(Para meditar en lunes, o al final de la tarde)

“Jesús es el Principio, la Palabra que se dirige a Dios, y la experiencia de Dios para nosotros”.

Una introducción a estos misterios es el magnifico resumen de la historia de la salvación que hace S. Ireneo, que sintetiza el sentir de todos los Padres de la Iglesia: “Dios a causa de su magnanimidad, creó al hombre al comienzo del tiempo; eligió a los patriarcas con vista a la salvación; formó de antemano al pueblo para enseñar a los que ignoraban como seguir a Dios; preparaba a los profetas para habituar al hombre sobre la tierra a llevar su Espíritu y a tener comunión con Dios; Él, que no tenía necesidad de nada, concedía su comunión a quienes necesitaban de Él. Construía como un arquitecto, un edificio de salvación para aquellos a quienes amaba; a los que no le veían, les servía Él mismo de guía en Egipto; a los turbulentos en el desierto, les daba una ley plenamente adaptada; a los que entraba en una tierra magnífica, les procuraba la herencia apropiada; por último, para quienes tornaban hacia el Padre, Él inmolaba al novillo mejor cebado y los obsequiaba con la mejor vestidura. Así, de múltiples maneras, iba predisponiendo al género humano a la concordancia con la salvación” (Libro 4,14,2-3)
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Antes del tiempo y del espacio, fuera de ellos y no sujeto a su relación evolutiva, sino arropándolos, hay un misterio que todo hombre percibe en algún momento de su vida aunque solo sea unos segundos, pero que marca y da carácter a su relación con su propia existencia. Es una sombra de luz, o la humedad de un agua vital, que puede ser cualquier cosa porque no se identifica totalmente con nada, ni siquiera con su imagen más cercana que es el hombre mismo en su potencia interna volitiva y cognitiva, es decir, el hombre cuando ama. Esa es la fuerza que invocamos en estos misterios primeros, o principio permanente de todo lo que existe. Si no entendemos desde ese “principio” la historia de salvación plasmada en el pueblo de Israel, que es la salvación de toda la especie humana incluyendo la de cada uno de sus miembros, solo tendremos experiencias de luz fragmentadas, jirones de luz.

1.-1.- LA ETERNIDAD DE DIOS, PADRE, HIJO Y ESPÍRITU.
LA FUENTE DE TODOS LOS MISTERIOS.
(Presencia eterna de Dios en sí mismo)

“Antes que naciesen los montes, o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios. (Sal, 89)

En el principio existe la Palabra y la Palabra está con Dios, y la Palabra es Dios. Ella está en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella está la vida y la vida es la luz de los hombres, (Juan 1, 1-4)
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Antes que hubiese hombres, ni cielo, ni tierra, ni luces, ni masa siquiera donde modelar el universo, ya eras tú, Jesús Verbo Infinito, Palabra eterna amando al Padre, brotando en el único y perenne engendramiento que se produce en su seno. Y en el torrente de tu amor y el suyo, nos elegisteis para compartir vuestras delicias. ¡Gracias Señor por elegir entre todos los posibles, este proyecto hombre! ¡Gracias por hacernos altar y nido de descanso tuyo, donde cantar hacia fuera lo que tú siempre vives hacia dentro! Suponiendo que en vosotros tengan algún sentido nuestros términos de fuera y dentro. Aunque quedemos interiormente a oscuras en este misterio, sin idea alguna que pueda traducir la eternidad, podemos al menos sentir que somos como materia prima, nueva, en la que Dios logra reiniciar su obra, su camino, su imagen ¡Gracias Padre, Gracias Hijo, Gracias Espíritu! Este misterio requiere la entrega en humildad total, para que Él infunda la noticia a su modo, con la libertad creadora que sigue usando en sus hijos, y que nos hace a cada uno singular y distinto de todos los demás, a la vez que parte de toda su obra. Conviene recordar cada día el Misterio de la trascendencia de Dios, que supera todas nuestras formas de pensar, de sentir, de medir y de hablar. La Palabra del Evangelio que anuncia su relación de amor con el hombre, nos lo propone para que entendamos que venimos de lo eterno, y allí volvemos. Para proclamarlo la Sagrada Escritura usa la expresión “En el principio”, y es en ese Principio del Verbo en el que se creó todo lo que existe. Aún más, como dice S. Pablo de Cristo, “Él es el Principio” (Col. 1,18).

¿No es también María, en la historia de salvación, el “principio” donde está el Verbo de Dios? ¿No es ella el arke, o arca de la nueva presencia y nueva alianza? Al menos puede decirse con verdad que en ella, en María, estuvo la Palabra de un modo nuevo, iniciando una nueva forma de presencia. De su misma carne tomó el Verbo de Dios vida de hombre, y en ella estará para nosotros hasta el final y después del final de esta historia nuestra en la que vivimos y oramos aún, dentro de nuestro tiempo y de nuestro espacio. Como el mismo cordón de cuentas del Rosario, que forma un círculo donde se encuentran el principio y el final unidos por la cruz, así la vida religiosa y de piedad cristiana tiene principio y fin sobre sí misma, porque tiene en sí misma consistencia. Como un ser vivo que tiene su desarrollo marcado o inscrito en sus genes, nuestro Camino de la Vida no es solo hacia el final del tiempo, sino hacia el Principio de la vida. El mundo camina hacia el final, pero el hijo de Dios va siempre hacia el Principio de todo, hacia su Padre, que es origen y meta de todo; “pros ton Zeon” dice el Evangelio de Juan; hacia Dios de donde salió y a donde vuelve siempre. El círculo completo del Rosario es símbolo de ese total misterio para el hombre. Cuenta a cuenta, día a día, hora tras hora, y una oración tras otra, se llega al principio, donde todo empezó y a donde todo llega. Esa era la razón del poeta Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”. Y de esa mar enorme nace la nube de misterios que lloviendo en la tierra, la riega y forma el río que vuelve siempre a ella. Es la vida de Dios en el hombre, su Palabra bendita, encarnada. La maldición de Adán, -“polvo eres, y al polvo has de volver” (Gn. 3,18)-, tiene aparejada una bendición. A su estilo de enseñar por contrastes, nos informa el Libro Sagrado de otra verdad gozosa: si la tierra vuelve a la tierra, la vida que es de Dios, vuelve a Dios. Tener despierto el sentido que descubre en el hombre las dos fuerzas que le hacen crecer, la atracción de la gravedad de la tierra y la libertad hacia la luz, hacia el sol naciente de lo alto, hacia el cielo, es el principio de la sabiduría que le hace actuar correctamente y dar “Al César lo del César, y a Dios lo que es de Dios”. Y eso es lo que palpita en este primer misterio, lo que hay antes y después de nuestra vida de carne. “El nos eligió en la persona de Cristo antes de la creación del mundo, para que fuésemos su pueblo, santos e irreprochables ante Él por el amor… Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo: cuando llegase el momento culminante, recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”.
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En tu mente de hombre, Jesús de Nazaret, llevabas nuestra historia de salvación de la que te sabías protagonista y centro. Y así lo atestiguaste en tu nuevo estado de hombre-resucitado, en la conciencia de tu evangelista Juan: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti… glorifícame con la gloria que tenía junto a ti, antes que el mundo fuese” (Jn. 17,2.5). Meditar en presencia de tu Madre sobre esa ‘preexistencia’ tuya, o existencia por encima de todo lo que existe en nuestra percepción de sentidos, es lo que te pedimos en este misterio. El principio y final junto a ti, se traduce en la Escritura, y en la oración de la Iglesia, con la fórmula: “Como era en el Principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos”. Pero el Principio, apenas si tiene algunas otras formas literarias que lo definan. Se dice que existes “desde la eternidad”, “desde siempre” o simplemente, evitando toda complicación filosófica, “desde el Principio”. Es la fórmula que usan los Evangelios para su comienzo. Excepto Mateo que prefiere el término de “génnesis de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán,…”(Mt. 1,1), los otros tres evangelistas emplean un término que para los cristianos es paradigmático: El Principio (ARJE, ó arke) (Mc, 1,1; Lc.1,2; Jn.1,1). Cuando nos proclaman tu historia, Jesús Hijo de David, lo hacen “desde el Principio”, o “en el Principio”, con lo que están apuntando precisamente a esa eternidad o esencia que no puede caber en nuestros parámetros de tiempo espacio, de donde viniste, a donde te fuiste, y donde estás ahora, Cristo Jesús eterno, glorificado. Y es que en ti lo antiguo sigue siendo nuevo, porque en tu palabra se convierte todo, cada día, en nuevo: Nuevo testamento, nueva alianza, vino nuevo, nuevo tiempo y espacio en el lugar que nos tienes preparado en la casa del Padre. Esa es la forma de buscarte en la oración: la novedad constante del amor. Pero ni en el pueblo, ni en cada individuo, ese estado llega de una vez, sino que tiene un proceso didáctico; es la historia sagrada que acaba en encuentro contigo, el que eras antes del tiempo, el que sigues siendo cercano ahora en el tiempo, y cuando acabe esta forma nuestra de medir la realidad, serás también la fuente permanente del agua de la vida, y el pan de la vida.

El Misterio de tu vida no sujeta al tiempo, eterna, es el comienzo y el final de la oración, y debe reflejarse también en esta forma sencilla de contemplar los bien llamados “Misterios del Rosario”, que no son otra cosa sino balcones de gracia abiertos al gran misterio de tu vida de Dios en relación al hombre, resumen de todo el Evangelio. El que ora, descubre así su auténtico sentido de vivir: ser un continente del amor tuyo. Lo dice tu discípulo amado: “Padre quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo… si el mundo no te conoce, yo te conozco, y ellos te conocen porque tú me has enviado y yo les he dado a conocer tu nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con el que me amas esté en ellos, y yo viva en ellos” (Jn 17,24-26).
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1.-2. CREACIÓN DEL COSMOS Y DEL HOMBRE LIBRE EN SU PARAÍSO. EL PECADO Y LA PROMESA.
(Presencia de Dios en todo lo que existe)

Dice el Libro del Génesis: En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra lo creó…. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto (Gen 1,1. 26-31)…

Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado… Yahveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde allí se repartía en cuatro brazos. Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.” (Gen 2, 8-17)… Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”
Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí.” Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar. A la mujer le dijo: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.” El hombre llamó a su mujer “Eva”, por ser ella la madre de todos los vivientes. Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió. Y dijo Yahveh Dios: “¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.” Y le echó Yahveh Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida. (Gen 3, 6-7.9-24)
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Padre, Hijo y Espíritu, desbordan el río de su amor creando el cosmos y todo lo que en el existe. Y en tu misma persona Jesús de Nazaret, como Verbo de Dios, fuera del tiempo y del espacio, cuando no había nada, junto al Padre y al Espíritu, desde vuestra eternidad que es el Principio, creasteis también al hombre -varón y mujer-, libre en un paraíso a su medida, donde hablaba contigo cara a cara, y cuidaba tu jardín. Pero otro misterio lo separó de ti. Fue la desobediencia. Para poder amar, tenía que ser totalmente libre de tu mandato, que lo acercaba a ti. Adán y Eva, el primer hombre, podía obedecer o no, escuchar tu Palabra o la suya propia, que lo echó hacia sí mismo arrastrado por sus caprichos. Quiso el hombre dominar la ciencia del bien y del mal y fue engañado al creer que esos dos principios de la vida, dependían de la apariencia hermosa y comestible del fruto de un árbol. Eso habría de ser cierto cuando el tiempo llegase a su madurez, pero no antes. El Adán primero equivocó el camino, pero aún así no lo abandonasteis del todo en su encrucijada. Le disteis una promesa de salvación, en un nuevo ser que nacería también del vientre de la mujer. Y aquella Eva fue signo de María, de la que nacería el verdadero fruto de la Vida, y el árbol prohibido perdió su veneno en otro árbol en cruz. El resto de la historia es también tu historia, Jesús Hijo del Hombre, porque como dirá tu apóstol: “todo se hizo por ti y para ti, y en ti está la vida”. El fruto y el sentido de la oración meditativa del Rosario, será la unión contigo Jesús, Verbo eterno de Dios, sabiendo que vienes aún de fuera del tiempo y del espacio, y que entras en ellos como Señor, a través del hombre, en la creación que tú mismo hiciste, unificando su esencia en tu persona de Cristo, hombre Ungido de Dios, desde “el Principio hasta el encuentro tras la muerte”. Así despacito, rezando, aprendemos que el mismo que dijo “Sea la luz…Sea el firmamento… Sean las aguas y la tierra…”, fue el que dijo “Sea el hombre a nuestra imagen y semejanza…”. Y ese eres tú, Verbo Eterno, que te encarnaste en el seno de María al llegar la plenitud del tiempo. Mostrándonos físicamente a quien habíamos de ser semejantes, nos abriste el camino para llegar de nuevo al Reino de Dios perdido, al encuentro con el Padre. Entre esas dos referencias de todo lo creado, entre el principio y el fin, orando, nos relacionamos contigo, Verbo del Padre, creador de todo. Cada cultura lo hará a su manera, y cada hombre incluso, dentro de cada cultura lo hará también a su personal modo definitorio de su unicidad y singularidad, pero la búsqueda y el encuentro serán un mismo Camino para todos. Eres tú, no hay otro.
El resumen de este Misterio nos lo da Juan en su Evangelio, traduciendo la voz interior que le urgía a comunicarlo a los hombres, porque te conocía a ti Jesús de Nazaret, como Camino, Verdad y Vida: “Glorifícame ahora Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes de la creación del mundo…” (Jn, 17,5). El Principio para él, para Pablo y para todo el Nuevo Testamento, tiene una réplica histórica en el camino de salvación, un hombre concreto, modelo de todo y para el que se hizo todo. Y tan misterioso es el Principio como el final. El hombre de fe, que se admira en la “humildad de las cosas grandes” hechas en María, lo proclama en todas sus oraciones. En todas termina con la misma doxología: “Gloria al Padre, gloria al Hijo, y gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora siempre, por los siglos de los siglos”. Esa es la expresión de la eternidad que hacen los sencillos, al reconocer que el hombre, creado en el cosmos, es el capricho de Dios, el beneplácito de Dios, la Eudokía de Dios, su imagen de Hijo querido. Modelasteis así una creatura a vuestra imagen y semejanza, e incluso con una cosa más que tú Verbo Divino, pero complementaria a ti en tu imagen de hombre creado; es su debilidad y su pecado que provocarán tu amor hasta dar tu vida por ella. Esa creatura es el hombre libre, capaz de oponerse a ti, de olvidarte, dejarte y volver luego a ti suplicante, asustado y arrepentido por su debilidad y su pecado. Ni Dios Padre Creador, ni Tú, Hijo Redentor, podéis pecar, porque no tenéis a nadie por encima de vosotros que os diga lo que tenéis que hacer, o cómo hacerlo, ni si está bien o mal hecho. Todo lo que hacéis es como vosotros, bueno. Aunque a nosotros nos parezca muerte, si lo hacéis vosotros es vida. Aunque a nosotros nos parezca impropio, inentendible, si vosotros lo hacéis, es lo más adecuado, lo más simple para el entendimiento. Por eso, libre en su paraíso, aquel hombre primero pudo perder su semejanza de luz, y también podemos hacerlo nosotros al optar por una semejanza de nosotros mismos, con una técnica que no llamamos ya ciencia del bien y del mal, sino “lo-que-nos-da-la-gana”. En realidad el pecado echa aún hoy hacia sí mismo al hombre, hacia sus caprichos, hacia su ‘gana’, hacia su forma de entender la vida regalada, sin hacer referencia a las normas de la misma vida que lo crea. Y seguimos todavía en la dicotomía de ser o no ser, de ser según Dios, o según nos parezca a cada uno de nosotros.

Pero no solo hubo pecado en aquel principio. Hubo también una promesa que nos iluminó otro modo de vida. Fue el Principio de tu victoria sobre el mundo. Así lo cuenta el Génesis: A la serpiente le dijo: -“Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: el te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar (Gen, 3,15). El engaño sigue mordiendo hoy el corazón del hombre, lo saca del paraíso de su sencillez, y queda envenenada la tierra por su culpa. Y otra vez tienes que darle tú, Dios de bondad, una esperanza. Si la acepta, regada su tierra con el llanto y el sudor del trabajo, le sales al encuentro, y entonces sus espinas parecen menos hirientes. Incluso le enseñas a tratar el dolor de esas espinas, cuando mira en su oración tus propias sienes. Sigue el hombre sudando por su frente para alcanzar el fruto de la tierra, pero ya tiene la referencia de la Tierra Nueva que conseguiste tú sudando sangre, y condensando todos sus dolores en tu cuerpo. La serpiente no solo te mordió en el talón, sino que todo tú fuiste mordido, y la maldición de la tierra por el pecado, hizo necesaria una promesa de otra tierra de obediencia y encuentro. El camino hacia ella se inicia por la fe.

Fue demasiada carga para Adán el ser hombre libre, recreador contigo de todo el entorno de su universo, teniendo a su cargo una esposa y cuidando el jardín con su árbol prohibido en el centro. El diablo conocía sus ganas inaguantables, escritas en sus genes, de obtener sabiduría, de engendrar un hijo, y ser así como el Padre y tú, unidos en el amor. Pero él quiso hacerlo por cuenta propia, no hacia ti. La precipitación de la desobediencia lo perdió. El jardín se convirtió en la tumba de su primera libertad.
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1.-3.- EL REGALO DE LA FE. UNA PROMESA Y UNA RESPUESTA.
(Presencia de Dios en la fe)
– Yahveh dijo a Abram: “Sal de tu tierra y de tu patria, de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.” Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán. Tomó Abram a Saray, su mujer, y a Lot, hijo de su hermano, con toda la hacienda que habían logrado, y el personal que habían adquirido en Jarán, y salieron para dirigirse a Canaán. (Génesis 12,1-5).
– “ Yahveh se apareció a Abram y le dijo: “A tu descendencia he de dar esta tierra.” Entonces él edificó allí un altar a Yahveh que se le había aparecido. De allí pasó a la montaña, al oriente de Betel, y desplegó su tienda, entre Betel al occidente y Ay al oriente. Allí edificó un altar a Yahveh e invocó su nombre…” “A su regreso después de batir a Kedorlaomer y a los reyes que con él estaban, le salió al encuentro el rey de Sodoma en el valle de Savé (o sea, el valle del Rey). Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: “¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!”Y diole Abram el diezmo de todo”( Gen 14,7-8; 17- 20)
– “Después de estos sucesos fue dirigida la palabra de Yahveh a Abram en visión, en estos términos: “No temas, Abram. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande.”… Y sacándole afuera, le dijo: “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.” Y le dijo: “Así será tu descendencia.”Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia. Y le dijo: “Yo soy Yahveh que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra en propiedad.” (Gen 15,1.5-6) .
– Se le apareció Yahveh en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a sur vera. Como los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: “Señor mío, si te he caído en gracia, ea, no pases de largo cerca de tu servidor. (Gen 18,1-3).
-“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: “¡Abraham, Abraham!” El respondió: “Heme aquí.” Díjole: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.” Al tercer día levantó Abraham los ojos y vio el lugar desde lejos. Entonces dijo Abraham a sus mozos: “Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros.” Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham: “¡Padre!” Respondió: “¿qué hay, hijo?” – “Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Dijo Abraham: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron andando los dos juntos. Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel de Yahveh desde los cielos diciendo: ¡Abraham, Abraham!” El dijo: “Heme aquí.” Dijo el Ángel: “No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.” Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar “Yahveh provee”, de donde se dice hoy en día: “En el monte “Yahveh provee” El Ángel de Yahveh llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y dijo: “Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.” (Gen 22,1-18)
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Perdida por Adán la primera patria que tuvo el hombre creado en tu benevolencia, Dios omnipotente, y alejado de la amistad en que podía acercarse a ti y vivir en tu presencia, como vive un hombre ante su amigo, cara a cara, tuvo en mala hora que salir del paraíso y legarle a sus hijos la carne deslucida ya de los dones preternaturales con que lo habías adornado. Pero no lo abandonaste a su dolorosa soledad. Adán y Eva escucharon tu promesa, y vieron a lo lejos redención para su carrera sobre la tierra hostil que lo esperaba reseca, para beberse los sudores de su frente y darle algún fruto en recompensa a su trabajo; aquella madre tierra que no tardaría se beberse también la sangre de Abel, el primer hombre asesinado brutalmente por su envidioso hermano. Pero tú ni siquiera abandonaste a Caín, y como Dios justo, le hablaste al pecador, te acercaste a él. Bien sabía el Padre, que andando el tiempo, Tú Cristo bendito, su propio Hijo Eterno, también morirías por envidia, masacrado por tus hermanos de raza. Quizás en anticipo de esa redención tuya definitiva, no quedó todo roto con la muerte del primer justo, Abel, y reiniciasteis la reconquista del hombre para vuestro reino de Paz. Por eso escogisteis a Abrahán, lo sacasteis de su tierra y de su parentela y le hicisteis un regalo y una promesa. Le regalasteis nuestra fe bendita. Y con ella salió él, y salimos nosotros, esperanzados hacia una tierra nueva, la tierra de la promesa. Dejando lo suyo, salió Abrahán sin saber siquiera a donde iba, y en su camino de fe se convirtió en el padre de todos los pueblos que buscan y caminan guiados por la esperanza hacia una tierra soñada, tierra prometida y esperada contra toda apariencia razonable, en la que se sintetizan todas las utopías de la humanidad. Y comenzó Abrahán el camino que después habremos de seguir todos los hombres, elegidos para vivir la fe. En él comenzó a fructificar la semilla que busca el encuentro, como fruto maduro de su desarrollo. El mejor resumen de esta promesa la pone el Evangelio de S. Lucas en boca de María. Su canto de entusiasmo contagió a Isabel en la montaña del Israel de carne, y sigue contagiando al que lo oye en la nueva cumbre del Espíritu. “Magníficat ánima mea Dóminum..”, no es solo un canto del alma llena de agradecimiento y gloria, sino una profecía permanente para todas las “generaciones” de la fe, que son la verdadera descendencia de Abrahán. La “obra grande” que el Señor hace por María es que “su Misericordia llega ya a sus fieles, de generación en generación”, y así termina el canto profético : “Auxilia a Israel, su siervo, su niño,–paidos autou– acordándose de su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abraham y su descendencia por los siglos. Es el fundamento en el que se mueve María, y también su oración y su obra en nosotros hoy. El gran regalo de aquellos patriarcas, y en especial de Abraham, es la fe viva que tiene su cumbre en María, y en ella nos marca el camino hacia el gran encuentro en la tierra prometida, tras la realidad final de la muerte, en el reino inaugurado por el Hijo de su vientre, Jesús. No se puede entender bien a María y su incardinación vital al Misterio de salvación de todo hombre, sin conocer la historia de Abrahán, su fe y la promesa. No se puede rezar bien el Rosario, sin sentirse de la “estirpe de Abraham” siervo de Dios.

1.-4.- ESCLAVITUD Y PRIMERA PASCUA DE EGIPTO.
(Presencia de Dios en la promesa y en la misericordia)

Los israelitas que fueron a Egipto con Jacob, cada uno con su familia…(José ya estaba en Egipto), descendientes directos de Jacob, eran setenta personas. Muerto José y sus hermanos y toda aquella generación, los israelitas crecían y se propagaban, se multiplicaban y se hacían fuertes en extremo, e iban llenando el país. Subió al trono en Egipto un Faraón nuevo, que no había conocido a José, y dijo a su pueblo: “Mirad, el pueblo de Israel está siendo más numeroso y fuerte que nosotros; vamos a vencerlo con astucia, pues si no, cuando declare la guerra, se aliará con el enemigo, nos atacará, y después se marchará de nuestra tierra… Así es que nombraron capataces que los oprimieran con cargas en la reconstrucción de las ciudades granero… hartos de los israelita los egipcios les impusieron trabajos crueles, y les amargaron la vida con dura esclavitud… El rey de Egipto ordenó a las comadronas hebreas ”cuando asistáis a las hebreas y les llegue el momento, si es niño lo matáis, y si es niña la dejáis con vida. (Éxodo 1, 1-22)
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Jacob, buscando la promesa, llegó hasta Egipto y fue subyugado y esclavizado por la potencia cultural, humana y económica del momento. Ante aquel despliegue de poder y de cultura, el pueblo de la fe era como una humilde nada, no tenía posibilidad alguna allí de vivir, sino para servir y padecer. Acudió el pueblo de Dios hacia el brillo del bienestar Egipcio donde había trigo en abundancia, y podría decirse que al principio, con José, triunfó y se hizo grande aquel pequeño pueblo. Pero descubrió en sus propias carnes, que no era un pueblo para el triunfo en otra cosa que no fuera su confianza en Dios. Por eso cayó pronto en esclavitud, y tuvo que apiadarse de nuevo el Señor de su tormento, enviándole otro signo de lo que habría de ser su salvación definitiva. Eligió a otro hombre y lo envió como salvador. Fue Moisés. Con él salió otra vez el pueblo hacia su patria prometida, cruzando el mar rojo y el desierto. La pascua o salida de Egipto, de nuevo hacia el lugar en el que pudiera alabar a su Dios, se va a hacer el signo de la salida del hombre hacia su patria eterna, cuando el verdadero Salvador inaugure el paso por el mar rojo de su propia sangre, y el lugar de alabanza sea el Espíritu. El regalo de la Pascua, de la salida de Egipto, con la liberación de aquellos trabajos forzados y el régimen de esclavitud en los que había caído la raza portadora de la fe y esperanza de Abrahán, además de dar identidad a un pueblo, siguen siendo una escuela viva de la relación del hombre con Dios. El misterio podría resumirse así: cuando Él llama, hay que dejarlo todo y seguirlo, atravesando el desierto de los sentimientos atrapados por el mundo.

El pueblo pronto se acordaría de la carne, del pan y las cebollas de aquel Egipto esclavizante, porque la aventura del desierto no es precisamente la entrada en la gloria. Pero cuando cruzó el mar rojo urgido por la llamada de Dios y espoleado por la persecución de los egipcios, ya no tenía otro remedio que seguir adelante caminando. No se podía ya volver atrás.

Entrar en el mundo de la oración, instruidos por esa historia de Israel, traerá también consigo el resto de su experiencia como pueblo de Dios: Sus cuidados, su Ley, su presencia constante, su columna de humo de día, y su llama de fuego en la noche. El canto de María, el Magníficat, hará referencia al “auxilio” prestado a Israel (Jacob), su siervo, “acordándose de la misericordia, como había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y su descendencia por siempre”. (Lc 1,46-55). Ese ambiente de promesa y juramento de Dios, que crean una Alianza, será el contexto en el que María recibirá el anuncio de cercanía inmediata: “El Señor está en ti…”
Orar con María recordando la Pascua de Israel, es entrar en una noticia tradición muy querida para ella. Según nos dice el Evangelio de Mateo, la Sagrada Familia también tuvo que sufrir el destierro emigrando a Egipto por la persecución de Herodes. Y a su regreso a la tierra de Israel, “sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. (Lc. 2,41)”

1.-5.- EL DESIERTO, EL ENCUENTRO EN EL MONTE HOREB, Y LA LEY. ALEGRÍA, LIBERTAD Y ESCLAVITUD DE LA LEY.
(Presencia de Dios en la zarza ardiente, en el mar rojo, en los milagros del desierto, en el monte Sinaí.)

Luego envió a Moisés su servidor, y Aarón, su escogido, que hicieron entre ellos sus señales anunciadas, prodigios en el país de Cam. Mandó tinieblas, y tinieblas hubo, mas ellos desafiaron sus palabras. (SALMO 105, 26-28)

¡Aleluya! Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob, un pueblo balbuciente, se hizo Judá, su santuario, e Israel fue su dominio. Lo vio la mar y huyó, retrocedió el Jordán, los montes brincaron lo mismo que carneros, las colinas como corderillos. Mar, ¿qué es lo que tienes para huir, y tú, Jordán, para retroceder? ¿Qué os pasa montes, para saltar como carneros, colinas, como corderillos? ¡Tiembla, tierra, ante la faz del Dueño, ante la faz del Dios de Jacob, aquel que cambia la peña en un estanque, y el pedernal en una fuente! (SALMO 114)
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“Cuando Israel salió de Egipto…”, Dios de amor y misericordia, lo liberaste de la esclavitud a la que estaba sometido por los hombres poderosos de aquel tiempo. Israel, como signo para todos los tiempos, fue sacado por ti, Dios redentor, de la riqueza humana que esclaviza a su servicio, y que tiene sus propios dioses, sus propios valores, su liturgia del oro y del poder. Así el pueblo entró en el desierto, pero se hizo otra vez esclavo de su hambre, de su sed, de sus miedos, como dirá S. Pablo, porque marchó hacia la Ley que, en la interpretación errónea e interesada de otros hombres, se mostraría tanto o más esclavizante que el mismo Egipto. En el Monte Horeb nació el hombre del “temor a Dios” entendido como miedo, no como respeto amoroso. El Sinaí fue un anuncio del Tabor y del Calvario a la vez. Pero de todas formas el desierto fue una etapa ejemplar de tu pueblo Israel, Dios de los encuentros difíciles. Hubo tentaciones, desconfianzas, sed y agua brotando de una roca, el maná, las codornices, el becerro de oro, la ley escrita en tablas de piedra… y todo sigue teniendo vigencia como enseñanza, para el que busca la promesa del Reino definitivo. Aquella etapa fue todo un paradigma, un ejemplo de la historia del hombre como individuo y como pueblo, porque comenzó la manifestación de tu amor compasivo, de tu misericordia, como Dios vivo y verdadero. Cuando compadecido los sacaste al desierto, a la nada, quedaron totalmente dependiendo de ti, hasta para el pan de cada día. Pero no es fácil entender tu amor a la primera. Incluso allí fueron rebeldes, y les diste para medida de sus maldades la Ley. Tu amor se manifiesta en su pecado conocido por la ley. Sabían que habían pecado, pero no podían salir de su extravío, y les abriste el camino de la necesidad de un redentor, un héroe ungido de ti, un Cristo, que los sacase definitivamente de sus propios yerros, como Moisés los había sacado de la esclavitud de Egipto. Así llegó al pueblo a la tierra prometida. María, José y el mismo Jesús, serían fieles cumplidores de aquella Ley y de las tradiciones. Sus signos los vivieron en su propia carne. Circuncisión, presentación purificadora y de rescate del primogénito en el templo, la celebración de la Pascua y demás fiestas anuales… Incluso en el Calvario, la última palabra de Jesús hizo referencia a aquella Ley escrita: “todo se ha cumplido. E inclinando la cabeza entrego el espíritu” (Jn 19,30).

1.-6.- LA TIERRA PROMETIDA. SE ESTABLECE EN ELLA EL PUEBLO Y EDIFICA EL TEMPLO.
(Presencia de Dios en el templo y su liturgia. Las “cosas del Padre”)

¡Qué deseables son tus moradas Señor de los Ejércitos… Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor… Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares Dios mío y Rey mío… Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. (SALMO 83)

¡Cuarenta años deambulando por el desierto! Y entraron en la tierra prometida, pero no manaba para ellos leche y miel. Hubo guerras constantes, desobediencias, ídolos, exilio y nuevas promesas… pero nunca pudo ser Israel un pueblo más del mundo, ni vivir en la paz de tu presencia mucho tiempo. Aún así les regalaste levantar un templo que diera sentido y unidad a su vida religiosa de escucha a tu Palabra, de obediencia y servicio. El Templo fue el lugar de tu presencia, Dios de Israel, y signo del Hijo que será la auténtica y definitiva presencia. La lucha por establecerse como un pueblo más del mundo, olvidando su misión de ser “santo”, separado, consagrado a tu palabra, fue el tercer fracaso de su historia, y la salida de ese fracaso, vendría por María, que escuchó, aceptó y cumplió tu Palabra. También para nosotros hoy entrar en la ‘tierra prometida’, es entrar como ella y con ella, en el mundo del recuerdo vivo que nos abre la oración. El Rosario es un camino privilegiado y seguro par entrar a esa tierra santa de la presencia íntima de Dios.

1.-7.- LA PALABRA VIVE Y SE ANUNCIA EN LOS PROFETAS. DAVID Y LOS SALMOS.
(Presencia de Dios en la Palabra)

Sobre la salvación (de Cristo) investigaron e indagaron los profetas, que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros, procurando descubrir a qué tiempo y circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que estaba en ellos. (1Pe. 1,10-11)

Y así se nos hace mas firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero del alba” (2Pe. 1,19)

El pueblo de Dios se fue haciendo sabio en la esperanza de su plenitud y el reinado perpetuo de Yahveh sobre todos los pueblos. ¡Cuando venga el Mesías! En ese anuncio profético, encuentra al fin su auténtica tierra prometida, y vive en la esperanza de un hombre ungido, mesías, salvador y rey definitivo. La realidad oscura y ciega del pueblo fue iluminada durante un milenio por la palabra viva en hombres especiales, sufrientes, separados para El, santos y consagrados a esa misma palabra que ungía a los reyes y configuraba la historia del pueblo. Aquellos sufridores de la luz de la Palabra, no tuvieron más vida que la misma Palabra que vivía en ellos. Ser poeta ya es como un martirio de gestación y parto, pero ser profeta, ser instrumento eficaz de la misma fuerza creadora del universo entero, no es cosa de muchos, y muy pocos pueden aguantar esa misión. La experiencia del Verbo de luz ‘encarnado’ en el alma, es una herida abierta que hace sentir al que la lleva, que la promesa no es para este mundo, y que trasciende fuera de la historia.

La preparación del ambiente de esperanza y cercanía del reino, fue para los llamados a su anuncio en medio de gente descreída, uno de los dramas más sublimes de la humanidad. Solo la fuerza que imprime la presencia de Dios en el fondo más sencillo y humilde del alma, lo hizo soportable. La propia historia de Jesús es un resumen del martirio que supone soportar la palabra de Dios en medio de un pueblo endiablado, cuyos dirigentes se proclamaban ‘Hijos de Abraham”, habiendo perdido y olvidado el auténtico contenido de esa filiación. Fue sin duda una experiencia turbulenta la de ser conciencia del pueblo de Dios en un contexto de cultura que no miraba el cielo, sino al propio provecho. Sin duda fue difícil ser profeta en Israel.

A veces, ser Nabí o profeta, era ser capaz de ‘delirar’ al ritmo de la música que los ponía en trance. Pero en medio de ese delirio casi patológico, la Palabra se hacia realidad de luz en algunos para el pueblo, para la gente sencilla. Eran especialmente llamados, aquellos profetas que denunciaban hechos, y anunciaban la realidad desde la visión de Yahveh. “Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jer. 1,9), le dijo Dios a Jeremías, y desde entonces no había forma para él de escabullirse del encargo ni de seguir siendo como se era antes de recibir la Palabra. No solo eran profetas con la palabra, sino con toda su vida, sus actos, sus fortunas y sus familias. Todo su ser quedaba impregnado de la esencia de Dios que los llamaba para derramarse como el rocío sobre el pueblo. Las palabras que reciben, son suyas, pero no para ellos. Aarón era el profeta de Moisés, su boca, y el mismo Moisés será la imagen perfecta del profeta, del amigo de Dios que tiene una experiencia única, mediadora ente Dios y el pueblo. No se puede conocer al “Hijo de David”, sin conocer a los profetas que lo anunciaban. Jesús, en su vida y en su alma, será el resumen concentrado de todos los profetas, de todos los anuncios y promesas de Dios, de todos los criterios del Padre sobre el mundo, incluyendo el dolor y la muerte. Contemplar a Jesús en su proclamación de la Iglesia como el Verbo encarnado, muerto, resucitado y sentado en el reino eterno de los cielos junto al Padre, supone entrar en aquella realidad terrible que el pueblo vivió en el Monte Horeb el día de la asamblea grande en el desierto, cuando Moisés recibió las tablas de la Ley, y que le hizo exclamar “no quiero escuchar más la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir” …Y Dios le respondió, “Tienes razón; suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú, y pondré mis palabras en su boca.(Dt. 18,16-17). En ese ambiente de cercanía y constatación de la presencia terrible se esperaba al Mesías, el Ungido de Dios para su pueblo. Incluso se esperaba esa cercanía fuera del Israel eterno. Así pensaba la samaritana de Sicar, y se lo dijo a Jesús junto al pozo de Jacob: “Sé que va avenir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga, nos lo anunciará a todo” (Jn. 4,25). Toda esa esperanza era la que tenía María de Nazaret, dentro de su corazón dedicado totalmente a la Palabra, cuando el arcángel Gabriel la encontró, llena de gracia, kejaritomene, en plenitud de gracia. La cercanía de esa venida era el ambiente en el que fue enviado el Arcángel Gabriel al alma y el cuerpo de una muchacha elegida, limpia, sencilla, y abierta a la Palabra. La encontró y por fin el pueblo de Israel dio su fruto para todos los pueblos de la tierra. Su misión histórica estaba cumplida. El tiempo llegó a su plenitud cuando María, la elegida, dijo sí, “Hágase en mí”. La gran profetisa de la raza humana, fue sin duda María.

La esencia de todo aquel ambiente de palabra se resume en los Salmos. David con su autoridad de referencia, será no solo en lo físico el transmisor genético del Mesías, al que le se llamará “Hijo de David”, sino la conjunción de poeta, profeta, sacerdote y rey cuya figura aglutina todo el ámbito en que va a ser efectiva la Palabra de Dios. El anuncio del Arcángel Gabriel a María, fue el resumen de toda esa historia de esperanza: “Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.
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2 .- MISTERIOS GOZOSOS
(Para los martes, o para el primer despertar en la noche)

Siete balcones abiertos a la calle gozosa de la vida humana del Verbo de Dios, para ver el misterio tremendo del amor recreando el universo. A Dios, teniéndolo todo, le faltaba algo, nunca había sido niño, limitado, dependiente de las manos amantes de una madre humana, y de un hombre. Nunca había dicho madre, ni “mamá”, ni por supuesto había mamado de unos pechos de mujer en la dependencia más primaria y estructurante, regalada a su criatura preferida. Conociendo bien al hombre, como su Creador que es, y la enorme libertad en que lo había cimentado, para poder enfrentarse incluso a su propio Hacedor, Dios sabía que muy pronto, en las conversaciones íntimas que tendría con él cuando, cumplido su destierro, vuelva al paraíso, podría echarle en cara la diferencia en que lo había creado, a pesar de enseñarle y dejar por escrito que lo había modelado a su imagen y semejanza. Podría el hombre decirle: “Tú eres Dios y no has tenido que sufrir la síntesis de toda la evolución humana concentrada en un pequeño tiempo de crecimiento que llamamos niñez”. “Tú no has mamado de los pechos de una madre, ni has aprendido a sentir, hablar y pensar mirando sus labios”. “Tú nunca has dependido de alguien que te cambie los pañales para sentirte bien”. Y Dios se adelantó a esa posible reclamación del hombre, y para que su relación fuese en cercanía, preparó su propio camino de hombre “desde el Principio”. Un camino largo, que viene de lejos y desemboca en la plaza del pueblo de la luz. Camino del norte y del sur que se hace próximo, cercano y nuestro, como nuestro es el Hijo de Dios, el “Dios con nosotros”, el “Hijo del hombre”, el Mesías prometido a Israel y Rey del Universo. Lo proclama así el Evangelio de S. Lucas, fuente de los relatos de la Infancia de Jesús y de los misterios gozosos. (Lc 3,23-38)” En opinión de la gente de Israel, era hijo de José, Matatías, Amos… hijo de Adán y” de Dios”. De ese misterio enorme arranca el camino del hombre, y el del Hijo del hombre. También S. Mateo aporta algunos datos de esa cercanía tierna de la infancia, que contemplaremos en los Misterios de los Magos de Oriente, de la huida a Egipto y de la muerte de los inocentes. Al asomarse a los misterios de la infancia de Jesús, uno siente que son lugares de fiesta, de alegría, de ternura, de plenitud en el tiempo de la fe; pero siguiendo en ellos, muy pronto descubre que son también lugares de contradicciones y duras experiencias, de dudas naturales y desgarros interiores, que solo se superan gracias a la enorme fuerza de fe de los protagonistas. Junto al eje central de todo lo que recordamos en la oración sencilla del Rosario, que es el Verbo de Dios hecho niño, hay una figura que envuelve ese eje en todos los misterios de gozo, y es la de María, la Madre. Junto a ella, sin apenas destacar en nada, casi invisible si uno no se fija bien, pero a su lado siempre en protección y amparo, está la de José su esposo. Creyó él en el ángel de su sueño, aceptó a María como esposa embarazada del misterio del Espíritu, quedó también comprometido en aquella realidad gozosa y doliente con toda su vida, y hasta el final cumplió. Orando con ellos, sentimos la soledad en la que reciben la Noticia de Dios, revivimos su confianza en esa Noticia recibida y aceptada, y el movimiento inmediato que les produce hacia los piadosos y humildes, hacia esos que solo Dios conoce. María concibió en soledad, y sube en su misterio de silencio a la montaña donde encuentra la primera compañía de su aventura increíble, pero creída por Isabel, también embarazada en su vejez, portadora del “hombre más grande nacido de mujer”. La compañía de María, seremos después eternamente todos los que aplaudimos su gesto, los que la llamamos aún: “Bienaventurada tú porque has creído, y bendita entre las mujeres”, y ‘saltamos de gozo’ también con el niño Juan en el seno de nuestra madre iglesia, donde estamos engendrados en la fe y esperando el momento de llegar a la luz de la gloria. La repetición constante del Rosario, el manojo de rosas en los que cada pétalo es un avemaría, debe resonar en su presencia como el rumor profundo de las aguas del río de la fe, fluyendo por el lecho de las generaciones que la llaman dichosa.

José, entre su amor sorprendente, inmenso, a María y su conciencia rota ante el hecho de un embarazo del que estaba seguro no ser responsable, recibe en la soledad de sus sueños la noticia de quién era en verdad el autor de ‘aquello’, y él, contra toda lógica humana, contra toda la “sabiduría de la Ley” judaica y de las costumbres genéticas de todos los hombres, acepta el sueño, recibe a María y se pone en marcha. Primero Belén, después Egipto, Nazaret, Jerusalén… Su camino desde que aceptó el misterio fue largo y lleno de zozobra, pero en lo íntimo tenía la seguridad de que aquel nuevo modo de amar, era el mayor regalo de Dios a los hombres, mejor incluso que la Ley. José, dentro de sus ajetreos y preocupaciones, fue el primer hombre en ser amado por María y Jesús, sujetos a su cuidado. No hay otro como él en la historia sagrada. Ni Abrahán, ni Jacob, ni Moisés, ni profeta alguno tuvo tanta cercanía de la gracia, ni tanto compromiso con ella. Es sin duda el hombre del Espíritu, y como Él, casi invisible en el Evangelio.

También los Magos de oriente y los Pastores vieron en su soledad signos en el cielo, se fiaron de ellos, se pusieron en camino y encontraron la presencia prometida. Pero tuvieron que superar la contradicción interna entre la imagen que se habían forjado al recibir el mensaje de la estrella o de los ángeles, y la realidad que encontraron visible y tangible para sus sentidos de todos los días. ¿Era posible que Dios apareciese en los pobres arrabales de un perdido pueblo, de una humilde nación en un rincón ignoto de la historia del hombre?

María, José, los Pastores y los Magos, en esencia recibieron el mismo mensaje: “Alegraos, la gracia está cerca… el misterio de un niño engendrado en el seno de una virgen,… ¡ya os ha nacido!… será grande,… será llamado “Hijo del Altísimo”, al que se le ha dado el trono de David… Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin… porque El Espíritu Santo… cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será Santo, y será llamado Hijo de Dios…” (Lc 1,28-35) Y para todos, el siguiente paso fue comprobar la gozosa Verdad en las contradicciones aparentes de la realidad visible. Lo anunciado, lo creído y lo visto, tocado y oído, eran la misma cosa: El Hijo de Dios, en un pesebre; el Rey de Israel, en un establo escondido; el Salvador de todos los hombres, cantado y servido por los ángeles, anunciado por las estrellas del cielo, estaba recostado entre animales de carga, dormidito entre pajas, sin más boato que unos brazos amantes, y unos ojos brillantes, asombrados de luz cariñosa. Pero la fe, como el instrumento de relación del Reino para todos ellos, -María, José, los Pastores y los Magos-, les había dado los tan deseados “ojos de ver” las cosas de Dios. Y no se escandalizaron, sino que al comprobar ‘la verdad de la noticia que se les había proclamado’, encontraron la alegría de la plenitud que brotaba en la humildad, en la soledad de aquel pesebre. Pero la vida con el Niño Dios no fue solo dulzura y gozo, caramelo y sopita caliente. Hubo sobresaltos, huídas, persecuciones, muertes, ausencias y sobre todo un sentido nuevo de las cosas y de la vida hacia Dios, que hicieron que la verdad gozosa de la Presencia, creciera sobre ascuas.

2.-1.- PRIMER MISTERIO Y BALCÓN DE GRACIA: LA ENCARNACIÓN DEL VERBO.-
(Presencia de Dios en la íntima humildad de la aceptación)

LUCAS, 1,26-38
Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel dejándola se fue.
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Asomados al balcón que da al oriente de tu pueblo, María de Nazaret, te vemos venir con la presteza y agilidad de tu paso joven, por la calle larga de la historia sagrada del Pueblo de Dios. Desposada ya, pero virgen aún, resplandeces de alegría que desprende tu auténtica pureza. Vienes mirando hacia el eterno mundo de los espíritus. La ilusión en tu cara es reflejo de tu alma de niña y tu vientre de mujer. Se te nota en los ojos y en tu manera peculiar de andar. Sin demasiada prisa, pero con viveza. Traes una determinación extraña, que contagia a todo el que te mira. En cada paso le vas diciendo ‘SÍ’ a la Vida. El camino largo de tu pueblo nunca había visto algo parecido. Hablas con ángeles, y puedes aceptar o rechazar lo que te dicen. Tu señorío sencillo puede incluso pedirles alguna explicación para entender bien el insólito mensaje. Ni el profeta más grande de Israel, de los muchos que caminaron la Palabra y la escucha, se hubiera atrevido a tanto. Pero tú traes un alma limpia en un cuerpo sano y hermosísimo, como la tierra santa, preparada para recibir al Verbo de Dios de una forma integral. Nunca antes se había recibido así la Palabra en pueblo alguno, ni siquiera en aquel pueblo de Dios. La luz creadora, íntima, se te hizo presente como vida propia, sensible en la carne, en el propio cuerpo. Y no solo fue experiencia para ti, sino que puede ser percibida desde entonces por el pueblo que te mira y te ve en la oración sencilla. Primero lo supieron los cercanos, incluyendo tu esposo José, que siendo de la misma estirpe de David, no supo bien qué hacer con aquello. Después el pueblo llano y algunos escogidos que esperaban al Salvador de Israel. Luego fue ya todo el pueblo, y después el mundo entero, hasta los que hoy nos asomamos por el balcón del Evangelio, para verte en tu casa del Rosario. El arcángel Gabriel, cuando entró a la estancia de tu oración íntima, fue claro y directo. Con todo el respeto que le merecía la que iba a ser su Reina y Señora, te iluminó en el momento más íntimo de una oración profunda: “¡Jaire kejaritomene!, o kirios meta sou”. ¡Alégrate en la plenitud de la gracia del Señor que brota dentro de ti! (Lc 1, 28). No era el saludo tradicional de tu pueblo humilde de Nazaret. El saludo en tu pueblo era simplemente ‘Shalón”, ‘Paz’. Lo que te dijo el Arcángel Gabriel, más que un saludo fue una proclamación de la Noticia, de la gran Noticia de la Iglesia, que desde entonces nos anuncia el misterio de la presencia de Dios entre nosotros. Esa Noticia es que tú, María, ibas a ser para siempre fuente que mana gracia de salvación. El propio Lucas se encarga de decirnos quienes fueron sus informadores para escribir su Evangelio:”Los que desde el principio fueron testigos oculares y nos lo transmitieron como ministros de la Palabra” (Lc 1,2). Pero testigo vivencial de la Encarnación solo fuiste tú, María de Nazaret, con el confidente íntimo de aquella gracia, que fue tu esposo José de Belén. Lucas escribió después tu testimonio como Evangelio, que se transmite a todo el que recibe la Palabra. La meditación que se produce en el ambiente del Rosario, es una recepción privilegiada de aquello que vivisteis vosotros, de vuestra propia aventura en el amor de Dios. Alégrate, te dijo el Ángel ¿Quizás estabas triste? ¿Quizás se daban también en ti, como en nosotros, alguna de esas horas de incomprensión y desconfianza de las propias fuerzas? ¿Acaso presentías con miedo el descomunal destino? No sabemos el estado de ánimo que tenías antes de la visita del Arcángel, pero sin duda era un estado oculto al mundo, solo, íntimo y profundo, porque el enviado tuvo que “entrar a donde estabas tú” (Lc 1,28) y para los ángeles las barreras no son las paredes, sino los sentimientos, así es que si entró a donde estabas tú, es porque tu fe, tu amor y confianza en Dios estaban cerrados al mundo y abiertos solo para Él. Fuera como fuese, lo cierto es que escuchaste el saludo y tu alma de niña en su limpieza y de mujer madura en su fecundidad, creyó aquella palabra turbadora. Era la Verdad de tu propia vida lo que te anunciaban. “O kirios meta sou”. El Señor está dentro de ti como un hombre que viene a este mundo, haciéndose niño. El habitante íntimo del alma, al que conocías como tu Dios, estaba ahora en ti como el primer y único ocupante de tu seno de mujer. Y te hiciste así madre. No sabemos si quedaste perpleja o aturdida por mucho tiempo ante aquel destino de luz, pero sí que quedaste embarazada para seguir dando a luz toda la eternidad. Aún te vemos hoy ‘asombrada’ en la Luz del Espíritu que anunciaba el saludo, embarazada de Dios, y concibiendo en lo eterno a la nueva humanidad. En soledad, ante el Verbo, tu entrega auténtica se abrió al misterio humano de la reproducción. Por aquella ventana de la esperanza viva de Israel que era tu oración íntima, pasó el viento fecundo del Espíritu, y supimos al fin los hombres para qué estaba hecho el vientre de la mujer en relación a lo eterno. Todas las demás ‘encarnaciones’, todas la generaciones de los hombres del cosmos hasta entonces, habían sido un puro ensayo. Todos los nacidos de mujer, en todos los tiempos de la historia, somos como un esbozo de la imagen del Hijo de Dios, ahora el hijo de tu vientre, Jesús, cuya imagen será celebrada y conocida como perfecta, cuando llegue a cada uno aquella plenitud que tú alumbraste. Así empezó la historia en el ”Principio”. El anuncio del ángel, y un “Hágase en mí”; la sombra del Espíritu cubriéndote, y ”aquí está la esclava del Señor”; en esos dos segundos, estalló la auténtica palingenesia para el hombre, la nueva creación que hace distinto todo lo que existe en esta longitud de onda que llamamos cosmos.

La Anunciación del ángel que repetimos en cada una de las avemarías del Rosario, no fue un simple saludo. Sería una redundancia inútil si solo tuviera ese sentido. “Alégrate, llena de alegría”, te dijo el Arcángel. Ni siquiera te saludó con tu nombre hebreo de María, pero usó tu nombre del cielo, descriptivo de tu propia naturaleza: “Kejaritomene”,’Plena de gracia’, o “fuerza en plenitud de la gracia”. ¿Eso fue lo que te asustó y te dejó pensando qué querría decir aquello? Quizá te diste cuenta de que su primer “jaire”, que significa alegría y gracia, no era un simple saludo, sino una petición. Así lo es hoy para nosotros cuando la repetimos, en nuestro propio camino sobre el misterio de la oración. Si los ángeles pudieran asombrarse, Gabriel estaría más admirado aún que tú del inmenso regalo de Dios al hombre. ¿Cómo podía dar Dios tanto a seres tan pequeños?

Los estados de conciencia de todos los que intervienen en la Navidad y que nos relata Lucas para que se reproduzcan en nosotros como la semilla de su Evangelio, son por su orden: – Alegría, admiración, desconcierto, pero también tranquilidad ante la gracia de Dios, deseo de conocer la obra de Dios, cercanía del Espíritu, entrega total, diligencia valiente para andar el camino, y por fin el estado especial que supone el gran canto: “Magnificat anima mea dominum” (Lc 1,47-55) Y así, con tu humildad, con tu bienaventuranza, con la fe de los fieles y la pobreza de los pequeños en contraposición con la soberbia de los poderosos y los ricos, abriste María el nuevo camino hacia la nueva tierra. Ese Camino que consiste en guardar la Palabra de Dios y sus cosas en el corazón. La Anunciación no fue, como otras grandes manifestaciones de Dios en la historia de la salvación, aparatosa y deslumbrante. Al menos no fue así vista desde la tierra. Otra cosa sería ver la escena desde el cielo, pues la fiesta de los ángeles debió ser inmensa. Pero aquí, en la intimidad de una muchacha virgen, en una pequeña aldea, se produce el encuentro y la siembra. La Palabra de Dios se hace un hombre de la raza y del pueblo escogido por Él para habitar. Y el secreto quedó guardado, cubierto por el pudor de una virgen que iba a ser madre sin intervención de varón. La semilla de Dios se hizo hombre. La Ley se hizo Gracia.

2.-2.- SEGUNDO MISTERIO: LA VISITA DE MARÍA A ISABEL.
(Presencia de Dios en el saludo de María, y el conocimiento intuitivo del Verbo del Amor.)
El reconocimiento de Jesús por Juan.

LUCAS 1,39-56.
En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.” María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
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El saludo personal y cariñoso de María, su voz sin más, -porque el evangelista no nos cuenta lo que dijo,- anuncia la presencia esperada del Señor, y estremece en las entrañas de Isabel al que había sido concebido para escuchar al Verbo de Dios. Solo la alegría que llevaba la presencia en el saludo, sin más explicación, fue bastante para que supieran Isabel y su hijo Juan, que Dios estaba allí. Solo un saludo, y comenzó el Camino del Misterio, presente pero oculto en toda la historia de Israel. Y el mejor signo de ese Camino fue María de Nazaret, embarazada y subiendo la cuesta larga a la montaña, movida por la fuerza que llevaba dentro, con diligencia, sin tardanza ni entretenimiento, hasta llegar al lugar del encuentro. No la pudo detener el pensamiento prudente de los riesgos ciertos del camino, ni el qué dirán de las gentes que dejaba atrás, ni siquiera su compromiso de matrimonio con José, un hombre justo de Israel, al que iba a causar cuanto menos, problemas de comprensión para su estado de embarazo. María debía pensar que lo más seguro, por la mentalidad judía de la época, era la ruptura definitiva de su compromiso, que conllevaba el repudio, o incluso la lapidación, pero no se asustó. ¿Fue María insensata según la prudencia humana al aceptar aquella misión de maternidad sin contar primero con su prometido José al que ya debía fidelidad? La subida presurosa a la montaña donde vivían su parientes, ¿no fue una huida? Desde el solo criterio humano lo parece. Pero las cosas de Dios y de su pueblo, siempre serán nuevas y conllevarán el riesgo de ruptura con todo lo anterior. María estaba haciéndose ejemplo y paradigma de todas las aventuras de la Iglesia. Las “cosas de Jesús” iban a ser así para siempre y para todos: nuevas y con riesgo de perder la posición anterior, la familia, el empleo, los amigos. Y además de perderlos para siempre. Seguramente María no supo que iba a un encuentro de gracia hasta que estuvo en casa de Zacarías, en la montaña, pero el encuentro se produjo. Y fue quizás el encuentro más dicente de todo el Evangelio para la gente sencilla. Fuera de los demás sentidos corporales, con solo escuchar la noticia de la presencia de María, su voz y su saludo, la fuerza de la alegría cristiana hizo su efecto. El niño Juan, que luego fue “El Bautista”, feto aún en el vientre de su madre, empezó a manifestar la más auténtica actitud de la Iglesia ante la Madre de Dios, ‘saltó de alegría en el vientre’ intuyendo la luz que se acercaba, aunque él estaba en sombras. Su madre Isabel tuvo un particular Pentecostés y “quedó llena del Espíritu Santo”.
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Ay! si ser tuyo fuera volver a ser como un niño, y en el oscuro vientre de esta madre tierra en que vivimos, poder escuchar la Palabra y en el saludo inconfundible de María, y saltar de alegría. Habríamos descubierto entonces la forma perfecta del encuentro, intuitiva, directa, en la escucha fecunda del saludo. El escriba Nicodemo, treinta años después, en el atrevimiento de una noche en que se escapó de la tutela de la Ley, salió de lo prudente y correcto en su tiempo y en la educación farisaica, hacia la novedad eterna de cada día con su noche, y al acercarse a Jesús, recibiría la ‘explicación’ de aquel misterio: “Hay que nacer de nuevo”. Eso mismo sintió el niño Juan, cigoto aún, y toda su respuesta fue saltar de gozo en el vientre de la madre ante la presencia de su Señor. El otro niño, el Señor que llevabas dentro tú, Señora María, todo lo que hizo fue callar, visitar, iluminar, estar allí y dejar que tu alma ‘engrandeciera al Señor’, a la vez que dentro de tu cuerpo se iba también engrandeciendo su carne de niño alimentada de tu sangre. Tu Palabra de gracia, tu saludo de gracia, fue capaz de mover al niño Juan en el vientre, haciéndole dar saltos. El que iba a ser el ‘hombre más grande nacido de mujer’, sin contar a tu Hijo, fue el primer receptor de tu gracia inmediata. Hoy nosotros, al rezar contigo, la podemos sentir y aceptar hasta el fin de los tiempos. El signo sigue siendo el interior del corazón que brinca de alegría. Y es que el Espíritu Santo se quiso vincular desde entonces a tu saludo en plenitud de gracia, que llevó a Isabel, y nos lleva a nosotros en cada ‘avemaría’, al reconocimiento del Señor Jesús como el fruto bendito de tu vientre. Tu pariente lo expresó a su modo en su grito de humildad y alegría: ¡Bendita tú entre las mujeres! y ¿De dónde a mí, que venga a visitarme la madre de mi Señor? (Lc 1,42). Así provocó en ti, María, como Madre de la alegría perfecta, la respuesta a la plenitud del Espíritu que estaba comenzando su obra. Por eso proclamaste allí mismo en tu canto:”Magnifica mi alma al Señor…”. Y todas las generaciones seguiremos diciendo, ‘El Señor actúa en ti’, como había dicho el ángel, porque desde entonces quedó entre nosotros presente en carne de hombre. Invisible estaba para Isabel, como lo está ahora para nosotros, pero ya era reconocible por el saludo de la Madre de la Iglesia que trae la presencia de la plenitud del Espíritu. Los rezadores asiduos del Rosario, saben bien de esa alegría que provoca tu presencia.

Como Abrahán cuando fue llamado, tú también, María de la Fe, saliste de tu forma ordinaria de vivir, y tuviste la experiencia total y definitiva de la tierra prometida por Dios a su pueblo, que resultó ser Dios mismo dentro de ti, hecho carne de tu misma carne, a tu imagen y semejanza, con la exactitud de rasgos que produjo su encarnación extraordinaria en tu virginidad. Cansada de subir el camino a la montaña en tu nueva situación de embarazada y virgen, pero sobretodo admirada aún del misterio abierto en tu vida, llegaste a la casa del viejo sacerdote Zacarías que había quedado mudo por la emoción de ver también al Ángel del Señor dirigiéndole personalmente la palabra. Tú, María, no solo no quedaste muda, sino que tu saludo fue un manantial de gracia que estremeció al feto de Isabel, y tu canto, Madre Santa, lo seguimos entonando día a día, cada tarde: “Magníficat ánima mea Dóminum”.
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Aunque el canto de Zacarías llamado “Benedictus” (Lc 1,68-79) no se contempla en el Rosario, contiene luces nuevas sobre el misterio de María gestante, portadora en su seno del Verbo de Dios. Solo entenderemos bien el canto de Zacarías, si lo vemos desde la perspectiva de la esperanza mesiánica de Israel, pero contemplando la escena en que Lucas lo coloca, se nos dice lo qué pudo sentir María ante la nueva forma de hablar de su pariente Zacarías, nueve meses mudo, cuyo canto parecía dirigido al hijo que llevaba ella en su vientre. Lucas nos pone un pequeño recodo en el camino del conocimiento de quién fue su “Fuente de Gracia”, como queriendo respetar la humildad de María, pero nos deja pistas más que suficientes para encontrarlo de inmediato. Dice en Lc 1,56 que “María se quedo con ella (Isabel) unos tres meses, y luego se volvió a su casa”, luego, si subió a la casa de Zacarías e Isabel en la montaña al sexto mes de su embarazo (Lc 1,26) estaba allí cuando nació Juan, y cuando Zacarías tomó al niño en sus brazos, recuperando la palabra para “bendecir al Dios de Israel” (Benedictus Dóminus, Deus Israel). Lucas, sin decirnos que allí estaba María, y que su visita tenía como finalidad precisamente la manifestación de las “obras grandes” que estaba haciendo Dios por ella, ante los acontecimientos tan minuciosamente contados sobre nacimiento de Juan el Bautista, nos insinúa claramente que tuvieron un testigo de excepción, y que María fue la receptora del canto de Zacarías. Embarazada de Dios, descubriendo en sí misma la grandeza del huésped de su vientre, fruto de toda la historia sagrada de la Salvación anunciada en Israel, ella quedó asombrada de nuevo ante la profecía procedente del silencio prolongado del viejo sacerdote, y el canto que nos transmite Lucas resume la Noticia que María contó después al evangelista, síntesis de toda la esperanza de aquel pueblo santo y de la nuestra. Isabel le había dicho nada más oír su saludo: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”, y Zacarías la ilustró sobre la personalidad del que llevaba en sus entrañas “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel”. Isabel la bendijo por su visita, “viene a mí la Madre de mi Señor”, y Zacarías bendijo a Dios “porque ha visitado y redimido a su pueblo”. María, al escuchar el canto de Zacarías, confirmó la noticia del Arcángel Gabriel y guardó las palabras aquellas como un himno de amor y de gracias a su hijo y a ella: “Fuerza de salvación de la casa de David… cumplimiento de las promesas de Dios a través de los profetas… salvación de todo enemigo… misericordia pura, alianza eterna, esencia del juramento a Abrahán, santidad y justicia en su presencia…” En verdad que los conceptos del canto de Zacarías, parecen la primera letanía de alabanzas a la obra que Dios hace desde entonces por María. Ella lo entendió así y se alegró su alma.

2.-3.- NACIMIENTO DE JESUS EN BELÉN.
(Presencia en la carne del hombre)
La Familia Sagrada: Jesús, José y María. Los primeros gozos, y los primeros sufrimientos.

Lucas 2,1-7
“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”.
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No hubo testigos. Sola con José tu esposo, aquella noche, María de Belén, te hiciste Madre de Dios, y Madre de la soledad fecunda. En el rincón de un pueblo desatento a lo que allí ocurría, entre gente desarraigada de la verdad de Dios, tuviste el parto. El hecho no cabe en nuestra lógica, ni en el corazón. Todos los hombres de la historia, al menos los que buscamos la luz de Dios, hubiésemos querido estar allí, pero no estuvo nadie. Todas las generaciones de la fe, hubiésemos querido acompañaros a José y a ti, pero tuviste que estar sola con tu esposo en aquel trance. ¿Será que traer a Dios al mundo es así? Ser Madre de Dios es tarea tremenda, pero nos enseñaste en tu parto y sus circunstancias, dónde lo quiso el Padre que todo lo organiza, cómo lo quiso el Hijo que todo lo recibe, y cuándo lo preparó el Espíritu que todo lo enseña. No solo fuiste Madre en aquel original pesebre, sino que lo eres en la soledad de cada uno de nosotros. En la presencia de la vida que florece fuera del tráfico humano, y de toda posada preparada por el hombre. Después de dar a luz a Dios en cada una de nuestras almas, vendrán también las alegrías de los pastores y los magos al compartir los mensajes del cielo, pero el parto en sí, el principio de la vida del hombre que asoma su ser al mundo de Dios, se produce en la soledad, y en la confianza de que ese acto es obra tuya, aunque no se parezca en nada, o muy poco a lo soñado.

Seguramente fue también la noche más dura que pasó el bueno de tu esposo José, el hombre piadoso y justo en extremo, que había aceptado el difícil y extraño mensaje del ángel, y lo aceptó porque creyó en el ángel, no por coherente en su inteligencia, o por esperado en su vida de piedad. Te aceptó embarazada del Espíritu, porque como ocurrió con Abrahán, la aceptación de su sueño de fe, estaba dando comienzo al camino nuevo hacia la tierra nueva. José fue más grande que Abrahán, que aceptó la promesa en la fe, y tuvo un hijo de sus entrañas cuando era difícil engendrar en su vejez y en la esterilidad de su esposa. Pero José aceptó un hijo, solo por el anuncio de Dios, sin intervención alguna de su parte, solo por la fe y el mensaje de un sueño. Y la prueba que se le dio de que era el Hijo del Dios grande, el esperado de todas las naciones, el deseado de Israel, concebido por obra del Espíritu Santo, que iba a salvar a su pueblo de todas sus humillaciones y sus pecados, fue que nadie os recibió en Belén, en el pueblo y familia de David que era también la suya, en la tierra que según el profeta, iba a ser la cuna del Mesías. Verdaderamente la fe de José fue inmensa, a secas y falta de datos, aunque sospecho que mucho le ayudarías tú, María, Madre de la fe, a superar aquella prueba. El papel de José en el camino de la esperanza, caminado con la sencillez de una familia humilde, no se ha desarrollado aún lo suficiente en la teología cristiana. Fue Sacerdote entre los sueños y el mundo de la carne, fue progresista al máximo, como se dice hoy, porque le tocó romper su propio esquema mental, cultural y religioso, sobre la reproducción humana, y no solo respetó la gravidez inaudita de una virgen, sino que colaboró poniendo todo lo que tenía a su servicio, y se jugó a su modo la vida por aquella noticia disparatada, extraña para los cánones humanos. ¿Tendría José costumbre de soñar con ángeles, o sería aquel el primero que le habló? Si estaba preparado para escuchar y reconocer la implicación real de los sueños en la vida, le sería más fácil, pero si encima fue aquella la primera vez que se ponía en contacto con un fenómeno de esa categoría, su respuesta desde luego fue heroica, y el amor por su esposa María, el más completo que se haya descrito nunca. Desde que María dijo sí al ángel, la vida de Dios estaba aquí en el mundo de una forma nueva, humanizada, pero no fue efectiva hasta que José actuó, recibiendo a María en su casa, marchando a Belén, su pueblo, partiendo hacia Egipto y volviendo a Israel, después de oír en sueños a su ángel. No creo que haya un hombre más grande en la historia de la salvación. Los Apóstoles estuvieron tres años con Jesús, y José estuvo treinta. Todos los santos han sido enseñados por el Maestro, y José enseñó al Niño que después fue Maestro. Todos dependemos de la Palabra de Dios, pero Dios quiso que su Palabra dependiera de José, para “crecer en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres”. Es impresionante el escaso testimonio de los Evangelios.
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En Belén, sobre la oscuridad de aquella noche, la esperanza en la promesa de Dios a su pueblo se hizo nueva. Todo fue nuevo también para vosotros que creíais en Yahveh. Y lo sigue siendo para nosotros, los que estamos llamados por la fe a nacer como hijos de Dios. Quizás la aceptación de la novedad de Dios, fue la enseñanza más grande que nos dejasteis aquella noche de Navidad. Nacer en Dios, nacer de Dios, conlleva una novedad que necesariamente hay que aceptar. Y lo nuevo se realiza a veces en soledad, oscuridad, y aceptación de todas las circunstancias que Él manda, y que convierten su presencia naciente en una aventura que cambiará desde entonces la vida “normal” en la acomodación al mundo. El pesebre de Belén es el mayor signo de la sorpresa que se haya descrito por el hombre, en la novedad que siempre conlleva la obra de Dios. Después de aquella presentación, toda la obra de Jesús será una novedad constante, hasta la gran contradicción novedosa de la cruz y la resurrección. ¡Dios naciendo en pobreza y muriendo en una cruz!
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Ni cuenta nos damos a veces de tu cercanía Jesús de Belén, ni de la importancia que conlleva el que tú, siendo dueño de todo, estés aquí esperando la respuesta nuestra a la llamada eterna que sembró en cada uno el bautismo. Ni cuenta nos damos a veces de que en tu Navidad, no solo vienes tú, sino que vamos nosotros porque nos haces ir, porque nos llamas, y tu llamada es dinámica porque nos pone en camino. Cada alabanza del Rosario, es un paso cierto del camino.

El relato Apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago” tiene una sencillez que ha impregnado muchas de nuestras escenas piadosas de la infancia de Jesús. En cuanto al modo del Nacimiento, no me resisto a transcribir, aunque sea a modo de nota, el relato en que José con toda su familia iban hacia Belén:

El hijo de María, en la gruta
XIX 1. Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó (a José): ¿Dónde vas? Y yo repuse: En busca de una partera judía. Y ella me interrogó: ¿Eres de la raza de Israel? Y yo le contesté: Sí. Y ella replicó: ¿Quién es la mujer que pare en la gruta? Y yo le dije: Es mi desposada. Y ella me dijo: ¿No es tu esposa? Y yo le dije: Es María, educada en el templo del Señor, y que se me dio por mujer, pero sin serlo, pues ha concebido del Espíritu Santo. Y la partera le dijo: ¿Es verdad lo que me cuentas? Y José le dijo: Ven a verlo. Y la partera siguió.
2. Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó: Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel. Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María. Y la partera exclamó: Gran día es hoy para mí, porque he visto un espectáculo nuevo.
3. Y la partera salió de la gruta, y encontró a Salomé, y le dijo: Salomé, Salomé, voy a contarte la maravilla extraordinaria, presenciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza. Y Salomé repuso: Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido.
Imprudencia de Salomé
XX 1.Y la comadrona entró, y dijo a María: Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya. Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando: Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa.
2. Y se arrodilló ante el Señor, diciendo: ¡Oh Dios de mis padres, acuérdate de que pertenezco a la raza de Abraham, de Isaac y de Jacob! No me des en espectáculo a los hijos de Israel, y devuélveme a mis pobres, porque bien sabes, Señor, que en tu nombre les prestaba mis cuidados, y que mi salario lo recibía de ti.
3. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciendo: Salomé, Salomé, el Señor ha atendido tu súplica. Aproxímate al niño, tómalo en tus brazos, y él será para ti salud y alegría.
4. Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo: Quiero prosternarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel. E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta. Y se dejó oír una voz, que decía: Salomé, Salomé, no publiques los prodigios que has visto, antes de que el niño haya entrado en Jerusalén.
(Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco).

BALCONES DE GRACIA
Para asomarse al Misterio de Cristo, desde los Misterios del Rosario
PRESENTACIÓN Y
MOTIVACIÓN DE ESTE LIBRO.
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“El rezo diario del Santo Rosario, se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (¡duc in altum!), y en su Palabra extender sus redes. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor… El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones0… y en él siempre he encontrado tanto consuelo…! Dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad… Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana». Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica “Novo millenio ineunte” como verdadera y propia ‘pedagogía de la santidad’: «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración»… El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano… No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicado en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación… El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17). El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración ‘incesante’… En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.
El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto ‘color’ espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico… El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21). En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el Rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido.( DE LA CARTA “ROSARIUN VIRGINIS” DE JUAN PABLO II.-)

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INTRODUCCIÓN

Orar, desde el grado más simple del rezo vocal hasta el más complejo y pleno del silencio activo, desde la lejanía del criterio propio hasta la cercanía de la unidad del corazón en Dios, desde la sima de la carne hasta la cumbre siempre desconocida y nueva de la contemplación en el Espíritu, es la gran aventura de la raza humana, esencia de su historia en todas las latitudes y culturas de la tierra. Castillos, pirámides, desiertos, selvas, dragones, héroes, grandes sabios y grandes malvados, milagros y gestas titánicas que buscan el amor como la cumbre conquistable de un deseo con su poder e inercia poseyente, incluyendo lo más excelso del hombre, que pudiera ser quizás la enorme proeza cotidiana de las vidas humildes y sencillas, para tan solo vivir y relacionarse con los que aman, todas esas experiencias heroicas de la humanidad, están presentes en la oración de siempre, y todas conllevan una mirada al cielo con una súplica al dueño de la vida. El que ora se interna en la realidad mistérica del hombre que busca luz y paz con su entorno, vinculando su vida, si la oración es sincera, al resultado del encuentro con alguna estrella que lo guíe en esa noche que envuelve el pensamiento humano y su doble sentido hacia lo físico y lo metafísico. En el testimonio de la Sagrada Escritura, desde el Génesis al Apocalipsis, entrar en la aventura de la oración no es ‘conocer’ lo que ‘pasa’ o sucede, como si fuese un dato histórico-científico o una noticia de última hora, sino introducirse en lo que ‘no pasa’, en lo eterno y válido de siempre para nosotros, como lo fue para Abrahán, para Moisés, para David, para todos los profetas, para los Apóstoles, los santos y santas de la Iglesia Católica, de todas las iglesias, y de todas las religiones. Orar es aventurarse en el camino de todos los “hombres de buena voluntad”, que levantan sus ojos al cielo interior, a veces sin saber siquiera que oran. La oración simple es el estado de la conciencia abierta a la Palabra eterna, recogiendo la vida que gotea de ella como si fuera un alambique de esencias. Esa conciencia orante guarda y procesa la Palabra aventurándose con ella como guía y camino en el universo de la fe, y haciendo de ella el combustible vehicular de un viaje alucinante hacia el encuentro con Dios.

He querido hacer en este libro un pequeño aporte a los aventureros de la oración, los que no solo oran, sino que gozan orando y aceptan convertirse con esta forma de oración y vida, en piadosos rezadores del Rosario, gustadores enamorados del “recuerdo permanente” de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado de entre los muertos”(2Tim. 2,8), subido al cielo y con su señorío, vivo entre nosotros por el Espíritu. Es un libro que nace menos del estudio reflexivo que de la piedad impulsiva hacia la experiencia de Dios, esa virtud que hoy nos huele un poco a naftalina e incienso, y que parece conllevar el fru-fru de los negros trajes femeninos hasta los tobillos de monjas y señoronas ‘piadosas’ en pasados siglos, o el olor a cera entre capas pluviales y casullas bordadas en oro de arciprestes, deanes, monseñores y demás estamentos jerárquicos. He intentado sacar la piedad cristiana de los arcones de las cosas viejas, y no para ponerla en un museo, sino para vivirla en la novedad que conlleva en sí misma, como eco de la misericordia divina que la inspira, y que en el hombre se transforma en humildad piadosa, con la fuerza de las cosas sencillas que regala el Espíritu Santo.

El ambiente de esa piedad –sin tener aún noticia de la presencia y amparo en la oración de María de Nazaret, Reina y Madre de la Piedad, pero ya presintiéndola-, lo expresa perfectamente el salmo 130: Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis labios altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; por eso acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su Madre. Espere así Israel al Señor, ahora y siempre”. Ese es el ambiente que requiere la conciencia para vivir en la oración sencilla, y el que Jesús consagró por su mandato:”Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Seguro que su corazón de hombre lo aprendió siendo niño, en brazos de su Madre. Y en esa conciencia he querido hacer un homenaje a los que hoy aún creen y oran en el “ardor del corazón”, -usando la expresión de los dos caminantes a Emaús-, que se produce y se siente al repasar “las cosas de Jesús” en la memoria viva de la Escritura, la gran obra del Espíritu en el alma: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él mismo os enseñará todas las cosas (mías), y os hará recordar todo lo que yo os he dicho…” (Jn 14,26). Ese recuerdo asiduo y vivo en el que se pronuncian los nombres de Jesús y de María su Madre, sobre la realidad permanente de “sus cosas” que ella guardaba en su corazón, se reproduce en el rezo continuo del Rosario, cuya consecuencia casi inmediata la expresa Juan en el versículo siguiente, al recordar en el Espíritu las cosas de Jesús: “Así os dejo mi paz. Así os doy mi k Romano el día 7 de Octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario: “La Palabra hizo carne y ha acampado ya entre nosotros… Por la fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, en nuestro pensamiento, y desciende hasta la imaginación… el incomprensible, el inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano, ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia. ¿De qué modo? Te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de una cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo de los cielos, ¿hay algo de esto que o sea objeto de una verdadera piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios, y a través de todas ellas llegó a mi Dios. A esa meditación la llamo Sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo, y la derrama abundantemente sobre nosotros”. Será difícil encontrar una descripción más completa y exacta del fenómeno espiritual que se produce en el rezo meditativo del Rosario.

PRIMERA PARTE

I.- ENUNCIADO DE LOS MISTERIOS.

En la ciudad de Dios, que es oración, hay una casa grande solariega, como un castillo que corona, acoge y protege el mundo de las gentes sencillas que rezan el Rosario con María. Sus misterios son como estancias de honor y de gloria, de alegría y de llanto, de silencio y contemplación, de intimidad fecunda, de conocimiento personal y gracia, guarnecidos con una fosa de agua pura recogida de un río de Palabra de Luz, que es Evangelio. Tiene sus almenas edificadas en fe, para contemplar desde ellas los misterios de Dios revelados en su Hijo único, Jesús de Nazaret, visto con los ojos del corazón consagrado de su Madre, María, y admirado por todos los que han tenido el privilegio de ser llamados. Te invito amigo lector y orante, a entrar juntos y recorrer estancias, patios y murallas, para asomarnos desde sus balcones de gracia a la plaza y las calles de la historia sagrada que se contempla en plenitud desde ellos. La oración sencilla del Rosario con María, Reina y Señora de esa mansión, es un observatorio vivo y privilegiado sobre la vida de Dios en relación al hombre, manifestado a su pueblo la Iglesia, en Jesús de Nazaret.

Sin adornos de figuras de imaginación, el auténtico castillo, palacio y morada, es la conciencia piadosa que se abre a la experiencia de Dios. El ejemplo más vivo de esa conciencia abierta es la misma Sagrada Escritura que, forjada, realizada y transmitida por hombres abiertos a la luz de lo alto, empapados del rocío de Dios, se hacen testigos de la interacción de esas dos realidades: Dios y hombre, vida y muerte, luz y tiniebla, silencio y Palabra. Ese es el único y gran misterio del Santo Rosario: la Palabra de Dios que se hace vida en la persona orante. Codificada en la conciencia de los profetas, apóstoles y evangelistas, nos llega esa Palabra en forma escrita y traducida a nuestro idioma, para que nosotros, en la meditación de cada hecho misterioso, decodifiquemos la esencia que da vida y alimenta: el mismo Verbo de Dios hecho carne y vuelto de nuevo con nuestra carne a ser Palabra que traduce y alaba al Padre para siempre. Este libro, que intenta seducir e incitar a la oración-contemplación continua, tiene por toda base la Palabra, y una humilde experiencia de oración sobre ella. Cada día podemos descubrir con más agrado al rezar el Rosario, que el orden y modo de recordar las “cosas de Jesús” en los ‘Misterios’, como lo hacía en su corazón María, la Madre, los puede, y casi mejor decir los debe estructurar cada uno de los que rezan, sobre la inmensidad oceánica de las Sagradas Escrituras que proclaman la vida y obra del Cristo Salvador, porque en ese orden y modo de recordar su vida, se manifiesta el don personal de la gracia. Todo el que entra en la mansión y fortaleza de la oración sencilla, puede elegir lo que tiene que contemplar cada día para su gozo y alimento, como elige lo más necesario y adecuado para su nutrición corporal.

Para correr por el camino de la oración constante, reviviendo en la memoria la revelación de Dios como Palabra, bajo la tutela de la experta en el ‘recuerdo vivo del corazón’ que es María, propongo empezar la contemplación de los Misterios, no en el anuncio angélico de la Encarnación del Verbo como un niño en su vientre, sino, aunque sea a grandes rasgos, en la preparación que hizo el Espíritu a lo largo de toda la Historia de Salvación desde Adán a Cristo, pasando por la Ley, el templo y los profetas que el pueblo de Israel llevaba dentro de sí. El Verbo de Dios está siempre en el seno eterno de la gloria del Padre porque es el Hijo eterno del Dios eterno, y de allí, enviado y ungido, sale hacia su creatura para llevarla a la gloria que Él mismo tiene desde antes de la creación del cosmos. Así lo percibió S. Juan, y lo escribió puesto en boca del mismo Jesús antes de irse: “Ahora glorifícame tú Padre junto a ti, con la gloria que tenía en ti antes de la creación del mundo”(Jn 17, 5). Ese camino de gloria a gloria, será el trayecto a recorrer en la oración que se hace conocimiento y unión permanente en el recuerdo vivo de la acción de gracias, de la eucaristía interior y plena. Cuando llegó la hora de la plenitud o madurez del tiempo y del espacio, en el viejo cosmos se abrió una puerta al universo nuevo de presencia interior, donde la vida de Jesús resucitado surge como fuente de luz, ya sin espacio ni tiempo, en el lugar que llamamos alma. La última etapa del camino de la creación, comienza en el Sí, quiero, “hágase en mí” de María, que se reproduce y crece con el “yo también quiero” de cada uno de nosotros. El Verbo, Esposo y Rey, está cerca, se hace presente en la piedad como experiencia histórica del pueblo de Dios, y en la experiencia de cada uno de sus miembros por la oración constante, se constituye en el Reino de Dios hoy entre nosotros.

Dios es “el Misterioso”, según se reveló a Manoaj, padre de Sansón (Jc 13,18), y aún hoy se sigue revelando así en los hechos del Rosario que llamamos “Misterios”, con todo el sentido religioso del vocablo. Son como el ‘agua viva del Espíritu’, o como la cimbra que alimenta una fuente; no se ve, pero recoge el agua que luego se manifiesta en su salida. Esa cimbra se alimenta en el silencio sagrado, una bóveda interior que en lo oculto, en el sigilo del simple conocimiento que brota del recuerdo afectivo, va recogiendo el agua que “llueve de lo alto” y brota luego convertida en fuente al servicio del hombre, en la palabra y el ardor del corazón que ora, en la misericordia y el amor. El silencio era como el ambiente interior del Arca de la Presencia en el templo, y María es el Arca de la Nueva Alianza de Dios entre los hombres, en cuyo interior piadoso se hizo carne la Palabra. Su silencio es pura presencia, como nuestros Sagrarios. En verdad Dios no tiene silencio, pero nosotros, al tener los oídos taponados, no escuchamos su voz y pensamos que se ha callado. El salmista lo canta así: “El día, al día le pasa el mensaje, la noche, a la noche se lo susurra. Sin que hablen sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, hasta los límites del orbe su lenguaje”. Así el encuentro con Jesús, tanto aquellos que lo vieron físicamente hecho un hombre entre ellos, como los que lo abrazamos en la interioridad del recuerdo vivo, resucitado y sentado a la derecha del Padre, tenemos que contar con la riqueza de sus ‘silencios’. Son el preámbulo seguro de un nuevo brote del Espíritu que lo hace visible, audible y creíble en nosotros, por la virtud que fundamenta este modo de orar, que es la piedad.
La estructura de este libro la he tomado de Proverbios 9,1-6, que parece incitar al rezo del Rosario: “La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad:”Si alguno es simple, véngase acá.”Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia.”
Cuarenta y nueve misterios de encuentro propongo en este libro como Hechos de Dios recordables sin demasiado esfuerzo mnemotécnico. Están estructurados en siete partes, como aquellas siete columnas de los Proverbios, y cada parte en siete misterios, para poder contemplar orando y rezando, una parte cada día de la semana sin tener que repetir ninguna. Conozco gente, que tiende a la ‘oración continua’, y que reza todos los días -incluyendo sus noches- las siete partes aquí propuestas, y aún alguna más de su propia devoción particular. Así, repasando la vida de Jesús tal como es proclamada en la “Buena Noticia”, en el Evangelio, los orantes del Rosario, los que queremos tener una parte de nuestra vida religiosa de oración y meditación vinculada a este modo de encuentro, podemos programarnos la meditación rumiada escogiendo personalmente los “misterios” o las noticias del único misterio a contemplar cada día y en cada momento del día: la presencia de Cristo. Y para que resulte más enriquecida la puesta en contacto con el misterio único de Cristo que se hace conocer a través de la ayuda e intervención de su propia Madre, propongo siete partes con siete misterios cada una. Son estos:

Misterios del Principio.
1 Eternidad del Padre, del Hijo y del Espíritu.
2 Creación del Cosmos y del hombre. Paraíso y pecado.
3 Fe, promesa y respuesta. Abraham.
4 Esclavitud y pascua en Egipto.
5 Desierto y encuentro. La ley, alegría y esclavitud.
6 La tierra prometida y el Templo.
7 La Palabra cercana. Profetas y Salmos.

Misterios de Gozo.
1. La Anunciación a María.
2. La visitación a Isabel.
3. Nacimiento de Jesús en Belén
4. Ángeles y pastores, alegría y gloria de Dios.
5. Presentación en el Templo.
6. Mártires inocentes. Magos y huída a Egipto. Sagrada Familia
7. El niño Jesús hallado en el Templo, en las cosas de su Padre.

Misterios de Luz. Jesús es presentado al mundo.-
El Bautismo. Lo presenta el Padre.
La boda en Caná. Lo presenta su Madre.
El Evangelio de Jesús. Se presenta Él mismo
Testimonios de Juan. Lo presenta el último profeta.
Primeros discípulos. Lo presentan los sencillos.
Transfiguración en el monte Tabor.
Eucaristía.

Misterios de Gracia: Yo soy.

Soy de lo Alto. El nuevo hombre. A Nicodemo.
Soy el Mesías, el que habla contigo. A la samaritana.
Soy misericordia. A la mujer adúltera.
Soy la salud y la luz del mundo. A un enfermo y a un ciego.
Soy la Palabra, soy “lo que os hablo desde el Principio”. A los judíos.
Soy el buen pastor. La puerta de las ovejas.
Soy la resurrección y la vida. A Marta y María.

5.- Misterios de Dolor.

5.1 Oración y soledad en el huerto de los olivos.
5.2 Prendimiento y entrega.
5.3 Un juicio inicuo. Su carne triturada.
5.4 Cargando su cruz, sube a la muerte.
5.5 Clavado en la cruz, perdona.
5.6 Levantado en la cruz, muere y se hace signo de Vida. Sangre y agua.
5.7 Sepulcro y silencio. Descendió a los infiernos.

6.- Misterios de Comunión.

1. Resucitó, y se aparece nuevo a los suyos.
2. A la Magdalena.
3. A los discípulos. Domingo y su octava.
4. A los dos de Emaús.
5. En el lago. Pesca y comida.
6. A Pablo y Ananías.
7. A Juan. El Hijo del Hombre. (Ap. 1)

7.- Misterios de Gloria.

1. La Ascensión a los cielos.
2. Pentecostés
3. Asunción de María.
4 Coronación como Reina y Señora de todo lo creado.
5. Madre de la Iglesia en la fe, la esperanza el amor.
6.¡Ven Señor Jesús! “Sí, vengo pronto”. Juicio final y encuentro.
7. Su Reino no tiene fin. La eterna alabanza.

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II- LAS ORACIONES

1.- EN NOMBRE Y GLORIA DE LA TRINIDAD.-

A).-En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Como toda nuestra vida cristiana, y fundamento esencial de nuestra oración, también el Rosario se inicia “en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Siendo tan amplio y profundo el sentido trinitario de todo lo nuestro, escogeré solo unos versículos del Evangelio de S. Juan para que luzca su presencia en este pequeño aporte a la oración: “Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuídalos a ellos en el Nombre tuyo que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo los cuidaba en tu nombre, el que me has dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido,-salvo el hijo de perdición-, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada”.

El Nombre que Yavhé le ha dado a Jesús es el de Hijo, o si se prefiere, el nombre que le ha dado a su Hijo Único hecho hombre, es el de Jesús, y Él nos ha enseñado el nombre de Dios para nosotros, el Nombre del Padre. Lo veremos en los misterios de la Encarnación y del Bautismo en el Jordán. En ese Nombre nos unge o cristifica también a nosotros, los que creemos y oramos en Él. Pronunciar ese Nombre, es la forma de engendrarnos y guardarnos que ha querido el Padre. Jesús hombre lo sabía bien, y nos lo dijo en el Evangelio para que llegáramos así, en su Nombre, a la plenitud de la alegría. La gran riqueza inextinguible de la oración cristiana, está en ser capaces de pronunciar el Nombre bendito de Jesús conociendo el sentido de filiación que tiene, el sentido de puerta al Misterio total de la Trinidad. Así, “Yavhé Salva” (Jesús) dando sentido y fuerza a su Nombre. Es por eso que todos nuestros actos cristianos, sacramentos o no, empiezan siempre proclamando la tutela del Nombre del Padre, manifestado en el Hijo, y conocido en el Espíritu. El encuentro personal que se produce al pronunciar el nombre en el inicio de la oración sencilla del rosario, es la unidad de vida esencial del amor. El recuerdo vivo del amor, se traduce para cada uno al pronunciar el Nombre que hace, de algún modo misterioso, presente al amado. Es por eso importante pronunciar conscientemente el Nombre, “santiguándose” así en la unidad de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu. “Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” (Jn 17, 21).

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B) Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo.

Al terminar cada Misterio, se recuerda el auténtico sentido de la oración más universal: “Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en el Principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.” El recuerdo del Misterio Trinitario, como himno de gloria, es el origen de todo lo que podamos decir y hacer en la oración, y la finalidad de toda nuestra vida cristiana. Si todo lo cristiano se inicia en el Nombre de la Trinidad, todo acaba en su Gloria. No cabe tampoco aquí un estudio teológico de la Trinidad, pero si brevemente algunas notas sobre el sentido de la doxología o “palabra de gloria”.

Este antiguo himno de alabanza a la Trinidad fue compuesto en el siglo II y toma su frase inicial del Evangelio de San Lucas (2:14), cuando los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de Cristo. Se recomendaba como oración diaria matutina, y en el siglo V ya formaba parte de la misa donde se canta en los domingos y fiestas solemnes con su fórmula más larga. Para muchos de nuestros hermanos mayores, que llamamos santos, el misterio trinitario es el centro de su riqueza en Dios, de su vida plena. Recojo algunos testimonios de esa devoción trinitaria:

“¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas”. (Oración de la beata Isabel de la Trinidad)
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¡Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco todavía. De ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está hambrienta de ti, Trinidad eterna; siempre está deseosa de ver la luz en tu luz. Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes, así mi alma ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo, para verte de verdad… ¿Podrás darme algo más que darte a ti mismo? Tú eres el fuego que siempre arde, sin consumirse jamás. Tú eres el fuego que consume en sí todo amor propio del alma; tú eres la luz por encima de toda luz… Tú eres el vestido que cubre toda desnudez, el alimento que alegra con su dulzura a todos los que tienen hambre. ¡Pues tú eres dulce, sin nada de amargor!¡Revísteme, Trinidad eterna, revísteme de ti misma para que pase esta vida mortal en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima, con la que tú has embriagado a mi alma! (Oración de Santa Catalina de Siena)
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Tú eres Santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo. Tú eres rey omnipotente, tú eres Padre santo, Rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios, todo bien. Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios, vivo y verdadero. Tú eres caridad y amor, tú eres sabiduría. Tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres seguridad. Tú eres quietud, tú eres gozo alegría. Tú eres justicia y templanza. Tú eres todas nuestras riquezas a satisfacción. Tú eres hermosura, tú eres mansedumbre. Tú eres protector, tú eres custodio y defensor. Tú eres fortaleza, tú eres refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra. Tú eres la gran dulzura nuestra. Tú eres la vida eterna nuestra, grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso salvador. (Oración de San Francisco de Asís).
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¿Qué entendemos por Gloria de Dios? Es una noción primaria, como la belleza. Es la expresión del esplendor de la perfección divina que suscita admiración y adoración. La definición clásica de “gloria” es “clara cum laude notitia”, “conocimiento claro con alabanza,” pero puede quedarse algo corta para su entendimiento. Lo ideal es la ciencia de la experiencia que “sabe porque sabe, pero no sabe por qué sabe”, ve, siente, experimenta, conoce y reconoce, asciende, saborea o queda anonadada ante la grandeza, como Moisés ante la zarza ardiente del Sinaí o como Pedro en la Transfiguración, y se postra con temor y temblor atraída fascinada, pero con el respeto de lo tremendo y fascinante que es lo propio de lo sagrado. Es lo que los hebreos llaman el “kabod” de Dios. Es la “doxa tou zeou” de los griegos. Aunque en los griegos tiene un matiz de conocimiento más o menos incierto, en cambio el kabod es una cualidad de la gran trascendencia de Dios.
Cristo es “el esplendor de la gloria del Padre” después de una breve humillación fue coronado de gloria (Heb 1,2;2,7.9). San Ireneo nos dará una aportación importante para captar lo que es la gloria de Dios: “Gloria Dei vivens homo”, la gloria de Dios es la vida del hombre, y la vida del hombre es la visión de Dios. No es por tanto la relación algo lejano y trascendente, que considere a Dios como un rey que recibe el tributo de los hombres, en una especie de autocomplacencia. La gloria de Dios es vivir Él en nosotros y que tengamos nosotros vida eterna, la suya; es endiosarnos. Esa gloria de Dios es gozo en Dios por la alegría del triunfo del hijo libre, que puede ser díscolo, pero que ha triunfado y ama como Dios, es el mismo Dios en cierta manera, como dice San Gregorio de Nisa. Es el endiosamiento bueno que será perpetuo en la vida de la gloria perpetua que es el cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica también insiste en esta verdad. “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica S. Buenaventura, “no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla”) (sent. 2,1,2,2,1). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: “Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas”(Sto.Tomás de A. sent. 2, prol.) Y el Concilio Vaticano primero explica: “En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal(293). “La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios , “Creador de todos los seres, se hace por fin ‘todo en todas las cosas’ (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (AG 2) (294).
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2.- EL PADRE NUESTRO

La oración que enseñó Jesús a los suyos, para todos los tiempos, es el corazón y la mente del Maestro dirigiéndose hacia el Padre, en comunión con los hermanos. Entrar en la oración de Jesús, es entrar en su doctrina, en su forma de estructurar la vida espiritual, en la hermandad de los suyos. Aunque sea la oración comunitaria por excelencia y el pronombre personal del que ora sea la primera persona del plural, ‘nosotros’, la enseñanza de Jesús para orar es también un ambiente de intimidad personal. “Tú, cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta, ora a tu Padre allí, en lo escondido, y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,6). En ese ambiente de secreto en compañía, de oración personal que se hace comunitaria, entramos al orar, sabiendo que en ese santuario y en lo más escondido de mí, hago siempre relación a los hermanos, a la Iglesia. En síntesis, lo que enseña Jesús en su oración, es que El, con todos y cada uno de nosotros tenemos un mismo Padre, que está en algún parámetro de energía o estado de conciencia que él llama “cielos”. Enseña que ese Padre tiene un Nombre que es Santo, que hay que reconocerlo así ya desde este mundo, y así santificarnos en Él. Enseña que ese Padre tiene también un Reino activo que puede venir, y de hecho ya está viniendo a nosotros en cuanto lo invocamos: y que el reino consiste en hacer su voluntad, o se descubre al hacer su voluntad aquí en la tierra, como la hacen ángeles y hombres en el Cielo donde el Padre está desde siempre con su Hijo y su Espíritu. Jesús nos enseña también a pedirle al Padre remedios para nuestras carencias, para nuestras necesidades y circunstancias adversas en el estado actual del hombre en la tierra:

– Para el hambre le pedimos pan. Hambre y pan que se renueva cada día, en el devenir del tiempo, en nuestra finitud, y por eso se lo pedimos para hoy.
– Para el pecado, presupuesto impeditivo para entrar en el Reino, le pedimos el perdón que nos da su misericordia, como preparación de un acto de acogida
– Para el momento de la tentación, como escuela para aprender a caminar, le pedimos que no nos deje caer, que nos dé la fuerza para superarla y crecer hacia la libertad.
-Y para el mal, como misterio que engloba todas nuestras carencias, le pedimos ser libres, porque el hombre se descubre hecho para el bien, pero vulnerable.
3.-EL “AVE MARIA”

Antes de entrar a contemplar los Misterios, veamos el ambiente en el que se va a experimentar el contenido de esos misterios, la oración del “Ave María” repetida casi desde el subconsciente. Es como el aire que hace sonar en la memoria el instrumento que nos va a interpretar la vida de Jesús. Es la oración más repetida en nuestro modo piadoso de orar católico, porque es la base del Rosario y el modo de acercarse a Dios de tantos millones de personas sencillas que meditan la vida de Jesús, y que se unen a Él en un río profundo de afecto que nace en la “Fuente de la Gracia”, la Madre de Dios. Esa corriente va creciendo hasta llegar al mar de la presencia, el océano de su misericordia que llena la historia de todo lo creado. Aunque sea un atrevimiento por mi parte proponerlo, creo que los textos evangélicos que componen el “Ave María”, tal como la rezamos hoy, admiten otra traducción y la propongo porque personalmente me ha hecho mucho bien entenderla, de tal forma que diciendo o recitando con entendimiento esa oración sencilla, las distracciones hacia otras noticias mientras rezo, se han secado. No alego más autoridad para la propuesta que la de ser un hombre en camino de salvación, que ora rezando el Rosario todos los días de su gracia y que goza en los misterios de la novedad permanente que tiene la vida en el recuerdo de Jesús, en su Evangelio.
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El saludo del arcángel Gabriel a María (Jaris, kejaritomene, o kirios meta sou), no es, -o al menos no es solo-, el “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo” que recitamos. La puesta en contacto o relación de cariño con la mujer llamada María, la Madre de Dios a la que se dirige el saludo, es válida de todas formas porque ella, estando ya en la Vida definitiva, lo entiende y acepta, pero ser conscientes y entender algo de esa puesta en contacto con su maternidad en el misterio cristiano, es para nosotros mejor aún, porque en definitiva es hacer real el diagnóstico que dio Jesús de su propia obra: “Ahora ‘conocen’, porque salí de ti; ahora ‘creen’, porque tú me has enviado…” (Jn 17,7-8). Dentro de ese misterio de conocimiento y fe que es el “avemaría”, se han unido varios textos del Evangelio de S. Lucas y de la de costumbre piadosa cristiana de rezar junto a María, y de llamarla Madre de Dios, Madre muestra, Madre mía, solicitando su auxilio en todas las circunstancias de la vida. Y así ha surgido el “Ave María”.

La traducción que propongo, por si pudiera servir a alguien es esta:

Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en ti. Bendita entre las mujeres por tu fe, y dichosa por el fruto bendito de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruégale en nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte. Amen.

Sé de algún hermano que reza una variante piadosa y muy ilustrativa, que transcribo por parecerme muy bella: Gracia plenitud de gracia del Señor que está en ti. Dichosa por tu fe. Bendita en el amor de tu Hijo bendito, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruégale en nosotros, por nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte.

Trataré de dar alguna explicación concepto por concepto, aunque la única razón convincente será rezarla.

3.1.-¡GRACIA!

No es solo un saludo, es también un grito de petición. Es una demanda: “Danos de la alegría y gracia”(Jaris) que te llena a ti en plenitud (kejaritomene). Danos de la gracia que brota de ti desbordándose hacia toda la humanidad cuando alguien te lo pide. Es por tanto como un grito que reclama: ¡Deja que salga la gracia de Cristo tu Hijo hacia nosotros, como el agua nace de su fuente de vida, que está en ti! (O kirios meta sou).

“Jaris” era un saludo de la cultura griega, como en la romana era “Ave”, o en la judía “Shalom”, un deseo de salud, de alegría, de paz. Lucas lo sabía perfectamente, y si usa el griego en la Anunciación, puesto en boca del Arcángel Gabriel, sin traducción alguna del hebreo, o quizás arando, que debió usar el ángel consideración a María, es porque quiere darle otro sentido además del conocido como saludo. Quiere que sea un grito de petición y de alabanza. Incluso en el Arcángel que anunció a María aquella fuerza de luz engendrativa en su carne, tuvo también este sentido de admiración y gozo, de petición y entrada en el Misterio que él mismo anunciaba, según el relato de Lucas. Quizá por eso María “quedó desconcertada al oír estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo” (Lc 1,28-29). ¡Un Ángel pidiéndole a ella gracia, de la plenitud del Señor que llevaba dentro! ¿Qué era aquello? El alcance teológico de la palabra “jaris”, gracia, como saludo, petición y deseo, no cabe ampliarlo más en este comentario, porque es la misma esencia de nuestro ser cristiano (“Karis”, caridad, carisma, amor), y por tanto inagotable en su riqueza de contenido, pero quiero señalar al menos alguna faceta que nos haga gozar más de la oración sencilla que repetimos tantas veces cada día. El contenido del saludo del Ángel, hecho nuestro cuando lo rezamos, es el mismo que le da S. Juan en su Prólogo del Evangelio al testimonio del Bautista sobre la presencia de Jesús en su entorno judío cuando dijo:”El que viene detrás de mí, se ha puesto delante de mí, porque es antes que yo, y de su PLENITUD recibimos todos GRACIA PARA LA GRACIA, (jaris anti járitos), gracia para poder estar frente a la Gracia del Padre, y entrar a la plenitud del Misterio de Dios hecho vida en carne humana para nosotros.

Dios solo acepta como culto, el ofrecimiento de lo que Él mismo nos ha concedido antes, como dice San León Magno en un sermón de Navidad, y el saludo a María por parte del Ángel, y nuestro cuando oramos, pide eso: Gracia de su plenitud de gracia, para estar en alabanza ante ellos. Porque nosotros ¿de donde vamos a sacarla? En la carta a los Efesios Pablo de Tarso resume en esa “jaris” o gracia, y en la fe que la acepta, todo el misterio del camino cristiano de la salvación. “Estáis salvados por la gracia, y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios, y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir”. (Ef 2,8) La salud que nació entre nosotros por la fe aceptante de María, es la que pedimos cuando gritamos ‘GRACIA, FUENTE DE GRACIA’. No es solo pues “Dios te salve, María” el sentido del saludo, sino quizás mejor, es como alzar las manos pidiendo: “danos de esa gracia que hay en ti, que ya te ha salvado, y ahora nos salva a nosotros”. Para la sencillez de la oración, basta simplemente decir ¡GRACIA! La petición, en su sentido de recibir para dar, se parece mucho a la que hace Jesús a su Padre, según nos lo proclama S. Juan en su Evangelio: “Padre, glorifica ahora a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti con todo lo que le has dado” (Jn, 17,1-2). Y es que solo se puede estar ante el Padre y entrar a su reino con su propio regalo como acreditación. Solo se puede llegar a la Gracia de su presencia, respondiendo a su gracia primera, que en María se hizo consciente en su corazón cuando entendió el saludo del ángel, y llegó a ser carne de su carne en su vientre, al responder “Hágase en mí según tu palabra”. Cuando decimos “GRACIA”, pedimos ser como ella en el conocimiento y en la respuesta de encarnación que Dios tiene preparada cada uno de nosotros.

3.-2.- PLENITUD DE GRACIA (”kejaritome”)

Lo realmente antecedente para el ser religioso del hombre es la gracia que en María se encuentra en plenitud. “Nos engració en su gracia” dice Pablo en Efesios 1,6. Es lo que proclamamos y pedimos en el avemaría. Pedimos que Él brote en nosotros como brotó en María, dejándonos admirar aquel estado de ella que Lucas resume con una sola palabra, como el nombre propio de María para ángeles y hombres desde entonces: “kejaritomene”, plenitud de gracia. Es admirable que los dos evangelistas que recibieron más influencia directa de María, Lucas y Juan, tengan también casi los mismos términos para proclamar la noticia de la Encarnación del Hijo de Dios. Juan nos proclamará la plenitud de gracia que produce la presencia íntima del Verbo en el alma del creyente cuando dice en su Prólogo que el Verbo encarnado traía plenitud de gracia y de verdad. (Jn 1,14; pleres jaritos kai alezeia). Y eso es lo que Lucas dice de María: kejaritomene -plena de gracia- cuando lo recibió en su alma, y tomó carne en su vientre. Si fundimos en una sola palabra castellana los términos griegos alezeia y jaris, –Verdad y gracia—sonaría como nuestra “ALE-GRÍA” cristiana, que en grado superlativo es el verdadero sentido del kejaritomene (Lc 1,28). El prefijo griego ke es la reduplicación típica del tiempo perfecto del verbo jaritoo, que se convierte así, no solo en tener gracia, sino en ‘estar lleno en plenitud de la gracia divina’. La nueva naturaleza para el hombre, el ‘pleroma’ que nos regaló el Padre en su Hijo nacido de María, es la plenitud de gracia que pedimos en la primera invocación del avemaría. Nada menos que la “exuosía”, el ”poder”, como capacidad o poderío, de llegar a ser hijos de Dios aunque sea de adopción, hasta llegar a la participación de su naturaleza, como nos dice también Juan en su Prólogo. Si se lo pedimos aún hoy a María, es porque ella vivió, y vive ya para siempre, en su actitud engendrativa de los hijos de Dios, de los que reciben la nueva naturaleza en su “pleroma” o plenitud de gracia. La esencia de lo que se predica en el Evangelio, y la finalidad de su proclamación, el “Kerigma”, es precisamente aquella obediencia o escucha activa de la Palabra que ella tuvo, y que nos hace Hijos de Dios. Es también la esencia del himno que recoge S. Pablo en su carta a los Colosenses como expresión del sentir de la primera iglesia que aprendió a rezar con María. “Damos gracias a Dios Padre… Porque en Él (su Hijo siempre y ahora fruto del vientre de María) quiso que residiera toda la plenitud”. Eso es lo que pedimos en el saludo, (jaris, Kejaritomene) gracia de su plenitud de gracia para poder seguir en su presencia y adentrarnos en el misterio de Dios. No es un simple deseo para ella, “Dios te salve María, llena de gracia”, en el sentido literal de la frase, porque ella está ya salvada en la totalidad de su ser, cuerpo y alma, sino más bien la petición de la misma fuerza conformante que S. Pablo usa en el principio de sus cartas. “Gracia y paz. La gloria de su gracia…” Ese es también el sentido de la primera invocación en la oración sencilla del Rosario, descubrir el rostro de Dios, en la piedad que lo acepta como cercano. Así lo profetizó Baruq, “Dios mostrará tu esplendor, Jerusalén, a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará nombre para siempre “Paz en la justicia” y “gloria en la piedad”. En los Padres de la Iglesia, y especialmente los que están ungidos en la piedad mariana, la expresión y sentido de esa plenitud es constante. Señalo solo una frase de S. Anselmo en el sermón 52, que recoge la liturgia de las horas el día 8 de diciembre, celebración de la Inmaculada: “… Tan grandes bienes eran obra del bendito fruto del seno bendito de la bendita María… ¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda a la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen Bendita, bendita por encima de todo, por tu bendición queda bendita toda criatura, no solo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura!”. En la oración sencilla con María, en nuestro Rosario, se reúnen esas bendiciones de Dios a los hombres y de los hombres a Dios.

La proclamación del dogma de la Concepción Inmaculada de María, tiene su mejor argumento bíblico precisamente en la “Plenitud de Gracia” declarada por el Arcángel Gabriel. Transcribo solo un párrafo para la referencia:
12. El Ave María y el Magnificat.
Considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios por el Ángel Gabriel, cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. De ahí se deriva su sentir no menos claro que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica. (BULA “INEFFABILIS DEUS” de Pío IX -8-12-1854- sobre la Inmaculada Concepción)

3.3.- DEL SEÑOR QUE ESTÁ EN TI. (O kirios meta sou)

La admiración del ángel se hace anuncio del camino también en nosotros como quiere Lucas en su Evangelio. Es el cumplimiento de las profecías: “Regocíjate, hija de Sión: grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón Jerusalén. El Señor será el Rey de Israel, en medio de ti” (contigo). Llegó esa hora cuando María escuchó el saludo, y todo se vuelve a realizar en nosotros cuando lo recordamos orando. Las dos referencias personales del relato de Lucas en el anuncio del Arcángel, además del propio Gabriel, son el Señor y María. Y cuando oramos, el Señor, María y nosotros, envueltos en el mismo mensaje angélico, somos hechos familia en ese Evangelio.

En cuanto al propio anuncio del ángel, el “meta sou” del texto griego de Lucas, no es igual simplemente a “contigo”. Si uno busca en cualquier diccionario griego la preposición “meta”, encuentra varios significados en sus usos, clásico y vulgar. Todos tienen sentido en el anuncio del arcángel Gabriel. “En medio de”, “entremedias”, “juntamente”, “con la ayuda de”, “al lado de”, ” además”, “enseguida”, “después de”, “detrás”, “a continuación”, “hacia”, “para…” Etc. Pero el contexto de “meta” en el versículo de la Anunciación, le da un misterio en Lucas, que no es el propio de una preposición de lugar o dirección. No es simplemente “contigo” o “junto a ti”, como en el uso que hace de la preposición modal el mismo Lucas unos cuantos versículos adelante, cuando dice que María “..en aquellos días subió con presteza (meta spoudes) a la montaña”. Aquí, en el anuncio de la Encarnación del Verbo, está referido a la obra maestra de Dios en el género humano, y propone una inercia interior, que sale hacia los hombres. Rezar el avemaría con cada uno de esos sentidos de la preposición meta, añadiría ya una riqueza a la oración sencilla, que solo conoce la experiencia de los asiduos rezadores, pero el resumen de todas esas preposiciones o adverbios castellanos que mas provoca al entendimiento del “meta sou” griego, al menos para rumiarlo despacito en la oración, sería entender la frase “el Señor es contigo”, (o kirios meta sou, -Dóminus tecum-) como “el Señor que sale hacia nosotros desde dentro de ti”, que brota en ti como en su fuente hacia los hombres. No es solo que ‘está en ti o contigo’, sino que está ‘naciendo’, saliendo o brotando hacia nosotros, hombres y ángeles de una manera nueva. Quizás una palabra castellana actual meta-stasis, usada tristemente para una realidad oncológica, nos da una pista cierta del sentido de la preposición meta. Pero también tiene el término meta ese sentido de inercia que modifica la realidad primera en meta-bolismo, o meta-noia. El sentido de “o kirios meta sou” -el Señor está contigo- es dinámico, de interacción entre el cielo y la tierra. Lo expresa magníficamente S. Agustín en su sermón que se lee el 24 de Diciembre con frases del salmo: “La Verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne, la carne de María. Y la justicia mira desde el cielo, porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo”. Por eso pedir “gracia de la plenitud de gracia del señor que brota en ti”, es como pedir el primer fruto del universo nuevo, del paraíso eterno prometido, que tiene un río de vida (gracia) en el centro, y árboles con remedios para todas las dolencias y con todos los alimentos necesarios al hombre, en sus orillas. Tener la gracia del pleroma, o la gracia de la plenitud de la nueva y definitiva naturaleza del hombre, es el objetivo de la oración, de la predicación y de toda la obra de Jesús y su Iglesia. Así lo confiesa el mismo Maestro en la “oración sacerdotal” hacia su Padre que nos relata S. Juan: “Yo ahora voy ya hacia ti, y todo lo que hablo en el mundo es para que ellos tengan la gracia de mi plenitud dentro de ellos” (Jn.1,13). Y el mismo Juan usa esta preposición relativa, “meta”, para indicar la dirección de la “comunión” o “koinonía” cristiana con el dinamismo que propone en su Primera Carta: “Y la comunión que proponemos, la nuestra, es hacia el Padre y hacia su Hijo Jesucristo” (meta tou patros kai meta tou uiou autou Iesou Xristou) (1Jn 1,3). Es la esencia también del Avemaría, cuando recoge el saludo del Ángel y nos lo hace recitar para que surta en nosotros el mismo efecto que surtió en ella. Cada “avemaría” es por tanto a su modo, una eu-jaris-tia, una acción de gracias y comunión, por el cuerpo bendito del Señor que está en ella, la Madre. Cuando oramos con ella la oración es operante, de forma que produce en nosotros un meta-bolismo nuevo de la gracia. Nos hace entrar en el fantástico mundo de la imagen de Dios. Y una meta-stasis porque su ser de hombre-Dios, se desplaza hacia nosotros con toda la potencia de su divinidad. Es la tesis que plantea la carta a los Colosenses cuando dice “dando gracias con la gracia a Dios Padre (meta jara eujaristantes), con la que nos ha hecho dignos de participar en el pueblo de la luz…” (Col 1,12). La gracia antecedente, como la llave de una puerta que se abre a la presencia, es el sentido de la oración que recitamos en alabanza, saludo y petición:“Gracia, llena de gracia del Señor que está en ti”. Es como decirle a María: Danos agua de la fuente del agua viva que brota en ti. Danos luz, del sol de luz divina prendido en ti. Danos la Verdad, del conocimiento en experiencia de Dios encarnado en ti. Danos ánimo, fuerza y diligencia del camino que se abre y comienza en ti. En el piadoso libro “La Imitación de Cristo”, Fr.Tomás de Kempis lo expone así: “¡Oh gracia verdaderamente celestial! Sin ti ningunos son los merecimientos propios, no valen nada los dones naturales, ni las artes, ni las riquezas, ni la hermosura, ni el esfuerzo, ni el ingenio, ni la elocuencia, ni hay cosa en los hombres que valga algo ante ti, Señor mío, sin tu gracia” (tratado III, Cap. LX). Nunca se acabará de decir ni de pedir en ese misterio, porque es el mismo Misterio del Cristo de Dios amando al hombre y en relación al hombre.

3.4.- DICHOSA POR TU FE.

S. Lucas pone en boca de Isabel en su Evangelio: “Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). Fue la exclamación al darse cuenta de que la fe de Israel nacida en Abrahán, se hacía realidad por la fe de María. Isabel percibió que allí, delante de ella no solo estaba su pariente, sino el principio de un nuevo orden de cosas. El Evangelio de Lucas lo repetirá luego hasta la saciedad. María no es solo bienaventurada por haber llevado en su vientre y amamantado a Jesús, sino por haber creído en él y por haber escuchado el saludo del ángel como Palabra de Dios que se cumplía en ella. “Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Y María es el primer ser humano en hacer el “paso” de la felicidad de la carne a la del Espíritu, integrando ambas en la experiencia del Señor, el Mesías prometido, más hijo suyo que de David, llamado por ella Jesús, y por los suyos, no de Belén donde nació, sino de Nazaret como ella misma. El rezo sencillo del ‘avemaría’ supone una participación de esa dicha de fe, bienaventuranza específica de la mujer que dio lugar a nuestra salvación. La humildad y alegría de Isabel y del hijo en su seno, fueron el primer fruto del gozo en el Espíritu Santo provocado por la presencia y saludo de María. Sin ver al niño, Isabel creyó y gozò así la bienaventuranza que luego proclamó Jesús a su apóstol Tomás, “Has creído porque me has visto. Dichosos los que aun no viendo creen” (Jn 20,29). ¡Quien pudiera sentir aquella primera gracia en el saludo! ¡Quien pudiera vivirlo con la fuerza y claridad de Juan, Zacarías e Isabel, que saltaron de gozo y dieron gracias a gritos, -incluso antes que el bendito José-, ante la presencia oculta en el vientre de María aún del Verbo de Dios. Sin poner reparo alguno a la noticia, nunca oída, de que una virgen concibiese en su seno sin dejar de ser virgen, ellos bendijeron a Dios y a María. Algunas mujeres antes habían concebido fuera de su periodo fértil de vida, en la Historia Sagrada de Israel, incluso Isabel tenía esa experiencia. Pero que una virgen concibiera sin intervención de varón no era cosa fácil de creer. Se necesitaba y se necesita un regalo del Espíritu, que se dio allí y que se da en nosotros cuando oramos con fe. Completar la bendición al “fruto de la fe” de María, no es sino reconocer en ella el nuevo camino de la Iglesia, como hizo su pariente en el mismo acto en que la bendijo por el fruto de su vientre. “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”(Lc 1,45). Isabel como signo de Israel la llamó “dichosa por su fe”, y fue entonces cuando María proclamó el canto del Magníficat. Lucas quiere así unir el fruto de la fe con el fruto del vientre virginal. Nuestra alabanza se unifica también ahora en ese mismo fruto. María había concebido en su vientre de mujer, el fruto de la fe de toda la historia de salvación. Había unificado en su interior toda la bendición en plenitud de la humanidad, y el Evangelio de Lucas lo dirá enseguida de otra forma: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”. Así cuando nosotros lo recordamos hoy, cuando nosotros la bendecimos por su fe, estamos haciendo historia de salvación de Dios en la humanidad, junto con ella.

3.5.- BENDITA EN EL AMOR DE TU HIJO.
(O BENDITA POR EL FRUTO BENDITO DE TU VIENTRE.)
(Bendita eres entre todas las mujeres).

“En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó a gritos: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno”… ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bendita…” (Lucas 1,41-42; 45-48).

“Todas las generaciones” somos los que hemos creído el anuncio a lo largo de toda la historia humana, todas las gentes que aún creemos y decimos “bendita tú, María, por el fruto de tu vientre: JESUS”. Así cumplimos tu canto profético y magnífico. No hace falta repetir constantemente el texto de la profecía, sino cumplirla llamándote “Bendita por el fruto de tu vientre”. No es necesario repetir que te llamarán bendita todas las generaciones, sino sentirse “generación” tuya, miembros de tu Hijo, y simplemente llamarte la bendita, bien-decirte mientras vivamos en este camino de gracia.
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En la versión latina del Nuevo Testamento, la llamada Vulgata, S. Jerónimo añade al saludo del ángel la frase “bendita tú en las mujeres” (benedicta tu in mulieribus), aunque esa frase en el texto griego se atribuye solo a Isabel, que la pronunció al entrar María en su casa de la montaña, y no al Arcángel Gabriel en la anunciación. Poco después, en Lc 1,42, -el saludo de Isabel a María-, S. Jerónimo introduce una variante y no traduce “benedicta tu in mulieribus” sino “inter mulieribus”. Parece lo mismo pero no es igual. “En las mujeres es una afirmación ampliativa de su gracia a todo el género femenino, y “entre las mujeres” o entre todas las mujeres, es exclusiva, solo ella entre todas. Podemos bendecir a María en su papel de maternidad como una más de las mujeres, o como única en su género, e incluso única en su especie humana, por sus singulares funciones femeninas y maternales. Si no entendemos bien esta frase del avemaría, la oración sencilla sería como se dice hoy, feminista o quizás maternalista. Es cierto que el vientre que engendraba un hijo era una bendición proverbial en Israel, pero la cumbre de esas bendiciones fue el fruto del vientre de María, y no solo para las mujeres de Israel, ni siquiera para todas las mujeres, sino para toda criatura. S. Anselmo lo expresa de forma magistral en el sermón citado:“Dios es pues el Padre de las cosas creadas, y María la Madre de las recreadas, Dios es el Padre quien se debe la constitución del mundo, y María la madre a quien se debe su restauración, pues Dios engendra a aquel por quien todo fue hecho, y María Dio a luz a aquel por quien todo fue salvado… ¡Verdaderamente el Señor está contigo puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a él!

La frase de Isabel cuando oyó el saludo de María que la visitaba en su encierro, y que se recita tradicionalmente en el avemaría en castellano como bendita tu eres entre todas las mujeres, está relacionada, corregida y explicada en el “Magníficat”, el canto que María recitará inmediatamente después del saludo entusiasta de Isabel, y que es el inicio del cumplimiento de su profecía:”Desde ahora me felicitaran todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Para entenderlo hay que tener en cuenta que en Lucas hay una proclamación, enfatizada en todo su Evangelio, del “paso” de la carne al Espíritu, es decir, de la pascua cristiana, o paso de la esperanza de aquel pueblo que se había quedado en los términos de una generación terrestre o de pertenencia a una raza y genealogía determinada, a la esperanza y pertenencia al nuevo pueblo, a la nueva genética de la gracia, a la ‘gente’ del pleroma de Cristo, semilla de Dios. El mismo Jesús, explica ese ‘paso’ cuando corrige en otro pasaje del Evangelio a la mujer del pueblo que entusiasmada gritó: “Dichoso el vientre que te llevó, y los pechos que mamaste”, y Jesús le increpó:”Más bien dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Esa misma corrección es la que hace María ante Isabel. Cuando esta le gritó: “Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, María le contestó: “Me llamarán bendita todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. No iba a ser alabada solo por Isabel, que conoció su bendición como mujer judía, sino por todas las ‘generaciones’ que conozcan y acepten desde entonces aquel “fruto de su vientre”, la obra más grande del Creador entre los hombres, que es la encarnación de Verbo en Jesús, el Hijo de Dios y de María.

La entrada de Dios en la historia humana como uno más de los hombres que la componen, se evoca y aprovecha en cada impulso de la oración que recitamos por María. Cada recitación es como una vuelta de la rueda de un carro que nos acerca al final del viaje. Aunque su forma de ser concebido físicamente por María difiera de la nuestra, ya que fue fruto directo del Espíritu Santo modelado en un óvulo de María, -seguramente su primera ovulación-, así se inició la nueva creación, y es precisamente el ser fruto de un vientre de mujer lo que hace a Dios un hombre como nosotros en nuestra historia. Excepto en su concepción, en lo demás la vida de Jesús fue como la nuestra. Incluyendo la muerte. Hay sin embargo, visto desde hoy, una diferencia. Cuando se le proclama “fruto bendito de tu vientre”, se está dando por el evangelista Lucas, el fundamento de todas las bendiciones. Las del Israel de siempre, y las del pueblo nuevo de la Iglesia. Al recitar esa bendición en la oración sencilla, los orantes entramos al mundo misterioso de la Palabra Hermosa, de la Palabra de Vida, de la Palabra de Dios bien dicha, de la Ben-dicción del fruto de la humanidad. Los que ahora hacemos realidad aquella profecía orando, estamos haciendo de nuevo realidad efectiva y afectiva en nuestra vida la alegría de María, de Isabel, de Zacarías, de Juan Bautista, de los pastores, de los magos, y de todos lo que supieron y se alegraron con la Noticia. Por eso la oración, cada oración del Rosario, cada avemaría, será como una piedra preciosa del tesoro eterno de esa nueva humanidad: ‘Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en ti. Bendita por el fruto de tu vientre…”

3.6.- JESÚS.

Ese es su nombre. El fruto bendito de la fe y del vientre de María se llama Jesús, el que hace que todo sea bendito delante de Dios, porque en su Nombre todo se recrea ante Dios, su Padre. (Jn 17,7). El verdadero tesoro y centro de la oración por María, está precisamente en pronunciar el nombre bendito: JESÚS -Yahvé salva- es el nombre donde el Padre guarda a todos los que le ha dado en todos los tiempos, a petición del mismo Señor: “Guárdalos en tu nombre, el que me has dado” (Jn 17,11), es decir en el nombre de Jesús, el Cristo, el fruto bendito del vientre de María. (Jueces 13,5,7; Salmo 22,11;Is 49,1; Jer. 1,5; Lc 11,27) Es el Nombre de Dios para los que creen en Él. Ahora el “Innombrable” ya se puede nombrar en la fe y en el fruto del vientre de María. Pronunciar el nombre de Jesús constantemente, es la parte más satisfactoria del Rosario. Los Misterios del Rosario son como balcones de gracia que nos asoman a la fuerza de su gloria cercana conjugando el nombre de Jesús y María con el recuerdo de su gesta. No es posible agotar el contenido de la riqueza que conlleva el nombre, y para comprobarlo por experiencia propia, el Padre nos ha regalado en Él la Vida Eterna, vida sin más tiempo ni espacio que el que cada uno quiera para su gozo. La alegría de decir Jesús, crea el sentido de comunión con el Padre, con el mismo Hijo, y con todos los hermanos de todos los tiempos que han pronunciado ese nombre. Nos viene revelado por el Evangelio de Juan, en el gran discurso de la última cena, cuando Jesús oraba al Padre por los suyos. El “nombre” para Él, como judío de su tiempo, era signo de la unidad de persona, signo de su amor, signo de identidad, signo de protección, signo de transmisión de vida, signo de gozo colmado:“Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo. Yo voy a ti, Padre santo, guárdalos ahora en el nombre que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo los he guardado en tu nombre, el que me has dado. Los he amado y ninguno se ha perdido, -salvo el hijo de perdición-, para que se cumpla así la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada.” (Jn 17, 11-13). Esa alegría se tiene al entrar en el Nombre pronunciándolo o, lo que es lo mismo para la unión, recibiéndole en el anuncio. También en nosotros la alegría Cristiana llega a su plenitud al pronunciar el Nombre. No hace falta decir más aquí. Queda la riqueza del tesoro, al modo y manera personal de pronunciarlo que se la ha dado a cada uno, porque en ello está la cumbre del amor, y para nuestro mundo de fe, como para el mundo judío, el nombre es la propia persona.

3.7.- SANTA MARÍA

La santidad es uno de los atributos de Dios que se transmiten al hombre en Jesucristo y en la comunión del Espíritu Santo. María es ”Santa”, porque está consagrada y escondida en Dios, separada del mundo para Él, pero cercana a los que van llegando al universo nuevo de la piedad y la misericordia. Al llamarla Santa, reconocemos que está junto a Dios, en el Misterio de Dios, y viviendo en conexión con el centro interior del hombre donde se engendra la oración y donde brota la Palabra que se dirige a Dios, que es su Hijo querido. Es el sentido del silencio que sobre ella guardan los Evangelios en momentos claves, como la resurrección. Su apartamiento del mundo y consagración a Dios en humildad y silencio, lo expresa Lucas en pocas palabras cuando nos relata el Misterio de la Encarnación “…. En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entrando donde ella la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido (Lc 1,26-29). Separada de todo para estar ante Dios, hasta el Ángel Gabriél, “que está delante de Dios”, tuvo que entrar a su secreta intimidad para poder cumplir con su misión de anuncio. La santidad de aquella humilde virgen de Nazaret fue un Misterio también para los ángeles.
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El nombre de MARIA es el otro nombre reconfortante de la oración sencilla, Mir-yam, Señora del Mar. Una mañana cuando paseaba yo a la orilla del Mediterráneo recitando esa oración, quedé admirado al comprender el sentido etimológico de su nombre como “Señora de las aguas grandes”, de las que brotó la vida de todo viviente. La raíz de su nombre probablemente signifique eso, “Señora de las aguas”, que se entiende mejor en castellano como Señora del Mar. Reconozco que puedo estar influenciado por la devoción mariana de mi tierra Almería, cuya patrona lleva por nombre “Virgen del Mar”, pero fuera de los apellidos que le ponemos cada pueblo a nuestra devoción, todos coincidimos en llamarla Miriam, sencillamente María, y ese nombre es una de las fuentes más seguras y universales de la comunión cristiana. No me cabe la menor duda de que cuando se produzca la deseada unión entre todos los que creemos en Jesús, ella y su nombre serán signo de identidad entre los hermanos, como la madre es referencia de unidad en la familia. Es tan directamente experimentable el fruto interior de solo pronunciar su nombre, que tampoco aquí digo más. Cada uno puede comprobarlo en la intimidad de presencia que se produce en la oración.

3.8.- MADRE DE DIOS

El misterio de gloria de María es ser Madre de Dios, porque es madre de Jesús de Nazaret, que es Dios e Hijo de Dios. Al hacerse “hijo del hombre”, -no sé por qué no se le dice el “Hijo de la mujer”-, ella es Madre de Dios y madre del hombre nuevo, que se manifiesta en “todas las generaciones que la bendicen” por el fruto de su vientre. Sería muy largo desarrollar aquí esa verdad teológica, pero es central para la oración sencilla apreciar el misterio de su maternidad, que hace relación a nuestra piedad y a nuestro beneficio personal, por la filiación que se anuncia y desarrolla con la oración del avemaría.

Cuando oramos diciendo en bendición “MADRE DE DIOS”, estamos reconociendo que es también engendradora de la imagen de Dios en cada uno de nosotros, madre de cada uno en su conformación divina. Ese es el misterio y la riqueza de la repetición gustosa de la oración, que es a la vez de llamada y de reconocimiento. Ni a ella ni a nosotros nos cansa que la llamemos mil veces al día Madre, porque las cosas de Dios no cansan, como no cansa el respirar, ni se hace monótono mirar todo lo visible del universo bañado de luz, ni comer todos los días, ni escuchar a diario el sonido de la voz amada. No se cansa la madre de oír gritar al hijo su primera sílaba “ma-ma-ma-ma-ma”, aunque la repita miles de veces sin otro sentido que su propio gozo.

En el orden físico de nuestra vida, llamamos madre a la que nos da vida en su seno y en su momento nos hace entrar en este mundo, con la primera pascua del hombre que es el parto. En el misterio de Dios sucede igual. Es Madre nuestra la que nos hace entrar en la vida de Dios, la que nos da a luz en Dios y nos hace entrar en la Vida Eterna, que es el conocimiento del Verbo eterno. Cuando llamo a María MADRE DE DIOS, no solo reconozco que fue madre de Jesús de Nazaret, y que Jesús es Dios entre nosotros, sino también que es madre de esa realidad en mí, porque me está abriendo el camino eterno de conocimiento del Padre, del Hijo y del Espíritu de Dios. La relación personalísima y única de cada uno con María como su madre en la luz de Dios, como la que lo abre al mundo de la gracia de Dios, o lo da a Luz en Dios, es una de las verdades de experiencia más tiernas y únicas de la religión cristiana católica. Su técnica uterina de maternidad virginal tiene dos salidas. Una hacia el mundo, como todas las madres de la raza humana, con la que dio a luz al hombre Jesús en este cosmos, y otra hacia Dios, con la que nos concibe y pare a nosotros en el mundo del Espíritu, en el seno de Dios. Conocer a Dios desde María es tan seguro como conocer el mundo desde los brazos de la madre física.

De ella aprendemos el ‘idioma materno’, esa forma de hablar y de expresarnos que nos es connatural, y que se aprende de los labios, los gestos, las expresiones, los tonos y cadencias de voz de la madre física. En el misterio de la vida en Dios, el idioma de la piedad se aprende por María. Aunque Dios es Padre y Madre de todos los hombres, los que hablan el ‘idioma materno’ de María, que es el mismo Logos del Padre, le son muy aceptos a Dios, muy queridos, porque en ellos tiene puesta también su “complacencia”, su eudokía, como en su propio Hijo.Pero su misión maternal no es solo darnos un idioma, una forma de expresarnos para hablar con Dios, sino que su maternidad en nosotros es también ontológica. No se puede ver a Dios si no nos convertimos en luz como Él es luz, y en amor como Él es amor. Es en esa conversión o metamorfosis donde interviene María, porque así lo han querido el Padre y su Hijo. No digo que no pueda acercarse o asemejarse a Dios alguien que no conozca a María, porque en el seno del Padre hay muchas moradas y formas de ser, lo que aseguro es que la invocación de María como Madre, y el camino de la humildad que ella patrocina, es un instrumento seguro de deificación, de entrada rápida en la familia de Dios, la que escucha, guarda y cumple su Palabra.

3.9.- RUÉGALE EN NOSOTROS, PECADORES .

Ruégale “en nosotros y por nosotros” como dice Juan Pablo II en su Encíclica Rosarium Vírginis, recogida en la presentación de este libro.

El regalo de todos los días nos lo comunica el Evangelio como pan nuestro de cada día. Dice Juan 17,9 “Yo te ruego en ellos”, (“ego peri autón eroto”). No solo dice te ruego por ellos, sino en ellos, porque en nosotros y a través de nosotros Jesús se hace oración al Padre. No solo intercede por nosotros, sino que su acción es mucho más atrevida, ya que se hace a sí mismo nuestro ruego al Padre, y nos saca del gran pecado que es la “a-rrogancia”. El a-rrogante es el que no ruega, ni pide ni da gracias ni alaba, porque piensa que no necesita nada de Dios ni de nadie. Jesús se hace oración nuestra con su Espíritu, porque en realidad no sabemos pedir ni a Dios ni a los hermanos lo que nos conviene. Y eso es lo que le gritamos también a María, que se haga maestra de oración en nosotros. Que a través del Espíritu de su Hijo en nosotros se dirija ella misma en oración a su Hijo y al Padre, en el tiempo que transcurra desde ahora hasta el encuentro definitivo tras muerte, nuestro tiempo de hora a hora, de día a día, de minuto a minuto, de gracia a gracia, y de pecado a pecado. Es como una proclamación en la breve oración del ‘avemaría’ de la pascua cristiana, o paso de la nada a Dios. Solo puede entenderse en el “Ambiente Santo” del Pueblo de Dios que es el Espíritu. Pedir que María ore o ruegue a Dios “en nosotros”, con nosotros y a través nuestro, por nuestras cosas, es pedir la garantía de ser escuchados porque oramos en el Espíritu que a ella le dio su plenitud. Y cuando se recibe la gracia de saber que ella va a matizar y tamizar nuestra oración, es entrar en una seguridad personal de que esta va a ser atendida. En un gesto profético, eso hizo Rebeca con Jacob, cuando para lograr la bendición de Isaac le puso una piel muy peluda por encima, y su padre lo tomó por el hijo primogénito, el velludo Esaú. Así le dio la bendición y la herencia. Saber que María ruega en nosotros al Padre a través de su Hijo, y en el estilo y modo del Espíritu que ella conoce a fondo, es reconocer la gran Verdad: somos templos de Dios y en nosotros se puede mantener una relación personal con Dios. Entonces, además de Madre y sacerdotisa nuestra, María es maestra de oración. ¡Y quien mejor!

3.10.- DESDE AHORA HASTA EL ENCUENTRO TRAS LA MUERTE.

Pedimos así que el estado de relación con Dios, inmersos en esa especie de útero oracional, o almendra mística, que es la protección mariana en el Espíritu, se extienda en cada paso del camino hasta llegar al encuentro definitivo. Cada avemaría es como un pasito por el camino que nos acerca a Dios, y en cada uno de esos pasos, se proclama el misterio pascual definitivo del cristiano, que es la entrada en el Reino tras la muerte, más allá del mar rojo de la sangre y de la carne. Lo que le pedimos pues, no es que esté con nosotros y ore en nosotros solo “hasta la hora de la muerte”, y después nos deje, sino que nos acompañe hasta el encuentro definitivo tras el viaje supremo y último. Es como una petición implícita también por todos los que ya han muerto y no han llegado aún al reino por necesitar algún tipo de purificación. El camino entre la muerte y el abrazo definitivo y eterno, también necesita de su protección, porque el misterio de ser cristiano no tiene plenitud en la conversión o conducta especifica alguna de este mundo, sino tras la muerte, en el encuentro definitivo del reino eterno. No se puede ser en verdad obra acabada en el Espíritu, según el modelo de Jesús propuesto en las bienaventuranzas, hasta que se encuentre de modo definitivo el reino, más allá de la muerte. Nada soy sin la esperanza de poseer la tierra prometida desde el principio al hombre. Nada si no encuentro allí la hartura de mi hambre y mi sed de justicia. No soy nada en el Reino de Dios, si no aprendo lo que significa misericordia para siempre. Entonces mi corazón ya limpio vivirá en su paz, y seré consolado porque habré entrado en Dios. Y en ese camino le pido a María su acompañamiento.

Una Oración del Breviario Romano, en el Oficio de Santa María en Sábado, para la hora de Nona, expresa esta dimensión “post mortem” de la oración sencilla. Dice así: “Escucha Señor nuestra oración y danos la abundancia de tu paz, para que, por intercesión de Santa María, la Virgen, después de haberte servido durante nuestra vida, podamos presentarnos ante ti sin temor alguno. Por Jesucristo nuestro Señor”. Todo eso lleva encerrada la petición final de la oración mariana: “desde ahora hasta el encuentro tras la muerte”. Así puedo decir en plenitud: AMÉN.

4.- EL AMEN
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura (cf Ap 22, 21), se termina con la palabra hebrea Amén. Se encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo Testamento. Igualmente, la Iglesia termina todas sus oraciones con un “Amén”. En hebreo, “Amén” pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el “Amén” puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en El. En el profeta Isaías se encuentra la expresión “Dios de verdad”, literalmente “Dios del Amén”, es decir, el Dios fiel a sus promesas: “Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con frecuencia el término “Amén” (cf Mt 6, 2.5.16), a veces en forma duplicada (cf Jn 5, 19), para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad fundada en la Verdad de Dios. Así pues, el “Amén” final del Credo recoge y confirma su primera palabra: “Creo”. Creer es decir “Amén” a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de El que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana de cada día será también el “Amén” al “Creo” de la Profesión de fe de nuestro Bautismo: “Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11, 13: PL 38, 399). Jesucristo mismo es el “Amén” (Ap 3, 14). Es el “Amén” definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro “Amén” al Padre: “Todas las promesas hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios” (2 Co 1, 20): Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. AMEN.
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También en el rosario, al final de cada oración, lo proclamamos como puerta del amor de ágape, y en la fe decimos Amén. Hoy está vacío de contenido el propio término “Fe”, incluso para muchos que se llaman cristianos”. Pero nuestra fe no es una entelequia sin sentido. No está desconectada de la vida, ni de nuestra forma más natural de pensar o sentir. La fe es una verdad de vivencia total. Una seguridad total de la existencia del Otro en la cercanía de lo interior, donde vive la Verdad de todo. Y la fe se refleja en una conducta coherente con esa verdad. El estado de conciencia que llamamos FE, por aclararlo con una semejanza, sería el que tiene un hombre que navegando en su barquita por la mar, encuentra un temporal que lo hace zozobrar, y sintiéndose necesariamente ahogado, encuentra de pronto bajo sus pies una roca que no había visto antes, al estar oculta por las olas. Sin dudarlo un instante se sube a ella, y ya seguro, tras vomitar toda el agua que ha tragado y que le impedía hasta respirar, dice a grito abierto: AMEN… Ahora sí!… menos mal! …Es mi suerte!… Gracias a Dios! Estoy salvado gracias a esta roca. Ese grito de seguridad sería el significado vivencial del verbo hebreo del que viene nuestro amén como expresión de fe. Algo totalmente seguro, que traslada del mar encrespado por la zozobra de las dudas, a la seguridad de conceptos y sentimientos que supone la fe. En ese estado de conciencia, cuando es de verdad y no mojigatería, se produce el dialogo interno, la conversión o conversación interior que conforma el programa de trascendencia, y que conecta sin saber cómo, pero sabiendo que es verdad, con el Otro. El mejor signo de fe, es nuestra oración, con María y ‘en lo escondido’, al Padre. Así y ahí se habla con Dios. En su comunicación interior, el mundo de la Fe es real como la Vida misma, porque es la oración de Jesús que llama a Dios su Padre, y que nos identifica con Él al recitarla.

SEGUNDA PARTE

1.- UN PALACIO EN CASTILLO INTERIOR CON BALCONES DE GRACIA

No es fácil hablar de lo espiritual con palabras, conceptos y términos que han nacido para describir lo material sujeto al tiempo y al espacio, que son nuestros parámetros de vida, pero la manifestación de la Verdad de Dios en las cosas más nuestras, incluso en ‘la carne que nace y muere’, ha creado de modo sublime, como cumbre de todas nuestras codificaciones en signos inteligentes de la realidad, la Palabra que habla de Dios, la Palabra que se dirige a Dios. Para entrar en ese mundo nuevo abierto para siempre por Jesús de Nazaret, el Verbo de Dios, se han usado muchas imágenes sugerentes. Él mismo se describió como el agua viva, el pan del cielo, la vid del nuevo vino de Dios, la luz del mundo, el buen pastor, la puerta de las ovejas, el Señor de todas las cosas, el Templo de Dios, la resurrección y la vida, etc. Y todas esas imágenes son entendibles por la gente sencilla de un pueblo sencillo. Para este libro he escogido la imagen, usada frecuentemente por los que entran al mundo de la oración, del palacio o castillo interior, situando ese palacio o castillo en el centro de la gran plaza pública del Pueblo de Dios.
En lo más profundo de esa casa de oración en la que vamos a entrar, en el sótano que sirve de bodega y despensa, se conserva siempre la misma temperatura, el mismo grado de humedad, la misma gracia, la misma vida, la misma oscuridad de luz que solo deja ver cuando los ojos que vienen deslumbrados del mundo se acostumbran a ella. Allí tienen su nacimiento las aguas que llenan el pozo-aljibe sin fondo de la gracia, de la que beben los fieles. Son aguas que brotan de un venero subterráneo cuyo origen y fin nadie conoce, aunque alguno cantase “que bien se yo, la fonte que mana y corre, aunque es de noche”. Son las mismas aguas que manan luego por la fuente pública del pueblo, para que todos puedan llenar sus cántaros. Es la Fuente Primera, o del Principio, cuya imagen meditamos en el Rosario como los Misterios del Principio o Principio de todos los misterios, manifiestos en la historia de la salvación que nos brinda el Antiguo Testamento. Sobre ese sótano del Antiguo Testamento, bien fundada, hay una planta baja con ventanas abiertas en su fachada principal, unas hacia la plaza central de pueblo y otras a las calles laterales, enrejadas todas, y en ellas macetas de flores colgadas, como en nuestros pueblos mediterráneos. Son los misterios de la infancia de Jesús, los Misterios de Gozo, porque son Ventanas de gracia, de alegría cercana. Sobre esa planta, sobre el gozo de la Encarnación del Verbo y su cercanía, hay otra planta asoleada con enormes balcones. Son los Misterios de Luz y Misterios de Gracia. En esa altura que es la vida pública de Jesús, hay una ventana abierta al callejón oscuro de los Misterios de Dolor. Y subiendo a lo más alto, a la terraza o almena superior, se ve por fin el cielo donde calienta el Sol de Justicia. Son los Misterios de Comunión y Misterios Gloria.
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Un balcón abierto en una casa antigua, siempre es un misterio; tanto para el que está dentro de la casa, como para el que pasa por la calle o la plaza y lo ve desde fuera. El trasluz abierto a la interioridad es una llamada, una provocación. Sus cuatro aristas, o cada una de las casillas de sus cristales, para el que sabe mirar, son un templo, un lugar de misterio y de revelación a la vez.

Por un balcón abierto, uno se incorpora también a la vida del pueblo viendo quien llega y quien pasa. De modo parecido, rezando el Rosario se incorpora el orante sencillo a la vida de la Iglesia, contemplando la vida y misterio de Jesús de Nazaret. Entrar en la vida de Jesús a través de Rosario, es como entrar cogidos de la mano de María en la casa o castillo interior de la memoria religiosa. Edificado sobre una cumbre genética de la raza humana, el castillo de la oración se cimienta en la roca firme de la FE, erguida sobre el paisaje ancestral de la historia sagrada de Salvación del Hombre, desarrollada en los “montes de Israel”, donde se hizo realidad la Pascua, o el paso de la carne al Espíritu. Cada misterio del Santo Rosario es como un balcón abierto a esa gracia, para gozar la vida y la fuerza que encarnó el Verbo Eterno. Es un obsequio para el orante contemplativo, al que se le ha regalado ver lo que ocurre—y que nunca pasa– en el pueblo de Dios. San Juan en el prólogo de su Evangelio lo expresa así en boca del Bautista: “El que estaba detrás de mí, se ha puesto delante de mí,… y de El recibimos gracia para estar ante la Gracia” Es como si dijera que la Palabra, el Logos, es una ventana abierta a la luz de Dios por la que podemos disfrutar su vida, como se toma el sol por un balcón abierto al mediodía. Rezar el Rosario es como asomarse a la vida que propone el Evangelio de Jesús de Nazaret, y dar un paseo por el relato de su vida, que lo va haciendo presente a la conciencia. Esa fue la técnica de la primera “cristiana”, la madre del Cristo y de todos los cristianos, en la forma que proclama el Evangelio de Lucas: “Su madre guardaba (rumiaba, repasaba) todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51). Después, esa misma técnica la recomendará S. Pablo a Timoteo ”Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según el Evangelio.” Y eso es orar en el Rosario, o rezar el Rosario, entrar a la presencia del Verbo encarnado, y seguirlo en su pascua, en su paso al Padre, desde que salió de Él hasta que volvió, naciendo como hombre, muriendo, resucitando y subiendo al cielo. El recuerdo vivo de la Palabra viva, tiene toda la fuerza del Evangelio vivo. Transforma, purifica, ilumina, protege y conduce a los que son capaces de entrar al mundo de gracia que proclama, con esa técnica o propuesta vehicular, como lo hacía María, la Maestra en el recuerdo de Jesús. Admiremos pues cada ‘misterio’ como el que se asomase a los balcones del castillo grande de la memoria humana, con vistas a los puntos cardinales de la historia de su salvación, observando al menos siete espacios diferentes donde el pueblo de Dios se va transformando de pueblo de la tierra en pueblo de la Luz. Siendo tan simple y tan profunda, la oración sencilla del Rosario supone una medida personal de nuestra integración al mundo de Dios.

2.- COMENTARIO DE LOS MISTERIOS

1.- MISTERIOS DEL PRINCIPIO
(Para meditar en lunes, o al final de la tarde)

“Jesús es el Principio, la Palabra que se dirige a Dios, y la experiencia de Dios para nosotros”.

Una introducción a estos misterios es el magnifico resumen de la historia de la salvación que hace S. Ireneo, que sintetiza el sentir de todos los Padres de la Iglesia: “Dios a causa de su magnanimidad, creó al hombre al comienzo del tiempo; eligió a los patriarcas con vista a la salvación; formó de antemano al pueblo para enseñar a los que ignoraban como seguir a Dios; preparaba a los profetas para habituar al hombre sobre la tierra a llevar su Espíritu y a tener comunión con Dios; Él, que no tenía necesidad de nada, concedía su comunión a quienes necesitaban de Él. Construía como un arquitecto, un edificio de salvación para aquellos a quienes amaba; a los que no le veían, les servía Él mismo de guía en Egipto; a los turbulentos en el desierto, les daba una ley plenamente adaptada; a los que entraba en una tierra magnífica, les procuraba la herencia apropiada; por último, para quienes tornaban hacia el Padre, Él inmolaba al novillo mejor cebado y los obsequiaba con la mejor vestidura. Así, de múltiples maneras, iba predisponiendo al género humano a la concordancia con la salvación” (Libro 4,14,2-3)
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Antes del tiempo y del espacio, fuera de ellos y no sujeto a su relación evolutiva, sino arropándolos, hay un misterio que todo hombre percibe en algún momento de su vida aunque solo sea unos segundos, pero que marca y da carácter a su relación con su propia existencia. Es una sombra de luz, o la humedad de un agua vital, que puede ser cualquier cosa porque no se identifica totalmente con nada, ni siquiera con su imagen más cercana que es el hombre mismo en su potencia interna volitiva y cognitiva, es decir, el hombre cuando ama. Esa es la fuerza que invocamos en estos misterios primeros, o principio permanente de todo lo que existe. Si no entendemos desde ese “principio” la historia de salvación plasmada en el pueblo de Israel, que es la salvación de toda la especie humana incluyendo la de cada uno de sus miembros, solo tendremos experiencias de luz fragmentadas, jirones de luz.

1.-1.- LA ETERNIDAD DE DIOS, PADRE, HIJO Y ESPÍRITU.
LA FUENTE DE TODOS LOS MISTERIOS.
(Presencia eterna de Dios en sí mismo)

“Antes que naciesen los montes, o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios. (Sal, 89)

En el principio existe la Palabra y la Palabra está con Dios, y la Palabra es Dios. Ella está en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella está la vida y la vida es la luz de los hombres, (Juan 1, 1-4)
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Antes que hubiese hombres, ni cielo, ni tierra, ni luces, ni masa siquiera donde modelar el universo, ya eras tú, Jesús Verbo Infinito, Palabra eterna amando al Padre, brotando en el único y perenne engendramiento que se produce en su seno. Y en el torrente de tu amor y el suyo, nos elegisteis para compartir vuestras delicias. ¡Gracias Señor por elegir entre todos los posibles, este proyecto hombre! ¡Gracias por hacernos altar y nido de descanso tuyo, donde cantar hacia fuera lo que tú siempre vives hacia dentro! Suponiendo que en vosotros tengan algún sentido nuestros términos de fuera y dentro. Aunque quedemos interiormente a oscuras en este misterio, sin idea alguna que pueda traducir la eternidad, podemos al menos sentir que somos como materia prima, nueva, en la que Dios logra reiniciar su obra, su camino, su imagen ¡Gracias Padre, Gracias Hijo, Gracias Espíritu! Este misterio requiere la entrega en humildad total, para que Él infunda la noticia a su modo, con la libertad creadora que sigue usando en sus hijos, y que nos hace a cada uno singular y distinto de todos los demás, a la vez que parte de toda su obra. Conviene recordar cada día el Misterio de la trascendencia de Dios, que supera todas nuestras formas de pensar, de sentir, de medir y de hablar. La Palabra del Evangelio que anuncia su relación de amor con el hombre, nos lo propone para que entendamos que venimos de lo eterno, y allí volvemos. Para proclamarlo la Sagrada Escritura usa la expresión “En el principio”, y es en ese Principio del Verbo en el que se creó todo lo que existe. Aún más, como dice S. Pablo de Cristo, “Él es el Principio” (Col. 1,18).

¿No es también María, en la historia de salvación, el “principio” donde está el Verbo de Dios? ¿No es ella el arke, o arca de la nueva presencia y nueva alianza? Al menos puede decirse con verdad que en ella, en María, estuvo la Palabra de un modo nuevo, iniciando una nueva forma de presencia. De su misma carne tomó el Verbo de Dios vida de hombre, y en ella estará para nosotros hasta el final y después del final de esta historia nuestra en la que vivimos y oramos aún, dentro de nuestro tiempo y de nuestro espacio. Como el mismo cordón de cuentas del Rosario, que forma un círculo donde se encuentran el principio y el final unidos por la cruz, así la vida religiosa y de piedad cristiana tiene principio y fin sobre sí misma, porque tiene en sí misma consistencia. Como un ser vivo que tiene su desarrollo marcado o inscrito en sus genes, nuestro Camino de la Vida no es solo hacia el final del tiempo, sino hacia el Principio de la vida. El mundo camina hacia el final, pero el hijo de Dios va siempre hacia el Principio de todo, hacia su Padre, que es origen y meta de todo; “pros ton Zeon” dice el Evangelio de Juan; hacia Dios de donde salió y a donde vuelve siempre. El círculo completo del Rosario es símbolo de ese total misterio para el hombre. Cuenta a cuenta, día a día, hora tras hora, y una oración tras otra, se llega al principio, donde todo empezó y a donde todo llega. Esa era la razón del poeta Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”. Y de esa mar enorme nace la nube de misterios que lloviendo en la tierra, la riega y forma el río que vuelve siempre a ella. Es la vida de Dios en el hombre, su Palabra bendita, encarnada. La maldición de Adán, -“polvo eres, y al polvo has de volver” (Gn. 3,18)-, tiene aparejada una bendición. A su estilo de enseñar por contrastes, nos informa el Libro Sagrado de otra verdad gozosa: si la tierra vuelve a la tierra, la vida que es de Dios, vuelve a Dios. Tener despierto el sentido que descubre en el hombre las dos fuerzas que le hacen crecer, la atracción de la gravedad de la tierra y la libertad hacia la luz, hacia el sol naciente de lo alto, hacia el cielo, es el principio de la sabiduría que le hace actuar correctamente y dar “Al César lo del César, y a Dios lo que es de Dios”. Y eso es lo que palpita en este primer misterio, lo que hay antes y después de nuestra vida de carne. “El nos eligió en la persona de Cristo antes de la creación del mundo, para que fuésemos su pueblo, santos e irreprochables ante Él por el amor… Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo: cuando llegase el momento culminante, recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”.
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En tu mente de hombre, Jesús de Nazaret, llevabas nuestra historia de salvación de la que te sabías protagonista y centro. Y así lo atestiguaste en tu nuevo estado de hombre-resucitado, en la conciencia de tu evangelista Juan: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti… glorifícame con la gloria que tenía junto a ti, antes que el mundo fuese” (Jn. 17,2.5). Meditar en presencia de tu Madre sobre esa ‘preexistencia’ tuya, o existencia por encima de todo lo que existe en nuestra percepción de sentidos, es lo que te pedimos en este misterio. El principio y final junto a ti, se traduce en la Escritura, y en la oración de la Iglesia, con la fórmula: “Como era en el Principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos”. Pero el Principio, apenas si tiene algunas otras formas literarias que lo definan. Se dice que existes “desde la eternidad”, “desde siempre” o simplemente, evitando toda complicación filosófica, “desde el Principio”. Es la fórmula que usan los Evangelios para su comienzo. Excepto Mateo que prefiere el término de “génnesis de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán,…”(Mt. 1,1), los otros tres evangelistas emplean un término que para los cristianos es paradigmático: El Principio (ARJE, ó arke) (Mc, 1,1; Lc.1,2; Jn.1,1). Cuando nos proclaman tu historia, Jesús Hijo de David, lo hacen “desde el Principio”, o “en el Principio”, con lo que están apuntando precisamente a esa eternidad o esencia que no puede caber en nuestros parámetros de tiempo espacio, de donde viniste, a donde te fuiste, y donde estás ahora, Cristo Jesús eterno, glorificado. Y es que en ti lo antiguo sigue siendo nuevo, porque en tu palabra se convierte todo, cada día, en nuevo: Nuevo testamento, nueva alianza, vino nuevo, nuevo tiempo y espacio en el lugar que nos tienes preparado en la casa del Padre. Esa es la forma de buscarte en la oración: la novedad constante del amor. Pero ni en el pueblo, ni en cada individuo, ese estado llega de una vez, sino que tiene un proceso didáctico; es la historia sagrada que acaba en encuentro contigo, el que eras antes del tiempo, el que sigues siendo cercano ahora en el tiempo, y cuando acabe esta forma nuestra de medir la realidad, serás también la fuente permanente del agua de la vida, y el pan de la vida.

El Misterio de tu vida no sujeta al tiempo, eterna, es el comienzo y el final de la oración, y debe reflejarse también en esta forma sencilla de contemplar los bien llamados “Misterios del Rosario”, que no son otra cosa sino balcones de gracia abiertos al gran misterio de tu vida de Dios en relación al hombre, resumen de todo el Evangelio. El que ora, descubre así su auténtico sentido de vivir: ser un continente del amor tuyo. Lo dice tu discípulo amado: “Padre quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo… si el mundo no te conoce, yo te conozco, y ellos te conocen porque tú me has enviado y yo les he dado a conocer tu nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con el que me amas esté en ellos, y yo viva en ellos” (Jn 17,24-26).
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1.-2. CREACIÓN DEL COSMOS Y DEL HOMBRE LIBRE EN SU PARAÍSO. EL PECADO Y LA PROMESA.
(Presencia de Dios en todo lo que existe)

Dice el Libro del Génesis: En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra lo creó…. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto (Gen 1,1. 26-31)…

Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado… Yahveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde allí se repartía en cuatro brazos. Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.” (Gen 2, 8-17)… Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”
Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí.” Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar. A la mujer le dijo: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.” El hombre llamó a su mujer “Eva”, por ser ella la madre de todos los vivientes. Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió. Y dijo Yahveh Dios: “¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.” Y le echó Yahveh Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida. (Gen 3, 6-7.9-24)
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Padre, Hijo y Espíritu, desbordan el río de su amor creando el cosmos y todo lo que en el existe. Y en tu misma persona Jesús de Nazaret, como Verbo de Dios, fuera del tiempo y del espacio, cuando no había nada, junto al Padre y al Espíritu, desde vuestra eternidad que es el Principio, creasteis también al hombre -varón y mujer-, libre en un paraíso a su medida, donde hablaba contigo cara a cara, y cuidaba tu jardín. Pero otro misterio lo separó de ti. Fue la desobediencia. Para poder amar, tenía que ser totalmente libre de tu mandato, que lo acercaba a ti. Adán y Eva, el primer hombre, podía obedecer o no, escuchar tu Palabra o la suya propia, que lo echó hacia sí mismo arrastrado por sus caprichos. Quiso el hombre dominar la ciencia del bien y del mal y fue engañado al creer que esos dos principios de la vida, dependían de la apariencia hermosa y comestible del fruto de un árbol. Eso habría de ser cierto cuando el tiempo llegase a su madurez, pero no antes. El Adán primero equivocó el camino, pero aún así no lo abandonasteis del todo en su encrucijada. Le disteis una promesa de salvación, en un nuevo ser que nacería también del vientre de la mujer. Y aquella Eva fue signo de María, de la que nacería el verdadero fruto de la Vida, y el árbol prohibido perdió su veneno en otro árbol en cruz. El resto de la historia es también tu historia, Jesús Hijo del Hombre, porque como dirá tu apóstol: “todo se hizo por ti y para ti, y en ti está la vida”. El fruto y el sentido de la oración meditativa del Rosario, será la unión contigo Jesús, Verbo eterno de Dios, sabiendo que vienes aún de fuera del tiempo y del espacio, y que entras en ellos como Señor, a través del hombre, en la creación que tú mismo hiciste, unificando su esencia en tu persona de Cristo, hombre Ungido de Dios, desde “el Principio hasta el encuentro tras la muerte”. Así despacito, rezando, aprendemos que el mismo que dijo “Sea la luz…Sea el firmamento… Sean las aguas y la tierra…”, fue el que dijo “Sea el hombre a nuestra imagen y semejanza…”. Y ese eres tú, Verbo Eterno, que te encarnaste en el seno de María al llegar la plenitud del tiempo. Mostrándonos físicamente a quien habíamos de ser semejantes, nos abriste el camino para llegar de nuevo al Reino de Dios perdido, al encuentro con el Padre. Entre esas dos referencias de todo lo creado, entre el principio y el fin, orando, nos relacionamos contigo, Verbo del Padre, creador de todo. Cada cultura lo hará a su manera, y cada hombre incluso, dentro de cada cultura lo hará también a su personal modo definitorio de su unicidad y singularidad, pero la búsqueda y el encuentro serán un mismo Camino para todos. Eres tú, no hay otro.
El resumen de este Misterio nos lo da Juan en su Evangelio, traduciendo la voz interior que le urgía a comunicarlo a los hombres, porque te conocía a ti Jesús de Nazaret, como Camino, Verdad y Vida: “Glorifícame ahora Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes de la creación del mundo…” (Jn, 17,5). El Principio para él, para Pablo y para todo el Nuevo Testamento, tiene una réplica histórica en el camino de salvación, un hombre concreto, modelo de todo y para el que se hizo todo. Y tan misterioso es el Principio como el final. El hombre de fe, que se admira en la “humildad de las cosas grandes” hechas en María, lo proclama en todas sus oraciones. En todas termina con la misma doxología: “Gloria al Padre, gloria al Hijo, y gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora siempre, por los siglos de los siglos”. Esa es la expresión de la eternidad que hacen los sencillos, al reconocer que el hombre, creado en el cosmos, es el capricho de Dios, el beneplácito de Dios, la Eudokía de Dios, su imagen de Hijo querido. Modelasteis así una creatura a vuestra imagen y semejanza, e incluso con una cosa más que tú Verbo Divino, pero complementaria a ti en tu imagen de hombre creado; es su debilidad y su pecado que provocarán tu amor hasta dar tu vida por ella. Esa creatura es el hombre libre, capaz de oponerse a ti, de olvidarte, dejarte y volver luego a ti suplicante, asustado y arrepentido por su debilidad y su pecado. Ni Dios Padre Creador, ni Tú, Hijo Redentor, podéis pecar, porque no tenéis a nadie por encima de vosotros que os diga lo que tenéis que hacer, o cómo hacerlo, ni si está bien o mal hecho. Todo lo que hacéis es como vosotros, bueno. Aunque a nosotros nos parezca muerte, si lo hacéis vosotros es vida. Aunque a nosotros nos parezca impropio, inentendible, si vosotros lo hacéis, es lo más adecuado, lo más simple para el entendimiento. Por eso, libre en su paraíso, aquel hombre primero pudo perder su semejanza de luz, y también podemos hacerlo nosotros al optar por una semejanza de nosotros mismos, con una técnica que no llamamos ya ciencia del bien y del mal, sino “lo-que-nos-da-la-gana”. En realidad el pecado echa aún hoy hacia sí mismo al hombre, hacia sus caprichos, hacia su ‘gana’, hacia su forma de entender la vida regalada, sin hacer referencia a las normas de la misma vida que lo crea. Y seguimos todavía en la dicotomía de ser o no ser, de ser según Dios, o según nos parezca a cada uno de nosotros.

Pero no solo hubo pecado en aquel principio. Hubo también una promesa que nos iluminó otro modo de vida. Fue el Principio de tu victoria sobre el mundo. Así lo cuenta el Génesis: A la serpiente le dijo: -“Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: el te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar (Gen, 3,15). El engaño sigue mordiendo hoy el corazón del hombre, lo saca del paraíso de su sencillez, y queda envenenada la tierra por su culpa. Y otra vez tienes que darle tú, Dios de bondad, una esperanza. Si la acepta, regada su tierra con el llanto y el sudor del trabajo, le sales al encuentro, y entonces sus espinas parecen menos hirientes. Incluso le enseñas a tratar el dolor de esas espinas, cuando mira en su oración tus propias sienes. Sigue el hombre sudando por su frente para alcanzar el fruto de la tierra, pero ya tiene la referencia de la Tierra Nueva que conseguiste tú sudando sangre, y condensando todos sus dolores en tu cuerpo. La serpiente no solo te mordió en el talón, sino que todo tú fuiste mordido, y la maldición de la tierra por el pecado, hizo necesaria una promesa de otra tierra de obediencia y encuentro. El camino hacia ella se inicia por la fe.

Fue demasiada carga para Adán el ser hombre libre, recreador contigo de todo el entorno de su universo, teniendo a su cargo una esposa y cuidando el jardín con su árbol prohibido en el centro. El diablo conocía sus ganas inaguantables, escritas en sus genes, de obtener sabiduría, de engendrar un hijo, y ser así como el Padre y tú, unidos en el amor. Pero él quiso hacerlo por cuenta propia, no hacia ti. La precipitación de la desobediencia lo perdió. El jardín se convirtió en la tumba de su primera libertad.
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1.-3.- EL REGALO DE LA FE. UNA PROMESA Y UNA RESPUESTA.
(Presencia de Dios en la fe)
– Yahveh dijo a Abram: “Sal de tu tierra y de tu patria, de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.” Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán. Tomó Abram a Saray, su mujer, y a Lot, hijo de su hermano, con toda la hacienda que habían logrado, y el personal que habían adquirido en Jarán, y salieron para dirigirse a Canaán. (Génesis 12,1-5).
– “ Yahveh se apareció a Abram y le dijo: “A tu descendencia he de dar esta tierra.” Entonces él edificó allí un altar a Yahveh que se le había aparecido. De allí pasó a la montaña, al oriente de Betel, y desplegó su tienda, entre Betel al occidente y Ay al oriente. Allí edificó un altar a Yahveh e invocó su nombre…” “A su regreso después de batir a Kedorlaomer y a los reyes que con él estaban, le salió al encuentro el rey de Sodoma en el valle de Savé (o sea, el valle del Rey). Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: “¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!”Y diole Abram el diezmo de todo”( Gen 14,7-8; 17- 20)
– “Después de estos sucesos fue dirigida la palabra de Yahveh a Abram en visión, en estos términos: “No temas, Abram. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande.”… Y sacándole afuera, le dijo: “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.” Y le dijo: “Así será tu descendencia.”Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia. Y le dijo: “Yo soy Yahveh que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra en propiedad.” (Gen 15,1.5-6) .
– Se le apareció Yahveh en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a sur vera. Como los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: “Señor mío, si te he caído en gracia, ea, no pases de largo cerca de tu servidor. (Gen 18,1-3).
-“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: “¡Abraham, Abraham!” El respondió: “Heme aquí.” Díjole: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.” Al tercer día levantó Abraham los ojos y vio el lugar desde lejos. Entonces dijo Abraham a sus mozos: “Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros.” Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham: “¡Padre!” Respondió: “¿qué hay, hijo?” – “Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Dijo Abraham: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron andando los dos juntos. Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel de Yahveh desde los cielos diciendo: ¡Abraham, Abraham!” El dijo: “Heme aquí.” Dijo el Ángel: “No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.” Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar “Yahveh provee”, de donde se dice hoy en día: “En el monte “Yahveh provee” El Ángel de Yahveh llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y dijo: “Por mí mismo juro, oráculo de Yahveh, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.” (Gen 22,1-18)
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Perdida por Adán la primera patria que tuvo el hombre creado en tu benevolencia, Dios omnipotente, y alejado de la amistad en que podía acercarse a ti y vivir en tu presencia, como vive un hombre ante su amigo, cara a cara, tuvo en mala hora que salir del paraíso y legarle a sus hijos la carne deslucida ya de los dones preternaturales con que lo habías adornado. Pero no lo abandonaste a su dolorosa soledad. Adán y Eva escucharon tu promesa, y vieron a lo lejos redención para su carrera sobre la tierra hostil que lo esperaba reseca, para beberse los sudores de su frente y darle algún fruto en recompensa a su trabajo; aquella madre tierra que no tardaría se beberse también la sangre de Abel, el primer hombre asesinado brutalmente por su envidioso hermano. Pero tú ni siquiera abandonaste a Caín, y como Dios justo, le hablaste al pecador, te acercaste a él. Bien sabía el Padre, que andando el tiempo, Tú Cristo bendito, su propio Hijo Eterno, también morirías por envidia, masacrado por tus hermanos de raza. Quizás en anticipo de esa redención tuya definitiva, no quedó todo roto con la muerte del primer justo, Abel, y reiniciasteis la reconquista del hombre para vuestro reino de Paz. Por eso escogisteis a Abrahán, lo sacasteis de su tierra y de su parentela y le hicisteis un regalo y una promesa. Le regalasteis nuestra fe bendita. Y con ella salió él, y salimos nosotros, esperanzados hacia una tierra nueva, la tierra de la promesa. Dejando lo suyo, salió Abrahán sin saber siquiera a donde iba, y en su camino de fe se convirtió en el padre de todos los pueblos que buscan y caminan guiados por la esperanza hacia una tierra soñada, tierra prometida y esperada contra toda apariencia razonable, en la que se sintetizan todas las utopías de la humanidad. Y comenzó Abrahán el camino que después habremos de seguir todos los hombres, elegidos para vivir la fe. En él comenzó a fructificar la semilla que busca el encuentro, como fruto maduro de su desarrollo. El mejor resumen de esta promesa la pone el Evangelio de S. Lucas en boca de María. Su canto de entusiasmo contagió a Isabel en la montaña del Israel de carne, y sigue contagiando al que lo oye en la nueva cumbre del Espíritu. “Magníficat ánima mea Dóminum..”, no es solo un canto del alma llena de agradecimiento y gloria, sino una profecía permanente para todas las “generaciones” de la fe, que son la verdadera descendencia de Abrahán. La “obra grande” que el Señor hace por María es que “su Misericordia llega ya a sus fieles, de generación en generación”, y así termina el canto profético : “Auxilia a Israel, su siervo, su niño,–paidos autou– acordándose de su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abraham y su descendencia por los siglos. Es el fundamento en el que se mueve María, y también su oración y su obra en nosotros hoy. El gran regalo de aquellos patriarcas, y en especial de Abraham, es la fe viva que tiene su cumbre en María, y en ella nos marca el camino hacia el gran encuentro en la tierra prometida, tras la realidad final de la muerte, en el reino inaugurado por el Hijo de su vientre, Jesús. No se puede entender bien a María y su incardinación vital al Misterio de salvación de todo hombre, sin conocer la historia de Abrahán, su fe y la promesa. No se puede rezar bien el Rosario, sin sentirse de la “estirpe de Abraham” siervo de Dios.

1.-4.- ESCLAVITUD Y PRIMERA PASCUA DE EGIPTO.
(Presencia de Dios en la promesa y en la misericordia)

Los israelitas que fueron a Egipto con Jacob, cada uno con su familia…(José ya estaba en Egipto), descendientes directos de Jacob, eran setenta personas. Muerto José y sus hermanos y toda aquella generación, los israelitas crecían y se propagaban, se multiplicaban y se hacían fuertes en extremo, e iban llenando el país. Subió al trono en Egipto un Faraón nuevo, que no había conocido a José, y dijo a su pueblo: “Mirad, el pueblo de Israel está siendo más numeroso y fuerte que nosotros; vamos a vencerlo con astucia, pues si no, cuando declare la guerra, se aliará con el enemigo, nos atacará, y después se marchará de nuestra tierra… Así es que nombraron capataces que los oprimieran con cargas en la reconstrucción de las ciudades granero… hartos de los israelita los egipcios les impusieron trabajos crueles, y les amargaron la vida con dura esclavitud… El rey de Egipto ordenó a las comadronas hebreas ”cuando asistáis a las hebreas y les llegue el momento, si es niño lo matáis, y si es niña la dejáis con vida. (Éxodo 1, 1-22)
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Jacob, buscando la promesa, llegó hasta Egipto y fue subyugado y esclavizado por la potencia cultural, humana y económica del momento. Ante aquel despliegue de poder y de cultura, el pueblo de la fe era como una humilde nada, no tenía posibilidad alguna allí de vivir, sino para servir y padecer. Acudió el pueblo de Dios hacia el brillo del bienestar Egipcio donde había trigo en abundancia, y podría decirse que al principio, con José, triunfó y se hizo grande aquel pequeño pueblo. Pero descubrió en sus propias carnes, que no era un pueblo para el triunfo en otra cosa que no fuera su confianza en Dios. Por eso cayó pronto en esclavitud, y tuvo que apiadarse de nuevo el Señor de su tormento, enviándole otro signo de lo que habría de ser su salvación definitiva. Eligió a otro hombre y lo envió como salvador. Fue Moisés. Con él salió otra vez el pueblo hacia su patria prometida, cruzando el mar rojo y el desierto. La pascua o salida de Egipto, de nuevo hacia el lugar en el que pudiera alabar a su Dios, se va a hacer el signo de la salida del hombre hacia su patria eterna, cuando el verdadero Salvador inaugure el paso por el mar rojo de su propia sangre, y el lugar de alabanza sea el Espíritu. El regalo de la Pascua, de la salida de Egipto, con la liberación de aquellos trabajos forzados y el régimen de esclavitud en los que había caído la raza portadora de la fe y esperanza de Abrahán, además de dar identidad a un pueblo, siguen siendo una escuela viva de la relación del hombre con Dios. El misterio podría resumirse así: cuando Él llama, hay que dejarlo todo y seguirlo, atravesando el desierto de los sentimientos atrapados por el mundo.

El pueblo pronto se acordaría de la carne, del pan y las cebollas de aquel Egipto esclavizante, porque la aventura del desierto no es precisamente la entrada en la gloria. Pero cuando cruzó el mar rojo urgido por la llamada de Dios y espoleado por la persecución de los egipcios, ya no tenía otro remedio que seguir adelante caminando. No se podía ya volver atrás.

Entrar en el mundo de la oración, instruidos por esa historia de Israel, traerá también consigo el resto de su experiencia como pueblo de Dios: Sus cuidados, su Ley, su presencia constante, su columna de humo de día, y su llama de fuego en la noche. El canto de María, el Magníficat, hará referencia al “auxilio” prestado a Israel (Jacob), su siervo, “acordándose de la misericordia, como había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y su descendencia por siempre”. (Lc 1,46-55). Ese ambiente de promesa y juramento de Dios, que crean una Alianza, será el contexto en el que María recibirá el anuncio de cercanía inmediata: “El Señor está en ti…”
Orar con María recordando la Pascua de Israel, es entrar en una noticia tradición muy querida para ella. Según nos dice el Evangelio de Mateo, la Sagrada Familia también tuvo que sufrir el destierro emigrando a Egipto por la persecución de Herodes. Y a su regreso a la tierra de Israel, “sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. (Lc. 2,41)”

1.-5.- EL DESIERTO, EL ENCUENTRO EN EL MONTE HOREB, Y LA LEY. ALEGRÍA, LIBERTAD Y ESCLAVITUD DE LA LEY.
(Presencia de Dios en la zarza ardiente, en el mar rojo, en los milagros del desierto, en el monte Sinaí.)

Luego envió a Moisés su servidor, y Aarón, su escogido, que hicieron entre ellos sus señales anunciadas, prodigios en el país de Cam. Mandó tinieblas, y tinieblas hubo, mas ellos desafiaron sus palabras. (SALMO 105, 26-28)

¡Aleluya! Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob, un pueblo balbuciente, se hizo Judá, su santuario, e Israel fue su dominio. Lo vio la mar y huyó, retrocedió el Jordán, los montes brincaron lo mismo que carneros, las colinas como corderillos. Mar, ¿qué es lo que tienes para huir, y tú, Jordán, para retroceder? ¿Qué os pasa montes, para saltar como carneros, colinas, como corderillos? ¡Tiembla, tierra, ante la faz del Dueño, ante la faz del Dios de Jacob, aquel que cambia la peña en un estanque, y el pedernal en una fuente! (SALMO 114)
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“Cuando Israel salió de Egipto…”, Dios de amor y misericordia, lo liberaste de la esclavitud a la que estaba sometido por los hombres poderosos de aquel tiempo. Israel, como signo para todos los tiempos, fue sacado por ti, Dios redentor, de la riqueza humana que esclaviza a su servicio, y que tiene sus propios dioses, sus propios valores, su liturgia del oro y del poder. Así el pueblo entró en el desierto, pero se hizo otra vez esclavo de su hambre, de su sed, de sus miedos, como dirá S. Pablo, porque marchó hacia la Ley que, en la interpretación errónea e interesada de otros hombres, se mostraría tanto o más esclavizante que el mismo Egipto. En el Monte Horeb nació el hombre del “temor a Dios” entendido como miedo, no como respeto amoroso. El Sinaí fue un anuncio del Tabor y del Calvario a la vez. Pero de todas formas el desierto fue una etapa ejemplar de tu pueblo Israel, Dios de los encuentros difíciles. Hubo tentaciones, desconfianzas, sed y agua brotando de una roca, el maná, las codornices, el becerro de oro, la ley escrita en tablas de piedra… y todo sigue teniendo vigencia como enseñanza, para el que busca la promesa del Reino definitivo. Aquella etapa fue todo un paradigma, un ejemplo de la historia del hombre como individuo y como pueblo, porque comenzó la manifestación de tu amor compasivo, de tu misericordia, como Dios vivo y verdadero. Cuando compadecido los sacaste al desierto, a la nada, quedaron totalmente dependiendo de ti, hasta para el pan de cada día. Pero no es fácil entender tu amor a la primera. Incluso allí fueron rebeldes, y les diste para medida de sus maldades la Ley. Tu amor se manifiesta en su pecado conocido por la ley. Sabían que habían pecado, pero no podían salir de su extravío, y les abriste el camino de la necesidad de un redentor, un héroe ungido de ti, un Cristo, que los sacase definitivamente de sus propios yerros, como Moisés los había sacado de la esclavitud de Egipto. Así llegó al pueblo a la tierra prometida. María, José y el mismo Jesús, serían fieles cumplidores de aquella Ley y de las tradiciones. Sus signos los vivieron en su propia carne. Circuncisión, presentación purificadora y de rescate del primogénito en el templo, la celebración de la Pascua y demás fiestas anuales… Incluso en el Calvario, la última palabra de Jesús hizo referencia a aquella Ley escrita: “todo se ha cumplido. E inclinando la cabeza entrego el espíritu” (Jn 19,30).

1.-6.- LA TIERRA PROMETIDA. SE ESTABLECE EN ELLA EL PUEBLO Y EDIFICA EL TEMPLO.
(Presencia de Dios en el templo y su liturgia. Las “cosas del Padre”)

¡Qué deseables son tus moradas Señor de los Ejércitos… Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor… Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares Dios mío y Rey mío… Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. (SALMO 83)

¡Cuarenta años deambulando por el desierto! Y entraron en la tierra prometida, pero no manaba para ellos leche y miel. Hubo guerras constantes, desobediencias, ídolos, exilio y nuevas promesas… pero nunca pudo ser Israel un pueblo más del mundo, ni vivir en la paz de tu presencia mucho tiempo. Aún así les regalaste levantar un templo que diera sentido y unidad a su vida religiosa de escucha a tu Palabra, de obediencia y servicio. El Templo fue el lugar de tu presencia, Dios de Israel, y signo del Hijo que será la auténtica y definitiva presencia. La lucha por establecerse como un pueblo más del mundo, olvidando su misión de ser “santo”, separado, consagrado a tu palabra, fue el tercer fracaso de su historia, y la salida de ese fracaso, vendría por María, que escuchó, aceptó y cumplió tu Palabra. También para nosotros hoy entrar en la ‘tierra prometida’, es entrar como ella y con ella, en el mundo del recuerdo vivo que nos abre la oración. El Rosario es un camino privilegiado y seguro par entrar a esa tierra santa de la presencia íntima de Dios.

1.-7.- LA PALABRA VIVE Y SE ANUNCIA EN LOS PROFETAS. DAVID Y LOS SALMOS.
(Presencia de Dios en la Palabra)

Sobre la salvación (de Cristo) investigaron e indagaron los profetas, que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros, procurando descubrir a qué tiempo y circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que estaba en ellos. (1Pe. 1,10-11)

Y así se nos hace mas firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero del alba” (2Pe. 1,19)

El pueblo de Dios se fue haciendo sabio en la esperanza de su plenitud y el reinado perpetuo de Yahveh sobre todos los pueblos. ¡Cuando venga el Mesías! En ese anuncio profético, encuentra al fin su auténtica tierra prometida, y vive en la esperanza de un hombre ungido, mesías, salvador y rey definitivo. La realidad oscura y ciega del pueblo fue iluminada durante un milenio por la palabra viva en hombres especiales, sufrientes, separados para El, santos y consagrados a esa misma palabra que ungía a los reyes y configuraba la historia del pueblo. Aquellos sufridores de la luz de la Palabra, no tuvieron más vida que la misma Palabra que vivía en ellos. Ser poeta ya es como un martirio de gestación y parto, pero ser profeta, ser instrumento eficaz de la misma fuerza creadora del universo entero, no es cosa de muchos, y muy pocos pueden aguantar esa misión. La experiencia del Verbo de luz ‘encarnado’ en el alma, es una herida abierta que hace sentir al que la lleva, que la promesa no es para este mundo, y que trasciende fuera de la historia.

La preparación del ambiente de esperanza y cercanía del reino, fue para los llamados a su anuncio en medio de gente descreída, uno de los dramas más sublimes de la humanidad. Solo la fuerza que imprime la presencia de Dios en el fondo más sencillo y humilde del alma, lo hizo soportable. La propia historia de Jesús es un resumen del martirio que supone soportar la palabra de Dios en medio de un pueblo endiablado, cuyos dirigentes se proclamaban ‘Hijos de Abraham”, habiendo perdido y olvidado el auténtico contenido de esa filiación. Fue sin duda una experiencia turbulenta la de ser conciencia del pueblo de Dios en un contexto de cultura que no miraba el cielo, sino al propio provecho. Sin duda fue difícil ser profeta en Israel.

A veces, ser Nabí o profeta, era ser capaz de ‘delirar’ al ritmo de la música que los ponía en trance. Pero en medio de ese delirio casi patológico, la Palabra se hacia realidad de luz en algunos para el pueblo, para la gente sencilla. Eran especialmente llamados, aquellos profetas que denunciaban hechos, y anunciaban la realidad desde la visión de Yahveh. “Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jer. 1,9), le dijo Dios a Jeremías, y desde entonces no había forma para él de escabullirse del encargo ni de seguir siendo como se era antes de recibir la Palabra. No solo eran profetas con la palabra, sino con toda su vida, sus actos, sus fortunas y sus familias. Todo su ser quedaba impregnado de la esencia de Dios que los llamaba para derramarse como el rocío sobre el pueblo. Las palabras que reciben, son suyas, pero no para ellos. Aarón era el profeta de Moisés, su boca, y el mismo Moisés será la imagen perfecta del profeta, del amigo de Dios que tiene una experiencia única, mediadora ente Dios y el pueblo. No se puede conocer al “Hijo de David”, sin conocer a los profetas que lo anunciaban. Jesús, en su vida y en su alma, será el resumen concentrado de todos los profetas, de todos los anuncios y promesas de Dios, de todos los criterios del Padre sobre el mundo, incluyendo el dolor y la muerte. Contemplar a Jesús en su proclamación de la Iglesia como el Verbo encarnado, muerto, resucitado y sentado en el reino eterno de los cielos junto al Padre, supone entrar en aquella realidad terrible que el pueblo vivió en el Monte Horeb el día de la asamblea grande en el desierto, cuando Moisés recibió las tablas de la Ley, y que le hizo exclamar “no quiero escuchar más la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir” …Y Dios le respondió, “Tienes razón; suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú, y pondré mis palabras en su boca.(Dt. 18,16-17). En ese ambiente de cercanía y constatación de la presencia terrible se esperaba al Mesías, el Ungido de Dios para su pueblo. Incluso se esperaba esa cercanía fuera del Israel eterno. Así pensaba la samaritana de Sicar, y se lo dijo a Jesús junto al pozo de Jacob: “Sé que va avenir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga, nos lo anunciará a todo” (Jn. 4,25). Toda esa esperanza era la que tenía María de Nazaret, dentro de su corazón dedicado totalmente a la Palabra, cuando el arcángel Gabriel la encontró, llena de gracia, kejaritomene, en plenitud de gracia. La cercanía de esa venida era el ambiente en el que fue enviado el Arcángel Gabriel al alma y el cuerpo de una muchacha elegida, limpia, sencilla, y abierta a la Palabra. La encontró y por fin el pueblo de Israel dio su fruto para todos los pueblos de la tierra. Su misión histórica estaba cumplida. El tiempo llegó a su plenitud cuando María, la elegida, dijo sí, “Hágase en mí”. La gran profetisa de la raza humana, fue sin duda María.

La esencia de todo aquel ambiente de palabra se resume en los Salmos. David con su autoridad de referencia, será no solo en lo físico el transmisor genético del Mesías, al que le se llamará “Hijo de David”, sino la conjunción de poeta, profeta, sacerdote y rey cuya figura aglutina todo el ámbito en que va a ser efectiva la Palabra de Dios. El anuncio del Arcángel Gabriel a María, fue el resumen de toda esa historia de esperanza: “Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.
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2 .- MISTERIOS GOZOSOS
(Para los martes, o para el primer despertar en la noche)

Siete balcones abiertos a la calle gozosa de la vida humana del Verbo de Dios, para ver el misterio tremendo del amor recreando el universo. A Dios, teniéndolo todo, le faltaba algo, nunca había sido niño, limitado, dependiente de las manos amantes de una madre humana, y de un hombre. Nunca había dicho madre, ni “mamá”, ni por supuesto había mamado de unos pechos de mujer en la dependencia más primaria y estructurante, regalada a su criatura preferida. Conociendo bien al hombre, como su Creador que es, y la enorme libertad en que lo había cimentado, para poder enfrentarse incluso a su propio Hacedor, Dios sabía que muy pronto, en las conversaciones íntimas que tendría con él cuando, cumplido su destierro, vuelva al paraíso, podría echarle en cara la diferencia en que lo había creado, a pesar de enseñarle y dejar por escrito que lo había modelado a su imagen y semejanza. Podría el hombre decirle: “Tú eres Dios y no has tenido que sufrir la síntesis de toda la evolución humana concentrada en un pequeño tiempo de crecimiento que llamamos niñez”. “Tú no has mamado de los pechos de una madre, ni has aprendido a sentir, hablar y pensar mirando sus labios”. “Tú nunca has dependido de alguien que te cambie los pañales para sentirte bien”. Y Dios se adelantó a esa posible reclamación del hombre, y para que su relación fuese en cercanía, preparó su propio camino de hombre “desde el Principio”. Un camino largo, que viene de lejos y desemboca en la plaza del pueblo de la luz. Camino del norte y del sur que se hace próximo, cercano y nuestro, como nuestro es el Hijo de Dios, el “Dios con nosotros”, el “Hijo del hombre”, el Mesías prometido a Israel y Rey del Universo. Lo proclama así el Evangelio de S. Lucas, fuente de los relatos de la Infancia de Jesús y de los misterios gozosos. (Lc 3,23-38)” En opinión de la gente de Israel, era hijo de José, Matatías, Amos… hijo de Adán y” de Dios”. De ese misterio enorme arranca el camino del hombre, y el del Hijo del hombre. También S. Mateo aporta algunos datos de esa cercanía tierna de la infancia, que contemplaremos en los Misterios de los Magos de Oriente, de la huida a Egipto y de la muerte de los inocentes. Al asomarse a los misterios de la infancia de Jesús, uno siente que son lugares de fiesta, de alegría, de ternura, de plenitud en el tiempo de la fe; pero siguiendo en ellos, muy pronto descubre que son también lugares de contradicciones y duras experiencias, de dudas naturales y desgarros interiores, que solo se superan gracias a la enorme fuerza de fe de los protagonistas. Junto al eje central de todo lo que recordamos en la oración sencilla del Rosario, que es el Verbo de Dios hecho niño, hay una figura que envuelve ese eje en todos los misterios de gozo, y es la de María, la Madre. Junto a ella, sin apenas destacar en nada, casi invisible si uno no se fija bien, pero a su lado siempre en protección y amparo, está la de José su esposo. Creyó él en el ángel de su sueño, aceptó a María como esposa embarazada del misterio del Espíritu, quedó también comprometido en aquella realidad gozosa y doliente con toda su vida, y hasta el final cumplió. Orando con ellos, sentimos la soledad en la que reciben la Noticia de Dios, revivimos su confianza en esa Noticia recibida y aceptada, y el movimiento inmediato que les produce hacia los piadosos y humildes, hacia esos que solo Dios conoce. María concibió en soledad, y sube en su misterio de silencio a la montaña donde encuentra la primera compañía de su aventura increíble, pero creída por Isabel, también embarazada en su vejez, portadora del “hombre más grande nacido de mujer”. La compañía de María, seremos después eternamente todos los que aplaudimos su gesto, los que la llamamos aún: “Bienaventurada tú porque has creído, y bendita entre las mujeres”, y ‘saltamos de gozo’ también con el niño Juan en el seno de nuestra madre iglesia, donde estamos engendrados en la fe y esperando el momento de llegar a la luz de la gloria. La repetición constante del Rosario, el manojo de rosas en los que cada pétalo es un avemaría, debe resonar en su presencia como el rumor profundo de las aguas del río de la fe, fluyendo por el lecho de las generaciones que la llaman dichosa.

José, entre su amor sorprendente, inmenso, a María y su conciencia rota ante el hecho de un embarazo del que estaba seguro no ser responsable, recibe en la soledad de sus sueños la noticia de quién era en verdad el autor de ‘aquello’, y él, contra toda lógica humana, contra toda la “sabiduría de la Ley” judaica y de las costumbres genéticas de todos los hombres, acepta el sueño, recibe a María y se pone en marcha. Primero Belén, después Egipto, Nazaret, Jerusalén… Su camino desde que aceptó el misterio fue largo y lleno de zozobra, pero en lo íntimo tenía la seguridad de que aquel nuevo modo de amar, era el mayor regalo de Dios a los hombres, mejor incluso que la Ley. José, dentro de sus ajetreos y preocupaciones, fue el primer hombre en ser amado por María y Jesús, sujetos a su cuidado. No hay otro como él en la historia sagrada. Ni Abrahán, ni Jacob, ni Moisés, ni profeta alguno tuvo tanta cercanía de la gracia, ni tanto compromiso con ella. Es sin duda el hombre del Espíritu, y como Él, casi invisible en el Evangelio.

También los Magos de oriente y los Pastores vieron en su soledad signos en el cielo, se fiaron de ellos, se pusieron en camino y encontraron la presencia prometida. Pero tuvieron que superar la contradicción interna entre la imagen que se habían forjado al recibir el mensaje de la estrella o de los ángeles, y la realidad que encontraron visible y tangible para sus sentidos de todos los días. ¿Era posible que Dios apareciese en los pobres arrabales de un perdido pueblo, de una humilde nación en un rincón ignoto de la historia del hombre?

María, José, los Pastores y los Magos, en esencia recibieron el mismo mensaje: “Alegraos, la gracia está cerca… el misterio de un niño engendrado en el seno de una virgen,… ¡ya os ha nacido!… será grande,… será llamado “Hijo del Altísimo”, al que se le ha dado el trono de David… Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin… porque El Espíritu Santo… cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será Santo, y será llamado Hijo de Dios…” (Lc 1,28-35) Y para todos, el siguiente paso fue comprobar la gozosa Verdad en las contradicciones aparentes de la realidad visible. Lo anunciado, lo creído y lo visto, tocado y oído, eran la misma cosa: El Hijo de Dios, en un pesebre; el Rey de Israel, en un establo escondido; el Salvador de todos los hombres, cantado y servido por los ángeles, anunciado por las estrellas del cielo, estaba recostado entre animales de carga, dormidito entre pajas, sin más boato que unos brazos amantes, y unos ojos brillantes, asombrados de luz cariñosa. Pero la fe, como el instrumento de relación del Reino para todos ellos, -María, José, los Pastores y los Magos-, les había dado los tan deseados “ojos de ver” las cosas de Dios. Y no se escandalizaron, sino que al comprobar ‘la verdad de la noticia que se les había proclamado’, encontraron la alegría de la plenitud que brotaba en la humildad, en la soledad de aquel pesebre. Pero la vida con el Niño Dios no fue solo dulzura y gozo, caramelo y sopita caliente. Hubo sobresaltos, huídas, persecuciones, muertes, ausencias y sobre todo un sentido nuevo de las cosas y de la vida hacia Dios, que hicieron que la verdad gozosa de la Presencia, creciera sobre ascuas.

2.-1.- PRIMER MISTERIO Y BALCÓN DE GRACIA: LA ENCARNACIÓN DEL VERBO.-
(Presencia de Dios en la íntima humildad de la aceptación)

LUCAS, 1,26-38
Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel dejándola se fue.
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Asomados al balcón que da al oriente de tu pueblo, María de Nazaret, te vemos venir con la presteza y agilidad de tu paso joven, por la calle larga de la historia sagrada del Pueblo de Dios. Desposada ya, pero virgen aún, resplandeces de alegría que desprende tu auténtica pureza. Vienes mirando hacia el eterno mundo de los espíritus. La ilusión en tu cara es reflejo de tu alma de niña y tu vientre de mujer. Se te nota en los ojos y en tu manera peculiar de andar. Sin demasiada prisa, pero con viveza. Traes una determinación extraña, que contagia a todo el que te mira. En cada paso le vas diciendo ‘SÍ’ a la Vida. El camino largo de tu pueblo nunca había visto algo parecido. Hablas con ángeles, y puedes aceptar o rechazar lo que te dicen. Tu señorío sencillo puede incluso pedirles alguna explicación para entender bien el insólito mensaje. Ni el profeta más grande de Israel, de los muchos que caminaron la Palabra y la escucha, se hubiera atrevido a tanto. Pero tú traes un alma limpia en un cuerpo sano y hermosísimo, como la tierra santa, preparada para recibir al Verbo de Dios de una forma integral. Nunca antes se había recibido así la Palabra en pueblo alguno, ni siquiera en aquel pueblo de Dios. La luz creadora, íntima, se te hizo presente como vida propia, sensible en la carne, en el propio cuerpo. Y no solo fue experiencia para ti, sino que puede ser percibida desde entonces por el pueblo que te mira y te ve en la oración sencilla. Primero lo supieron los cercanos, incluyendo tu esposo José, que siendo de la misma estirpe de David, no supo bien qué hacer con aquello. Después el pueblo llano y algunos escogidos que esperaban al Salvador de Israel. Luego fue ya todo el pueblo, y después el mundo entero, hasta los que hoy nos asomamos por el balcón del Evangelio, para verte en tu casa del Rosario. El arcángel Gabriel, cuando entró a la estancia de tu oración íntima, fue claro y directo. Con todo el respeto que le merecía la que iba a ser su Reina y Señora, te iluminó en el momento más íntimo de una oración profunda: “¡Jaire kejaritomene!, o kirios meta sou”. ¡Alégrate en la plenitud de la gracia del Señor que brota dentro de ti! (Lc 1, 28). No era el saludo tradicional de tu pueblo humilde de Nazaret. El saludo en tu pueblo era simplemente ‘Shalón”, ‘Paz’. Lo que te dijo el Arcángel Gabriel, más que un saludo fue una proclamación de la Noticia, de la gran Noticia de la Iglesia, que desde entonces nos anuncia el misterio de la presencia de Dios entre nosotros. Esa Noticia es que tú, María, ibas a ser para siempre fuente que mana gracia de salvación. El propio Lucas se encarga de decirnos quienes fueron sus informadores para escribir su Evangelio:”Los que desde el principio fueron testigos oculares y nos lo transmitieron como ministros de la Palabra” (Lc 1,2). Pero testigo vivencial de la Encarnación solo fuiste tú, María de Nazaret, con el confidente íntimo de aquella gracia, que fue tu esposo José de Belén. Lucas escribió después tu testimonio como Evangelio, que se transmite a todo el que recibe la Palabra. La meditación que se produce en el ambiente del Rosario, es una recepción privilegiada de aquello que vivisteis vosotros, de vuestra propia aventura en el amor de Dios. Alégrate, te dijo el Ángel ¿Quizás estabas triste? ¿Quizás se daban también en ti, como en nosotros, alguna de esas horas de incomprensión y desconfianza de las propias fuerzas? ¿Acaso presentías con miedo el descomunal destino? No sabemos el estado de ánimo que tenías antes de la visita del Arcángel, pero sin duda era un estado oculto al mundo, solo, íntimo y profundo, porque el enviado tuvo que “entrar a donde estabas tú” (Lc 1,28) y para los ángeles las barreras no son las paredes, sino los sentimientos, así es que si entró a donde estabas tú, es porque tu fe, tu amor y confianza en Dios estaban cerrados al mundo y abiertos solo para Él. Fuera como fuese, lo cierto es que escuchaste el saludo y tu alma de niña en su limpieza y de mujer madura en su fecundidad, creyó aquella palabra turbadora. Era la Verdad de tu propia vida lo que te anunciaban. “O kirios meta sou”. El Señor está dentro de ti como un hombre que viene a este mundo, haciéndose niño. El habitante íntimo del alma, al que conocías como tu Dios, estaba ahora en ti como el primer y único ocupante de tu seno de mujer. Y te hiciste así madre. No sabemos si quedaste perpleja o aturdida por mucho tiempo ante aquel destino de luz, pero sí que quedaste embarazada para seguir dando a luz toda la eternidad. Aún te vemos hoy ‘asombrada’ en la Luz del Espíritu que anunciaba el saludo, embarazada de Dios, y concibiendo en lo eterno a la nueva humanidad. En soledad, ante el Verbo, tu entrega auténtica se abrió al misterio humano de la reproducción. Por aquella ventana de la esperanza viva de Israel que era tu oración íntima, pasó el viento fecundo del Espíritu, y supimos al fin los hombres para qué estaba hecho el vientre de la mujer en relación a lo eterno. Todas las demás ‘encarnaciones’, todas la generaciones de los hombres del cosmos hasta entonces, habían sido un puro ensayo. Todos los nacidos de mujer, en todos los tiempos de la historia, somos como un esbozo de la imagen del Hijo de Dios, ahora el hijo de tu vientre, Jesús, cuya imagen será celebrada y conocida como perfecta, cuando llegue a cada uno aquella plenitud que tú alumbraste. Así empezó la historia en el ”Principio”. El anuncio del ángel, y un “Hágase en mí”; la sombra del Espíritu cubriéndote, y ”aquí está la esclava del Señor”; en esos dos segundos, estalló la auténtica palingenesia para el hombre, la nueva creación que hace distinto todo lo que existe en esta longitud de onda que llamamos cosmos.

La Anunciación del ángel que repetimos en cada una de las avemarías del Rosario, no fue un simple saludo. Sería una redundancia inútil si solo tuviera ese sentido. “Alégrate, llena de alegría”, te dijo el Arcángel. Ni siquiera te saludó con tu nombre hebreo de María, pero usó tu nombre del cielo, descriptivo de tu propia naturaleza: “Kejaritomene”,’Plena de gracia’, o “fuerza en plenitud de la gracia”. ¿Eso fue lo que te asustó y te dejó pensando qué querría decir aquello? Quizá te diste cuenta de que su primer “jaire”, que significa alegría y gracia, no era un simple saludo, sino una petición. Así lo es hoy para nosotros cuando la repetimos, en nuestro propio camino sobre el misterio de la oración. Si los ángeles pudieran asombrarse, Gabriel estaría más admirado aún que tú del inmenso regalo de Dios al hombre. ¿Cómo podía dar Dios tanto a seres tan pequeños?

Los estados de conciencia de todos los que intervienen en la Navidad y que nos relata Lucas para que se reproduzcan en nosotros como la semilla de su Evangelio, son por su orden: – Alegría, admiración, desconcierto, pero también tranquilidad ante la gracia de Dios, deseo de conocer la obra de Dios, cercanía del Espíritu, entrega total, diligencia valiente para andar el camino, y por fin el estado especial que supone el gran canto: “Magnificat anima mea dominum” (Lc 1,47-55) Y así, con tu humildad, con tu bienaventuranza, con la fe de los fieles y la pobreza de los pequeños en contraposición con la soberbia de los poderosos y los ricos, abriste María el nuevo camino hacia la nueva tierra. Ese Camino que consiste en guardar la Palabra de Dios y sus cosas en el corazón. La Anunciación no fue, como otras grandes manifestaciones de Dios en la historia de la salvación, aparatosa y deslumbrante. Al menos no fue así vista desde la tierra. Otra cosa sería ver la escena desde el cielo, pues la fiesta de los ángeles debió ser inmensa. Pero aquí, en la intimidad de una muchacha virgen, en una pequeña aldea, se produce el encuentro y la siembra. La Palabra de Dios se hace un hombre de la raza y del pueblo escogido por Él para habitar. Y el secreto quedó guardado, cubierto por el pudor de una virgen que iba a ser madre sin intervención de varón. La semilla de Dios se hizo hombre. La Ley se hizo Gracia.
Resalta el Evangelio de Lucas en su relato, la gran feminidad de María, que ante la enormidad del anuncio del Gran Rey esperado que llega, ante la eternidad de su reino que se promete, en aquellos tiempos tan efímeros del Israel de la tierra dividido y ocupado por los romanos, la mujer Virgen de Nazaret, no pregunta por el resultado histórico del anuncio, sino por su función maternal, ¡Cómo podía hacerse realidad aquello!, porque ella no tenía relación carnal con hombre alguno. Su feminidad feminidad sobrepasó su admiración por el gran personaje que se le anunciaba. Nos enseña Lucas y la respuesta de María al Ángel, que nuestras facultades más naturales, puestas al servicio de la obra de Dios, realizan su obra en la historia de la humanidad.

2.-2.- SEGUNDO MISTERIO: LA VISITA DE MARÍA A ISABEL.
(Presencia de Dios en el saludo de María, y el conocimiento intuitivo del Verbo del Amor.) El reconocimiento de Jesús por Juan.

LUCAS 1,39-56.
En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.” María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
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El saludo personal y cariñoso de María, su voz sin más, -porque el evangelista no nos cuenta lo que dijo,- anuncia la presencia esperada del Señor, y estremece en las entrañas de Isabel al que había sido concebido para escuchar al Verbo de Dios. Solo la alegría que llevaba la presencia en el saludo, sin más explicación, fue bastante para que supieran Isabel y su hijo Juan, que Dios estaba allí. Solo un saludo, y comenzó el Camino del Misterio, presente pero oculto en toda la historia de Israel. Y el mejor signo de ese Camino fue María de Nazaret, embarazada y subiendo la cuesta larga a la montaña, movida por la fuerza que llevaba dentro, con diligencia, sin tardanza ni entretenimiento, hasta llegar al lugar del encuentro. No la pudo detener el pensamiento prudente de los riesgos ciertos del camino, ni el qué dirán de las gentes que dejaba atrás, ni siquiera su compromiso de matrimonio con José, un hombre justo de Israel, al que iba a causar cuanto menos, problemas de comprensión para su estado de embarazo. María debía pensar que lo más seguro, por la mentalidad judía de la época, era la ruptura definitiva de su compromiso, que conllevaba el repudio, o incluso la lapidación, pero no se asustó. ¿Fue María insensata según la prudencia humana al aceptar aquella misión de maternidad sin contar primero con su prometido José al que ya debía fidelidad? La subida presurosa a la montaña donde vivían su parientes, ¿no fue una huida? Desde el solo criterio humano lo parece. Pero las cosas de Dios y de su pueblo, siempre serán nuevas y conllevarán el riesgo de ruptura con todo lo anterior. María estaba haciéndose ejemplo y paradigma de todas las aventuras de la Iglesia. Las “cosas de Jesús” iban a ser así para siempre y para todos: nuevas y con riesgo de perder la posición anterior, la familia, el empleo, los amigos. Y además de perderlos para siempre. Seguramente María no supo que iba a un encuentro de gracia hasta que estuvo en casa de Zacarías, en la montaña, pero el encuentro se produjo. Y fue quizás el encuentro más dicente de todo el Evangelio para la gente sencilla. Fuera de los demás sentidos corporales, con solo escuchar la noticia de la presencia de María, su voz y su saludo, la fuerza de la alegría cristiana hizo su efecto. El niño Juan, que luego fue “El Bautista”, feto aún en el vientre de su madre, empezó a manifestar la más auténtica actitud de la Iglesia ante la Madre de Dios, ‘saltó de alegría en el vientre’ intuyendo la luz que se acercaba, aunque él estaba en sombras. Su madre Isabel tuvo un particular Pentecostés y “quedó llena del Espíritu Santo”.
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Ay! si ser tuyo fuera volver a ser como un niño, y en el oscuro vientre de esta madre tierra en que vivimos, poder escuchar la Palabra y en el saludo inconfundible de María, y saltar de alegría. Habríamos descubierto entonces la forma perfecta del encuentro, intuitiva, directa, en la escucha fecunda del saludo. El escriba Nicodemo, treinta años después, en el atrevimiento de una noche en que se escapó de la tutela de la Ley, salió de lo prudente y correcto en su tiempo y en la educación farisaica, hacia la novedad eterna de cada día con su noche, y al acercarse a Jesús, recibiría la ‘explicación’ de aquel misterio: “Hay que nacer de nuevo”. Eso mismo sintió el niño Juan, cigoto aún, y toda su respuesta fue saltar de gozo en el vientre de la madre ante la presencia de su Señor. El otro niño, el Señor que llevabas dentro tú, Señora María, todo lo que hizo fue callar, visitar, iluminar, estar allí y dejar que tu alma ‘engrandeciera al Señor’, a la vez que dentro de tu cuerpo se iba también engrandeciendo su carne de niño alimentada de tu sangre. Tu Palabra de gracia, tu saludo de gracia, fue capaz de mover al niño Juan en el vientre, haciéndole dar saltos. El que iba a ser el ‘hombre más grande nacido de mujer’, sin contar a tu Hijo, fue el primer receptor de tu gracia inmediata. Hoy nosotros, al rezar contigo, la podemos sentir y aceptar hasta el fin de los tiempos. El signo sigue siendo el interior del corazón que brinca de alegría. Y es que el Espíritu Santo se quiso vincular desde entonces a tu saludo en plenitud de gracia, que llevó a Isabel, y nos lleva a nosotros en cada ‘avemaría’, al reconocimiento del Señor Jesús como el fruto bendito de tu vientre. Tu pariente lo expresó a su modo en su grito de humildad y alegría: ¡Bendita tú entre las mujeres! y ¿De dónde a mí, que venga a visitarme la madre de mi Señor? (Lc 1,42). Así provocó en ti, María, como Madre de la alegría perfecta, la respuesta a la plenitud del Espíritu que estaba comenzando su obra. Por eso proclamaste allí mismo en tu canto:”Magnifica mi alma al Señor…”. Y todas las generaciones seguiremos diciendo, ‘El Señor actúa en ti’, como había dicho el ángel, porque desde entonces quedó entre nosotros presente en carne de hombre. Invisible estaba para Isabel, como lo está ahora para nosotros, pero ya era reconocible por el saludo de la Madre de la Iglesia que trae la presencia de la plenitud del Espíritu. Los rezadores asiduos del Rosario, saben bien de esa alegría que provoca tu presencia.

Como Abrahán cuando fue llamado, tú también, María de la Fe, saliste de tu forma ordinaria de vivir, y tuviste la experiencia total y definitiva de la tierra prometida por Dios a su pueblo, que resultó ser Dios mismo dentro de ti, hecho carne de tu misma carne, a tu imagen y semejanza, con la exactitud de rasgos que produjo su encarnación extraordinaria en tu virginidad. Cansada de subir el camino a la montaña en tu nueva situación de embarazada y virgen, pero sobretodo admirada aún del misterio abierto en tu vida, llegaste a la casa del viejo sacerdote Zacarías que había quedado mudo por la emoción de ver también al Ángel del Señor dirigiéndole personalmente la palabra. Tú, María, no solo no quedaste muda, sino que tu saludo fue un manantial de gracia que estremeció al feto de Isabel, y tu canto, Madre Santa, lo seguimos entonando día a día, cada tarde: “Magníficat ánima mea Dóminum”.
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Aunque el canto de Zacarías llamado “Benedictus” (Lc 1,68-79) no se contempla en el Rosario, contiene luces nuevas sobre el misterio de María gestante, portadora en su seno del Verbo de Dios. Solo entenderemos bien el canto de Zacarías, si lo vemos desde la perspectiva de la esperanza mesiánica de Israel, pero contemplando la escena en que Lucas lo coloca, se nos dice lo qué pudo sentir María ante la nueva forma de hablar de su pariente Zacarías, nueve meses mudo, cuyo canto parecía dirigido al hijo que llevaba ella en su vientre. Lucas nos pone un pequeño recodo en el camino del conocimiento de quién fue su “Fuente de Gracia”, como queriendo respetar la humildad de María, pero nos deja pistas más que suficientes para encontrarlo de inmediato. Dice en Lc 1,56 que “María se quedo con ella (Isabel) unos tres meses, y luego se volvió a su casa”, luego, si subió a la casa de Zacarías e Isabel en la montaña al sexto mes de su embarazo (Lc 1,26) estaba allí cuando nació Juan, y cuando Zacarías tomó al niño en sus brazos, recuperando la palabra para “bendecir al Dios de Israel” (Benedictus Dóminus, Deus Israel). Lucas, sin decirnos que allí estaba María, y que su visita tenía como finalidad precisamente la manifestación de las “obras grandes” que estaba haciendo Dios por ella, ante los acontecimientos tan minuciosamente contados sobre nacimiento de Juan el Bautista, nos insinúa claramente que tuvieron un testigo de excepción, y que María fue la receptora del canto de Zacarías. Embarazada de Dios, descubriendo en sí misma la grandeza del huésped de su vientre, fruto de toda la historia sagrada de la Salvación anunciada en Israel, ella quedó asombrada de nuevo ante la profecía procedente del silencio prolongado del viejo sacerdote, y el canto que nos transmite Lucas resume la Noticia que María contó después al evangelista, síntesis de toda la esperanza de aquel pueblo santo y de la nuestra. Isabel le había dicho nada más oír su saludo: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”, y Zacarías la ilustró sobre la personalidad del que llevaba en sus entrañas “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel”. Isabel la bendijo por su visita, “viene a mí la Madre de mi Señor”, y Zacarías bendijo a Dios “porque ha visitado y redimido a su pueblo”. María, al escuchar el canto de Zacarías, confirmó la noticia del Arcángel Gabriel y guardó las palabras aquellas como un himno de amor y de gracias a su hijo y a ella: “Fuerza de salvación de la casa de David… cumplimiento de las promesas de Dios a través de los profetas… salvación de todo enemigo… misericordia pura, alianza eterna, esencia del juramento a Abrahán, santidad y justicia en su presencia…” En verdad que los conceptos del canto de Zacarías, parecen la primera letanía de alabanzas a la obra que Dios hace desde entonces por María. Ella lo entendió así y se alegró su alma.

2.-3.- NACIMIENTO DE JESUS EN BELÉN.
(Presencia en la carne del hombre)
La Familia Sagrada: Jesús, José y María. Los primeros gozos, y los primeros sufrimientos.

Lucas 2,1-7
“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”.
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No hubo testigos. Sola con José tu esposo, aquella noche, María de Belén, te hiciste Madre de Dios, y Madre de la soledad fecunda. En el rincón de un pueblo desatento a lo que allí ocurría, entre gente desarraigada de la verdad de Dios, tuviste el parto. El hecho no cabe en nuestra lógica, ni en el corazón. Todos los hombres de la historia, al menos los que buscamos la luz de Dios, hubiésemos querido estar allí, pero no estuvo nadie. Todas las generaciones de la fe, hubiésemos querido acompañaros a José y a ti, pero tuviste que estar sola con tu esposo en aquel trance. ¿Será que traer a Dios al mundo es así? Ser Madre de Dios es tarea tremenda, pero nos enseñaste en tu parto y sus circunstancias, dónde lo quiso el Padre que todo lo organiza, cómo lo quiso el Hijo que todo lo recibe, y cuándo lo preparó el Espíritu que todo lo enseña. No solo fuiste Madre en aquel original pesebre, sino que lo eres en la soledad de cada uno de nosotros. En la presencia de la vida que florece fuera del tráfico humano, y de toda posada preparada por el hombre. Después de dar a luz a Dios en cada una de nuestras almas, vendrán también las alegrías de los pastores y los magos al compartir los mensajes del cielo, pero el parto en sí, el principio de la vida del hombre que asoma su ser al mundo de Dios, se produce en la soledad, y en la confianza de que ese acto es obra tuya, aunque no se parezca en nada, o muy poco a lo soñado.

Seguramente fue también la noche más dura que pasó el bueno de tu esposo José, el hombre piadoso y justo en extremo, que había aceptado el difícil y extraño mensaje del ángel, y lo aceptó porque creyó en el ángel, no por coherente en su inteligencia, o por esperado en su vida de piedad. Te aceptó embarazada del Espíritu, porque como ocurrió con Abrahán, la aceptación de su sueño de fe, estaba dando comienzo al camino nuevo hacia la tierra nueva. José fue más grande que Abrahán, que aceptó la promesa en la fe, y tuvo un hijo de sus entrañas cuando era difícil engendrar en su vejez y en la esterilidad de su esposa. Pero José aceptó un hijo, solo por el anuncio de Dios, sin intervención alguna de su parte, solo por la fe y el mensaje de un sueño. Y la prueba que se le dio de que era el Hijo del Dios grande, el esperado de todas las naciones, el deseado de Israel, concebido por obra del Espíritu Santo, que iba a salvar a su pueblo de todas sus humillaciones y sus pecados, fue que nadie os recibió en Belén, en el pueblo y familia de David que era también la suya, en la tierra que según el profeta, iba a ser la cuna del Mesías. Verdaderamente la fe de José fue inmensa, a secas y falta de datos, aunque sospecho que mucho le ayudarías tú, María, Madre de la fe, a superar aquella prueba. El papel de José en el camino de la esperanza, caminado con la sencillez de una familia humilde, no se ha desarrollado aún lo suficiente en la teología cristiana. Fue Sacerdote entre los sueños y el mundo de la carne, fue progresista al máximo, como se dice hoy, porque le tocó romper su propio esquema mental, cultural y religioso, sobre la reproducción humana, y no solo respetó la gravidez inaudita de una virgen, sino que colaboró poniendo todo lo que tenía a su servicio, y se jugó a su modo la vida por aquella noticia disparatada, extraña para los cánones humanos. ¿Tendría José costumbre de soñar con ángeles, o sería aquel el primero que le habló? Si estaba preparado para escuchar y reconocer la implicación real de los sueños en la vida, le sería más fácil, pero si encima fue aquella la primera vez que se ponía en contacto con un fenómeno de esa categoría, su respuesta desde luego fue heroica, y el amor por su esposa María, el más completo que se haya descrito nunca. Desde que María dijo sí al ángel, la vida de Dios estaba aquí en el mundo de una forma nueva, humanizada, pero no fue efectiva hasta que José actuó, recibiendo a María en su casa, marchando a Belén, su pueblo, partiendo hacia Egipto y volviendo a Israel, después de oír en sueños a su ángel. No creo que haya un hombre más grande en la historia de la salvación. Los Apóstoles estuvieron tres años con Jesús, y José estuvo treinta. Todos los santos han sido enseñados por el Maestro, y José enseñó al Niño que después fue Maestro. Todos dependemos de la Palabra de Dios, pero Dios quiso que su Palabra dependiera de José, para “crecer en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres”. Es impresionante el escaso testimonio de los Evangelios.
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En Belén, sobre la oscuridad de aquella noche, la esperanza en la promesa de Dios a su pueblo se hizo nueva. Todo fue nuevo también para vosotros que creíais en Yahveh. Y lo sigue siendo para nosotros, los que estamos llamados por la fe a nacer como hijos de Dios. Quizás la aceptación de la novedad de Dios, fue la enseñanza más grande que nos dejasteis aquella noche de Navidad. Nacer en Dios, nacer de Dios, conlleva una novedad que necesariamente hay que aceptar. Y lo nuevo se realiza a veces en soledad, oscuridad, y aceptación de todas las circunstancias que Él manda, y que convierten su presencia naciente en una aventura que cambiará desde entonces la vida “normal” en la acomodación al mundo. El pesebre de Belén es el mayor signo de la sorpresa que se haya descrito por el hombre, en la novedad que siempre conlleva la obra de Dios. Después de aquella presentación, toda la obra de Jesús será una novedad constante, hasta la gran contradicción novedosa de la cruz y la resurrección. ¡Dios naciendo en pobreza y muriendo en una cruz!
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Ni cuenta nos damos a veces de tu cercanía Jesús de Belén, ni de la importancia que conlleva el que tú, siendo dueño de todo, estés aquí esperando la respuesta nuestra a la llamada eterna que sembró en cada uno el bautismo. Ni cuenta nos damos a veces de que en tu Navidad, no solo vienes tú, sino que vamos nosotros porque nos haces ir, porque nos llamas, y tu llamada es dinámica porque nos pone en camino. Cada alabanza del Rosario, es un paso cierto del camino.

El relato Apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago” tiene una sencillez que ha impregnado muchas de nuestras escenas piadosas de la infancia de Jesús. En cuanto al modo del Nacimiento, no me resisto a transcribir, aunque sea a modo de nota, el relato en que José con toda su familia iban hacia Belén:

El hijo de María, en la gruta
XIX 1. Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó (a José): ¿Dónde vas? Y yo repuse: En busca de una partera judía. Y ella me interrogó: ¿Eres de la raza de Israel? Y yo le contesté: Sí. Y ella replicó: ¿Quién es la mujer que pare en la gruta? Y yo le dije: Es mi desposada. Y ella me dijo: ¿No es tu esposa? Y yo le dije: Es María, educada en el templo del Señor, y que se me dio por mujer, pero sin serlo, pues ha concebido del Espíritu Santo. Y la partera le dijo: ¿Es verdad lo que me cuentas? Y José le dijo: Ven a verlo. Y la partera siguió.
2. Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó: Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel. Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María. Y la partera exclamó: Gran día es hoy para mí, porque he visto un espectáculo nuevo.
3. Y la partera salió de la gruta, y encontró a Salomé, y le dijo: Salomé, Salomé, voy a contarte la maravilla extraordinaria, presenciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza. Y Salomé repuso: Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido.
Imprudencia de Salomé
XX 1.Y la comadrona entró, y dijo a María: Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya. Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando: Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa.
2. Y se arrodilló ante el Señor, diciendo: ¡Oh Dios de mis padres, acuérdate de que pertenezco a la raza de Abraham, de Isaac y de Jacob! No me des en espectáculo a los hijos de Israel, y devuélveme a mis pobres, porque bien sabes, Señor, que en tu nombre les prestaba mis cuidados, y que mi salario lo recibía de ti.
3. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciendo: Salomé, Salomé, el Señor ha atendido tu súplica. Aproxímate al niño, tómalo en tus brazos, y él será para ti salud y alegría.
4. Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo: Quiero prosternarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel. E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta. Y se dejó oír una voz, que decía: Salomé, Salomé, no publiques los prodigios que has visto, antes de que el niño haya entrado en Jerusalén.
(Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco).

2.-4.- EL ANUNCIO A LOS PASTORES. LA GRAN ALEGRÍA.
(Presencia de Dios fuera del Templo, del sacerdocio y los doctores de la ley).-
En María comienza el nuevo Camino donde se aprende a guardar la Palabra y las cosas de Jesús y de Dios en el corazón. Es la nueva tierra, la Tierra Prometida a todos los hombres.

LUCAS, 2,8-20
Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.” Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.” Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

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Estas eran las cosas que María guardaba en su corazón meditándolas, y su memoria dio lugar a los relatos de los Evangelios, de los apócrifos y multitud de prácticas piadosas que aún hoy conservamos en nuestra piedad sencilla navideña. El saber que ya estabas en el mundo del hombre, Niño Jesús del pesebre, donde habías entrado como un pobre cualquiera, fue alegría de todos los capaces de conocer la noticia. En el cielo de la soledad vigilante de los pastores, unos ángeles cantaron el primer “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz”, de nuestra liturgia cristiana. Y encaminaron a los pastores a Belén, por la alegría en paz, o la paz de la alegría. También por un astro raro e inusual, pues más que una estrella parecía un fenómeno inteligente e inteligido, unos Magos en el lejano oriente, fueron guiados hasta la cueva donde yacías tú, Luz de toda inteligencia del hombre, y te encontraron como “un niño en brazos de su Madre”, María de la Luz, que sigue siendo referencia segura de todos los que buscan. En la tierra de estirpes sagradas y raza escogida, tierra prometida de Israel, unos ángeles avisaron con su fenómeno de luz en el cielo y con sus cantos, a unos humildes pastores que dormían al raso, y los movieron hasta llegar corriendo a tu soledad. Magos y pastores os encontraron a José, a María y a ti, Señor del Universo, de los ángeles y de todos los fenómenos del cielo inteligente y emocional, Rey y estrella de Israel, y supieron cual era el auténtico y definitivo Templo de Dios para el hombre, en la contemplación y admiración de vuestro silencio.

Allí ocurrió el milagro de la unión de lo diverso, de lo contrario a simple vista, del dualismo del hombre arrojado del paraíso de tu unidad trinitaria. No solo el cielo se juntó con la tierra, y Dios se hizo uno con el hombre, sino que también los hombres sencillos y los complejos, los pastores incultos y los sabios magos estudiosos del cielo y de la tierra, se llenaron de las mismas luces y la misma alegría. ¡Habían sido elegidos! Y caminaron, cada uno a su tiempo y manera, hacia donde estabais solos con el Niño, José y tú, María Virgen y Madre de la Alegría. Contemplando aquella humilde realidad de vuestra familia, también a pastores y magos les pareció al principio muy distinta de lo que les había sugerido el anuncio del Ángel o el brillo de la estrella. ¡El Mesías, el Grande, el Hijo del Altísimo, el Salvador del mundo, el Hijo de David, el Rey de Israel, el deseado de todas las naciones, era el Niño que estaba en aquella silenciosa pobreza y soledad! Vieron los pastores un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, al Niño en brazos de una humilde mujer, y comprobaron –esa fue la gran gracia- que Dios estaba cercano ciertamente a los hombres del pueblo, aunque los habitantes de Belén dormían e ignoraban lo que allí sucedía. Los pastores vieron una luz y oyeron unas voces y cánticos, que no vio el pueblo ciego. Y en la casa del pan, (Betleém) los hambrientos hombres no advirtieron que tenían la saciedad a su alcance porque Dios estaba dando su alimento del cielo. Aquella primera Navidad, en la pequeña aldea de David, se dieron cita todos los contrastes de la salvación. Presencia y ausencia, calor y frío, salud y condena…Y aún tuvo que pasar mucho tiempo antes de que los hombres comprendiéramos el regalo inmenso de tenerte entre nosotros, Hijo inmenso de Dios, hecho un hombre cualquiera, uno de tantos. Tu forma de ser hombre, de nacer, y realizar tu obra, cuando la aceptamos, nos pone también hoy en camino hacia el Padre, como puso a Pastores y Magos camino a Belén. Lo que antes no podíamos tener de forma permanente, la paz y la alegría que da la gracia de Dios, ya se puede gozar para siempre y desde aquí, por la gente sencilla que escucha y se pone en camino. Los que estaban al raso, al descubierto de toda protección humana, unos simples pastores vigilantes, lo gozaron.
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Las tres escenas propuestas en la liturgia católica de la fiesta de Epifanía, entre los días uno al doce de enero, explican algo ese misterio. Los sencillos pastores que vivían al raso vieron una luz grande, los magos vieron un astro muy especial, y Juan el Bautista vio y oyó en el Bautismo del Jordán el testimonio del cielo, la voz del Padre que desde la nube le hablaba. Los tres dieron testimonio con efectos diferentes, pero aún vivimos nuestra fe desde ese testimonio recogido después por los evangelistas: “Luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel”, como dijo el anciano Simeón cuando te tuvo en brazos, Jesús Luz del mundo. María se lo contó a Lucas, y a todos los hermanos, y Lucas escribió el resumen del misterio que rezamos. Fiesta de naciones y de luz, de acudir en paz a la fuente de la alegría, y como entretejida con los signos, la realidad profunda que lo trasciende todo: el Espíritu Santo que iluminó a cada uno de los humildes protagonistas, y dejó en las tinieblas del desconocimiento a los que creían saberlo todo sobre Dios y su Ungido.

Cuando la luz del reino se hace estrella en nuestro cielo, se percibe que Dios está muy cerca, tanto, que provoca adorarlo. A veces ser dirigido por una estrella de luz, no es cómodo para el que lo soporta. De hecho, Jesús tuvo que afrontar enseguida las persecuciones y el dolor de que otros murieran por Él, -los niños de Belén-, y también los magos tuvieron que volver huyendo a su tierra, dando rodeos en su huida de Herodes. La adoración de magos y pastores, es el mejor encuadre y prólogo de lo que va a ser después el Evangelio y la aventura de creer. Ni unos ni otros que sepamos, eran gente religiosa en el sentido de la piedad judía. Para los doctores de la ley, los pastores y los magos eran solo ‘gente de la tierra’, unos malditos ignorantes. Pero magos y pastores, aún siendo tan distintos entre ellos para la ciencia humana, tuvieron cosas en común para la sabiduría de Dios, y es que contaron lo que habían oído sobre el Niño, vieron las caras de admiración de los que los que escuchaban su relato, y la conclusión no podía ser otra, todos “se llenaron de una inmensa alegría” (Mt 2,10). Confirmaron así incluso a los padres del Niño, a José y María, de que el anuncio del ángel sobre su grandeza extraordinaria, sobre su misión salvadora, estaba siendo realidad en una dimensión nueva de la historia del hombre.

El fenómeno de la estrella y de los coros angélicos moviendo a los hombres, debió de ser algo entusiasmante, realmente hermoso, pero el hecho más espléndido y universal de todo el misterioso relato, fue sin duda el que recoge y transmite Lucas en una pincelada: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en el corazón” (Lc 2,19). Y un poco más adelante nos repetirá: “Su Madre, conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). Y es que Lucas supo cómo y para qué las guardaba María, y todo el que reza el Rosario hoy, también lo sabe: para contemplarlas y compartirlas después con los llamados a la fe, los llamados a conocer al Niño-Dios, al Hombre Hijo de Dios, a través de aquella memoria viva que guardamos aún y por la que podemos llamarla Madre de la Iglesia. Ese recuerdo vivo de las cosas de Jesús, son su misma persona viviendo en el corazón, preparado desde la creación del hombre para esa función. El corazón de Adán, maleado, perdió la conexión correcta con la fuente de energía de la vida, hasta que llegó el momento elegido por el ingeniero de la humanidad para restablecer esa función extraordinaria: guardar en el corazón las cosas de Dios, los regalos de Dios, los “mandamientos” de Dios. Ese es el nuevo corazón Ungido, corazón de Cristo, que llevamos dentro. Eso se hizo por María, y Lucas nos da al contarlo la llave de la puerta a la sala del tesoro de la Iglesia y de la humanidad. (Lc 2,19)
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Cuando la voz que sonaba en silencio desde el Principio, se hace llanto de niño en la noche sagrada de Belén, y la escuchan las gentes sencillas, poniéndose en camino, empieza a descubrirse la verdadera médula de la historia del hombre. Se abre así en su Camino de vida, el misterio del Mesías o Cristo prometido que será la unión de los contrarios: Un rey de reyes en un pesebre, el Salvador del mundo, en un establo. El que no tiene tiempo, sometido a la oportunidad de un decreto de empadronamiento, y sometido al tiempo de todo lo que él mismo hizo. El dueño de la libertad y de la fuerza, huyendo de un rey impresentable. Parece imposible, pero así se hizo y ahora, cuando oramos recordando esa gracia, se remiendan los rotos de nuestra alma por el niño bendito y su familia. Así calientan los pobres en su luz envolvente y proclaman los ángeles que viven de ella, la paz a los hombres, y escuchamos aún sus cantos en la humilde sencillez del Rosario, lugar de encuentro para la gente de fe que vive en la Iglesia rezando, los orantes humildes de siempre. Así la Navidad se envuelve en misterio de fe, se viste sus galas de cosas pequeñas, y un establo se hace palacio, y lugar de encuentro. Así nuestra rutina de vida, vacía de sus cosas, se llena de nuevo de presencia en cada misterio, en cada ‘avemaría’, en cada saludo, en cada apretón de manos, en cada sonrisa y en cada lágrima que enjugamos o nos enjugan, en cada deseo que intuimos detrás de unos ojos que brillan, como luces del cielo en las almas de gentes humildes, que no saben siquiera que son reyes buscando al Mesías. Siempre que recordamos ese Nacimiento, la Luz está cerca, y de nuevo se deja sentir la “inmensa alegría” de los hombres.

Pero la mente no detecta la gracia, si no utiliza las gafas de la fe que capacita para “ver” el misterio de Dios en la oración sencilla del rosario. Entonces el panorama seco, se muestra extraordinario. La totalidad, la madurez del hombre, su plenitud, se hacen acariciables en un niño, y al profundizar en el mensaje del Evangelio descubrimos que la autentica Navidad hoy, no es el nacimiento de un niño en Belén de Judá. Eso ocurrió hace más de dos mil años. El auténtico acontecimiento inmediato, novedoso, de ahora mismo, es que la proclamación de ese nacimiento humilde en un rincón del tiempo y de la historia humana, produce la misma experiencia de salvación que tuvieron los pastores y los magos. La Palabra proclamada en la Iglesia, produce la misma experiencia de cercanía, de misterio pleno, de cariño entrañable y vinculante, que tuvieron José y María aquella noche Santa; incluso para nosotros hoy, es más fácil llegar a la presencia de Jesús vivo en el relato, como Palabra eterna de Dios, que les fue a ellos, a José, María, pastores y magos, reconocer en aquel niño cubierto de pañales, recostado en un pesebre, sin lugar en la posada, y desconocido por todos los sabios, al Dios Creador y Eterno. Pero también a nosotros nos falta aún descubrir en todo su desarrollo la fuerza interpretativa de la fe. Nos falta, al menos a mí, abrir el alma toda a la experiencia de la Luz, y alguna otra cosa que expresa la preciosa oración de Laudes del día de Navidad: “Concede, Señor todopoderoso, a los que vivimos inmersos en la luz de tu palabra hecha carne, que resplandezca en nuestras obras la fe que haces brillar en nuestro espíritu, por Jesucristo nuestro Señor”. Lo más urgente para hoy en esa oración, es la traducción de la fe en las obras, la conversión de la luz del Espíritu, a relación con los hermanos. Se da por hecho que ‘vivimos inmersos en la luz de la Palabra hecha carne’, pero es obvio que no nos damos cuenta de ello, al menos en la plenitud que la misma riqueza de la Palabra sugiere.
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María de Nazaret, y ahora María de Belén, inmigrante en la tierra que había sido de tu esposo, siendo descendientes ambos de David, enséñanos a entender las contradicciones de nuestra vida, las diferencias entre lo que soñamos o prometemos, y las realidades sensibles cercanas, como hicisteis José y tú que, con la gracia del Niño, supisteis entender las diferencias entre las palabras del ángel y la realidad inmediata, entre la esperanza del Israel de siempre, y aquella humilde alegría ante un pesebre.

Al avemaría se puede añadir: “bendita por el fruto de tu vientre Jesús, luz de los pobres”

2.-5.- LA PRESENTACION DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO.-

Presencia de Dios en los sencillos de oración continua. La gente del Rosario.
Reconocimiento intuitivo de Dios que se manifiesta en un niño pobre, el Niño Jesús de Nazaret. Es la obra maestra del Espíritu en la gente sencilla y orante de siempre, el pago a toda una vida de oración y servicio al Espíritu.

LUCAS, 2,22-40
Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.” Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicció. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.” Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba obre él.
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La esperanza de los piadosos se hace realidad. El justo y viejo Simeón, con toda una vida de oración, ayuno y sacrificio, obtuvo la recompensa de tener unos minutos en sus brazos al Niño Jesús, al Salvador. Experimentó la Verdad Mesiánica, anunciada en los profetas: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Al rezar contemplando hoy este misterio del Rosario, se abre en multitud de luces la piedad del precioso relato de Lucas, conocido como “Presentación de Jesús en el Templo”. Fiesta antigua de la Iglesia que se conocía ya en el siglo IV en Jerusalén, y llamaba hasta la última reforma del calendario, fiesta de la Purificación de la Virgen María. De hecho en la liturgia Católica se celebra como La Candelaria, el día 2 de febrero, pero no vamos aquí a poner la atención en la totalidad de la fiesta, sino en los humildes personajes que son paradigma de la piedad sencilla: María y José, Simeón y Ana, junto con la gente de siempre, los que escuchaban y se admiraban de lo que allí se decía y sucedía. Eran “los que esperaban la redención de Jerusalén”. El pequeño “resto” sano de Israel, estuvo ese día pendiente de un niño que convirtió en luces las penas de sus almas.

Hay una contradicción interna en el relato, en la que Lucas se recrea y es la Purificación de la Madre del que todo lo purifica, y de forma especial del cuerpo que le dio su ser de hombre. Pero tiene Lucas su enseñanza: La pureza de la ley llega a su plenitud con la pureza del corazón. Solo los limpios de corazón serán llamados a tener en sus brazos al Niño Jesús, el Cristo esperado, lo reconocerán y sabrán quien es. El Espíritu Santo había dirigido toda una vida a los ya ancianos Simeón y Ana sin otro título que ser “justos y piadosos”, “servidores de Dios en ayuno y oración constante”. Y así, ese Espíritu los había llevado en aquel momento perfecto, hasta el templo, para tener en sus brazos y ver con sus ojos el consuelo y la “salvación de Dios” preparada ante todos los pueblos. Simeón no era sacerdote ni escriba, o al menos no se nos dice que lo fuera, pero sí que era hombre justo en Jerusalén. Y ese anciano justo recibió al Mesías antes que los sabios sacerdotes y doctores del templo, como un signo personal de Dios para él,“Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…”, pero también como un signo y anticipo del premio de lo que existe de humilde y justo en la humanidad, ya desde esta vida. Esperaba Simeón el “consuelo de Israel”, la ‘paraclesis’ dice el texto griego, la obra del Espíritu, y nos dice Lucas que ya estaba en él el Espíritu Santo, incluso antes de recibir al niño en sus brazos. Por eso lo reconoce y, recibiendo conscientemente al que es la luz de las naciones, sabiendo ya el sentido final de la vida, proclama la llegada de su hora. Es la cumbre de toda una vida de piedad, y con razón pide “irse en paz”. Ya no le quedaba nada más que ver en este mundo. Nuestra Santa Teresa de Jesús, deseando la misma experiencia, lo cantaba así, “¡Véante mis ojos, dulce Jesús bueno, véante mis ojos, muérame yo luego! Y lo vio en el mismo modo y manera que se puede ver hoy en el recuerdo y oración constantes, porque la gloria y el drama de la salvación se reproducen en el corazón que ama y espera ungido de fe.

El Niño Jesús, según la profecía que le hace Simeón a María, será signo de contradicción, para que muchos caigan y se levanten en el pueblo de Dios, y para poner al descubierto lo escondido en el corazón del hombre, las intenciones de muchos. Este podría ser el gran misterio de la contradicción de los llamados “annawin”, los pobres de Yavhé, cuyo retrato interior hará luego el mismo Jesús en las bienaventuranzas.
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En la escena del misterio hay cuatro actitudes personales: María y José cumpliendo la Ley como obedientes y pobres; Simeón que toma el Niño de los brazos de María y lo retiene en los suyos viendo la luz de Dios para las gentes; Ana, la profetisa anciana que se puso a dar gloria a Dios y a hablar del niño a “todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”. Esta gente innominada, son el ejemplo de la cuarta actitud personal, la más humilde del pueblo, y que tampoco es desechable a pesar de la brevedad con la que Lucas la describe. Solo estar allí, escuchar, y admirar lo que traducían aquellos privilegiados ojos de ver las cosas de Dios que tenían Simeón y Ana. Nadie sin la ayuda del Espíritu Santo hubiese descubierto al Mesías en aquella familia pobre de Nazaret que venía a cumplir la Ley con la oblación de los pobres. Pero tampoco nadie hubiese escuchado a Simeón y Ana sin esa misma ayuda. Más bien les hubiese parecido el desvarío de alguna demencia senil. Seguro que a los sacerdotes y escribas, dueños y señores del templo, así les pareció. Aunque en nuestra liturgia nos inclinemos a identificarnos con Simeón, entonando diariamente su propio canto al anochecer, el “Nunc dimittis” de nuestro Oficio de Completas, la verdad es que la mayor parte de nuestra vida religiosa se parece más a la de “todos los que esperaban la redención de Jerusalén”, escuchando en silencio, leyendo la Palabra, orando, y dando gloria a Dios por su mensaje. “Así se cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor”. ¡Y todo esto estaba ocurriendo en el templo de Jerusalén, sin intervención de la clase sacerdotal! El pasaje es perfecto para la contemplación y el consuelo de los humildes. Luces y sombras, vida y muerte, juventud y vejez, esclavitud y liberación, ley y Espíritu… En la manifestación del Dios escondido, todos los contrarios del hombre se unifican, y en sencillez y humildad todo lleva a Él. Por eso, la postura perfecta para orar en este misterio es la que Lucas describe en María y José: “Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de Él”. En esa admiración “regresaron a Galilea”, la tierra de la alegría de ver al Señor, como la llamó Jesús tras su resurrección. Allí José y María, vieron como en ellos y con ellos “el niño crecía y se fortalecía, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios”. Los humildes que estaban ese día en el templo, y las gentes sencillas de Nazaret, se contagiaron de aquella gloria. Pero la supuesta idílica paz de la Sagrada Familia en Nazaret, tardaría aún en llegar.

No se puede ser cristiano, sin ser luz, sin ser sal de la tierra. Y tiene la razón este aserto en lo inenarrable de la vida misma, porque la sorpresa de la fe cristiana es sazón del mundo. La diferencia de la tiniebla y la luz, está en el hombre que cree. Es el lugar donde se reconoce cada fuerza en su sitio. Dios nunca tiene oscuridad, ni frío, ni desamor, ni odio, solo tiene conocimiento de sí mismo, de todo lo que hace, que para Él siempre es presente. Para el hombre, Dios hizo luz y tinieblas, pero él solo es luz. Nada se escapa de su conocimiento. Cuando manda su Espíritu, manda con él la promesa que produce esperanza, y es así como se puede pasar toda una vida, esperando ver esa realidad que nos promete. Eso hizo el justo Simeón, esperar la promesa. Tener el ojo abierto a la esperanza, hasta que llegó al fin el día en el que el ojo de ver, vio. Si no hubiera tenido el ojo abierto, la sensibilidad del corazón encendida, nunca hubiese visto la luz que llegó al templo escondida en un Niño con cuarenta días y cuarenta noches. Las primeras noches de Dios. Se encontraron en la carne los que ya se conocían en el Espíritu. ¡Ya estoy aquí como te dije! le susurró al anciano Simeón el Espíritu por dentro. Yo soy el que viene en los brazos de esa madre joven. Y se encontraron. Tomó al niño en sus brazos y toda su vida recobró en unos segundos el sentido de la luz de la historia sagrada de un pueblo. Nadie veía su luz, pero el justo la vio. Y su sorpresa fue ver también la luz de la familia, porque especialmente la Madre venia como una estrella. Empezó a saltarle de gozo el viejo corazón, hasta que también vio y sintió la esencia del Espíritu profético que le daba otra noticia. No hubiera querido ver Simeón otra cosa que el niño, y mucho menos tener que decirlo. Pero el Espíritu estaba por encima de todo sentimiento, y no pudo callar. “Muchos de Israel tropezarán y se levantarán por ti, Luz de las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Y no había terminado aún su luz profética de mostrarle el futuro en la carne de aquel niño, y sobre el corazón de la mujer que lo traía. Lo que más le costó al buen anciano, fue enfrentarse a la realidad que le manifestaba el Espíritu sobre la joven madre nazarena. Ella venía contenta, radiante, porque sus sentimientos, que magnificaban a Dios trayendo en brazos al Salvador del mundo, le eran confirmados por los elogios de todos los humildes, los santos y la gente sencilla de Israel, representados en aquella escena por Simeón y Ana. Ya antes incluso del parto, María había dicho: el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Y aquella gente humilde era la primera generación de Israel que veía a Dios hecho hombre.

Pero María se dio cuenta enseguida del sentido de su encuentro con Simeón, y antes incluso que el santo anciano, ya supo que allí había algo más que el gozo. El propio Simeón, dentro de su alegría, también tuvo que sufrir la visión de aquel corazón inmaculado traspasado por una espada de dos filos. Solo él vio en un momento cierto del futuro, el alma desangrada de la Virgen Madre. Solo él se apercibió del dolor instalado en la fuente misma de la salud y la alegría, de la injusticia haciendo escarnio en el trono de la justicia, y de la estulticia instalándose en el trono de la sabiduría. Y no solo lo vio, sino que tuvo que decirlo, profetizarlo, anunciarlo. Seguramente aquel tremendo trance tuvo mucho que ver con su canto que no solo es un canto de gozo, sino de despedida. Los contrastes de la enorme alegría y de la inmensa pena le hicieron insoportables sus últimos días. Y es que la experiencia de Dios, nunca es fácil desde este lado de la vida. El bueno y justo Simeón fue el primero en contemplar a Nuestra Señora de todos los Dolores. La joven llena de alegría en su sencillez y pobreza, iba a ser también la Madre Dolorosa del nuevo pueblo.

Al avemaría se puede añadir: ”por el fruto de tu vientre, Jesús, luz de las naciones”.

2.-6.- LOS MAGOS DE ORIENTE, LOS NIÑOS INOCENTES Y MÁRTIRES. HUIDA A EGIPTO Y VUELTA A NAZARET. FAMILIA SAGRADA Y CONSAGRADA. LA VIDA OCULTA.-
(Presencia de Dios en las luces y dificultades de cada día, en el trabajo humilde y sencillo).

MATEO 2,1-23
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.” En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.” Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.” Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.”El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.” El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: Será llamado Nazoreo.
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El capítulo 2 del Evangelio de Mateo, tiene en su totalidad un misterio especial. La sagrada familia ya no estaba en una cueva de ganado, ni el niño en un pesebre. Los magos vieron al niño “en la casa, con María su madre” y le adoraron. Es difícil imaginar de todas formas, a unos ‘magos’ paganos adorando a un niño judío, pero si fueran, como dicen algunos, sacerdotes de Zoroastro, la cosa tendría otra explicación, porque religión y magia, -negra o blanca-, tenían una conexión inseparable en aquel tiempo. La relación de cada uno con su dios, se establecía no solo en la conducta humana, sino en las obras extraordinarias que venían de ese dios, y lo manifestaban así ante los demás hombres como poderoso aliado de los suyos. Incluso Jesús acudió a ese argumento para urgir la fe de los judíos cuando les pedía creer al menos por las obras, que el Padre realizaba para ellos en él, si no lo querían hacer por sus palabras.
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Saber que por tu nombre se puede perder la vida, fue una de las lecciones que aprendieron José y María en aquella primera etapa de tu andadura humana. El relato de Mateo sobre la muerte de los niños de Belén y la prudente huida a Egipto, lo confirman. No dice el evangelista que fueran “inocentes”, como los llamamos hoy, solo dice que eran niños, y no murieron por su inocencia, sino porque entre ellos podía estar el posible destinatario del trono de Israel, y eso ante el poder político de Herodes, afianzado en su poltrona que él creía eterna, era un delito de muerte. Celoso de su poder, toda amenaza convertía a los que, siquiera en su imaginación, la sustentaban en culpables, incluyendo a sus propios hijos a los que también mató por la misma sinrazón. A los niños de Belén los mandó degollar. Lo de “santos inocentes” es una reflexión posterior del hecho que solo se aceptó mucho más tarde. El sentido en la verdad del Evangelio de Mateo es más la fuerza del humilde frente al soberbio, la venganza del pobre que se realiza, no matando, sino muriendo, como haría luego el mismo Jesús.

Desde el principio la Iglesia se preocupó de los niños y desprotegidos que mueren por la decisión de los que se creen los dueños absolutos de las vidas de los demás, ejecución fácil de practicar con los indefensos. El bautismo de sangre sigue siendo testimonio seguro de la entrada en el Reino de la humilde verdad, que es la simple verdad de ser hombre. Este misterioso paréntesis de dolor, dentro del gozo de la Navidad, nos recuerda que cada día siguen muriendo inocentes, y se sigue haciendo más visible en los niños cuyas vidas se utilizan para calmar los miedos de los adultos, sus pasiones o sus descompuestas teorías de vivir. Raquel sigue aún “llorando por sus Hijos” (Mt. 2,18), porque tan solo en el amor está la vida, y con mucha frecuencia amor se escribe con llanto. Lo demás es la materia prima, la tierra virgen, donde siembra su semilla el Verbo. Después recogerá su fruto, cuando la tierra virgen prometida, preparada con todos los auxilios de la vida, se hace madre de la cosecha suya. Del grano crece un tallo, y del tallo la flor, y en la esperanza firme del buen tiempo, sin hielos ni calores, con la lluvia precisa, cuajará y madurará el fruto. Así nace de la Palabra el fruto del amor, el hombre Hijo de Dios que somos cada uno. La Luz creadora, sin principio ni fin, al hacerse niño entre los hombres y nacer, nos enseñó que ser hombre es ser fruto de la tierra y del amor. Por fin pudimos saber lo que somos. ¡HIJOS DE DIOS! Imagen muy perfecta del Padre. Y esa identidad de todo hombre, hace más negra la muerte de los que no pueden reaccionar ante la ventolera del poder político, de un rey loco, de un déspota insaciable, de un parlamento o de cualquier estructura política insensible a lo que no sean recursos económicos o electorales. Incluso de una jerarquía de poder en la Iglesia de los hombres que no son de Dios, ni les importa otra cosa que el rito y el respeto humano. Así ocurrió en aquel Israel.
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Exquisitez de luz fue la pequeña estrella que alumbró los caminos de los magos de oriente, y pura alegría el canto de los Ángeles a los pastores, señalándoles que eres Señor de la Luz y la Alegría. Pero el signo del dolor y la muerte no podía faltar a la cita contigo, Jesús del llanto por los niños, que ibas a ser también Señor de nuestras penas. Y llegó la maldad, asaltando a niños menores de dos años. Solo porque tú podías estar entre ellos, hijo de David y rey de Israel. Por eso los mataron. Y no se equivocaba en eso el tirano de turno, porque en tu misterio de Cristo redentor, con esa técnica ininteligible de dolor y sangre que escogiste para la victoria y gloria tuya y de los tuyos, ciertamente allí estabas en ellos. En los “sabios” del mundo, en los ricos y poderosos, que también sufren y mueren indefectiblemente pero “sabiendo” su diagnóstico o su sentencia, puede que no estés, Redentor del dolor, pero en los pobres que mueren sin saber por qué, es seguro que estás. Y tu carne, palabra limpia como el llanto de los niños admirados de su propia muerte, sigue brillando en los caminos del hombre que sufre las iras o el empecinamiento de la razón de estado de otros hombres.

El relato de Mateo que unifica la visita de los magos de oriente y la muerte de los niños en Belén pone de manifiesto que la gran alegría de unos, puede causar el gran dolor de otros. Poco podían figurarse aquellos Reyes Magos, como los llama nuestra tradición, que su búsqueda del Niño sagrado de la estrella, el rey de Israel, iba a causarle a ellos mismos tanta alegría, pero a las familias humildes de Belén tanto dolor, y al mismo rey Herodes tanto desasosiego. El anuncio del Reino de los cielos tendrá siempre esos signos consigo, alegría de unos y sufrimiento de otros. Los ángeles cantaron “Paz en la tierra a los hombres que agradan a Dios”, pero no dijeron nada de la guerra y del odio que engendra en los hombres que no son de Dios, que no se abren al Dios de la paz, y que ven peligrar su poltrona por la Palabra de la Verdad.
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Las penas del camino de Egipto abrieron la puerta de la sabiduría tuya, Niño de luces, que no fue solo dulzura, estrellas y alegría de cantos. Estabas enseñando así que ser sabio en ti, no es solo saberte sino saborearte. La Buena Noticia de tu infancia es sabiduría de sabor humano, con todos los ingredientes de alegría y llanto, de dolor y gozo, de ternura y dureza que conlleva ser hombre. Tú nos iniciaste en el Camino hacia la verdadera ‘tierra prometida’ con sabor a niño, en la huída a Egipto, y en la vuelta. La lección sirve al hombre que deja su tierra por un sueño, o por un miedo a una realidad inestable, y se lanza a lo inseguro de una emigración al país rico. Aunque fuera en lo precario de un pesebre, algo tenías, pero en la huida, mezclado con los hombres que huyen y que buscan, lo único que te quedó fue ser un desplazado más, uno más de los hombres que en todas las épocas son víctimas del poder despótico y tienen que salir de su patria y de su tierra. Lo tuyo no fue como la marcha de Abrahán que salió de su pueblo buscando la tierra prometida que manaba leche miel. Tú saliste huyendo de Herodes, y no nos es aún nada fácil de entender, que El Rey de los cielos y del universo entero, saliera huyendo de la “zorra humana”, como tú mismo lo llamaste, que eras aquél reyezuelo en un rincón del mundo y de la historia. ¡Buena prueba para la fe de María y de José! Y buena lección para los hombres de todos los tiempos que sufren el desarraigo y el desplazamiento junto con sus familias. La semilla del camino a la gloria estaba sembrada, y tenemos que sufrir esa enseñanza hasta que seamos capaces de reconocer que el auténtico camino se estaba abriendo en la memoria de tu Madre, que guardaba todas estas cosas en su corazón, y ahora ella las abre en el nuestro al recordarlo, y al orar en la luz que produce el recuerdo. Nos dejas así, mirando su luna que refleja en la noche tu sol y nos quita los miedos, abiertos al Misterio de la maternidad en una virgen, misterio de la luz en la limpieza de un alma entregada en su totalidad a ser Madre del recuerdo vivo de su Hijo. Madre del Evangelio y de la Iglesia, madre mía, que me hace recordar la misma imagen grabada en su memoria, la que se hizo vida en ella, y puede hacerse en mí. La oración que sube en el Rosario hacia María, pide eso: “recuérdame las cosas de tu Hijo”, y así se encenderá mi amor en tu palabra, y cantaré tu nombre junto al suyo.
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Hay una conexión entre todos los episodios del capítulo 2 del Evangelio de Mateo: los magos de oriente, la estulticia de Herodes que ni siquiera mandó seguirles hasta Belén, la huída a Egipto de la sagrada familia y la muerte de los niños de Belén, todo ello relacionado con algún texto profético. Como todas esas conexiones están muy estudiadas, solo quiero reflejar aquí, de cara a la piedad, una teoría que, aún siendo algo imaginaria, no está negada con la secuencia del texto, e incluso explica otras teorías sobre la estancia de Jesús en Egipto, y su conocimiento de la llamada ‘magia blanca’ con la que quiere vincular muchos de sus milagros.

Los magos quizás eran sacerdotes de Zoroastro como creen muchos, pero lo que dice Mateo es que “como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino” (Mt 2,12). Seguramente por el camino de Egipto. Inmediatamente Mateo en su relato, vincula el viaje a Egipto de la familia santa, con otro sueño de José. En “cuanto salieron los magos de Belén”, lo visitó el Ángel de su sueño, y cumplimiento de su orden, tomó a María y el niño, saliendo inmediatamente hacia Egipto. Nada raro que se encontraran a los magos esperándoles en el mismo camino de Egipto, e incluso que estos los acompañaran durante su estancia allí. Si habían venido de lejos hasta Belén, no iban a conformarse con ver un breve momento a aquel Niño Prodigioso, Señor de las estrellas, de sus sueños y sus inmensas alegrías. Si creyeron en el niño y sus signos sagrados, celestes, si su estrella y la propia religión de Zoroastro habían mostrado su auténtico sentido: manifestar al hombre del cielo, el Mesías de Israel, rey del universo, y la posibilidad de entrar en relación de adoración con él, -“vimos su estrella en Oriente, y hemos venido a adorar al Rey de los Judíos” – la curiosidad de los magos, no los dejaría ociosos. No habían hecho un viaje tan largo, para ver un momento a un niño en brazos de su madre, y salir inmediatamente huyendo por otro camino. Es mucho más probable que esperasen a la familia en el camino, y se quedasen con ellos incluso en Egipto, custodiando y aprendiendo de aquel prodigio humano que los había relacionado con el universo.
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El relato de Mateo sobre la infancia de Jesús termina con una relación al misterio angélico y onírico que condujo a José con su familia hacia el exilio de Egipto, y de allí lo trajo de vuelta a la tierra de Israel, para que se cumpliera la E escritura: “De Egipto llamé a mi hijo”. Así quiere vincular Mateo en su Evangelio el nacimiento del Nuevo Pueblo de Dios, con la historia del pueblo de Israel, pero sobre todo quiere vincularlo con la verdadera tierra prometida. “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño”. Esa será la esencia del Pueblo de Dios, estar en el Camino de la Patria, y José será padre de ese Camino de sueños y realidades duras. Como los primeros discípulos de Jesús, todos los que seguimos después ese camino, podemos ser llamados ‘nazoreos’, y por distintos motivos que Herodes, también “Buscamos la Vida del Niño”
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¿Qué decir de tu nombre cuando en lo oculto nace, como fruta silvestre de la que no hago caso? ¿Qué decir de tu vida cercana en mi distancia, si no impregna mi aliento, si no se amar contigo, si en vez de conocer tengo ignorancia? No hay Navidad en el camino de la vida sin tu luz, sin estrella, sin mensaje de ángeles, sin su canto, sin esperanza de verte al final del camino, en brazos de tu madre. Te descubrieron a la distancia de la ciencia de entonces, unos magos del Oriente que tenían sus ojos abiertos a los misterios del cielo, a los astros y señales luminosas del universo entero, como signo de comunión personal entre todos los hombres de la historia, que podemos seguir aún gozando en soledad de tu venida, como un Nacimiento de luz entre las sombras que se deshacen en nosotros cuando tú quieres, cuando eres anunciado y te aceptamos. Entonces, al aceptarte, para cada uno habrá nacimiento del Agua de la vida en el desierto, que se hará vergel; habrá nacimiento de Paz en plena guerra, de luz en plena noche, porque en tu nacimiento quedó restablecida, aunque escondida aún, la vida del hombre en la cercanía de su Dios.

Cuando oramos recordando el misterio en el Rosario, Reyes somos también que venimos de lejos. Magos buscando apoyo, porque han visto el resplandor lejano de una estrella nueva. Reyes sin reino ya en la tierra, buscando la magia de una gracia que está bajo la Madre estrella, en sus brazos de cielo, contigo. Todos llevamos dentro un rey y un reino, una magia de amor y una estrella. Todos hemos corrido alguna vez tras un rayo de luz, y hemos vivido alguna noche orientando los pasos a su norte. Así somos los hombres, buscadores de estrellas de amor. Arriesgando la vida y el tesoro en la encuesta, para darle sentido al sinsentido de vivir solo tras el amor que luce desde dentro. ¿Cómo vieron la estrella en Oriente aquellos magos? ¿Venían en verdad de Oriente? ¿Acaso uno al menos sería de Occidente, de Tarsis y las islas como dice el Salmo? ¿Y cómo supieron que eras tú el Rey de los judíos? ¿Cómo supieron que ese Rey era Dios, y por eso quisieron ‘adorarte’? -“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente, y hemos venido a adorarle.” (Mt 2,2).- ¿Qué era ‘adorar’ para ellos? Es un misterio. Pero alguna tradición dice que uno de ellos, el que ofreció oro fino, era rey de Tarsis, y esa ciudad de tartesios ha sido situada en el sur de la península Ibérica por la mayoría de estudiosos, donde las minas de oro fino que aún hoy existen en Rodalquilar, Almería, eran conocidas desde que Salomón edificó una torre y la tomó como fuente de provisión de su riqueza ornamental para el templo. Hay quien dice que al recibir el regalo del oro que le hizo aquel mago, el Dueño de la Luz, el Rey del Cielo, le otorgó a su tierra la luz solar más intensa del Mediterráneo, más intensa incluso que la de Alejandría. Y así sigue luciendo. La conozco bien.
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Aunque todas esas tradiciones de los entrañables Reyes Magos están llenas de ternura y fantasía infantil en casi todos los pueblos, lo más probable es que, como ya he apuntado, se tratase de sacerdotes seguidores de Zoroastro, o Zaratrustra, los seculares “magi”, a los que su dios Ahura Mazda le habría dado la misión de renovar la antigua religión, confirmándose como el único dios del Bien, la encarnación de la Luz, de la Vida y de la Verdad. Los seguidores de e religión, esperan aún hoy al salvador Saushyant cuando llegue al final de los tiempos en que se producirá la resurrección de todos los muertos. Las almas deberán cruzar un puente (Chivat), y serán juzgadas por sus pensamientos, palabras y actos.
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Pero lo más impresionante de la vida de la Sagrada Familia, par este misterio que contemplamos en el Rosario, no fueron los encuentros casi anecdóticos con pastores o magos, sino la vida oculta y humilde en Nazaret. ¡Treinta años viviendo en silencio contigo, Dios de la intimidad del hombre! En lo escondido de un pequeño pueblo, en el humilde trabajo de la madera, y en las sencillas cosas de la gente piadosa de Israel. Aquello si fue el Templo de la Vida. Nos enseñasteis que Ser de Dios tiene su compensación en el mismo regalo de ser suyo. Aunque no se escribiera en los Evangelios todo lo que ocurrió y todo lo que aprendieron de ti, Jesús de Nazaret, tu madre María y tu padre José en aquellos treinta años, tuvieron con seguridad la experiencia de Dios más privilegiada que haya existido nunca entre los hombres. Tu llamada vida oculta, solo lo es para nosotros, porque María y José la vivieron entera al descubierto día a día, noche a noche, a la tarde y al amanecer. Tu niñez, tu pubertad, tu juventud y tu madurez de hombre. Transmitirlo, es la esencia del Evangelio, y proclamarlo en la comunidad que lo vive desde entonces como relatos de tu infancia, es la publicación que tú mismo pides hacer a los tuyos, sin miedo alguno a los hombres que pueden matar el cuerpo, pero no el alma. “Nada (de lo tuyo) hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche, decidlo a pleno día, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. (Mt, 10,2-28) Mateo y Lucas, que narran tu infancia, recogen esa palabra tuya, para referirse sin duda a su fuente, la familia en la carne que te conoció y vivió en la humildad, oculto durante treinta años, como escondido, en un taller de carpintería. Pero también para gozo de los que hoy te recibimos en el corazón por la obra del Espíritu Santo, los que creemos en ti. “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa pues no hablará por su cuenta, sino que hablará de lo que oiga y os explicará lo que ha de venir”, es decir tu muerte y tu resurrección. “Él me dará gloria porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros” (Jn 16, 13-14). Aún hoy siguen los hombres asombrándose de esa gran escuela de humildad. “Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio… la primera lección es el silencio… la segunda la vida de familia… la tercera el trabajo como valor humano.” (Pablo VI, alocución en Nazaret el 5 de enero de 1964).

2.- 7 .- EL NIÑO PERDIDO (?) Y HALLADO EN EL TEMPLO.
(Presencia en las “Cosas del Padre”)

LUCAS 2,40-52.
El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.” El les dijo: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.
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Es un balcón al desconcierto. El niño obediente se muestra dedicado a las cosas de su Padre del cielo, y se queda tres días y tres noches en el Templo, sin saberlo siquiera sus padres de la tierra. ¿Por qué no se lo dijo? Ese fue el reproche de su madre, ¿por qué nos has hecho esto? Y es que su enseñanza será dolorosa para todos, y para nosotros aun, casi incomprensible. Tres días de soledad con su Padre Dios del Templo, y ante la angustia del cariño humano solo pregunta ¿Por qué me buscabais? La respuesta podría ser tan obvia que ni el evangelista la dice. “Te buscamos porque te amamos”, simplemente por eso. Pero en su pérdida y encuentro hay algo más de su misterio. El tres es su número personal y de Pascua, eso está claro. Quien lo busca debe acostumbrarse a sufrir y gozar en el encuentro. La formulación tradicional del misterio dice: El Niño Jesús perdido y hallado en el templo. Pero ¿en verdad se perdió? ¿El que se llamó a sí mismo, porque lo era, “camino verdadero de la vida”, se perdió? ¿Y lo encontraron en el templo, a Él que es el auténtico Templo de Dios? La respuesta nos la da Él mismo, como se la dio a María y a José, en forma de otra pregunta que sigue latiendo para nosotros. ¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que yo estoy en las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49) Seguramente la escena que se contempla desde este balcón de gracia, no la hemos entendido aún en el auténtico sentido que quiso darle el niño, y después su evangelista Lucas. Él siempre está dedicado a las personas y cosas de su Padre, y quizás ese debería ser el enunciado de este misterio, “LAS COSAS DEL PADRE”. Preguntas y respuestas, escucha, obediencia, dolores y gozos, admiración y búsqueda… Desde el punto de vista de María y José, efectivamente el niño se les perdió y lo hallaron en el templo, pero hay algo más en el misterio que nos quiere contar Lucas. A Jesús se le encuentra en las cosas del Padre, en las personas del Padre, en los ‘templos’ del Padre, en las preguntas sobre nuestra propia esencia religiosa. Y la admiración de los sabios del templo y de la Ley, como estado de conciencia paralelo a la angustia de los íntimos, no dice Lucas que viniese de las preguntas del Niño, sino de sus respuestas. Su inteligencia del misterio del hombre, incluyendo su mundo religioso hace que se proclame como la respuesta de Dios a ese arcano que él mismo había creado. Como se admiraron los sencillos que estaban en el mismo templo en su presentación y purificación de su madre según la ley judía, ahora se admiraban los maestros de la ley. Aquellos se admiraron al creer en el cumplimiento de las profecías y promesas hechas a Israel, y estos, los sabios, se admiraron de las preguntas y respuestas de un niño. El contraste de las dos actitudes es obvio.

Para el joven Jesús, aquella fue la Pascua del encuentro consciente con el Padre en el templo de Jerusalén; fue el paso de niño dependiente, a la independencia de un adolescente. El niño Jesús tuvo un progreso en el conocimiento de su propia identidad y misión. “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y gracia, ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52). Y sus tres noches como hombre adolescente en el templo de Jerusalén, que conocía sobradamente como Dios que era también, fueron claves para que todo hombre, incluso él mismo, sepa quien es el Hijo del Dios de Israel entre los hombres. Aquel ambiente de dolor y gozo, de asombro e incomprensión del misterio que se descubre en el corazón de María y de José, donde se guardaban las cosas de Jesús, incluyendo el secreto de quien era y es en Verdad “su Padre”, es el que revivimos en el tiempo en que se rezan las diez avemarías, pero estará latente en todo el sacramento de Jesús de Nazaret.
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Llamada y dedicación total a las “cosas de mi Padre”, les dijiste a José y María que te buscaban, y abriste para todos los que te buscamos después, el sentido de la oración constante, de la búsqueda permanente: dedicarse a las “cosas del Padre” ¡Buena tarea para toda una vida!

Tres días y tres noches fue el plazo de tu encuentro. Tu estancia en aquel Templo imagen de tu cuerpo, fue ya signo de tu estancia en el fondo de la tierra, perdido en el sepulcro del que saliste resucitado al tercer día. Los que te buscaban siendo niño durante tres días, te hallaron en el templo conversando con los sabios de Israel, con sus doctores y maestros en la ley, cuando el auténtico Maestro eras tú; y pasando el tiempo, también al tercer día te hallaron resucitado los que te amaban y te llevaban para siempre en el corazón, templo eterno de tu Padre y nuestro Padre, en la conversión o conversación que se establece en la oración. Quizá estuviste la mayoría de aquellos tres días, en el templo solo con tu Padre, descubriendo desde la experiencia de hombre-niño, lo que conocías perfectamente desde el lugar más ‘Santo de los Santos’ de aquel templo, en el que siempre habías estado como Dios.

Si la experiencia del misterio se suele fijar, cuando lo rezamos hoy, en el dolor y angustia de José y María, que ciertamente sería grande, sin embargo la gran revelación fue tu dedicación total como hombre, Jesús gran Sacerdote, a las cosas de tu Padre del cielo, y como Dios, Verbo Eterno, a las cosas del Hijo del hombre y de tu pueblo en la tierra. El que te busca hoy por el amor que engendras, tiene que sufrir necesariamente cuando te escondes, porque aún hoy te escondes, y también te manifiestas, en las cosas de tu Padre. Es la enseñanza de aquellos tres días terribles con sus tres noches, en los que desapareciste de la primera iglesia humilde que era tu familia de Nazaret. Tu pequeño rebaño, veinte años más tarde, también te perdió durante tres días con sus noches, escondido en el seno de un sepulcro. Y cuando otra mujer te encontró resucitado, y te abrazó entre lágrimas, tu respuesta fue la misma que les diste a María y a José, la referencia de tu ser por entero para el Padre: “Déjame, que yo soy de mi Padre, y aún no he subido a él”, le dijiste a la Magdalena en la mañana de la Resurrección. Como diciendo, vente detrás de mi, que allí gozaremos todo el amor que tengo reservado para el hombre. Deja las lágrimas y las preocupaciones, alégrate conmigo porque el reino está cerca, y su puerta está abierta.

Pero la “pérdida” tuya con doce años en una fiesta de Pascua, al quedarte escondido en el templo, tiene también otros sentidos y enseñanzas. Tu corazón de hombre tenía que ir aprendiendo y comprobando por sí mismo la experiencia de Dios que estaba reservada para el Hijo del hombre. Y creo que tu identidad divina quedó allí plasmada y manifiesta en tu naturaleza humana para siempre. Tú eras para Dios. Tú eras ‘hacia Dios’, pros ton Zeon, nos dirá después tu discípulo amado. Todo lo suyo era para ti, estaba como esperándote a ti, y todo lo tuyo era para Él (Jn 17,10). Ni siquiera el cuidado y honor debido a los padres de la tierra, que habías promulgado con Moisés desde el Monte Sinaí, en el cuarto mandamiento de aquellas tablas de piedra, tenía fuerza suficiente para oponerse a tu dedicación total a las cosas de tu Padre del cielo. “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Hay un pasaje del libro de Samuel, que tiene antecedentes proféticos para este misterio de tu infancia guardado por tu Madre en su corazón; son aquellas noches de un profeta niño en el Templo, que encuentra allí conciencia de la vocación de Dios. La llamada misteriosa a Samuel, y su relación con un hombre sabio, Elí, que significa Padre mío, -y así llamabas tú al Padre del Cielo, Jesús de Nazaret-, fueron los anuncios proféticos de tu encuentro con las “cosas de tu Padre” en aquel templo signo de ti mismo. El niño “Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios… El Señor llamó a Samuel, y él respondió: Aquí estoy”…” Samuel crecía, Dios estaba con él y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse” (Sam. 3,1-10). Es vidente que Lucas tiene presente este relato cuando nos cuenta las “cosas que tenía tu Madre en su corazón”, la escena del niño en el Templo, su propia angustia junto con José, y la respuesta tuya del reencuentro. (Lc 2,41-52) Seguramente tú, Jesús Hijo del Padre, oíste con tus oídos humanos en aquellas tres noches escondido en la soledad del templo, como hiciera el profeta Samuel, tu verdadero nombre de ‘Hijo de Dios’, pronunciado por el que escuchabas desde la eternidad como Verbo Eterno. Luego, en tu vida pública, te sería confirmado ese nombre muchas veces y ante todos los hombres. Al menos dos de esas veces las conocemos porque nos las cuentan los evangelistas. Una al ser bautizado por tu pariente Juan Bautista en el Jordán, y otra cuando te llenaste de luz en la cima del Tabor, e incluso alguna otra que se insinúa, cuando alzabas los ojos al cielo y hablabas con Él (Jn 11,41-42). Allí, desde la nube que ocultaba su Santidad, tu Padre nos dijo como te llama Él, y nos reveló tu personalidad en relación con Él: “Este es mi Hijo, el Amado mío, mi Predilecto, escuchadle”. Y eso estaban haciendo los doctores y maestros en el templo de Jerusalén, y “todos los que te oían quedaban estupefactos de tu inteligencia y tus respuestas” (Lc 2,47) Aún hoy nos asombra esa inteligencia en la luz de la oración sencilla, y en todo el relato de tus cosas de niño. En eso coincidimos plenamente con lo sabios de Israel, nos asombra e ilumina a la vez tu conocimiento sobre Dios y el hombre, sobre cada hombre.
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Los Misterios de Gozo no solo nos enseñan que Dios se ha hecho hombre, familia de hombre, sino la consecuencia inmediata: nosotros nos hemos hecho familia de Dios. La fuerza de la gracia se ha hecho más fuerte para unir al hombre, que la misma afinidad genética. “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” dijo Jesús, y estaba enseñando con eso la enorme exigencia de ser familia de Dios, y el respeto de amor que nos debemos sus miembros, como las relaciones que tienen entre sí las tres Personas de la Santa Trinidad.

3.- MISTERIOS DE LUZ
(Para los miércoles, o al amanecer de cada día)

En estos Misterios, Jesús es revelado al mundo por Dios Padre en el Jordán, por María su madre en la boda de Caná de Galilea, y por él mismo en su propio anuncio del Evangelio. Es también revelado por otros hombres, como Juan Bautista en sus ritos de limpieza, y los primeros discípulos, unos a otros, como la presencia activa del reino. Siguiendo la imagen del Rosario como un palacio o castillo en medio del pueblo de Dios, la calle de la Infancia, en la que María y José son principales protagonistas por su cercanía al Niño Jesús, desemboca en la Plaza de la Luz, donde ese pueblo de Dios asume su papel de sujeto final de la Encarnación y de toda la obra redentora. La relación de Jesús con su gente, iluminando su forma milenaria de conocer a Dios y de creer en Él, fue la misión principal de su envío y salida desde el seno del Padre en que vivía. Su encuentro público es como una plaza iluminada por sus signos y actuaciones dentro de la escenificación de su propio misterio de vida entre nosotros, y sigue funcionando así hoy en la liturgia de la Iglesia, y en la oración sencilla del Rosario. La cercanía de Dios que se manifestaba en el carpintero de Nazaret con toda la fuerza de su poder y su verdad, sigue teniendo vigencia. Recitando la llamada de gracia del ‘avemaría’, rodeamos la plaza de luz que fue tu vida pública, Nazareno Bendito, buscando el encuentro del Padre, su voz, su dedo de Espíritu Santo que te señala aún como el Hijo de su complacencia, en el Tabor. Y quedamos admirando tu entrega, tu acción de gracias que se hace alimento al saciar al hombre de su Pan de Vida, que eres tú mismo en el recuerdo vivo, cuando contemplamos la institución de la Eucaristía. Son los “Misterios de Luz” propuestos por Juan Pablo II, mas dos que yo propongo.

3.-1.- BAUTISMO DE JESÚS EN EL JORDÁN.
(Juan Bautista lo reconoce, y el Padre y el Espíritu desde el cielo, confirma su identidad autenticándolo ante los hombres y ante sí mismo).

MATEO 3,13-17
Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.” Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco (“Tú eres mi hijo, mi amado, mi proyecto indestructible de hombre”.)
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Misterio de luz el del Bautismo. Mientras Cristo, “como inocente que se hace pecado por nosotros’ (2Co 5,21) entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. (Juan Pablo II). El Autor del nuevo hombre proclama y fundamenta en su rito bautismal, que ese hombre nuevo, limpio ñor el agua y el Espíritu, tiene la posibilidad de comulgar con Él. Cada vez que contemplamos este misterio en el recuerdo vivo del Rosario, estamos revitalizando la acción vivificante de nuestro propio bautismo, el que nos hace “cristianos”, ungidos y obedientes de la Palabra de Dios. Entrar por el recuerdo en esa realidad, es como llegar de Galilea al Jordán y empezar junto a Jesús la aventura de su vida pública. Al orar hoy, se abren también de algún modo los cielos para nosotros, y quien tenga los ‘ojos de ver’, percibe cada uno a su medida, el signo precioso del Espíritu. Esos ‘cielos abiertos’ son el preámbulo de la voz del Padre, en la suprema enseñanza a la humanidad:”ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, EN EL ME COMPLAZCO”. Seguramente es la revelación cumbre de la creación. Ya no se dice que ”vendrá un día” sino que está aquí, este es, según dijo el Bautista cuando lo vio venir. El misterio debería enunciarse como la “revelación del Hijo por el Padre y el Espíritu “. No se puede dar más. Asomarse al balcón de la gracia, al balcón trinitario del Padre y del Hijo relacionados con el Espíritu, es la cumbre de la revelación. Ni siquiera se nos pide aún escuchar al Hijo. El Padre tan solo nos revela aquí su amor, su “eudokía”, su complacencia de Padre, para que nos gocemos con él. Y el Hijo en silencio, -solo habla para acallar los escrúpulos de Juan- instituye en aquel río sagrado el camino real de la contemplación. Bendición de las aguas, como signo preparatorio y facultante o potenciante, para entrar al misterio de la filiación divina del hombre.
En el monte Tabor, –lo veremos en el cuarto balcón o misterio que da a esta plaza de luz– se exigirá por el mismo Padre, también desde una nube a Pedro, Santiago y Juan, escuchar al Hijo. Pero aquí en el Jordán, solo es necesario contemplar la escena. La intervención del Padre es solo informativa, y resume todo el Evangelio: el conocimiento de la “Verdad” del Padre, fundado en la fe de Cristo Jesús. Y es que escuchando al Padre, -y no se puede ser cristiano sin hacerlo-, se conoce en verdad al Hijo. “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo trae”, como luego dirá el propio Jesús, y “nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6)

Tres palabras bastan a los evangelistas para expresar todo el misterio de la revelación que hace Yavhé, el Dios grande de Israel, el único y poderoso Dios:”Este es mi Hijo, el amado, en el que me complazco” (Mt 3,17). Es “MI HIJO”, porque yo soy el Padre. Es “EL AMADO”, porque yo soy el Amor. Y es “MI COMPLACENCIA”, o mi buena resolución con el hombre, porque en Él lo tengo todo, y lo doy todo.
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El verbo griego eudokeo tiene una variante de su significado, que no es solamente complacerse, sino tener firme resolución de hacer algo. Podría traducirse como la decisión del Padre de recrear al hombre en libertad total, dándole a su Hijo para volver a religarlo a sí mismo por amor. Es el punto de más plena coincidencia de los Evangelios: La revelación de la Paternidad, de la Filiación y del Amor que surge en la relación. Toda la predicación de conversión del Bautista comenzó a tener en ese momento su auténtico sentido de plenitud. La preparación de Israel en sus dos mil años de historia desde el salto al vacío de Abrahán, el padre de la fe, descubrió ahora su sentido: Yavhé es Padre, Yavhé ama, Yavhé se complace en su decisión de amor al hombre. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo…” Siendo un misterio de revelación de la experiencia trinitaria de nuestro Dios, que sigue manifestándose constantemente, no hay que decir mucho más. Solo añado que nos ayuda a esclarecer la escena, el saber que María estaba allí presente, y esperando su turno de manifestar a su hijo. Lo hizo en Caná de Galilea.

3.- 2.- LA REVELACIÓN EN LA BODA DE CANÁ.
(Su madre lo presenta, e inicia el camino de la obediencia en la iglesia dándolo a conocer a los humildes, discípulos y sirvientes).

Juan 2, 1-11
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino.” Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.” Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga.” Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: “Llenad las tinajas de agua.” Y las llenaron hasta arriba. “Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.” Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.” Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

“Haced lo que Él os diga”. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná, cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. (Juan Pablo II)
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Si en tu bautizo por Juan en el Jordán fue tu Padre Santo, Jesús de Luces, quien te reveló como su Hijo, en la boda de Caná de Galilea es María, tu madre y madre nuestra,– “la Madre de Jesús”, invitada a la boda, como nos dice Juan– la que iniciará tu revelación a los discípulos, a los servidores, a la gente sencilla, a la Iglesia. Hay que repensar cada día el sentido que Juan le quiere dar al relato de lo que él llama tu primer “signo”, Jesús de los milagros, porque cada vez tiene riquezas nuevas para nuestro espíritu en desarrollo aún. Tu discípulo amado, que recibió a tu Madre en su casa -signo de la Iglesia- nos dice simplemente que ”había una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. Y también fue invitado Jesús con sus discípulos.” (Jn 2,1-2). Parece sugerir Juan, que la invitada de honor era tu Madre, que ya estaba allí cuando llegasteis, y ella te iba a revelar a los demás invitados y a tus propios seguidores. Tú eras aún el pobre carpintero de Nazaret, con un rostro, una palabra y una presencia humana cautivadora ciertamente, pero nadie te conocía aún como el Hijo de David, Señor de todo lo creado. Es una clave que nos da el hijo de Zebedeo sobre la forma de entrar aún hoy al misterio precioso de la Iglesia, al tesoro de conocerte como el hombre Jesús, pero saberte y creerte como el Cristo, el Mesías Salvador de todo hombre. Ese será nuestro camino para siempre, conocer al hombre,-a todo hombre- saber que es de Dios, y que ese misterio que había en ti, se realiza también en cada uno de nosotros. Juan pone la solución en boca de María, la invitada de honor:”Haced lo que él os diga”. Es la receta infalible para ”conocerte”, como esencia del Evangelio de Juan. Los sencillos sirvientes le hicieron caso a María, y trabajaron en la absurda tarea –vista con ojos humanos- de llenar de agua hasta el borde las seis tinajas de piedra usadas para la purificación, cuando lo que faltaba con urgencia era vino. Y lo hicieron estando en pleno trabajo y ajetreo de la boda, con el maestresala dando voces pidiendo más vino, y ante la angustia de los padres del novio que ya daban por seguro el ridículo, y que en el resto de la boda se siguiera bebiendo solo agua. Pero siguiendo el consejo de tu Madre, supieron lo humildes que hacer lo que tú digas, requiere a veces la pena de un trabajo que parece absurdo para los que no escuchan lo que dices. Los sirvientes escucharon primero a tu Madre y fueron a ti, después te escucharon a ti, y por esa escucha eficaz, fueron los únicos que ”supieron” que allí estaba la fuerza, que allí estaba el objeto de la fe de Israel. Lo normal al oirte pedir tanta agua,-unos seiscientos litros-, hubiera sido para ellos y para cualquiera medianamente prudente, dar alguna excusa, salir disimulando para otro sitio, y pensar por dentro: “Ahora, en medio de este agobio, vamos a llenar de agua seis tinajas de cien litros cada una, y solo porque tú, un invitado de última hora que encima has traído a ese montón de pescadores, que no son precisamente abstemios, lo digas; no nos faltaba más que eso…!” Y razón tendrían para su queja, porque sacar agua en Caná de Galilea no era solo conectar una manguera del agua municipal, o darle a un botón para que un motor elevase el agua de un pozo. Suponía el trabajo de trasegar con al menos tres o cuatro bestias de carga, burros o mulos, los cántaros de unos cincuenta litros, en aguaderas de cuatro cántaros llenos en las fuentes del pueblo o algún aljibe propio. Y eso no se hacía en un momento, ni sin trabajo duro. Aunque Juan no lo dice, porque es muy parco en contar las cosas de María, el mensaje y la actitud de la Madre para convencer a los sirvientes, debió de ser impresionante. Con qué dulzura y firmeza a la vez, los convenció. No solo para que fueran a escuchar lo que tú decías, sino para realizarlo inmediatamente después. Juan nos cuenta solo el resultado: los sirvientes, escucharon a María, te obedecieron a ti sacando el agua, llenando las tinajas de la purificación, -aunque no fuera la hora de ese rito, ya que los ritos de purificación habían tenido lugar al comenzar la fiesta-, y supieron así lo que de verdad había ocurrido con la sola fuerza de tu voz, de tu orden y de la escucha obediente de tu Palabra. El agua se convirtió en vino exquisito. Fueron los sirvientes humildes, en su esfuerzo tras la escucha, los que prepararon la materia del milagro que fundamentó la fe de los apóstoles y nuestra. A veces, las cosas más sencillas y rutinarias de las gentes humildes, son preparación necesaria para que se manifieste el gran milagro presente siempre de la vida. Solo son necesarios “ojos de ver, y oídos de oír”. La figura central de toda la escena, quiere el evangelista que sea María, la Madre. ¡Qué poder de convicción tiene en su voz! Su Hijo la rechaza y casi le regaña por meterse a mediadora de imprevisiones ajenas. Pero nadie pudo negarse a la que iba a ser Mediadora de todas nuestras penas y nuestras gracias. Ni los hombres, ni el mismo Rey de los Cielos pudieron resistirse a su ruego.
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Hay un paralelo precioso, Jesús traductor del Padre, entre la manifestación gloriosa del monte Tabor, donde te transfiguraste en luz, y lo que ocurrió en tu Bautismo por Juan en el Jordán y en las bodas de Caná de Galilea. En el Tabor, ante el asombro luminoso de Pedro, Juan y Santiago, el Padre resumió el sentido de toda la historia de la salvación diciendo desde la nube “este es mi Hijo amado, escuchadle”, y en el bautismo y la boda de Caná, el mensaje es el mismo, pero dicho a dúo por tu Padre y tu Madre, Jesús Hijo de Dios y de María. En el bautismo la voz del Padre dijo: ”este es mi hijo, el amado”, y completó la frase María en su entrañable complicidad cooperante cuando dijo en la boda “haced lo que él os diga”, escuchadle. Y así propiciaron ambos que se manifestase a nosotros tu poderío. Tiempo después, sobre otras aguas de purificación, y un vino nuevo, de calidad suprema, ibas a realizar también los milagros diarios de tu Iglesia, Bautismo y Eucaristía. Tu Madre parecía ya saberlo. Por eso juntaste en Caná de Galilea, con el aglutinante de la obediencia de la gente sencilla, los elementos que después identificarías con tu misma esencia: “Yo soy el agua viva…” “el vino nuevo que se echa en odres nuevos”… “tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre…” Y es que definitivamente había llegado la plenitud del tiempo, que consiste en saber que tu Palabra es la realidad profunda que sostiene la esencia de las cosas.

Los Apóstoles que vieron el milagro creyeron en ti, nos dice Juan, pero algunos innominados servidores sencillos, que también creyeron, conocieron además otra verdad sublime: la mediación maternal de María, y supieron la fuerza que tenía contigo. Es el mensaje para hoy, si oramos con María, si hacemos lo que dices tú, los novios de la boda seremos nosotros. Si trabajamos en sacar nuestra agua, cubo a cubo, ‘avemaría’ tras ‘avemaría’, seguramente tendremos pronto el vino del conocimiento de tu poderío sobre todo lo que existe.

Aunque el comentario de tus signos, y la meditación de tus misterios de manifestación no tiene fin, es bueno fijarse en algún punto concreto cada día que se contempla alguna escena del Evangelio que te anuncia. Llama la atención por ejemplo en las bodas de Caná, la prudencia tuya y de tu Madre, que hicisteis las cosas sin poner en evidencia a los novios ni a sus padres por aquella carencia que los habría puesto en ridículo. Hubiera sido un mal comienzo de matrimonio, y también hubiese afectado, o retrasado al menos, el comienzo de tu vida pública y la fe de los tuyos íntimos, en ti. Seguramente que antes de acudir a ti, ya habrían intentado los criados buscar todo el vino disponible en aquel pueblecito, pero sus esfuerzos resultaron inútiles, se habían bebido todo lo disponible en aquella boda, y fue tu Madre la que sabiendo que eras el Señor de las soluciones, hasta cuando las cosas parecen imposibles al hombre, la que no solo acudió a ti, sino que enseñó a los humildes la técnica perfecta de obtener un resultado de tu omnipotencia: “Haced lo que Él os diga”. Y se expusieron a cumplir lo que dijeras, fuera lo que fuese. No quiero ni pensar el escándalo y la vergüenza de los novios y de los invitados, si en vez de hacer el milagro hubieses dicho “decidle a todos que se vayan, que ya han comido y bebido bastante”, o decidle “que ahora beban solo agua, se pongan a rezar conmigo, y se dejen de alcohol y comilonas”. O quizás, “que reúnan todos en una misma sala que mis discípulos van a aprender con ellos a predicar el Evangelio”. Humanamente hubiese sido razonable, y nosotros quizás lo hubiésemos hecho así. Pero tú no eres humanamente razonable en las cosas de la salvación, Jesús de las sorpresas. De hecho tu misma Madre, poco después, junto con otros parientes, fue a buscarte a otra de aquellas reuniones tuyas, porque les habían dicho, y así lo creyeron, que estabas loco, fuera de todo lo razonable en tu entrega a la gente (Mc 3,21). Lo que hiciste en Caná de Galilea, fue muy notable en su resultado para todos los invitados que bebieron a placer el mejor y más abundante vino de su vida, pero la “Verdad”, la escasez de lo necesario en aquel momento, y tu señorío sobre todos los elementos, eso solo lo conocieron unos pocos. Ni siquiera se nos dice que hablaras con el novio, ni con el maestresala que se quedó alucinando con el vino nuevo. El ‘Signo’ solo lo entendieron los que en tu palabra, ‘habían sacado el agua’, ‘los sirvientes’ (Jn2,9). Y no lo olvidarían nunca, porque comprendieron que era parte de tu Evangelio, de la Buena Noticia de cercanía del reino, de tu estilo de hombre-Dios para siempre.

3.-3.- JESUS PROCLAMA SU EVANGELIO DEL REINO.
LA “BUENA NOTICIA” ES ÉL MISMO ENTRE NOSOTROS.
(Jesús se revela a sí mismo en su propio Evangelio.)

MARCOS 1,14-15
Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.”
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Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del reino de Dios e invita a la conversión perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el misterio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo.(Juan Pablo II)

En el Evangelio de Marcos, la predicación del Evangelio que hacía Jesús, tiene en esencia cuatro puntos:
1.- Ya está en plenitud el tiempo del hombre.
2.- Porque el Reino de los Cielos ya está aquí.
3.- Convertíos. Cambiad vuestra mentalidad (meta-noiete).
4.- Creed en el Evangelio.

Vinculado a la oración del Rosario, este misterioso balcón de gracia nos hace contemplar directamente muchas de las virtudes o ideas de fuerza, que vimos al comentar el “avemaría”. La ‘plenitud del tiempo’, llega en la plenitud de gracia de María, de la que brota aquella ‘raíz de Jesé’ que esperaban como signo del Mesías las gentes de Israel. La gracia que le pedimos al principio de cada avemaría, cuando decimos “Gracia, plenitud de gracia”, es la aceptación hoy de que el ‘tiempo está cumplido’, y sigue presente para nosotros la hora de la gloria de Dios. La cercanía del reino de los cielos, como eufemismo de la cercanía de Dios al hombre, la contemplamos cuando decimos “el Señor está en ti”, o contigo. Dios se nos acerca por María, y aún hoy conocemos mejor su cercanía por ella. Esa es su forma de ser “Madre de Dios” en cada uno de nosotros, su forma de darnos a luz en Dios al mostrarnos la imagen que llevamos dentro. El reino de los cielos está tan cerca ya, que está dentro de nosotros.

La ‘metanoia’, -cambio de mente o conversión que pedía Jesús, facultando para ello con su proclamación al que quisiera escucharlo-, se hace también mucho más efectiva y rápida, más completa y sin desperdicio alguno de tiempo ni de esfuerzos, cuando interviene en su proceso la que sabe cómo hacer que Jesús actúe. ‘Ruégale en nosotros pecadores’, es la petición de gracia que supone el instrumento más efectivo para la conversión, para el ‘cambio de la mente’ del hombre a la mente de Dios. Si María ruega en nosotros, y por nosotros, la oración, en todos sus grados será efectiva.

Y la ‘fe en Él’, en la Buena Noticia de nuestra filiación divina, está también en la base de la última petición del ‘avemaría’ como la propusimos al principio de este libro: ‘ruégale en nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte”. Porque esa es la buena noticia que nos trajo Jesús, que tras la muerte hay vida. Que el Reino de los cielos que tiene su comienzo en este mundo, no es de este mundo, sino que tiene el suyo propio al que se entra por la puerta de la muerte. La llave de esa puerta estrecha, nadie la había encontrado hasta que Él llegó. Nadie había muerto en cruz para salvar a otros, porque nadie conocía al Padre, sino el Hijo, y hoy lo conocen aquellos a los que el Hijo se lo quiera enseñar. Nadie había sido Maestro y doctrina a la vez, nadie había sido Señor sirviendo. Asomados a este balcón de gracia, se contempla en perspectiva amplia, la palabra y la obra completa de Jesús: el reino ya está entre nosotros con toda su fuerza, con toda su mistérica luz. Lo ven y disfrutan los sencillos que entran a él por la oración, porque la conversión que pide su Evangelio, es principalmente conversación.

3.-4.- TESTIMONIOS DE JUAN EL BAUTISTA.
(Lo presenta el profetismo de Israel).

-El que viene detrás de mi, se ha puesto delante de mi.
-Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
-El que tiene a la novia es el Novio.

JUAN 1, 29-36
En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.” Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.

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Especialmente cierto para los que viven en la oración constante, es que cada día se descubre algo nuevo en ella. La propia vida y el mundo que nos rodea, sabiéndolo leer, es un libro que nos habla de Dios. Hasta al “más grande de los nacidos de mujer”, que hasta la llegada del Mesías, fue Juan el Bautista, según el mismo Jesús, le ocurrió que en un momento de su vida, pudo ser consciente, pudo leer con claridad que Dios estaba allí. “Ese es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Y es que para los que quieren conocer a Dios, los días no se miden o cuentan por horas solares, sino por luces de su “Sol que nace de lo alto”. Cada revelación, cada regalo de conocimiento, cada ‘mandamiento’ o envío de su gracia, cada paso en la consolidación de esa gracia, es realmente un día suyo, su ‘hora’ en nosotros. Así Juan Bautista descubrió con nueva profundidad lo que luego significaría para los evangelistas, especialmente para su propio discípulo Juan el de Zebedeo, un término aparentemente locativo, un adverbio de lugar que aplicado a la relación con el Maestro se convierte en una revelación de la puerta para entrar a su reino, y del modo de encontrarlo. El término en griego es “opiso” y significa “detrás”, “hacia atrás”. Cuando es preposición de genitivo significa “detrás de”, y es usado el término en los Evangelios en pasajes clave, especialmente referidos al encuentro y seguimiento de Jesús: “El que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y venga detrás de mí (opiso mou). Pero la gran riqueza del vocablo es la adverbial de los escritos de Juan, especialmente en tres pasajes de no fácil traducción, que hacen reflexionar, no solo en cuanto al mensaje de la fe, sino incluso en cuanto a la antropología de aquella escuela gnóstica, o de conocimiento, cuya técnica parece recoger el cuarto Evangelio. Los tres pasajes son claves para entender su mensaje de encuentro con Jesús, y el modo de conocerlo y quedarse con él. Son estos:

1.-“..Detrás de mí ha surgido un hombre, que se ha puesto delante de mí, ya que él era lo primero, –lo mas importante- para mí. (Jn 1,30)

2.-“Estaba María Magdalena llorando fuera, junto al sepulcro… ‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’, dicho esto se volvió hacia detrás de ella, y vio a Jesús que estaba allí, pero no sabía que era Jesús… (Jn 20, 11-14)

3.-“Yo Juan… me encontraba en la isla de Patmos… Un Día del Señor caí en éxtasis, y oí detrás de mí una voz como de trompeta… Me volví a ver que voz era aquella, y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio del los candeleros, como a un hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido el pecho con un ceñidor de oro…” (Ap. 1, 9-19)
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Tres encuentros personales que son modelo y enseñanza de todos los encuentros de luz que en esta vida actual puede tener el hombre con el Cristo Cordero de Dios, dueño de todo. El genoma humano ha desarrollado incluso físicamente, ese modo de conocimiento intuitivo del hombre, para la comunicación con el mundo de su entorno externo, hacia una misma dirección que llamamos “adelante” o “por delante”, donde se encuentran sus sentidos o instrumentos más urgentes de comunicación: la vista, el olfato, la boca, etc. Incluso los pies y las manos se han desarrollado para actuar en esa dirección que llamamos “hacia delante”. El resto del cuerpo es “detrás” o “al lado”. Incluso los giros del cuello o de los brazos, solo alcanzan un ángulo determinado de ese sector oscuro del desarrollo que es la espalda, y el resto queda en la sombra, fuera de la sensación directa, salvo con el tacto. No digamos nada aún de nuestros términos “hacia arriba” o “hacia abajo”, pero Jesús les dará su propio sentido dentro de toda la esfera humana de conocimiento, de su cosmos propio que contiene infinitas direcciones. Y es justamente en ese ángulo oscuro de percepción corporal, que llamamos “detrás” o espalda, donde la inteligencia del misterio se hace encuentro en el místico Juan. “Volverse sobre sí mismo”, o dicho de otra forma, “convertirse”, es una técnica de encuentro con otra realidad que se proclama como puerta del reino de los cielos. Advertir la presencia del cordero de Dios, del Señor, del amado del Padre y de los hombres, que sabe decir con propiedad ‘yo soy el primero y el último “.. y el que está vivo por los siglos de los siglos…” es el objeto de toda proclamación o celebración del misterio que hace la Iglesia, incluyendo la oración sencilla del Rosario rezado en la intimidad del corazón solo ante Dios, en esa zona casi desconocida que está detrás de mí, y si me vuelvo se coloca delante de mí. Probablemente el gesto de humillarse sobre el suelo, “caer a sus pies” o “abrazarse a sus pies”, que vemos en los personajes que se encuentran con Jesús, en su tiempo de hombre nazareno o ya resucitado, pueda sea significativo para entender que se trata de cerrar un sector del sentido de relación, el que hace referencia al mundo o cosmos cercano, para abrir otro mucho más amplio, el que hace relación a Dios, a la luz del ‘mundo de Dios’, objeto de su amor. En ese sentido va el versillo magistral de nuestros místicos sobre la técnica del encuentro: ”Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior, y estarse amando al amado”. No es solo una teoría, sino toda una práctica que se pone en escena en la oración personal que busca la “puerta de salida” hacia el encuentro. La gran salida hacia atrás, la conversión ya irreversible y definitiva, será la muerte.

Un símbolo precioso del instrumento de comunión e inercia para el camino que lleva al encuentro gozoso, que llevamos detrás, son las alas que ponemos a los ángeles en la iconografía, e incluso en las descripciones de la liturgia del cielo que hacen los escritores sagrados, porque obviamente los ángeles, arcángeles, querubines y serafines, no tienen alas físicas, con plumas, pues son pura intuición comunicativa. Esa intuición la desarrollaron también en grado sumo, Juan Bautista, Juan Evangelista, María Magdalena, y sobre todos ellos, la que hizo carne suya, hijo de sus entrañas, la “intuición” o experiencia interior de la Palabra de Dios, María de Nazaret. Basta ver las escenas de la Anunciación y de la Visitación, que cuenta S. Lucas, o todos los encuentros del Apocalipsis.

OTROS TESTIMONIOS DE JUAN EL BAUTISTA.

1.- De su plenitud recibimos todos, gracia para estar ‘ante’ la gracia de Dios. (jaris anti jaritos) (Jn 1,16). Gracia para responder a la gracia, y poder estar en su presencia. Para Juan, Jesús es “el que bautiza con Espíritu Santo”. Es la fuente del agua viva, del Espíritu para los hombres de todos los tiempos. Es el Cristo, El Ungido de Dios,“Uno que está en medio de vosotros, y a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.”(Jn 1,26-27)

2.-“He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Jn 1,29) El Elegido de Dios, el Hijo de Dios, es el que va a recibir la oración que hacemos por María cuando le pedimos “Ruega por nosotros pecadores”. El drama de la Ley, era el pecado, que fue cargado y limpiado por el Cordero de Dios. Pero la gran riqueza del testimonio de Juan, su novedad, fue señalarlo y decir “he ahí el
Cordero de Dios”, ese es. En nuestra Eucaristía se sigue repitiendo el gesto, cumbre del encuentro personal, cuando dice el sacerdote mostrando el pan convertido en su cuerpo:”este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

3.- Especial importancia para la oración sencilla del Rosario tiene el testimonio del Bautista que se recoge en Jn 3, 22-36, por ser un eco de la oración de María, que Lucas transcribe en la visita a Isabel, y que Juan evangelista debía conocer de boca de la misma Madre de Dios, a la que recibió en su casa: “El que tiene a la novia es el novio… El amigo del novio, que está (presente) y lo escucha, se alegra de su gracia, (jara jairei) con la voz del novio. En él mi alegría ha llegado a la plenitud”.

En el ambiente de los discípulos del Bautista, Jesús es ‘El que viene de arriba… El que viene del cielo, que está por encima de todos…”Yo lo he visto y doy testimonio de que ese es el Elegido de Dios… Que regala el Espíritu sin medida, porque es el amado del Padre, que lo ha puesto todo en sus manos…” Y así se prendió la Noticia. La manifestación y llamada a los primeros discípulos, tal como Juan lo cuenta (Jn1,19-51), es la Epifanía del ‘martirio’ o testimonio del “hombre más grande nacido de mujer”. El Bautista testimonió a Juan y Andrés, estos a Pedro, –y seguro que a Santiago- sus hermanos, enseguida a Felipe, y este a Natanael. La fórmula es la misma para todos ellos: se encuentra con uno… lo llama, (sígueme) ven y ve… y el llamado se queda con Jesús, que lo identifica a veces con un nombre nuevo, descriptivo de lo que va a ser en la Iglesia, casi un apodo. Tú te llamarás Piedra… Ahí tenéis a un israelita de verdad… los ‘Boanerges’, hijos del trueno… Y los llamados darán testimonio entre sí mismos y a la gente, hemos encontrado al Mesías… Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tu eres el Rey de Israel… Así empezó la vida pública de Jesús, y recordarlo lo trae a la nuestra.

3.-5.- JUAN Y ANDRÉS LO ENCUENTRAN, Y LO ANUNCIAN A SUS HERMANOS: “HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS”
(Los sencillos presentan a Jesús en el boca a boca.)

JUAN 1,35-51 Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: “He ahí el Cordero de Dios.” Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Rabbí – que quiere decir, “Maestro” – ¿dónde vives?” Les respondió: “Venid y ved.” Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Este se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” – que quiere decir, Cristo. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas”- que quiere decir, “Piedra”. Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: “Sígueme.” Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: “Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret.” Le respondió Natanael: “¿De Nazaret puede haber cosa buena?” Le dice Felipe: “Ven y lo verás.”Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.” Le dice Natanael: “¿De qué me conoces?” Le respondió Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.”Le respondió Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.” Jesús le contestó: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.” Y le añadió: “En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

Juan Bautista fue el final del Antiguo Testamento y la señal del Nuevo, pero aquella mirada tuya, Maestro de toda novedad, a dos jóvenes que te seguían una mañana a la orilla del Jordán, y la pregunta directa e hiriente -“¿Qué buscáis?-, dio comienzo la Iglesia de Apóstoles, de gente que llama a otra gente, de Noticia que va de boca en boca. Antes María y José, aunque sabían quien eras, no habían llamado a nadie. Les bastaba con ser para ti, dedicados totalmente a ti, pendientes de tu crecimiento en “sabiduría y en gracia” como hombre de Dios. Y sin llamar a nadie, María y José recibieron a los que fueron a verte. Pero cuando llegó el día para ellos, los jóvenes Juan y Andrés empezaron a llamar a sus hermanos y amigos. Aquella “hora de tercia” fue la más impresionante que habían vivido hasta entonces los jóvenes pescadores, buscadores de experiencias religiosas. Si releemos el Prólogo, y el Evangelio entero de S. Juan, en la clave de aquel primer encuentro, todo tiene un sentido nuevo. “Lo que existía desde el Principio” se hizo realidad para Juan y Andrés aquel día. La puerta de la eternidad se abrió ante sus ojos. “¿Qué buscáis?”… “Maestro ¿dónde vives?…”venid y ved”. Y se quedaron con Él “aquel día”. ¿Qué les mostraste Jesús de Nazaret? ¿Fue solamente dónde vivías? ¿No sería también cómo, y con quien vivías? El sentido del encuentro lo da el mismo Evangelio unas líneas antes cuando dice “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. (Jn 1,9) Y es que aquel encuentro se convirtió en la entrada de luz a un mundo nuevo, tu mundo de Palabra, Jesús Verbo de Dios, en el que vivía tu madre desde hacía treinta años. El punto de partida de ese nuevo mundo fue el testimonio de Juan Bautista, no solo a sus propios discípulos, sino a los sacerdotes y levitas enviados por “los judíos”. En una serie de encuentros diarios, el evangelista nos va desmenuzando sus impresiones extraordinarias de conocimiento. “Al día siguiente…” es la fórmula que usa el Evangelio para secuenciar los preparativos de la gran revelación personal. Para Juan, el encuentro personal con Jesús es el último y definitivo día de la creación.
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El testimonio de aquellos dos jóvenes inició la propagación de tu Noticia, Jesús del último día y del primero: “Hemos encontrado al Mesías”, vinieron proclamando a sus hermanos y a compañeros de trabajo. Simón el pescador, hijo de Juan, vendría a ti por aquella primera llamada de su hermano Andrés. Tú lo llamaste Pedro. Después serían Felipe y Natanael los que repetirían la secuencia, y la semilla estaba en marcha para su crecimiento. “Tres días después” tuvo lugar el primer gran signo para ellos, en las humildes bodas de Caná de Galilea, hoy las más famosas, cuando a petición de tu Madre que hizo de anunciadora y presentadora en ese mundo tuyo de los signos, convertiste el agua en vino, la escasez del hombre en abundancia tuya. Y aún está abierta la puerta para todos los que hemos de entrar al mundo de tu encuentro. No se necesitarán grades proezas, basta en principio escuchar y ver donde vives, Maestro de los hombres que buscan al Dios de la Verdad. Todos tenemos acceso a este misterio de la primera llamada que se hace consciente. Después se descubre, como hizo el Bautista, que desde siempre “venías detrás de mí”, pero empieza el camino contigo cuando te pones “delante de mí, porque existías antes que yo” (Jn 1,15), y porque me amabas antes que yo te conociera o hubiese oído hablar de ti. Descubrirte y anunciarte a los hermanos es la “gracia sobre gracia” que asombró a Juan y Andrés aquél día sobre la hora décima. Jóvenes, ardientes, religiosos, buscadores de Dios y comprometidos ya con el Bautista y su rito purificador de agua, lo oyeron testimoniar sobre ti, que pasabas. “Ese es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. No hubo pensamiento previo, sino solo acción. Su juventud de búsquedas frustradas en noches de silencios, se vio de pronto ante la luz del día de tu encuentro. Una palabra simple prendió la mecha de su explosivo corazón, y sin decir palabra, se fueron detrás de aquel hombre raro, silencioso, que caminaba solo, que no se había comprometido antes con nadie, que no había estado gritando con Juan, ni con los sacerdotes, ni con los escribas, sino que solo “pasaba por allí”. Y al pasar fue visto por los “ojos de ver” que tenía el Bautista. Su testimonio fue escuchado por los “oídos de oír” de dos predestinados. Y sin decir nada, simplemente te siguieron. ¿Habían hablado antes contigo alguna vez? ¿Sabían al menos que eras Jesús, el hijo del carpintero de Nazaret? Felipe, que llegó después, sí lo sabía, porque así te anunció a Natanael. “Felipe se encuentra con Natanael y le dice: “Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.” Le respondió Natanael: “¿De Nazaret puede haber cosa buena?” Le dice Felipe: “Ven y lo verás.” (Jn 1,45-46). Y también fueron, y de forma especial Natanael o Bartolomé, sintió que de Nazaret salía un conocimiento profundo del hombre. Bastó una palabra para que te descubriera personalmente como el Mesías prometido: “Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi”. Antes que te viera él a ti, Jesús escondido, tú ya lo habías visto a él, y lo habías elegido para que se acercara. La conexión de gracia de todas las células personales de tu cuerpo de gloria, que es tu Iglesia, estaba comenzando a establecerse. Idas y venidas, ojos abiertos, oídos atentos, corazones prestos llenos de esperanza que buscaban desde siempre encontrar el amor… y Tú, Principio de todo, comenzaste a recrear ante tus ojos de hombre la criatura primera que soñaste con tu Padre cuando creasteis a Adán ante vuestra presencia de Dios. El nuevo período de la evolución del hombre, estaba surgiendo de la nada. De su nada y de tu omnipotencia. Y esta vez fue distinto. Antes fue el hombre de la carne, y ahora el hombre de la luz. Adán no tuvo Maestro, por eso se perdió. Juan y Andrés, Santiago y Pedro, Felipe y Natanael, te encontraron a ti y la vieja serpiente no los pudo engañar. Su primera palabra tras tu mirada y tu pregunta fue “Rabbí, Maestro”…”Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. La primera pregunta de los maestros de la ley y los fariseos en el mismo ambiente de Juan Bautista había sido bien distinta. “Quien eres tú” “¿Por qué bautizas?”. Eran preguntas para el ataque, para la condena de todo lo ajeno a ellos. Juan y Andrés en cambio no dijeron nada ante el testimonio de tu primo el Bautista, Jesús del silencio activo. Simplemente comenzaron a andar detrás de ti, y ante tu pregunta provocante, -”¿Qué buscáis?”- proclamaron la primera verdad del Evangelio, “Maestro, ¿dónde vives?”. Todo lo demás es una consecuencia de ese primer impulso de conocimiento tras la experiencia de tu mirada y de tu voz. La sencilla oración es así. Apenas una mirada, un impulso, una seguridad, una experiencia en el camino de la vida… y quedarse contigo. Después vendrá llamar a los hermanos, contar, cantar, comer y ayunar contigo, asombrarse, dejarlo todo, encontrarlo todo en tu mirada, en tu palabra, incluso escandalizarse de tu cruz, y alucinar por fin con tu resurrección. Pero el principio fue tan simple como tu propia respuesta, Cristo amigo, “Venid y ved”. La obra había comenzado con la primera piedra, y sus cimientos los habías puesto en el Espíritu Santo. Ellos vinieron y vieron. Y aún hoy, todonel que viene a ti, ve.

3.- 6.- SE TRANSFIGURA POR LA FUERZA DE SU GLORIA EN EL TABOR.
(El Padre lo confirma de nuevo para la Iglesia: “Este es mi Hijo”.
Y nos regala la obediencia o audiencia de la fe: “Escuchadle”)

Marcos 9, 1.- Les decía también: “Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios.
Mateo 17,1-8 .- Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.” Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo.” Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

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“La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo “Escuchen” (Lc 9,35 y paralelos) y se dispongan a vivir con Él, el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II)
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Dejaste ver tu verdadera Luz en el albor que brillaba como el sol en tu rostro, Jesús carpintero humilde, y en blancura de estrellas vieron tu ropaje y tu cuerpo de hombre. Desde tu luz de Dios, sin dañar los ojos de los que te veían, marcaste para siempre sus vidas y las nuestras, porque era la luz de la verdad, la Verdad de quien eres. Hiciste luminoso tu cuerpo desde dentro hacia fuera, y diste cumplimento a tu propia definición: “Yo soy la luz del mundo” “Yo soy el que te habla”. Por eso tu Padre que te conoce bien, nos habilitó ese día los instrumentos precisos para la relación contigo, unos ojos que ven y un corazón que escucha: “Este es mi Hijo Amado, ¡Escuchadlo! (Mc 9,8).

“En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no morirán, sin que hayan visto el reino de Dios presente entre nosotros con toda su fuerza”, habías dicho tú, y esa fue la introducción que hacen los tres evangelistas que relatan el hecho. El anuncio que les hiciste, fue cómputo del tiempo, porque dicen que “seis días después (unos ocho, según Lucas) Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó tras de sí a un monte alto, y se transfiguró ante ellos”. Les diste así una prueba del reino presente en su fuerza de luz, a ellos y a nosotros que un día esperamos ser como Tú.
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La ‘metamorfosis’ o transfiguración, que supone la presencia de la plenitud del reino, está vinculada al misterio pascual de muerte y resurrección, y de ello hablaban contigo Moisés y Elías. Pero “metamorfosis” no es un término técnico usado con frecuencia en el Nuevo Testamento, solo aparece en este relato de Mateo y Marcos, -Lucas dice que “te volviste otro”- y dos veces más en las cartas de Pablo. Romanos 12,2 dice: “No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cual es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Y en 2Co 3,18: “Por nuestra parte con la cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez mas gloriosa, como corresponde a la acción del Espíritu del Señor”.

La experiencia personal que supuso esa transformación de Jesús, fue anuncio de la nuestra como dice S. Pedro en su segunda carta. “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: ”Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo”. (2Pe 1,16-18)
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Solo en el marco de la oración en el que sitúa S. Lucas el acontecimiento de la transfiguración o metamorfosis de luz, alcanza todo su sentido la visión anticipada de la gloria de Jesús, en relación directa con la manifestación que hace el Padre de su complacencia o eudokía permanente. Parece como una invitación a la acción más universal de la Iglesia: la oración de escucha, la obediencia, la ob-audiencia manifestada en escuchar, conocer y seguir “la Verdad”, que es el Evangelio de Jesús. Es también el nuevo mandamiento del Padre en el monte de la transfiguración o metamorfosis del hombre de carne en hombre de luz: ESCUCHADLE. La razón está clara. Lo podremos ver en su auténtica y verdadera naturaleza de luz porque: Este es mi Hijo, el Amado, el Predilecto, el Elegido. Por todo eso, ¡Escuchadle¡ Hubo pues dos de nuestros sentidos corporales implicados en el misterio, la vista y el oído. Pero ese mandamiento del Tabor no es solo una orden que haya que cumplir, sino también un regalo para poder entrar en comunión. Es el auténtico poderío del amor regalado a los hijos de Dios: el poder o posibilidad de escuchar al Hijo Único. Esa es la parte de nuestra herencia que nunca nos será quitada ni cambiada (Lc 10, 42), porque en realidad es la única cosa necesaria para el hombre de Dios: conocerlo y escucharlo.

Es admirable que S. Juan, el discípulo amado, el evangelista de la Luz, y uno de los tres testigos de la transfiguración de Jesús en el monte alto, no nos cuente este episodio. En cambio, en el de la boda de Caná de Galilea, pone en boca de María su Madre la misma recomendación del Padre desde la nube. No dice escuchadle, sino “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Esa es la forma y estilo de escuchar que recomienda la Madre a los sirvientes en aquella boda, símbolo perfecto de la obediencia en la iglesia. Aquella ob-audiencia, o escucha activa hizo que Jesús se manifestase a los invitados que empezaban a creer en Él, a los suyos. Nuestra carne se hará luz como el agua se hizo vino, haciendo lo que Él nos diga, y para eso es necesario escucharle. En el marco de la oración del Rosario, este balcón de gracia abierto en la escucha a la Palabra, trae sin duda muchas sorpresas a los que se asoman a él. Y quizás la más apreciable e inmediata, es el inicio de la propia transformación en la gracia de la “Llena de Gracia”. Nuestra metamorfosis ahora, como dice S. Pablo a los corintios, es la acción del Espíritu en nosotros. Rezar despacito el Rosario, asomados a los misterios luminosos de la plaza de la Luz, trae esos regalos. En el relato de Mateo, lo que más entusiasma no solo es la impresionante novedad de un hombre trasformado en luz, sino la misma luz nueva del “Día del Señor” o Domingo cristiano que quiere relatar el evangelista, y por eso, sin fecha ‘a quo’, dice simplemente “seis días después” para situar el suceso en el día séptimo, el día del Señor. Todo el Antiguo testamento parece sintetizarse en el Tabor con el testimonio de presencia y de conversación de sus dos grandes representantes Moisés y Elías. Ni siquiera la teofanía del Padre en la imagen clásica de la nube, que ya había tenido lugar en el bautizo de Jesús en el Jordán, o simplemente en los “cielos abiertos” que relata el mismo Mateo, fueron tan creativos. Allí, en el Jordán, solo se oyó a la Voz decir: “Este es mi Hijo amado. O “Tú eres mi Hijo, el amado.” Pero aquí, en el Tabor, se añade la clave del gran regalo del Padre al hombre. No solo es información sobre la persona del Hijo, el amado, sino que toda la teofanía parece tener un impulso creativo manifestado en su imperativo: “¡Escuchadle!” Y es que los imperativos de la voz del Padre son el fundamento de toda la creación. Cuando en el Génesis dice: “¡Que haya luz…, y hubo luz! ¡Que haya un firmamento…, e hizo Dios el firmamento”. Con sus imperativos creadores, se formaron los cielos, la tierra y todo lo que en ellos existe. Así estuvo “seis días” creando el universo, según nos dice el libro del Génesis, y ahora, “después de seis días…” el mismo Padre, que desde aquellos seis días estaba en su “descanso”, vuelve a mostrar su autoridad con el mandato definitivo para su creatura el hombre: ¡ESCUCHADLE! Parece una orden, pero en realidad es un “mandamiento creativo”, el gran regalo del Padre a su criatura preferida, para que pueda experimentar lo que Él también goza en su eternidad. Es decir el Padre desde su nube nos regaló los oídos necesarios para oír, los ojos para ver, y las manos para acariciar al que ya era objeto de su amor: su Hijo, el Elegido, el Predilecto, el Amado. La facultad de escuchar su propia Palabra estaba en marcha para el hombre de la tierra. Juan, el único testigo privilegiado de aquella escena que además de Apóstol es evangelista, no hace mención expresa a ella, sabiendo que fue en aquel monte donde se posibilitó el cumplimiento de la Nueva Ley del Amor, la escucha de un hombre que habla al corazón, Jesús de Nazaret, porque su auténtica persona, su esencia, es ser la Palabra de Dios. Pero quizás el autentico efecto de aquella teofanía del Tabor que no quiso contar Juan en su Evangelio, lo proclama en el Prólogo de su primera carta, donde lo invade el éxtasis: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos sobre la Palabra de la Vida, pues la vida se manifestó (en Él) y nosotros la hemos visto y damos testimonio… os lo contamos para la comunión con el Padre, y con su Hijo Jesucristo… para que nuestro gozo sea completo en esa plenitud” (1Jn 1,1-4) Muchos años después de sentir la experiencia extraordinaria de un hombre transfigurado en luz, Juan sigue entusiasmado, “enlucinado”. Y es que el regalo del Padre en el monte Tabor, -aquellos “oídos de escuchar y ojos de ver”-, lo facultó para percibir la Palabra de Dios que se estaba manifestando plenamente en Jesús. Todo el Antiguo Testamento parece solo un ensayo de ese episodio. Las teofanías a Moisés y los profetas, son preparación de la tierra que había de acoger la semilla de la Verdad, el Evangelio de Jesucristo vivo en la Palabra, que se recuerda en la oración sencilla con todo su misterio: “Una nube de luz los envolvió en su sombra” dice Mateo, y es perfecta definición del Evangelio.

3.-7.- INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA.
YO SOY EL PAN VIVO, DE LA VIDA… YO SOY LA VID, LA CEPA DEL VINO NUEVO.
Lucas 22, 19-20.- Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”.

Juan 6,35.- “Jesús les dijo: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás…

6,41 Los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”…

15,5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada.

“Misterio de luz la Eucaristía en la que Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo” (Jn 13,1)” (Juan Pablo II).
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La Eucaristía culmina el misterio del conocimiento y presencia interior de Dios en el hombre. Este misterio no se puede ‘rezar’ sometiendo la sencilla recitación del Rosario a una consideración teológica. El estudio, la celebración y la experiencia son etapas distintas. El encuentro que se anuncia, es como un banquete nupcial, en el que el estudio teológico sería el tiempo del adorno y embellecimiento de la novia, la ceremonia que une para siempre, sería la celebración pública del sacramento, y el encuentro personal en soledad acompañada, sería como la cumbre del amor, la noche de bodas. La oración personal es el ambiente insustituible en todas las etapas del encuentro. Y en el rosario no puede ser de otra forma. Aunque toda la vida de Jesús es un misterio de cercanía de Dios, que en Él puede experimentarse, el lugar y tiempo del encuentro íntimo es siempre una “Eujaristía”, una acción de gracias al Padre que brota del mismo encuentro como principio y fin de toda la oración. En la imagen que hemos elegido para entrar al rezo del Santo Rosario como si fuera una casa grande o castillo, la Eucaristía, más que un balcón a la calle, sería una puerta de entrada a la estancia íntima del Esposo, Dueño y Señor del castillo, para allí comer y estar con Él. Rezar conscientemente en este misterio, es entrar en el cenáculo, en la sala de banquetes, donde se celebra la boda permanente. En el rezo del Rosario, devanar avemarías en el movimiento interior que llamamos piedad, es como ir enmarcando el centro del misterio, que son las Palabras de Jesús entregando su cuerpo para ser comido y su sangre para ser bebida. Es una experiencia de relación personalísima, que mide nuestro grado de fe y a la vez –por eso también es misterio- nos hace pueblo suyo, familia en la gran mansión del Padre, hijos en el Hijo, de la estirpe de los Hijos de Dios. El saludo petición que hacemos a la Madre en cada “avemaría”, repitiendo el anuncio del Arcángel Gabriel, es justamente “Jaris, kejaritomene”. “Gracia, de tu plenitud de Gracia”, y la EU-JARISTÍA, es la acción de gracias por excelencia, la plenitud cristiana de la acción de gracias. Asomarse en la oración sencilla con lo ojos de María, a la sala donde se celebró la Cena de Pascua, y encontrarse en ella con la primera Iglesia, en la presencia siempre viva de Jesús, es una realidad que no solo se percibe en la celebración del sacramento, es decir en la misa, sino que tiene un eco vivo en la oración sencilla, también viva, del Rosario. Eu-jaris-tía, es ahora acción de gracias en la gracia que reside en María y de ella brota, convertida en presencia de su Hijo, su carne y su sangre, alimento para el hombre que ora. La experiencia no tiene más sentido ‘lógico’ que esa palabra o Logos que todo lo crea y lo recrea en una acción permanente hacia el Padre.

Fijar la mirada interior, ese sentido interno donde tenemos el monitor de orientación en los caminos del Espíritu, sobre algún punto de reserva de la Eucaristía, sobre algún sagrario que conozcamos, durante los minutos de recitación de las diez avemarías con las que acompañamos la mirada a este enorme misterio, es encontrar con seguridad la fuente de la vida. En ella la realidad de la fe, se va haciendo experiencia en la sencilla piedad orante. El camino de vida recobra sentido de marcha, y el caminante obtiene alimento para seguir andando. La oración sencilla del Rosario, se convierte así en un poema de amor al que ‘pone su vida en mis manos’, para unirse a la mía cuando oro, y sucede algo en cierto modo parecido a lo que sucede en la Eucaristía, cielo y la tierra se unen en las manos del hombre y dan gracias a Dios por la sangre de la Cruz: ”Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Esta es mi sangre que será entregada por vosotros, y por todos los hombres, para el perdón de los pecados.” Riqueza incomprensible que conlleva entrar en el principio y el fin de la vida en un mismo acto.

La fórmula eucarística: “ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS”, no es solo que será entregado en nuestro lugar, como pago de una pena merecida por el pecado. Ese solo sentido sería demasiado cruel. Al menos como otro punto de vista positivo para la oración sencilla, podemos entender esa realidad como que Él, en cuerpo y alma, se pone en nuestras manos para que nosotros lo entreguemos en acción de gracias al Padre, y en alimento a los hermanos. Se hace así, no solo signo del amor del Padre y suyo hacia nosotros, y nuestro hacia Él, sino signo del amor entre los hermanos. La vida que Él entrega en nuestras manos, es el ‘ambiente de amor’ que hace posible la conversión del hombre en imagen de Dios. Así nos sabemos hermanos, y así los cristianos nos hacemos Amor, en la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
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Es tan grande el amor que nos trajiste, Cristo bendito, que te pones en manos de los hombres para que te entreguemos unos a otros, haciéndonos amigos, amantes, hermanos, y haciendo de esa entrega el signo válido y eficaz del gran poder que le has regalado al hombre: El PODER SER HIJOS DE DIOS (Jn 1,12). Solo tú eres capaz de hacer un acto semejante, porque sabes de cierto que tu vida de Dios no acaba nunca, que es imposible agotarla. Cuando te entrega el hombre, y se entrega contigo, prendido de tu luz, salta el vacío que le dejaron otras voces sin sonido coherente, otras imágenes de personas sin rostro de amor, otras esencias sin olor ni modo de sentirlas. Solo tu voz haciéndose sacramento en la entrega, se hace presencia y tacto, olor y luz del camino abierto al Padre, cuando te recibe y te entrega. Tu cuerpo se hace nuestro cuerpo, y nuestra pobreza queda convertida en una sima que llama al torrente de tu vida. Así podemos ver y sentir también en el Rosario, la riqueza absoluta de tu entrega. Revolución total, fecundidad sin trabas, porque una sima llamó a otra sima con voz de cascadas, como dice el salmo que canta la Verdad de la vida.

No entendemos aún nada de la técnica de “transustanciación” con que lo hiciste, o por qué lo hiciste así, pero la realidad de todo lo que vemos, lo que tocamos o lo que oímos en el mundo material, también supera siempre nuestro intelecto, pues intuimos que todo ello continúa su realidad más allá de nuestra experiencia. “Tú eres la luz y siembras claridades”, dice un himno, y aunque no pueda explicarse, entrevemos que la claridad de la Eucaristía es la obra más grande que el hombre pueda experimentar de las que vienen de Dios, más completa que todo el universo, que apenas es el marco de esa obra maestra, que es tu entrega. El corazón del cosmos es tu presencia en medio de los hombres, siendo vida, alimento y camino de amor. Si la vida del hombre es pura relación de amor, tu cuerpo y tu sangre de hombre, Jesús Pan de Vida, en sacramento permanente, es la relación más plena no solo del hombre hacia Dios, sino también del hombre hacia el hombre, el acto de amor más perfecto. Y lo será ya siempre ‘para todos los hombres’, como tú lo quisiste. Primero, relación de hombre de fe a Dios, y en el mismo acto, de hombre de fe a hombre de fe, de hermano a hermano. Los hombres que ahora somos Iglesia, tenemos el privilegio, que nace de ti, según el himno antiguo (Col 1), de ser los primeros en todo, pero especialmente en lo que hace relación a tu cruz, a tu cuerpo y tu sangre de cruz, ‘principio’ o ‘arketipo’ de la nueva vida.
Pero hay una contradicción palpable en la experiencia del que se acerca a ti. Mientras lo que nos aflora en el texto del Evangelio, en la Buena Noticia, -aquí también horrible noticia- es tu muerte en cruz, incomprensión, ilegalidad, injusticia, dolor al límite de la resistencia humana, el que lo recibe en la proclamación saludable de la Iglesia, encuentra por el misterio contradictorio de tu amor y de tu procedimiento de comunión, todo lo contrario. El que se acerca en el recuerdo de la oración a ti sacramentado, adquiere una referencia perfecta y exacta para todos los niveles de entendimiento, de lo que significa comprensión, legalidad, justicia, dicha y felicidad. Ahí la vida humana tiene bastante que ver con tu plenitud, con la salvación total del hombre. No se puede ser hombre de verdad, sin conocer la cruz y la resurrección, el fracaso y el éxito, la muerte y la vida. Y no se puede conocer eso sin el alimento de la Vida Eterna.
Hoy nuestra fe se manifiesta así, según el Credo del Papa Pablo VI: “Creemos que la misa celebrada por el sacerdote, representante de la persona de Cristo, en virtud del poder recibido por el sacramento del Orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es el Sacrificio del Calvario, hecho presente sacramentalmente en nuestros altares. Creemos que del mismo modo que el pan y el vino consagrado por el Señor en la santa Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo glorioso, sentado en el Cielo, y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo lo que sigue apareciendo a nuestros sentidos igual que antes, es una presencia verdadera, real y sustancial (Credo del Pueblo de Dios. Pablo VI. 1975)
También el Catecismo de la Iglesia Católica dice:
1322 La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.
1323 “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (SC 47).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).
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Tu técnica de enseñanza, cada día nos cuestiona para el aprendizaje, Maestro divino. Y no solo por el gran misterio contenido en el sacramento, sino por la oportunidad de su institución. ¿Por qué lo instituiste antes de morir físicamente? ¿Por qué no lo hiciste tras tu resurrección y antes de subir al Padre? Entonces se hubiese entendido perfectamente la fórmula del sacramento, “esto es mi cuerpo entregado por vosotros” y esta mi sangre derramada hasta la última gota como habéis visto. Pero no, tú lo hiciste antes de que ocurriera el hecho que querías significar, como para que aprendiéramos que en realidad, la esencia de todo es tu Palabra de Dios. En ella están contenidas todas las realidades presentes, pasadas y futuras, como en su misma real esencia y verdad, en su ser primero. Entenderlo y gozarlo nos va a llevar toda una eternidad.
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EL CORPUS CRISTI sacramentado, es un regalo eterno. No es un mandamiento de conducta alguna para el hombre, que no sea la más primaria de todo ser vivo, comer y beber. Eso es lo primero que aprende un animal cuando nace, que para vivir debe alimentarse. Lo sabe también cualquier hombre de cualquier cultura, raza o pueblo. Y en esa práctica diaria de supervivencia, se incardina el regalo de la Eucaristía. Tomad y comed…tomad y bebed. Y nos da la razón para que disfrutemos y saquemos provecho de esa comida y bebida especial, “porque esto es mi Cuerpo… porque esta es mi Sangre”. La explicación está situada en el marco religioso de un pueblo creado especialmente para el compromiso y relación de entrega con Dios. “Sangre de la alianza nueva y eterna”, alianza permanente de vida. Porque YO SOY vuestra vida. El marco en el que se va a celebrar después, hasta la eternidad, es la memoria, el memorial vivo, la también vieja y ahora nueva fórmula de relación y referencia e identidad de un miembro a un cuerpo o grupo social, la Iglesia o Nuevo Pueblo de Dios. Pero el breve mandato de conducta, -“tomad y comed… tomad y bebed”-, como una fórmula de servicio público, o liturgia, pareciendo tan claro en sus términos de formulación, es lo más oscuro que existe para el mundo que obtiene todas sus verdades y formulaciones solo de los sentidos, porque la verdad que se proclama y comulga, es que esa comida y bebida, son el Cuerpo y la Sangre reales de un hombre, Jesús de Nazaret, el Cristo de Dios.
No es la Eucaristía en su formulación por Jesús en la última cena, un recuerdo de una pascua o hecho salvífico pasado, sino la realidad anticipada de un hecho que aún no había sucedido en el mundo físico de los sentidos cuando se proclamó. La Eucaristía es un hecho real que tuvo lugar primero en la Palabra de Vida que hizo presente en ese mismo acto, la realidad misma de la entrega, muerte y resurrección del Verbo de la Vida, que ocurriría después, y ocurrirá ya siempre, “hasta que vuelva”.
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El Jueves Santo, desde la tarde, llegaron al lugar del cenáculo y tuvo lugar la enseñanza y experiencia del misterio cristiano: el mandamiento o regalo nuevo, “para poder amar”, y la institución del sacramento que adelantó la experiencia de muerte y resurrección para los suyos, en el misterio del sacramento. El CUERPO Y SANGRE que iban a ser sacrificados al día siguiente, antes se hicieron sacramento, que adelantó o subió hasta lo eterno la carne y sangre físicas de Jesús. El avance en el tiempo de la gracia pascual de muerte y resurrección, nos da una pista clara para conocer desde nuestra perspectiva humana de hoy, ese mundo de muerte y resurrección que se hicieron uno aquella luna llena de abril del año 33 de nuestra era, según la tradición cristiana. La auténtica fuerza del Maestro Nazareno, estuvo y está en su palabra. Él mismo es la Palabra de Dios, y esa Palabra se hace presente en la fe para los hombres de todos los tiempos en la tierra, y en la presencia de luz para los hombres del cielo.
La consagración del pan y el vino como alimento de la vida eterna, el Evangelio de Juan la sustituye de algún modo por la consagración de la palabra sacerdotal, la Palabra del propio Evangelio, como instrumento y materia del sacramental de la memoria viva. Aunque se anuncia el “Pan de Vida” en el capítulo 6, con más claridad que en ningún otro Evangelio, la fórmula “esto es”, o “esta es”, la aplica Juan para consagrar la propia Palabra del Evangelio. Dice en el capítulo 17, 1-5“Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti, y para que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado: Esta es la vida eterna para que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.”
Es la consagración de la Palabra para que dé vida eterna. La misma Palabra que realizará la transustanciación eucarística del pan y el vino para alimentar esa vida eterna. Es simplemente la consagración del Evangelio como lugar de encuentro con la Vida de Dios. Por eso Juan coloca este discurso en el mismo marco de la última cena, para que todos lo entendiéramos, aludiendo a modo de explicación de la forma y poder con los que iba a realizarse el misterio del signo eucarístico, y referido todo siempre a la gloria de Dios y suya propia. Con todo el poder que me has dado Padre, sobre toda la realidad de la carne, digo:”ESTA ES LA VIDA ETERNA PARA QUE TE CONOZCAN A TI, EL UNICO DIOS VERDADERO, Y AL QUE TÚ HAS ENVIADO, JESUCRISTO”. Es la misma estructura y fórmula que la pronunciada sobre el pan y el vino, solo que esta vez formulada sobre la misma palabra del Evangelio, que se consagra y proclama aquí como vehículo de conocimiento de Dios, y por tanto es la misma vida Eterna, fin absoluto de la creación, gloria de Dios y de su Verbo creador y consagrador el Cristo Jesús, o Jesucristo.
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4.- MISTERIOS DE GRACIA
(Para los jueves o la primera hora de la mañana de cada día)

Contemplamos en estos Misterios, cómo Jesús se revela a personas concretas con el nombre del Dios de Israel: YAHVEH, YO SOY… “y si no creéis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados”. Pero la alternativa irreductible de la fe, creer o no creer, tiene un remedio extenso de cercanía personal que será la obra entrañable del carpintero de Nazaret, Jesús el hijo de José y de María. Todos los mundos del hombre se vieron atraídos a él, y así nos lo proclama el Evangelio:

1.- El mundo de la ortodoxa religión judía se acercó a él, y se le abrió de algún modo, representado en el escriba y miembro del Sanedrín Nicodemo: “la fe es algo siempre nuevo, que viene de arriba”.
2.-El mundo de fe no practicante, que admitía en su seno la vida licenciosa, tuvo el encuentro con Jesús, representado en la samaritana, junto al pozo de Siquem: “Dame de beber,… y yo te daré el agua que salta hasta la vida eterna”.
3.-El mundo del pecado como transgresión de la ley, se salvó en la mujer cogida en adulterio, y en los que, reconociendo la gracia que allí brotaba, tiraron sus piedras al suelo y se fueron, dejando a la mujer sola frente a Jesús que sentenció: “Yo tampoco te condeno. Vete en paz y no peques más”.
4.-El mundo de la enfermedad y la disminución física y social, se topó con Él, en el lisiado de la piscina, y en el ciego que pasaba: “toma tu camilla, y anda”… “Lávate los ojos untados de mi saliva y verás”, y la salud que trajo, provocó el escándalo de ortodoxos judíos, ciegos a la vidq.
5.-Al mundo de la muerte lo llamó en Lázaro su amigo: “!Sal fuera!”, le dijo, y salió el muerto, otra vez vivo en su propia carne.
6.-Al mundo de la filosofía profunda del hombre, la que se cuestiona por el ser, se reveló Jesús cuando a los sabios de Israel que le preguntaban “¿Tú quien eres?”, Él les dijo: “Yo soy la misma Palabra que os estoy diciendo desde el Principio”.
7.-Y al pueblo sencillo, descrito con la imagen del rebaño, se le revela como su guía, su camino y su dueño:”Yo soy el Buen Pastor”… ”Yo Soy el camino, la verdad y la vida”.
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En los Misterios de Luz te reveló tu Padre, Jesús fuente de Gracia. También tu Madre, y los hombres elegidos para ello, intervinieron en tus misterios de Luz, pero en los Misterios de Gracia tú mismo te das a conocer a los que quisiste, no porque te estuvieran buscando, o te pidieran algo sabiendo ya quien eras, sino simplemente porque tú los quisiste a ellos. Lo más consolador del Evangelio es la verdad suprema de tu revelación personal a los pobres. ”Sin que hablen, sin que pronuncien tu nombre -que ni conocían-, sin que resuene su voz…”, como dice un salmo, así llegó tu presencia a su pobreza y quedaron evangelizados, sanados, perdonados y sabiendo quien “Eres Tú’. Entraron en el Reino de los Cielos sin casi ser conscientes. Al escuchar tu voz experimentaron la salud y dijeron “Sí, Señor, yo creo que tú eres”. Porque la esencia de tu mensaje fue simplemente: “YO SOY, y estoy aquí para ti”. Eso les fuiste diciendo uno a uno, como le habías dicho a Moisés en la zarza ardiente, y como les sigues diciendo hoy a los que escuchan tu voz y se alegran porque son tu familia: “Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen (Lc.8,19-21) Ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mc. 3,35) Así fueron para ti Nicodemo, la samaritana del pozo de Siquém, un enfermo abandonado en la piscina de Siloé, un ciego por la calle, o aquella mujer a la que iban a apedrear por flagrante adulterio; así fueron también tus amigos Marta y María, su hermano Lázaro y los íntimos de tu grupo en el discurso del pan de vida, que escucharon el sentido de tu propia revelación individual: “YO SOY” les dijiste a todos, y para la piedad judía era más que suficiente. Esas dos palabras lo decían todo. Es la esencia de toda religión, y especialmente de la tuya. “Lo que os digo, antes de que suceda, es para que creáis que YO SOY” (Jn 13,19).

4.- 1.- YO SOY EL QUE VIENE DE ARRIBA, DE LO ALTO, DEL CIELO.
(Se revela a Nicodemo, un hombre de fe, que buscaba la Verdad, y es como el mundo judío ortodoxo de los maestros de la ley)

Juan 3, 1-16 Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.” Dícele Nicodemo: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?” Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.” Respondió Nicodemo: “¿Cómo puede ser eso? Jesús le respondió: “Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?”En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Jn. 8,23 Jesús dijo: “Vosotros sois de abajo. Yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo. Yo no soy de este mundo.

Jn. 13,19 “Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy.

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Siendo este comentario para un libro que trata de poner en valor el conocimiento de Jesús por la oración sencilla del Rosario a través de María, el encuentro con Nicodemo, tiene un testimonio excepcional. Aunque solo lo recoge S. Juan, resume todo el misterio de la encarnación del Verbo de Dios, del Mesías de Israel, que nos relatará de otra forma S. Lucas en la Anunciación, y el misterio paralelo de nuestra divinización, de nuestra entrada a la naturaleza Divina. Parece que los dos evangelistas hubieran tenido la misma fuente, pues aunque proclaman el misterio de modo diferente, la esencia es la misma: hay que nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer por obra del Altísimo. Y eso necesita una Madre. Realmente lo que se proclama en ambos relatos es la obra del Espíritu en el nacimiento de la nueva naturaleza del hombre. El asombro de María ante el anuncio del ángel, y el de Nicodemo ante la propuesta de Jesús, se expresó de la misma forma inicial, “¿Cómo será eso?” Y Juan, que tanto tiempo tuvo a María en su casa, se recrea dando pistas de su función en la Iglesia “¿Cómo puede un hombre ya viejo, volver al vientre de una madre y nacer de nuevo?” le dijo Nicodemo a Jesús. A Juan le gusta provocar la curiosidad y la búsqueda del conocimiento de la “verdad”, la “gnosis” de sus lectores. El sabe perfectamente quien es la Madre que engendra del Espíritu hijos de Dios en la Iglesia, quien es la que conoce lo que significa ‘engendrar del Espíritu y de la Palabra’ de vida en el mundo de la fe, y nos lo da a entender a su modo. Para ello usa Juan un estilo propio de los profetas y los salmistas: hace preguntar a Nicodemo algo que parece imposible a primera vista, para anunciar seguidamente que la pregunta tiene una respuesta. Los profetas le preguntan a Dios, y lo cuestionan sobre algo que parece irrealizable, para que Dios, en un arranque de amor omnipotente diga: “A pesar de que parezca imposible a tu mente de hombre, yo lo voy a hacer para ti”. Lo veremos luego en el misterio primero de Gloria. En el salmo 87 por ejemplo, esa pregunta se hace sobre lo imposible de la resurrección de la carne, como pidiendo a Cristo que lo haga. Dice así: ¿Se levantará alguien de la sombras de la muerte, para darte gracias? Como para que Dios diga: Sí, alguien se levantará de la muerte, y lo haré en la resurrección de mi Hijo Amado, Jesús. Ese estilo, ahora lo saboreamos en la pregunta que Juan pone en boca de Nicodemo: “¿Es que acaso puede uno nacer de nuevo, siendo viejo? ¿Es que acaso va a entrar en el seno de una Madre que le de a luz de nuevo? (Jn 3,4). En realidad Juan, cuando escribe el Evangelio, sabe ya que eso es precisamente lo que ocurre en el misterio del nuevo nacimiento a la fe cristiana. El hombre viejo nace de nuevo, de lo alto, en el seno de la Madre Iglesia, con la figura de una madre auténtica de fe: María de Nazaret.

LOS TRES TESTIMONIOS DE NICODEMO.-

I.- El primer testimonio del pasaje de Nicodemo es este: Dios se cuida de mí. El creador del universo entero, macrocosmos y microcosmos, se cuida del nacimiento y crecimiento en armonía de cada hombre. Y no pregunta para ello si tiene más o menos fe, eso vendrá después como una flor del árbol de la vida. Descubrir esa solicitud del Padre, y de la Madre de la Gracia, es la ‘gracia primera’, la gracia nunca merecida, la que se nos entrega sin petición alguna, porque pedir algo para sí mismo o para otros, ya es una gracia de respuesta al don inicial misterioso de su amor. Uno llega a la vida sin pedir nada antes de su nacimiento, y cuando nace “tam quam tábula rasa” que decían los romanos sobre la experiencia de sentidos, como un folio en blanco, sigue los impulsos que trae en la semilla de sus genes. Respira, llora, se agarra a la teta y chupa, busca el refugio de unos brazos calientes y el arrullo de una voz cariñosa que, sin entender siquiera lo que dice, sabe que quien así habla lo ama, y lo va a cuidar, incluso antes de saber que es su madre o su padre. El reconocimiento del amor es anterior a cualquier otro título o mérito. En el mundo del conocimiento de Dios, la cosa es parecida, porque se trata de un ‘nuevo nacimiento’. Lo entendió bien aquel fariseo sabio y uno de los ‘principales’ entre los judíos, cuando en secreto, de noche, vino y habló con Jesús a escondidas. El quería aprender a realizar las obras milagrosas y llamativas, aquellos “signos” que realizaba Jesús, distintos a todo lo que se había visto hasta entonces: “Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos” (Jn 3,2) ¿A quienes se refería Nicodemo con aquel plural “sabemos”? Sin duda era un hombre hábil, acostumbrado a tratar con gente importante, y comenzó usando el incensario de la alabanza personal ¿Qué quería aprender de Jesús que no le hubieran enseñado en las escuelas de Jerusalén, el gran Gamaliel y los demás maestros? Lo va a decir enseguida el propio fariseo, según la conversación que nos cuenta S. Juan: “Nadie en verdad, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él”. Eso es lo que quería aprender Nicodemo, y lo que queremos aprender todos los hombres: realizar signos que dejen asombrados, boquiabiertos, a los demás. No solo los artistas, sino todos los hombres buscamos ‘la gloria’, a veces incluso la de ser el “más humilde”, por decirlo con el término con que lo describe el propio evangelista. Y aquel Nicodemo quería aprender a realizar esos “signos de Dios”. Hubiera sido así el más grande de los fariseos. Y en realidad, a su modo, lo fue. Jesús lo entendió, lo comprendió, y le reveló en el camino del reino de Dios mucho más de lo que él pedía. Nacer de nuevo, “nacer del agua y del Espíritu”. Nicodemo entendió en parte el mensaje, pero siguió preguntando, quizás por su mente científica aunque esclerotizada por la ley. No podía creer tanta grandeza ofrecida por aquel carpintero de Nazaret sin instrucción ni escuela conocida ¡Pero las obras estaban allí, a la vista de todos! Había que ser ciego para no verlas. En verdad esa ceguera de la ley ante el Espíritu era la terrible realidad que se prolonga aún por los siglos, como la misma gracia. Cuando el hombre de la Ley se ame y se haga uno con el hombre del Espíritu, este mundo de guerra ya no tendrá sentido, y la sangre de la cruz habrá conseguido la plenitud del fruto de su Paz.

La gracia antecedente, la primera gracia compasiva, se mostró en Nicodemo haciéndolo ir donde Jesús, lleno de miedo y de recelo, en una oscura noche de viento y lluvia. Y en realidad consiguió lo que buscaba. El propio viento físico y la lluvia los usó Jesús en su enseñanza para ponerlo como ejemplo del Espíritu. “El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios…”Lo que engendra la carne, es carne, lo engendrado por el Espíritu es espiritual… Y lo espiritual es como el viento que sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. (Jn 3, 5-8) Nicodemo entendió que el misterio del amor primero, gratuito, el que mueve al alma en la fe viva hacia la Palabra de Dios, es el que viene del cielo y realiza los signos de amor entre nosotros. Aquello era en verdad el Reino entre nosotros. Por muchos maestros de la Ley que hubiera en Israel, por muchos profetas, patriarcas, jueces y reyes, aquello que tenía delante era distinto. Nadie pudo hablar con propiedad de la cosas del Padre del cielo porque: “Nadie había estado en el cielo, a no ser el que vino de allí, el Hijo del Hombre”. Pronto descubriría el viejo doctor de la Ley, que Jesús en sí mismo, no solo es el auténtico signo del cielo, sino el propio cielo en medio de los hombres. Su forma de enseñarlo también era distinta: Como la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto, así el Hijo del hombre iba a ser signo “levantado” para que pudiéramos fijar en él la “mirada de la fe” y ser salvos. Nicodemo buscaba la ciencia de los signos o milagros que hacía Jesús, y lo que encontró fue el gran signo de la cruz, la puerta del reino de los cielos, la vida fuera del tiempo, eterna, con la llave de esa puerta que es la fe, realizada también en material de amor, porque: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna… Porque la luz ya está en el mundo…” (Jn 3,16), y según la respuesta personal que de cada uno, se hará también de la luz o seguirá siendo tinieblas. Es el sentido central de la conversión predicada por los profetas: “Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis, casa de Israel.. (Ez 18, 30-32) Y la petición del salmo de David en su arrepentimiento y penitencia: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Sal.50. (Ver también 1Sam 10,9: Ez 18,31: y sobre todo Ez 36,26: Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo.) Y así, la novedad es la esencia del cristianismo fundamentado en el Nuevo Testamento, el pacto nuevo en su sangre.

El relato de Juan juega con el sentido de las palabras para interesar al lector. ““En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.” Nicodemo quedó descolocado, porque no supo si quería decir “nacer de lo alto” ó “nacer de nuevo”, y es que los dos sentidos soporta el término griego “anozen” empleado por el evangelista. Para Jesús y para el relato del cuarto Evangelio, el misterio se resuelve, -o quizás se complica-, en el versículo 7 “Tenéis que nacer de lo alto.”, y en el 14-16 “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Lo “de arriba”, lo “de lo alto”, luego sabremos que es el Hijo de Dios levantado en la cruz. De la fe en Él nacerá la nueva vida.
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II.- El segundo testimonio de Nicodemo fue ante su entorno cotidiano de gentes y doctrinas, en el Sanedrín de Jerusalén, y se relata en Jn 7, 50-52 en relación con la gran revelación mesiánica del capítulo siete y siguientes. En resumen es este: “yo defiendo la Palabra y los hechos del “Profeta de Galilea” porque su Palabra y sus hechos se han convertido en una fuente de piedad en mí, por encima de todo lo que tengo aprendido”. Su valiente testimonio, está vinculado a la proclamación que Jesús hace de sí mismo en el último día, el más solemne de la fiesta judía de las Tiendas, donde muchos de entre la gente creyeron en Él y decían, “Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales que este?… A pesar de que los fariseos ya se la tenían jurada, Jesús gritó “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí. Como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva.” Esto lo decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él.” En ese ambiente hostil, aunque los guardias enviados expresamente a prenderlo no lo detuvieran, su muerte estaba decretada ya en la torpeza de los dirigentes. De hecho “Nicodemo, que era uno de ellos -el que anteriormente había ido donde Jesús (dándose cuenta de la gravedad de la situación) les dijo: ¿Acaso nuestra Ley condena a un hombre sin haberlo antes oído, y sin saber lo que hace? Aquel buen hombre se jugó su reputación conseguida con tanto esfuerzo y dinero ante sus condiscípulos, y la perdió. Poco faltó para que lo condenaran también a él. “¿También tú eres de Galilea?” (Jn 7, 37, 53). A pesar de su valentía, no consiguió salvar a Jesús. Ni siquiera consiguió un juicio justo. Dice Juan en su Evangelio que después de eso “cada uno se fue a su casa”, como indicándonos que Nicodemo desde ese día fue de verdad “galileo”, como se llamaban en el principio los seguidores de Jesús. Todavía no se había inventado el nombre de ‘cristiano’, pero Nicodemo ya era un hombre de corazón nuevo, probablemente con una nueva ‘casa’ o modo nuevo de vida interior, abierta a la verdad del corazón que lo había conquistado, a la piedad y al amor por Jesús, aquel hombre de Dios que venía de “Galilea”, el nuevo lugar teológico.
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III.- Muy pocos días después, se produce el tercer testimonio de Nicodemo, impulsado por la piedad que gobernaba su nueva vida. Lo dio sobre la carne muerta de Jesús, masacrada en el martirio de cruz. Llevó el cuerpo al sepulcro el buen escriba, junto con José de Arimatea, y con una mezcla de cien libras de mirra y áloe lo embalsamaron preparándolo para la resurrección (Jn 19,39). Después Nicodemo, como uno más de los discípulos, sin decir palabra se quedó esperando, porque la piedad, siendo la manifestación del amor en los sencillos, no tiene más ambiente ni más remedio que la cercanía. Jesús le había dicho que la carne no sirve para nada, que solo el espíritu da vida, pero el amor esta vez no escuchó al Maestro. Seguramente Nicodemo, junto con José de Arimatea, propietario del sepulcro donde lo pusieron, fueron las últimas personas que vieron el cuerpo perfecto de aquel hombre desnudo y exangüe antes del gran acontecimiento de su Metamorfosis y Resurrección. Allí no hubo nadie más, las santas mujeres “miraban dónde lo ponían”, según nos dice el texto sagrado, y se fueron a preparar también sus ungüentos para regresar allí pasado el sábado, pero nadie volvería a verlo muerto nunca más. A no ser su Madre, testigo del gran acontecimiento que veremos luego.

Cualquier cristiano piadoso de hoy, conociendo la historia, habría dado su vida por el privilegio de acicalar la carne que iba a ser el signo del mayor regalo de Dios al hombre: el cuerpo de Cristo resucitado, “esperanza de la gloria”, como dirá S. Pablo. Aquella carne ungida fue la “novia” del Salmo 44, que Nicodemo conocía de memoria. “Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey !Eres el más bello de los hombres… Cabalga victorioso por la verdad y la justicia… Tu trono, oh Dios, permanece para siempre… Has amado la justicia y odiado la impiedad, por eso el ‘Señor te ha ungido entre todos tus compañeros… A mirra, áloe y acacia huele tu cuerpo… Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir…” Este salmo habla claramente del paso de Cristo a su gloria de Dios, en su cuerpo y alma de hombre. Poco podía figurarse Nicodemo cuando lo aprendió y recitó tantas veces, que él mismo se convertiría en el instrumento de aquella profecía mesiánica al preparar la mirra, el áloe y la acacia, a la que iba a oler el cuerpo de Jesús eternamente. Ni mucho menos entendería que aquel andrajo de carne torturada y desgarrada que ellos lavaron y embalsamaron como pudieron, iba a ser el objeto de la piedad profunda del nuevo pueblo de Dios, que “atraería a todos hacia Él”. Tras la resurrección, Nicodemo entendería perfectamente lo que significaba “nacer de nuevo”, nacer de lo alto”, como el viento. De todo ello sería confirmado cincuenta días después, en Pentecostés, cuando sintió en su carne el Santo Viento de lo Alto. El Espíritu de Dios en el hombre. ¡Qué buena suerte tuviste Nicodemo!
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Al rezar contemplando este misterio, los ojos de María -la “Reina enjoyada con oro de Ofir-”, nos enseñan el resto de aquellos sentimientos que embargaron el alma de un judío escéptico de novedades, experto en la ley ‘eterna’, pero que acabó ungiendo el cuerpo del Ungido, el cuerpo del Cristo, del Mesías. María su madre, educada también en la Ley y en la esperanza del Mesías, había hecho la misma pregunta que Nicodemo cuando el ángel le anunció que una nueva vida iba a nacer en ella, engendrada por el Espíritu de Dios que la cubriría con su sombra. “¿Cómo será eso pues no conozco varón?” (Lc 1,34). Nicodemo preguntó también por un aparente contrasentido de las palabras de Jesús con las leyes naturales. “¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo? ¿Puede acaso entrar de nuevo en el vientre de su madre, y nacer?” (Jn 3,4). Parece jugar Juan con las palabras que pone en boca de Nicodemo, como para que el lector, que ya conoce la respuesta, diga. “Sí, Nicodemo, eso es lo que hay que hacer, entrar en el seno de la Madre Iglesia, y nacer de nuevo, nacer hacia adentro, hacia el Reino de la luz”. Y la mejor figura de la maternidad en la Iglesia, es María. La oración sencilla del Rosario nos recuerda cada día ese nacimiento, porque es justamente la realización de lo que Nicodemo propuso como imposible. El que ora, entra en el interior de María, en el recuerdo permanente de su corazón, y así nace a la luz de la Palabra.

4.-2.- YO SOY EL MESIAS, EL QUE HABLA CONTIGO.
Se revela a la samaritana como fuente del agua que no se agota, y brota dentro del corazón, donde se adora al Padre en Espíritu y en verdad.

JUAN, 4,4-45.
Tenía que pasar por Samaria. Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber.” Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice la mujer samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.”Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús le respondió: “Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.” Le dice la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.” El le dice: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá.” Respondió la mujer: “No tengo marido.” Jesús le dice: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.” Le dice la mujer: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.” Jesús le dice: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.” Le dice la mujer: “Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo.” Jesús le dice: “Yo soy, el que te está hablando.” En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: “¿Qué quieres?” o “¿Qué hablas con ella?” La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” Salieron de la ciudad e iban donde él. Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: “Rabbí, come.” Pero él les dijo: “Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.” Los discípulos se decían unos a otros: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Les dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros:Cuatro meses más y llega la siega?Pues bien, yo os digo: iAlzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga.” Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho.” Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.” Pasados los dos días, partió de allí para Galilea. Pues Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
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¿Quien le contaría a Juan evangelista aquel encuentro íntimo? No hubo testigos. Estaban solos Jesús y la samaritana de Sicar ¿Sería el propio Jesús? Lo más probable es que fuese la mujer, o alguno de los de su aldea que llegaron tras su llamada al encuentro de Jesús con aquel pueblo, donde se quedó dos días predicándose (Jn, 4,40)

Largo relato. Casi un capítulo entero lleno de imágenes, desbordando humanidad más que “virtud” ortodoxa, le dedica Juan al encuentro de Jesús con aquella mujer de Samaria. Ningún otro encuentro es contado con tanta minucia y agrado. Cansancio del camino, pozo, agua, mujer, sed, palabra, voluntad de Dios como el “otro alimento” del hombre…, y todo ello en aquel ambiente de amor humano, de cercanía, que incluso extrañó a los discípulos cuando llegaron, aunque ninguno se atrevió a preguntar nada de “lo que hablaban o de lo que quería Jesús de aquella mujer” junto al pozo. Solo faltaba –el texto no lo dice– que la mujer samaritana se llamase Dina, como se llamaba la hija de Jacob y Lía, raptada y violada por Siquem, hijo de Jamor el jivita, príncipe de aquella tierra donde estaba ahora el pozo; así quedaría entroncada la entrevista de Jesús y la licenciosa samaritana, con la historia viva de los Patriarcas. La historia del pozo y la aventura de Jacob en aquel pueblo llamado Siquem, en Samaría, la violación de su hija Dina por el hijo del rey, el incumplimiento de todas las leyes de la guerra por los hijos de Jacob para vengarse del que creían atropello a su hermana, cuando en el fondo solo había una historia de amor humano, serían el antecedente de las anotaciones de Juan sobre la respuesta de la samaritana a Jesús. Conviene leer el libro del Génesis capítulo 34, para entender algo de aquella ‘hostilidad cordial’ entre samaritanos y judíos. Todos eran descendientes de Jacob, pero los separó la pasión de un joven que, arrebatado por el encanto de aquellas “hijas de la tierra”, se enamoró de Dina, le “habló palabras tiernas al corazón”, luego se acostó con ella y fue interpretado por los hijos de Jacob como violación y rapto, aunque no sabemos si fue en verdad forzando su voluntad, ya que las mujeres de entonces no podían hablar ni dar testimonio de esas cosas. En ese ambiente de pasión amorosa, proclama Juan el encuentro de Jesús con la samaritana de Sicar o Siquem. En el aire flotaban aún engaños, violaciones, muertes, José frente a sus hermanos, y sus hermanos frente a él. Pero esa historia había generado en los piadosos de ambos bandos una esperanza viva: era necesario que viniese un Mesías para arreglar aquello, un Cristo de Yavhé, que pusiese todas las cosas en su sitio, y dijese dónde había que adorar a Dios, si en Jerusalén o en el monte Garizim. Pocos pensaban que se podría hacer igual en ambos sitios, y en cualquier otro lugar de la tierra donde hubiese un hombre que fuese capaz de adorarlo en Espíritu y en Verdad.

Toda la tradición samaritana queda entrelazada en el relato de Juan, que condensa y transmite una ‘debilidad’ y un cariño especial de Jesús por los samaritanos. Y eso que al propio Juan y a su hermano Santiago, aquel encono judeo-samaritano les costó una de las reprimendas más fuertes de Jesús, cuando enviados a una aldea a preparar un sitio donde pudiera pasar la noche toda aquella comitiva que acompañaba al Maestro, fueron rechazados. Entonces los dos hijos de Zebedeo, haciendo honor a su apodo de “Hijos del trueno”, le propusieron a Jesús: “¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma, como hizo Elías? Pero Jesús, volviéndose, los reprendió severamente y se fueron a otro pueblo”. (Lc.9,54-56). Algunos manuscritos, y la Vulgata de S. Jerónimo, añaden incluso el texto de la regañeta de Jesús: “No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas”. Quizás por haber aprendido la lección, Juan es respetuoso en su relato del pozo, que se convierte sin duda en una de las cumbres del Cuarto Evangelio. Lucas en cambio, da testimonio directo del cariño especial de Jesús, y suyo, por aquel pueblo. Basta leer la parábola del buen samaritano (Lc.10,29-37) para entender lo que significa “misericordia quiero, y no sacrificio”. En la liturgia de la Iglesia Católica se lee la escena del encuentro con la samaritana el domingo tercero de cuaresma, junto con el episodio de Massá y Meribá en el desierto, cuando el pueblo, que tenía sed, tentó a Dios pidiéndole agua, y este por mano de Moisés golpeando una roca con su bastón, hizo brotar una fuente. Ambos episodios, el de Massá y el de la Samaritana, son manifestación de la cercanía de Dios a la sed de su pueblo y del hombre. El pueblo en el desierto, cansado del camino, le exige agua a Moisés, y lo pone en un aprieto. Ahora, en Samaria, es el mismo Dios, manifestándose en el Hijo, Jesús de Nazaret, el que experimenta como hombre lo que había experimentado el pueblo. Cansado del camino tuvo sed, y le pide a la mujer -símbolo de aquella tierra, y de la Iglesia- que le dé agua. Tiempo después, alzado en la cruz, volverá a decir “tengo sed”. Es mucho el misterio en toda la escena del pozo. La mujer era la ‘reina de corazones’ de aquella pequeña aldea llamada Sicar, y ha sido vista por los padres de la Iglesia como símbolo de todas las etapas del hombre espiritual hasta que llega a la “hora de Dios”, al encuentro con el que le dice “Yo Soy, el que te habla”.

Es raro que Jesús, el valiente e incansable caminante, fuese el único que se quedase sentado en el pozo “porque estaba cansado del camino”, y todos los discípulos, que habían hecho el mismo camino que Él, se fueran al pueblo. ¿De qué camino estaba cansado el Maestro? ¿Del antiguo camino de la ley puritana judía? Lo cierto es que al echar a los discípulos y quedarse solo, propició el encuentro. Un hombre y una mujer, bellos ambos, con sed ambos, que se tantean con las miradas y con la palabra, se piden cosas, y se dan información mutua de su forma de ver el gran misterio de Dios y de la vida. Coincidieron en mucho. Coincidieron en el espacio junto al pozo en la hora de calor en que no había nadie sino ellos dos, en creer en Dios, en que hay que dar culto a Dios, en que el Mesías, el Cristo, estaba cerca y lo sabía todo sobre ese culto y ese Dios… Y se abrieron a sus verdades íntimas de amor humano. “Yo no tengo marido”, dijo ella, “Yo soy el Mesías, el que habla contigo”… dijo Él. Yo soy el que esperas. Y no necesitaron decirse mucho más. Esa fue para ella la “hora de Dios” que Jesús proclama como presente ya para siempre y para todos, la hora de la oración en Espíritu y en verdad, la hora del conocimiento de la voluntad del Padre, que a todo hombre llega en algún momento. Solo hay que dejar el propio cántaro, creer en el encuentro, y dar testimonio.

Meterse en el misterio del “agua viva que brota hasta la vida eterna”, acompañado de la Madre de las aguas vivas que es María, maestra de la oración en el espíritu y en verdad, es hoy el descubrimiento de la nueva tierra y del nuevo cielo que se produce en la fe del Evangelio y también en la oración sencilla del Rosario. Puede decirse que ese ‘re-cordar’ la obra de Jesús, su palabra y su persona viva, es el encuentro actual en el Espíritu para el que lo recuerda al ritmo del corazón de María, que es el rezo del Rosario.
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Se extrañaron los discípulos, que no fueron testigos de la escena del encuentro, de que Jesús hablara con una mujer. Y más se hubiesen asombrado si hubieran sospechado siquiera la profundidad del encuentro personal en cada uno de los que íbamos a creer en Él. Los campos de Dios ya estaban y están maduros para la siega, que llenará el granero de la Iglesia. Para la meditación recitativa del misterio, hay varios temas que lo hacen luminoso. La sed de Jesús, la superación de las rencillas tradicionales en la palabra y el diálogo, el agua viva, el don de Dios, la adoración en Espíritu y en Verdad… Pero todos esos temas tradicionales, se resumen en la revelación extraordinaria de Jesús como el Mesías esperado, el Salvador del mundo, a una mujer cualquiera de una aldea humilde. “Yo Soy, el que te habla” (Jn.4,26). A nadie se reveló Jesús con tanta claridad como a aquella mujer samaritana de la que no conocemos ni el nombre. La intimidad que rezuma la declaración, la hace universal para todo el que quiera conocer a Jesús, pues contiene una definición perfecta del Mesías que Juan nos proclama desde el mismo Prólogo de su Evangelio. “Yo soy el que habla por dentro, el que te está hablando ahora…” Quien escuche, entienda y guarde esa palabra, será sin duda de los suyos, y solo será posible hacerlo en el amor. Esa tesis central del Evangelio de Juan, se desarrollará luego en la imagen del buen pastor. (Jn 10.1-19) “Mis ovejas… Escucharán mi voz” ” …que las llama una por una… Yo las conozco a ellas, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo a Él”. El tema del “conocimiento” del don de Dios, está vinculado al de la presencia inmediata. “Ya está aquí” y es “Dios con nosotros”, Emmanuel. El encuentro ya es posible, porque al fin “ ha llegado la ‘hora’, su hora”. Y esa es su gloria (Jn 17,1).

Lo admirable de toda esa teología joánica de la Palabra que habla al corazón, es que las realidades espirituales que proclama en su Evangelio, se repiten en nosotros cada vez que las recordamos en la oración viva. Es precisamente el sentido del “agua viva que salta hasta la vida eterna”. Y es en esa meditación en la que el sencillo Rosario se convierte en ‘eujaristía’, en acción de gracias. Todo lo que podamos añadir con el estudio teórico al descubrimiento en experiencia de su reino interior será simplemente aclaratorio de lo esencial, que seguirá siendo el encuentro personal con Jesús el Mesías. No es inútil proclamar siempre la misma noticia, pues cada uno tenemos una experiencia personal del reino de Dios, pero este no puede agotarse en esos modos personales, y la “comunión de los hermanos”, la forma de vivir el amor los cristianos, es precisamente la comunicación en la experiencia personal de Dios según el don que Cristo va dando a cada uno. Todo viene de Él y es para Él. Ese sería el resumen de aquel descubrimiento alucinante de la mujer samaritana. Lo que ella hizo al sentirse abismada en el encuentro, es probablemente la enseñanza del propio evangelista apasionado, sobre la forma de reaccionar ante aquella revelación, muy parecida a la suya propia, cuando Jesús le dijo junto con Andrés, “Venid y ved. Fueron y vieron” (Jn 1,39), y enseguida corrieron a decirle a los hermanos, Pedro y Santiago, que habían conocido al Mesías. Igualmente la samaritana tiró su cántaro a los pies de Jesús, y corrió hacia los suyos para darles al fin una ‘buena noticia’: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.” Que aquella mujer encontrara a un hombre, no debía de ser mucha noticia nueva en aquel pequeño pueblo. Que le dijese todo lo que había hecho, al menos en cuanto a los cinco hombres que había tenido, tampoco debía de ser una cosa nueva, porque sería la comidilla de las vecinas. Pero su entusiasmo y forma de decirlo, esta vez debió de ser muy especial. No era una forma de dar la noticia acorde con su modo de ser, que Juan apunta apenas. No debió ser normal escuchar los gritos de aquella mujer anunciando que había encontrado un hombre, y que podía tratarse del Mesías. Y es que la declaración de Jesús (Yo soy, el que te está hablando) había cambiado su vida. La conversión o conversación con Jesús, puede realmente cambiar la vida en solo un encuentro, en una mirada, en una palabra, en un simple gesto suyo. Y eso lo descubre cada uno por experiencia propia. Cuando Él declara así su ser en cercanía, la vida cambia. Es más, creo que es la única forma correcta y fontal de que cambie y se abra un alma hacia Dios. Aceptar que Él es, y es precisamente “el que habla y lo que habla conmigo”, la auténtica conversión o “conversación” que produce la “metanoia”, el cambio de forma de pensar y de vivir.
Es de notar que Juan -el único evangelista que proclama este encuentro- interrumpe su relato de la escena de manifestación de Jesús a la mujer, con la llegada de los discípulos, que debieron de poner cara de espanto y extrañeza al ver que Jesús estaba hablando a solas con una mujer como aquella, y verlo tan entusiasmado con el encuentro, que no quería ni comer. Pero dice el evangelista que a pesar de ello, “ninguno se atrevió a preguntarle qué quería de ella, o de qué estaban hablando” (Jn 4,27). Casi nos está diciendo que la fuente informativa de la conversación con Jesús que se tuvo como base para el relato del Evangelio, fue la misma mujer. Dice Juan que no le preguntaron qué quería de ella, porque se dieron cuenta de que algo quería Jesús de ella. Tampoco le preguntaron de qué hablaban, porque entendieron que su conversación era personal e íntima. El resultado del encuentro fue inmediato, y es uno de los fundamentos para reconocer la autenticidad de un encuentro fecundo con Jesús. Como le ocurrió a María, la Madre, cuando el ángel le anunció que el Señor estaba en ella, la samaritana se puso en camino inmediatamente para anunciar la noticia. Y tuvo éxito su anuncio. ‘Todo el pueblo’ salió en su busca y retuvieron a Jesús dos días con ellos. El muro de separación entre judíos y samaritanos quedó roto, al menos para los que creyeron que aquel hombre era el SALVADOR DEL MUNDO. La gente sencilla, espoleada por un testimonio no demasiado fiable, “salió de su pueblo y se fueron a su encuentro…”(Jn 4,30). Querían escucharlo personalmente, y creyeron por su propia escucha. Contrasta claramente el evangelista la actitud de los apóstoles y la de aquella mujer, frente a las mismas gentes del pequeño pueblo de Sicar. Los discípulos acababan de estar allí, en aquel mismo pueblo, comprando pan y comida para ellos y el Maestro, pero no habían dado testimonio sobre el Maestro, y no salió nadie hacia el pozo donde estaba sentado Jesús. En cambio cuando aquella mujer de no muy buena reputación los llamó, “todos, salieron a su encuentro”. El relato sugiere que fue la mujer gritando por las calles, y que salieron poco a poco a su encuentro, hasta quedar encantados junto a Él. Tanto, que le pidieron que se quedase con ellos, y se quedó dos días. ¿Dónde se quedarían Jesús y los suyos? Quizás en la casa de la misma samaritana. Pero lo que importa es que todo el pueblo creyó la Palabra.

Hay en la escena del misterio, una palabra de Jesús que puede servir de fundamento a la oración permanente y fecunda de cada uno: “Levantad la vista y mirad los sembrados que están ya maduros para la siega”. Se refiere claramente al trabajo apostólico, aunque en este caso concreto fuese una ‘apóstola’ la que llamó. Pero añade un proverbio “uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envío a segar en un campo que vosotros no sembrasteis, otros trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo.” ¿A quienes se refiere Jesús como “sembradores”? Sé que se pueden dar muchas respuestas, pero en lo que toca a la oración sencilla del Rosario, que es el objeto de este libro, me parece que una de las formas de ‘sembrar’ en el misterio de la evangelización, es precisamente la oración sencilla, ‘en lo escondido’ y en lo público. Y es una forma de las más fecundas que se conocen. La oración constante en el recuerdo limpio del corazón, se parece a la “fuente de aguas vivas que salta hasta la vida eterna…” De hecho en las apariciones de la Virgen María donde ha pedido y promocionado el rezo del Santo Rosario, –especialmente Lourdes y Fátima–, se ha vinculado el misterio a una fuente de agua curativa, lugar de peregrinación de la gente sencilla, como la de aquel pueblo de samaritanos, que salió al encuentro de Jesús, sentado aún en el brocal de un pozo. Pero no conviene olvidar el centro de la enseñanza. No es la existencia de un lugar determinado, de un templo determinado, –el de Jerusalén o su rival del Garizim– sino la “la adoración en espíritu y en verdad”. Y no puede ser otra esa forma de adoración que aquella que tenía la madre de la Oración en Espíritu y en Verdad, la que guardaba todas las cosas de Jesús en su memoria, y las meditaba en su corazón. No existe mejor escuela. Es la más limpia fuente del agua viva del Espíritu que haya existido nunca. Orando con ella, y dejando que ella ore y siembre en nosotros, la fecundidad en la siembra del Espíritu está asegurada. No creo que haya una forma más segura y rápida de conocer la verdad que Jesús proclamó, no solo a la samaritana en la intimidad de una conversación a solas, sino más adelante, en el templo de Jerusalén, el día más solemne de la fiesta de la Tiendas “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí. Como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn.7,37-39).

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4.- 3.- YO SOY LA MISERICORDIA DE DIOS. SOY LUZ DEL MUNDO
Se revela a la mujer sorprendida en adulterio. “Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocausto”.

JUAN 8, 1-12.- Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.” E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” Ella respondió: “Nadie, Señor.” Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.” Jesús les habló otra vez diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.”
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Sea o no de Juan este corto relato sobre aquella mujer de quien no conocemos sino su acto de adulterio, pues no se menciona ni su nombre, ni su pueblo, ni sus problemas personales, ni su vida en otros campos que no fuera el sexo prohibido, ni quien fuera su marido o quién su amante-, lo seguro y cierto, es que en el cuarto Evangelio este relato aparece ligado a una de las más altas revelaciones de Jesús sobre sí mismo. “Yo soy la luz del mundo”… “y si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestro pecado.”
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Así salvaste de la muerte física a una mujer que iba a ser lapidada por adulterio, y condenaste a muerte espiritual a los que no creían en ti. Eso hiciste aquella mañana, muy temprano, Jesús Maestro madrugador de misericordia. Fuiste desde el monte de los Olivos al Templo, siguiendo el camino de entrada a Jerusalén que conocías bien, y les mostraste a los que te amaban el otro camino que va de la oración personal en apartada soledad, hasta la casa del Padre, tu Padre y nuestro Padre. Allí te pusiste a escribir sobre la tierra su misericordia. No hubo tablas de piedra, ni relámpagos, ni truenos espeluznantes como en el monte Sinaí, cuando le diste a Moisés las tablas de la ley. La gran ley de la misericordia se estaba escribiendo ahora sobre la tierra misma. No más montes altos, no más templos preciosos, ni más adornos que la compasión. Tú solo allí ante el pueblo, sentado sobre la madre tierra, enseñabas misericordia y no sacrificios, y allí tuvo lugar la gran revelación: Dijiste simplemente YO SOY. Como Yavhé le dijo a Moisés. Si alguno quería saber más, más le dijiste, porque te estabas diciendo a ti mismo. “YO SOY lo que os estoy diciendo” (Jn 8,25) Soy la misma Palabra que os habla directamente al corazón, llevando luz al que me recibe y sombras de muerte al que me rechaza. “En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás” (Jn 8,51). Y ya no hay excusa de pecado para esconderse de ti como hizo Adán en la espesura de su paraíso. “Mujer, donde están, ¿nadie te ha condenado? Ella contestó -Nadie Señor. – Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 2-11). Eso lo dijiste cuando se fueron los acusadores, y ella quedó sola ante ti. ¿O quizás estaba también todo el pueblo y la mujer en medio? ¿Y su marido? ¿Y su amante? ¿Todos la habían abandonado? Eso es lo que hicieron después también los tuyos contigo. Lo que importa en verdad, es que desde entonces, todos entendieron y entendemos aún, que tu Padre y tú sois pura misericordia. Incluso misericordia para los acusadores, que sorprendidos ante la verdad del amor fueron dejando caer sus piedras de muerte, se fueron retirando uno tras otro, y desaparecieron estupefactos. El resto del capítulo 8 del Evangelio de tu amado Juan, es la pura proclamación de tu ser hacia nosotros. Quién eres tú, de dónde vienes, a dónde vas, como buscarte, y la verdad suprema revelada: el encuentro contigo en la libertad de los hijos de Dios. Esa es la finalidad de todo lo creado, y del amor del hombre. Así lo dijiste después de rescatar a la pobre mujer condenada por aquella ley: “Yo soy la luz del mundo… la luz de la vida del camino” (Jn 8,12). Tú sabes de dónde vienes y a dónde vas y por eso puedes juzgar con misericordia. Los hombres practicamos la justicia ajusticiando, y tú, justificando, haciendo justo al hombre y a la mujer. Nuestra ‘justicia’ da la muerte condenando, y tú das la vida perdonando. El encuentro con la mujer, a la que no llamaste por su nombre sino por su género,- “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? – fue breve, pero dio inicio en los leguleyos a una clara intención de humillarte hasta la muerte, y esa actitud tuya de entrega prendió en aquellos desalmados fanáticos de la ortodoxia, que llegarían al final de su aberración, matándote. Ellos se creían hijos de Abraham, y tú los llamaste hijos de prostitución, ellos se creían hijos de Dios, y tú los llamaste hijos del diablo, ellos se creían cuerdos y tú les llamaste locos, ellos pensaban que veían, y tú les llamaste ciegos, se creían libres y tú les llamaste esclavos. El final de aquel día no podía ser otro, cogieron las mismas piedras que habían dejado caer al amanecer por su vergüenza ante ti, ante ellos mismos y ante la mujer adúltera, e intentaron apedrearte, esta vez a ti: “Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera,Yo Soy. Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo”. (Jn 8, 58-59) Todavía hoy existirán en la puerta del templo y en sus muros de vergüenza y lamentaciones, aquellas piedras de lapidación, que después mancharías con tu propia sangre.

4.-4.- YO SOY LA SALUD Y LA LUZ DEL MUNDO. SOY EL QUE HABLA CONTIGO.-
Se revela en la intimidad a los que sufren. Un enfermo y un ciego.

Tu técnica intimista de ir conquistando uno a uno a los que quieres te puso y te pone, Jesús Maestro amado, en contra de la exuberancia pública, de la “santidad sin mancha ni defecto”, de los fariseos y puritanos de todos los tiempos. Las revelaciones, claras y sin necesidad de interpretaciones, que hiciste de ti mismo a los pobres tenidos por ‘malditos’ a causa de su enfermedad y su pecado, siguen siendo para nosotros una ventana de esperanza, un balcón de gracia. Al asomarse a ella, uno se reconoce fácilmente en cualquiera de aquellos personajes, e incluso en todos a la vez. Las grandes revelaciones sobre tu propia identidad, las entrelaza Juan, tu evangelista, en unos encuentros personales que tienen lugar en la soledad y el anonimato de hombres ‘desechables’ para cualquier plan de santidad de la estricta ortodoxia judía de tu tiempo. “Hombres de la tierra”. Desechables incluso hoy para cualquier ciencia o teoría de marketing y estrategia de publicidad. Habías venido para darte a conocer por el mundo entero, y manifestar en el cosmos al Creador, al Padre amado, y te descubres claramente solo ante unos pobres especímenes de la raza humana de los que tampoco se nos dicen sus nombres. Desde luego hay que reconocer que con esa técnica de Juan, cualquiera de nosotros podemos identificarnos en ellos, y que así se convierten en el más universal ejemplo de tu voluntad, porque ¿quién no tiene alguna enfermedad, o algún pecado? Los dos minusválidos físicos que contemplamos en este misterio, son paradigmas o ejemplos de tu misericordia que se hace sensible así para nosotros. Tanto la escena con la mujer adúltera como los dos encuentros que vamos a recordar ahora, manifiestan en esencia la “Misericordia del Señor”, el mayor misterio revelado de su intimidad. El proceso de entendimiento de su obra desde el Antiguo al Nuevo Testamento, lo canta perfectamente el salmo 106, donde el salmista va reflejando situaciones esclavizantes de hombres concretos y del pueblo, que aprendía a clamar a su Dios y a dar gracias por su ayuda:”Gritaron al Señor en su angustia y los arrancó de la tribulación. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y para entender la obra de Jesús de Nazaret, quizás lo más dicente del salmo sean los tres versículos finales, que transcribo para que a su luz revisemos estos encuentros personales de Jesucristo. Dice el Salmo 106, 41-45: “Levanta a los pobres de la miseria, y multiplica sus familias como rebaños, los rectos lo ven y se alegran, y a la maldad se le tapa la boca. El que sea sabio que recoja estos hechos, y comprenda la misericordia del Señor.”

Vemos a Jesús en estos encuentros como Señor del Sábado, del hombre y de todas sus circunstancias, que no necesita siquiera que el oprimido y el pobre le griten en su angustia, porque Él, personalmente, conoce su tribulación y se acerca a ella, invitándonos a que hagamos nosotros lo mismo para convertirnos así en sus manos de Señor hacia los pobres. Será entonces cuando “los rectos que lo ven se alegran, y comprenden la misericordia del Señor”.

1.- AL LISIADO DE LA PISCINA DE BESTFAGÉ. ENFERMO TODA SU VIDA.-

Juan 5,1-18 Después de esto, hubo una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta llamada de las Ovejas, una piscina que se llama en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Porque el Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo.” Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: “Es sábado y no te está permitido llevar la camilla.” El le respondió: “El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y anda.” Ellos le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te ha dicho: Tómala y anda?” Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: “Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor.” El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado. Pero Jesús les replicó: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.” Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

En la fuente y piscina de Betesda o Betzatá, lugar mágico de sanación en Jerusalén incluso para paganos, el primero que se bañaba en las cálidas aguas que brotaban agitadas por el “Ángel del Señor” cuando este “bajaba a lavarse”, se podía curar de su enfermedad. Y fue allí y en ‘aquel tiempo’ de gracia, cuando apareciste tú, Jesús de Nazaret Savador, Saluador, bajo aquellos cinco pórticos repletos de enfermos y lisiados. Eras sanador completo, dueño de los ángeles, de las aguas y de todas las situaciones angustiosas e insolubles del hombre, pero lo hiciste a tu modo y manera. No te diste a conocer a la muchedumbre, sino a uno solo de aquellos desgraciados, a uno que no tenía a nadie que lo metiese en la piscina ¿Qué hacía allí entonces? ¿Como aguantó así treinta y ocho años? Hay situaciones de pobreza que sorprenden por su tesón. Sin que nadie te lo pidiese, sin que nadie te llamase, te acercaste al que ya apenas tenía una esperanza, aunque seguro que había otras situaciones tanto o más angustiosas. Treinta y ocho años llevaba enfermo ¿Y tú le preguntas que si “quiere recobrar la salud”? No le preguntaste por su fe, por su conciencia, por su vinculación al Templo o a la Ley de Moisés. Solo le preguntas, -sin haberte pedido él nada-, si “quiere recobrar la salud”. ¿Acaso podía ser negativa su respuesta? ¿Alguien hubiera dicho que no? ¿No pensaría aquel hombre que te estabas burlando de él? Lo que no sabía el enfermo, es que al aceptar tu ayuda no se estaba metiendo en la piscina milagrosa, sino en aguas profundas y de fuertes corrientes, en el río vivo de la revelación de tu propia persona; aguas chocantes hasta la muerte contra aquella roca esperpéntica en que había quedado convertida la Ley mosaica del descanso sabático. Al aceptar la salud de su cuerpo, comenzó a preparar el castigo del tuyo por la inquina que levantó al llevar cargada su camilla un sábado. ¡Con lo fácil que hubiese sido dejar la camilla abandonada junto a la piscina, y salir andando tan solo con su salud a cuestas! Y es que con tus dones, Jesús Regalo del Padre, fuiste un provocador de aquellos hombres muertos en sus ritos muertos. Pero los fariseos hicieron al menos una pregunta correcta al enfermo curado por ti: ¿Quién es ese hombre que te ha dicho toma tu camilla y anda? Hicieron esa pregunta al que todos sabían que estaba enfermo desde hacía muchos años. No le preguntaron por su salud ni se alegraron de ella, sino que la grave falta de llevar la camilla a hombros un sábado de fiesta, les llevó a preguntarle por ti: ¿Quien es ese hombre? Ellos sabían que habías sido tú, Cristo de la Salud, el que había pronunciado la palabra curativa y dado la orden del transporte prohibido por ellos en sábado, pero Juan quiere contraponer en su Evangelio salud y ley, palabra liberadora y palabra esclavizante, y en esa dicotomía sitúa los diálogos y el discurso de todo el capítulo. A los ‘judíos’ ni siquiera les interesó la sanación milagrosa de aquel pobre hombre, y solo le cuestionaron sobre el llevar su camilla a cuestas en sábado. Las personas no les importaban, sino solo su mal entendida puridad y su descabellado servicio de Dios.”El que me ha devuelto la salud me ha dicho: toma tu camilla y anda”, les insistió el pobre hombre. “Y ellos le preguntaron de nuevo ¿Quien te ha dicho tómala y anda?” (Jn 5, 11-12)

Cuando entre el gentío del templo, volviste a encontrarte con él, tú si pusiste el acento donde era, Jesús de la claridad. “Mira -le dijiste- has recobrado la salud, no peques más no sea que te suceda algo peor” (Jn 5,14). Los judíos entendieron perfectamente tu gesto y tu noticia: No solo quebrantabas el Sábado a tu antojo, sino que “llamabas a Dios tu Padre, haciéndote a ti mismo igual a Dios”. Por eso trataban de matarte, y lo consiguieron ¿Por qué hacías estas cosas en sábado? Podías haberlas hecho un lunes o el domingo que es tu día. Pero tenías que poner de manifiesto que el hombre y su salud, esenciales para ti, a ellos les importaban nada. ¡Cuantas veces nos ocurre a nosotros lo mismo!

2.- AL CIEGO DE NACIMIENTO.
Juan 9,1-6; 35-39.- Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” Respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tengo que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.” Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego… Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?” El respondió: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.”El entonces dijo: “Creo, Señor.” Y se postró ante él. Y dijo Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.”

Es un relato paralelo al del enfermo de la piscina, que vuelve a poner de manifiesto el desinterés de los fariseos por el hombre, aunque aparecieran como celosos custodios de la ley estricta. El aforismo jurídico romano “summun ius, summa iniuria” –aplicar el derecho en grado sumo, es la mayor injusticia–, parece sacado de la ortodoxia judía en la que el hombre estaba hecho para la ley. Tú, Jesús de la
Verdad, dejaste claro que era la ley la que estaba hecha para el hombre, no el hombre para la ley. Toda religión, incluyendo la práctica de la Ley judía y el sábado, es para el hombre, para su armonía y salud, porque el hombre, cualquier hombre, es la imagen del Dios vivo y sacerdote de todo lo creado que lo devuelve a Dios con su alegría.

Con aquel pobre ciego que ‘pasaba’ por tu lado, Jesús de los encuentros imprevistos, hasta los discípulos tuvieron que aprender que la ceguera y los males físicos no son siempre producto de los pecados personales. De todas formas tu obra estaba clara, no solo te interesaba el hombre, pues podías haber curado también al ciego cualquier otro día de la semana, sin hacer ostentación de romper aquella cadena esclavizante del sábado, sino demostrar que el Hijo del hombre es “Señor del Sábado”. Por eso no solo curas, sino que ordenaste al enfermo llevar la camilla a cuestas, y por si fuera poco, ahora haces barro con tu propia saliva para curar a un ciego. Simplemente eso, barro con tu propia saliva y en sábado. ¡¡Que gran pecado les pareció aquello!! No podían soportar tanta provocación a la costumbre amasada con sus propias excrecencias, y se pusieron a indagar quien era aquel sacrílego que no respetaba su ley sabática. El resultado fue que mientras tú dabas salud de cuerpo y alma, los leguleyos terminaron insultando, despreciando al hombre enfermo, y preparando la condena tuya, y de los pobres a los que dabas vida.

Pero quizás lo que más interesa para la oración sencilla, sea tu propia revelación, tu forma de actuar para que siempre se manifieste la obra de Dios, de tu Padre y tuya. Para eso te hiciste, mientras estabas en el mundo, “La luz del mundo” (Jn 9,5) como mientras estás en el alma, eres la Luz del alma.

Por el don de la vista, aquel hombre tuvo que pagar un tributo grande, pues tuvo que enfrentarse solo, con su vista nueva y su modo nuevo de ver las cosas, a todos los expertos en la Ley. Pero así obtuvo el gran regalo, que no fue simplemente ver, sino verte a ti y conocerte como el Hijo del Hombre, el Mesías Salvador del mundo. No solo recibió la vista física, sino la visión espiritual, la fe que te conoce.

¿Qué nos quieres enseñar cuando dice Juan que más tarde, te acercaste de nuevo al pobre y denostado ciego, al que ya habían echado de la sinagoga por defender tu obra ante los doctos escribas y fariseos? Seguramente nos dejaste una pista y un testimonio de cómo encontrarte siempre, o dónde te gusta a ti hacerte el encontradizo. Será en tu cercanía al hombre en soledad, cuando ha sufrido algo por ti, por tu nombre. Ese sitio es tan seguro como son los mismos pobres. Pero en verdad que tu acercamiento es imprevisible.

También tiene el relato presencia de gentes sencillas totalmente necesaria para la realización de la obra. Por ejemplo los que llevaron al ciego a lavarse. Seguramente no fueron sus padres, porque ellos mismos lo niegan después ante los judíos. La gente sencilla y piadosa que ayuda a tu obras, siempre está también cerca de ti.

4.-5.-.-YO SOY LO QUE OS DIGO DESDE EL PRINCIPIO, SOY LA PALABRA DE DIOS.
Se revela Jesús a los Judíos, doctores de la ley.

JUAN 8,24-25 Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creyereis que “YO SOY EL QUE SOY” moriréis en vuestros pecados”… Y YO SOY LO QUE OS ESTOY DICIENDO”

8,28 Jesús les dijo: “Cuando hayáis levantado al hijo del hombre, conoceréis que YO SOY EL QUE SOY y que nada hago por mi cuenta, sino que digo lo que me enseñó el Padre.

13,19 Os lo digo ahora antes que suceda, para que cuando suceda creáis que YO SOY EL QUE SOY, el que hace ser”.

18,5-6 “¿A quién buscáis? Respondieron: “A Jesús Nazareno”. Jesús les dijo: “YO SOY”. Judas, el traidor, estaba también con ellos. Así que les dijo “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra.

18,8 Jesús respondió: “Os he dicho que YO SOY. Si me buscáis a mí, dejad que éstos se vayan”.
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Una de las enseñanzas más profundas de Juan, no es solo la de su primera carta, donde explicando el Nombre de Yavhé, “Yo Soy”, nos dice que: “Dios es Amor”, sino que en todo su Evangelio mantiene una tesis central: Jesús, el Nazareno muerto y resucitado, también ES. No solo es Amor, como el mismo Padre, sino que es la Palabra de ese Amor dirigida al hombre, y que vuelve del mundo al Padre del que salió para, si pudiera decirse así, evangelizar el cielo llevando hasta su seno la Buena Noticia del hombre, la Noticia que el Padre quiere oír par su complacencia, su “eudokía”. En un hombre, en su Hijo amado, Dios ha perdonado por amor, al hombre que había castigado con la ausencia, convertida en muerte.
El capítulo 8 del cuarto Evangelio, es un tesoro en ese sentido; es una perla de luces, por la que merece la pena vender todo lo que uno tiene y adquirirla. Es el capítulo que más veces usa el verbo ser, relacionado con Jesús: Yo soy la luz del mundo… Soy de arriba, como el Padre… soy con el Padre (estoy con el Padre). Soy el que da testimonio de mí mismo y del Padre. Soy lo que os estoy diciendo, porque soy la Palabra. Pero solo se entiende bien su propia revelación cuando se conecta con el Capitulo 14. Me voy al Padre a preparos “un lugar” para que “COMO YO SOY, SEIAS TAMBIEN VOSOTROS” o “donde yo estoy, estéis también vosotros”. Es la más profunda promesa de conversión que se ha dado al hombre en toda la historia de la salvación. De nada nos serviría saber que El es del Padre, que vino del Padre, y volvió al Padre Dios, si nosotros no pudiéramos seguirle y estar con Él, es decir si no pudiéramos ser como Él ES. En realidad los judíos entendieron que ese era el mensaje de Jesús, el hombre convertido en Dios por la simbiosis de conversión que produce la fe, y rechazaron por imposible y blasfemo tan gran regalo. Es la gran crisis del hombre que publica Jesús en ese mismo capítulo de Juan: “Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”. Y “Antes que existiera Abraham YO SOY. Entonces tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del Templo” (Jn 8,24).
Y así coincidimos los hombres en ti, Palabra engendrada del Padre, porque también nosotros somos lo que tú dices. Solo podemos ser eso ante el Padre, “lo que tu dices que seamos”. Y realmente somos lo que entendemos de ti, lo que aceptamos de tu Palabra, lo que conocemos del Padre porque tú nos lo enseñas. Nadie puede ir al Padre, al que ES, sino por ti, por tu enseñanza y tu regalo de tu propio ser.

4.-6.- YO SOY EL BUEN PASTOR, LA PUERTA DE LAS OVEJAS, Y SU PASTO. SOY DIOS, HIJO DE DIOS, Y UNO CON EL PADRE.

JUAN 10
1. En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;2 pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.3 A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama por el nombre, las saca fuera.4 Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.5 Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.7 Entonces Jesús les dijo de nuevo: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.8 Todos los que han venido fuera de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.9 Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.10 El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
11 Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.12 Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa,13 porque es asalariado y no le importan nada las ovejas.14 Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí,15 como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.16 También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.17 Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo.18 Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.”19 Se produjo otra vez una disensión entre los judíos por estas palabras.20 Muchos de ellos decían: “Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escucháis?”21 Pero otros decían: “Esas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?”22 Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. 23 Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón.24 Le rodearon los judíos, y le decían: “¿Hasta cuándo vas tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.25 Jesús les respondió: “Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; 26 pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.28 Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.29 El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.30 Yo y el Padre somos uno.”31 Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle.32 Jesús les dijo: “Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?”33 Le respondieron los judíos: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios.”34 Jesús les respondió: “¿No está escrito en vuestra Ley: Yo he dicho: dioses sois?35 Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios – y no puede fallar la Escritura -36 a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: “Yo soy Hijo de Dios”?37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;38 pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.”39 Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos.40 Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí.41 Muchos fueron donde él y decían: “Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad.”42 Y muchos allí creyeron en él.
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El mejor comentario de la proclamación de Jesús que recoge Juan en su evangelio, es la propia Sagrada Escritura, que había anunciado el misterio por los profetas.
EZEQUIEL 34
1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: 2 Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: Así dice el Señor Yahveh: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño?3 Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño.4 No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida; sino que las habéis dominado con violencia y dureza.5 Y ellas se han dispersado, por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las fieras del campo; andan dispersas.6 Mi rebaño anda errante por todos los montes y altos collados; mi rebaño anda disperso por toda la superficie de la tierra, sin que nadie se ocupe de él ni salga en su busca.
7 Por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahveh: 8 Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, lo juro: Porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje y se ha hecho pasto de todas las fieras del campo por falta de pastor, porque mis pastores no se ocupan de mi rebaño, porque ellos, los pastores, se apacientan a sí mismos y no apacientan mi rebaño;9 por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahveh. 10 Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo contra los pastores: reclamaré mi rebaño de sus manos y les quitaré de apacentar mi rebaño. Así los pastores no volverán a apacentarse a sí mismos. Yo arrancaré mis ovejas de su boca, y no serán más su presa.11 Porque así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él.12 Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas.13 Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra.14 Las apacentaré en buenos pastos, y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. Allí reposarán en buena majada; y pacerán pingües pastos por los montes de Israel.15 Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahveh. 16 Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré: las pastorearé con justicia.
17 En cuanto a vosotras, ovejas mías, así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.18 ¿Os parece poco pacer en buenos pastos, para que pisoteéis con los pies el resto de vuestros pastos? Os parece poco beber en agua limpia, para que enturbiéis el resto con los pies?19 ¡Mis ovejas tienen que pastar lo que vuestros pies han pisoteado y beber lo que vuestros pies han enturbiado!20 Por eso, así les dice el Señor Yahveh: Yo mismo voy a juzgar entre la oveja gorda y la flaca.21 Puesto que vosotras habéis empujado con el flanco y con el lomo y habéis topado con los cuernos a todas las ovejas más débiles hasta dispersarlas fuera,22 yo vendré a salvar a mis ovejas para que no estén más expuestas al pillaje; voy a juzgar entre oveja y oveja.23 Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor.24 Yo, Yahveh, seré su Dios, y mi siervo David será príncipe en medio de ellos. Yo, Yahveh, he hablado.
25 Concluiré con ellos una alianza de paz, haré desaparecer de esta tierra las bestias feroces. Habitarán en seguridad en el desierto y dormirán en los bosques.26 Yo los asentaré en los alrededores de mi colina, y mandaré a su tiempo la lluvia, que será una lluvia de bendición.27 El árbol del campo dará su fruto, la tierra dará sus productos, y ellos vivirán en seguridad en su suelo. Y sabrán que yo soy Yahveh, cuando despedace las barras de su yugo y los libre de la mano de los que los tienen esclavizados.28 No volverán a ser presa de las naciones, las bestias salvajes no volverán a devorarlos. Habitarán en seguridad y no se les turbará más.29 Haré brotar para ellos un plantío famoso; no habrá más víctimas del hambre en el país, ni sufrirán más el ultraje de las naciones.30 Y sabrán que yo, Yahveh su Dios, estoy con ellos, y que ellos, la casa de Israel, son mi pueblo, oráculo del Señor Yahveh.
31 Vosotras, ovejas mías, sois el rebaño humano que yo apaciento, y yo soy vuestro Dios, oráculo del Señor Yahveh.
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JEREMÍAS 23.-
1 ¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! – oráculo de Yahveh -.2 Pues así dice Yahveh, el Dios de Israel, tocante a los pastores que apacientan a mi pueblo: Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis. Mirad que voy a pasaros revista por vuestras malas obras – oráculo de Yahveh -.3 Yo recogeré el Resto de mis ovejas de todas las tierras a donde las empujé, las haré tornar a sus estancias, criarán y se multiplicarán.4 Y pondré al frente de ellas pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas, ni faltará ninguna – oráculo de Yahveh -.5 Mirad que días vienen – oráculo de Yahveh – en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra.6 En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguro. Y este es el nombre con que te llamarán: “Yahveh, justicia nuestra.”
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El gran misterio de esta proclamación, no es quizás el pastoreo, como simple conducción de un pueblo, sino la Palabra de Dios, llena de vida y de misericordia que conduce y alimenta. Con los textos anteriores basta para sentirse lleno de esa misericordiosa fuerza al rezar este misterio. El resto que yo pueda decir sobra, porque creo que sus ovejas conocen y escuchan personalmente su voz, esa voz pronunciada por el Espíritu Santo en el alma de los suyos.
Hoy no es fácil entender esta bucólica parábola del “Buen Pastor” en una cultura de grandes urbes como la nuestra, en la que pastores, rediles y rebaños se han perdido. Personalmente he tenido la suerte de ver, en ese estado de esponja noticiosa que es la niñez, pastores de ovejas y cabras, ganados que salen o entran al pueblo, o al redil, y pasan sin que uno sepa a dónde van o de dónde vienen en las madrugadas y tardes de los campos cercanos. Se ven los rebaños en el mismo pueblo en invierno, y en los pastos de las cumbres, al llegar la primavera y en verano. Su olor, su sonido peculiar de cencerros y voces, de ladrido de perros, de balidos con tonos agudos y graves, de silbidos y chasqueos del pastor, son inconfundibles en cada uno de ellos. Si un hombre cualquiera del pueblo hiciese aquellos movimientos de brazos de los pastores, o un sonido semejante en voces y silbos sin tener un rebaño delante, sería tratado de loco. Pero el rebaño justifica esos tonos de sonidos extraños emitidos con las cuerdas bucales y con resonancias en no se qué otros instrumentos fonadores del hombre, como pecho, garganta, fosas nasales, y en cualquier otro rincón acústico, incluyendo las manos como cuencos de resonancia. Los sonidos son inconfundibles, personales e identificatorios de cada pastor y cada rebaño. No solo los conocen sus ovejas sino el pueblo entero. Cada rebaño tiene su estilo de voces y gritos, de silbos y gestos, de cencerros y ladrido de perros, de morral y de látigo. Seguramente alguna de esas imágenes, vista desde el balcón de la casa del pueblo donde nací, ha sugerido el título de este libro. Aquellos balcones fueron de gracia para mí. De todas formas, la feroz crítica de Ezequiel o Jeremías, que se convierte en profecía y proclamación del Reino de la Paz y la Justicia, sigue siendo entendible aún para quien no haya visto una oveja en su vida. A la mayoría de nosotros no nos toca ser buen pastor, sino simplemente “buena oveja”. Aunque tenga un buen pastor, ser “buena oveja” hoy suele entenderse como gregarismo malsano, una falta de personalidad humana individual y libre. El ejemplo de Jesús, y su proclamación por Juan, no tiene ese sentido, sino todo lo contrario. Sus ovejas son inteligentes, conocen su voz, conocen el Nombre, saben seguirle solo a Él y huir de los extraños. Es más, el capítulo 34 de Ezequiel, sobre los pastores del pueblo sencillo de Dios, podría ser el paradigma de toda la doctrina social de la Iglesia, y de todos los que institucionalmente se preocupan del hombre en un mundo en el que vuelve a parecer cierto que: “homo, homini lupus”, el hombre, es un lobo para el hombre, con las connotaciones no solo filosóficas sino pastoriles de la frase.
Desde la oración sencilla del Rosario, se espera como oveja en la noche, a que apuntando el alba, pueda cada uno escuchar en la voz conocida, el nombre que lo define, o incluso el crujir del látigo que le haga levantarse y andar el camino. Siendo este un breve comentario del riquísimo capítulo diez del Evangelio de S. Juan, miraremos al Pastor, pero solo en su relación íntima con las ovejas, es decir, no se trata tanto de hacer una teoría de la acción pastoral o social en nuestro mundo, o de la realidad de unos hombres investidos de la fuerza carismática para guiar a otros, como son los políticos, dirigentes, obispos, o los siempre nuevos “profetas” en el mundo religioso, cuanto de descubrir el encuentro personal de cada uno de nosotros, en la humildad, sencillez y sabiduría de una oveja, con su auténtico pastor; es decir de cada hombre con su auténtico camino de luz. Este misterio del Rosario no es solo la proclamación del “Buen Pastor”, -que lo es- sino de la buena oveja, del buen rebaño. Uno ora porque necesita el encuentro con el que llama desde arriba a encontrar el alimento del Padre del cielo. Si el sacrificio de las ovejas y su explotación por parte de los falsos pastores fuera lo importante, el mismo Cristo sería la primera oveja maltratada por los pastores, porque se dejó matar y aniquilar en su ser de hombre, para poner en evidencia hasta el fina de los días, que siempre habrá pastores, pero que no todos son se Dios. De hecho uno de los nombres del Cristo es “el Cordero de Dios”, el que quita el pecado del mundo. Y es que en mundo religioso judío, un rebaño, una oveja, un cordero, tenían su entidad vital y económica, que hoy en buena parte ha quedado sustituida por la moneda.
Para esta parte del Rosario que hemos llamado Misterios de Gracia, el capítulo 10 de Juan es una cumbre autodefinitoria de Jesús. “YO SOY” la puerta de las ovejas, YO SOY el buen pastor, el Mesías, el Hijo de Dios, igual al Padre, Uno con el Padre, y con todos esos nombres me conocen mis ovejas, me siguen y escuchan mi voz. Así les doy vida eterna, y en “mi día”, habrá un solo rebaño y un solo pastor. La tensión profunda que rezuma el capítulo es la antesala y el ambiente de la petición más audaz de Jesús a sus discípulos. El que quiera ser de su rebaño escuchará su voz, y al que escuche su voz le pide “tomar la cruz y seguirlo”. Eso requiere un grado de escucha muy especial.
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¿Cómo puede seguir tras de ti el que buscando simplemente su alimento y seguridad, lo que encuentra es la cruz? La mayoría saldrá huyendo como si tú fueras el mal pastor, Jesús de la controversia, pero es en esa aceptación de la entrega total, donde estará la puerta por la que se entra y se sale hacia los pastos de tu palabra viva. La llave de la puerta es la Escritura que dice cómo eres, la Palabra que te trae a ti, que dice quien eres tú y cómo son los hombres:”dioses sois, e hijos de Altísimo todos”. Y es que la Verdad de seguirte, es llegar a ser como tú eres, parecerse a ti, en tu unidad de hombre con el Padre de todos. Cuando dices “YO SOY la puerta de las ovejas”, estas invitando para entrar en ese otro mundo que creaste para los hombres tuyos. Es una provocación a entrar por ti, y salir a donde vive el Padre, a sus moradas y sus moradores, a sus voces y cantos que son alimento y comunión personal.“Entraran y saldrán y encontraran pasto” dices en cumplimiento del salmo 94. “Venid aclamemos al Señor… Entrad, postrémonos por tierra bendiciendo al Señor creador nuestro” porque el es nuestro Dios, y nosotros su pueblo el rebaño que él guía.” …Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón como vuestros padres que me tentaron en el desierto…”.
Y es que la rumia de la Palabra, con esa técnica de alimentarse que tienen las ovejas, es la misma que se usa en el mundo del espíritu con la oración sencilla del Rosario. Es como ir degustando nombres, rumiando imágenes, las gracias y tensiones, las alegrías y penas del hombre Jesús de Nazaret, hasta entender que también hoy, y para cada uno de nosotros, Él sigue siendo la puerta, el Pastor, el Hijo de Dios, uno con el Padre y Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La oración más personal, como antecedente directo de la piedad que expresamos en el Rosario, es el tiernísimo salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma; me guía por senderos de justicia en la gracia de su nombre. Aunque pase por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan… Unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa. Sí, dicha y gracia me acompañarán todos los días de mi vida y mi morada será la casa de Yahveh a lo largo de los días”
4.-7.- YO SOY LA RESURRECIÓN Y LA VIDA .- (Jn 11,17 45)
YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA (Jn,14,6)

JUAN 11, 17-45 .- Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Le dice Jesús: “Tu hermano resucitará.” Le respondió Marta: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.” Jesús le respondió: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Le dice ella: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.” Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: “El Maestro está ahí y te llama.” Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: “¿Dónde lo habéis puesto?” Le responden: “Señor, ven y lo verás.” Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: “Mirad cómo le quería.” Pero algunos de ellos dijeron: “Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?” Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: “Quitad la piedra.” Le responde Marta, la hermana del muerto: “Señor, ya huele; es el cuarto día.” Le dice Jesús: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?” Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.” Dicho esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!” Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: “Desatadlo y dejadle andar.” Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
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Uno de los grandes misterios de la proclamación de Jesús como Palabra de Vida se nos esclarece en la resurrección de Lázaro. No es solo el milagro de la vuelta de un muerto a esta vida física de sentidos, sino que en el pasaje hay otros muchos mensajes de luz, en los que Él se manifiesta a sí mismo como la puerta entre la muerte y la vida, entre el cielo y la tierra. No se entendería la auténtica dimensión del relato, sin leer antes, -como se hace en la liturgia del Domingo V de Cuaresma-, la profecía de Ezequiel. “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel… Entonces sabréis que Yo Soy el Señor, os infundiré mi espíritu y viviréis…Yo Soy el Señor, YO soy: “LO-QUE-DIGO-LO-HAGO” (Ez 37,12-14).
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Esa parte del anuncio profético contiene el sentido de toda la obra de Jesús, como su gran nombre, YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA, y su magnífico apellido de Señor Absoluto: “LOQUEDIGOLOHAGO”, así, todo junto, como su propia acción y pasión. Es una gran revelación sobre su propio ser: Él es Acción y Palabra, Vida y Palabra. Porque es Verbo de Dios, en Él Palabra y Vida, son un mismo acto, una misma realidad. Él es su misma Palabra en acción, y su mejor acción es su propia Palabra, como Persona salida de Dios y dirigida al hombre, que al entenderla y aceptarla, ve como se instalan en su Vida, el conocimiento y la sabiduría en modo de amor. Jesús, que encarnó y escenificó la vida de Dios Trino entre nosotros, en casa de Marta y María lo hace como en una cumbre de su revelación. Si en el Horeb, al entregar las tablas de la ley a Moisés, su teofanía fue impresionante, en la resurrección de Lázaro lo fue más. Es la promesa hecha realidad no sobre piedra, sino sobre el hombre mismo. El amor excepcional de Yavhé a su pueblo es magnífico, y se manifiesta muy especialmente por su misericordia, pero la manifestación de ese amor en Jesús a sus amigos Lázaro, Marta y María relatado por Juan, el evangelista del amor que lo sintió también en su propia persona, es extraordinario. Incluyendo aquella especie de indolencia de Jesús que no quiso ir a Betania hasta que hubiera muerto su amigo. ¡Qué tremenda confianza en la propia fuerza de su amor! El sabía que ni la muerte iba a poder con él, porque el centro de su persona y de toda su conducta era el amor que vencía la división diabólica aliada a la muerte. “YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA”. Es como si dijera simplemente YO SOY EL AMOR creador y recreador.

El sentido que se da a la muerte de Lázaro en el Evangelio de Juan, es el mismo que le había dado a la enfermedad y a la ceguera de nacimiento de aquellos dos elegidos, los pobres que hemos visto antes: no estaban enfermos por el pecado, como castigo y correctivo, sino textualmente “esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios” (Jn. 11,4). Pero Lázaro murió, y la pregunta que se hacían todos, incluyendo el reproche directo de Marta y María -si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto– era lo más razonable:”Éste que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que ese hombre no muriese?(Jn 11.37). Y esa pregunta, con las lágrimas de Jesús conmovido de amor por aquel dolor de las hermanas, fue el detonante para revelar el regalo que supera todos los regalos de Dios a los hombres, incluyendo la misma creación en este universo mundo: la recreación en el reino eterno más allá de la muerte. Es justamente ante la tumba de Lázaro cuando tiene sentido su proclamación anterior de YO SOY LA PUERTA. Tras la orden a Lázaro –sal fuera– ya sabemos hacia dónde pueden entrar y salir sus ovejas, su rebaño de hombres con fe. La muerte ya no es un lugar estanco, cerrado. Se puede entrar y salir de ella por la puerta que da a la vida, por la Palabra de Dios que llama a ser.

En la oración del avemaría propuesta al principio, como ambiente perfumado de los Misterios del Rosario, se pide esa gracia suprema a la kejaritomene, a la llena en plenitud de gracia, porque ella ya la ha alcanzado en cuerpo y alma: “ruégale en nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte”.
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Ese fue el regalo que le hiciste a tu amigo, al que ambas y te amaba, Jesús de la amistad comprometida. Toda una vida esperándote, toda una vida amando la luz de gracia que brotaba de ti, Jesús de Nazaret, Dios y Hombre verdadero, y por fin llegó el encuentro íntimo, aunque tuvo que ir a descubrirlo al otro lado de la muerte. Los que ya por edad y dolencias, nos sentimos cerca de esa frontera humana, al contemplar el misterio, tenemos aquí el consuelo de que tu amor será nuestra realidad en la vida eterna, cuando nos llames como a Lázaro en un grito de mando: “sal fuera”, sal de la muerte al lugar donde yo estoy eternamente con mi Padre, al lugar preparado para vosotros desde la creación del mundo. Y ese será el final de nuestra esperanza porque todo estará presente.

Aunque la resurrección de Lázaro como hecho físico, y la tuya propia, sean tan espectaculares, me quedo con la noticia de tu amor que proclama tu amado discípulo Juan:”Aquel a quien tu quieres está enfermo… Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro… Los judíos decían: ‘Mirad ¡Cómo le amaba! (Jn 11,2.5.36). Incluso la resurrección no es sino un instrumento del encuentro en el ágape y en la “vida eterna” de tu voz, un presupuesto necesario para que el hombre finito entienda la infinitud antecedente y consecuente a tu propia vida de amor entre nosotros. Juan, que nos cuenta la escena de aquellos tres hermanos sufrientes del dolor de tu ausencia, ya sabía por propia experiencia la gran revelación, la gran epifanía, todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… porque Dios es amor. (Jn 4. 7-8)

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JUAN 14, 6-7 “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mí, si me conocéis a mí, conoceréis a mi Padre y desde ahora le conocéis y la habéis visito.

Es la definición más operativa de Jesús para el hombre. Es su declaración de que no solo toda su ‘personalidad’ está dirigida al Padre, sino que es la única posibilidad y el único instrumento para todo hombre de acercarse y conocer al Padre. En su ser sacerdotal, camino, verdad y vida con la misma realidad. Es camino, porque lleva al Padre. Es la verdad, porque en Él se conoce al Padre. Y es vida, porque ya desde aquí, y en su cuerpo se conoce al Padre, a Él mismo y al Espíritu.

5.- MISTERIOS DOLOROSOS
(Para el viernes)

Siete balcones de gracia abiertos a la calle estrecha del dolor, en la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Jesús corroboró con la entrega de su vida, el signo y la promesa que hizo en la institución de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros”, dijo, y a las pocas horas, demostró la realidad física de su pasional entrega Verbal, hasta la muerte. Aunque otros ejercicios piadosos de la oración cristiana, como el viacrucis, son más explícitos sobre los momentos dramáticos de su pasión y muerte, en el rezo del Rosario el dolor y la cruz tienen su valor y sentido plenos, porque apenas son un paso para los Misterios de Gloria. Un paso sangriento, torturador, necesario por voluntad del Padre para la selección sobrenatural, pero simplemente un paso, una pascua. Es por eso que su consuelo a nuestra enfermedad y dolor, frutos del pecado o injusticia inicial, está servido en el recuerdo vivo, cuando se hace memoria afectiva y plena al orar en los misterios del Rosario.

De la plaza abierta de la Luz en el pueblo de la Iglesia, -volviendo al símil de la Casa grande que estamos utilizando para el rosario-, salen caminos de piedad y de gozo, de glorias y triunfos que recorren y unen las ciudades de las gentes y de los pueblos, dedicados casi en exclusiva a su provecho propio, a su lujo y apariencia de comodidad, al comercio floreciente y a los negocios de todo tipo. Es una plaza de la historia de la humanidad de la que parten imperios, reyes, principados y potestades. Aunque sean hermosas avenidas por las que transcurre la historia humana, y aunque parten de la plaza de la Iglesia, algunas incluso asfaltadas de oro, ninguna conduce a la armonía íntima del hombre, a su encuentro en paz con el Creador, como lo hace la estrecha vía dolorosa. Junto a la casa de los grandes balcones de gracia, que hemos usado como símbolo de la Iglesia orante y de la gente que tiene sus raíces en el conocimiento antiguo y nuevo de su Dios, sube una calle estrecha, humilde, piadosa, empedrada con guijarros rodados en el río de las penas y fatigas de la vida del hombre, en la que apenas caben dos personas cogidas de la mano. Es la calle dolorosa de todos los tiempos y de todos hombres. En sus paredes, que pueden tocarse ambas a la vez con los dedos si se abren los brazos en cruz, no hay puerta alguna de casa que sirva de refugio, tan solo ventanucos de graneros a la altura del hombro, y por encima, los siete balcones muy altos. Por ellos se asoman los que viven o visitan la casa de la gracia, para ver pasar la procesión dolorosa que hacen el propio Señor Jesús y su gente hacia el Padre de la Gloria. La subida ardua por la calle empedrada, solo pueden recorrerla los que llevan al hombro su carga personal. No caben carros, ni carretas, ni arreos demasiado grandes. Por eso a los que van detrás del Maestro, se les ve subir por ella escasos de equipaje. Sus paredes desnudas y su piso de guijarros, no permiten más.
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Así vi en mi sentimiento aquel atajo, cuando lo encontré en la causalidad del Evangelio. Nadie entraba en el callejón, ni se asomaba siquiera por el solo gusto de asomarse. Y en el abandono, escuché un canto a todos los misterios del dolor:

“Descansando a la sombra de nadie, como si fuera un portador de mercancías cargado de todas las miserias, sin aposento alguno, llegaste a la soledad profunda anunciada en un huerto de olivos, cargado con el peso de todos los hombres. También cargabas mi alma, por la calle que sube entre la sombra. Pocos la conocen, y menos la transitan. Fui noble en ella y encontré junto a ti, cuando orabas, sentido al desencuentro. Allí quedó quebrada la garganta que gritaba socorro a los hombres. Allí quedó deshecho el sortilegio negro de la muerte, que abatía las noches de los pobres y ahuyentaba los ayes de la soledad. Allí encontré la púrpura del fuego de la sangre, se apartaron las fieras del odio, y supe al fin quien eras Tú y quien era yo. Supe de qué color iba a ser para siempre aquel vino, sangre de tus venas”. Eras Tú, Jesús de la vía dolorosa, un hombre del futuro en el presente, arrastrando el universo hacia tu siglo, donde vives siempre con tu Padre. Eras un Dios disfrazado de sombra, para que no matase tu luz a los hermanos simples como niños, ni acelerase tu presencia el fin del mundo ciego y podrido de poder. Pude, al volcar la noche, contemplar tus heridas que yo mismo te hice en mi locura, y me quedé prendido a tu regazo, empapado hasta el tuétano de ti. Así, contigo dentro, aprendí a caminar por los guijarros de la calle estrecha de la vida. Rezagado en tu amor, viéndote caminar, me hice valiente, abrí también mis brazos, como tú, y se rompió el misterio del miedo en mil pedazos. Solos al fin, la sombra mía se llenó de luces brotando de tu seno, como el iris de un arco, y firmamos un pacto de amor sobre la sangre de la noche aquella que te trajo colgado de tu árbol, cabalgando en tu cruz, por el estrecho callejón amargo de mi olvido. Crucificado en mí, también me hice sepulcro y recibí por entero tu cuerpo, tu despojo. Solo encontré el sentido de tu forma de amar al tercer día, tras el silencio de todas las pasiones, muertas en la cruz del desencuentro. La calle de las piedras me llevó a otro pueblo, el pueblo de la paz, Jerusalén de arriba.

5.- 1. BALCÓN AL MISTERIO DE LA ORACIÓN Y SOLEDAD DEL HUERTO.

LUCAS 22, 39-46.- Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: “Orad para que no caigáis en tentación.” Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.”

MATEO 26,38-39.- “Mi alma está triste hasta la muerte…Y adelantándose un poco cayó rostro a tierra, y suplicaba así, ‘Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú”.
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El cielo es de Dios, y la tierra se la ha dado a los hombres, dice un Salmo. El Cielo es, sin duda, tu rostro de hombre, Jesucristo Dios nuestro, espejo limpio de tu alma que se asoma a la tierra nuestra, abrumada de la miseria humana. Cuando la inercia de esas dos energías -la de Dios y la del hombre- se enfrentaron en ti, brotó un rayo de luz en la materia inerte. ¡Tu rostro orante, postrado sobre la tierra estaba creando el universo nuevo! Y tu sudor de sangre, cayendo hasta el surco abierto de aquel huerto de olivos, formó el barro del que había de nacer el nuevo hombre. Asumiste la maldición del viejo Adán y la hiciste tuya. “Maldita la tierra por tu causa… Con el sudor de tu rostro prepararás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado” (Gen,3,18-19) Y tú te lo tomaste al pie de la letra. Como ocurrió en el principio en que llegó pronto el crimen que regó la tierra no de sudor, sino de la sangre inocente del justo Abel, abatido por su hermano Caín, ahora tú te atreviste a enjugar esos dolores de la humanidad sobre la madre tierra. El sudor de tu rostro, como gotas espesas de sangre, empapó el nuevo surco (Lc, 22,44). Oración de pavor y de angustia la de aquella noche; de tristeza hasta el punto de muerte. Oración de adelantarse un poco para quedarse solo, y caer de rodillas rostro en tierra, suplicante: ¡Abbá!, Padrecito mío, el Todo poderoso, ¿No hay otra forma de salvar a los hombres que sea menos costosa? Si es posible, pase de mí esta hora. Pero si así lo quieres, este cáliz tuyo lo bebo hasta el fondo de la muerte. (Lc 22,41). Terrible decisión la de afrontar en soledad, la muerte y la tortura. Terrible valentía de hombre para ganarte a costa de tu sangre, y solo, el liderazgo de ser principio de un pueblo nuevo que habrá de derramar también la suya siguiendo tu recuerdo y tu orden de Maestro. Y no es un pueblo antiguo, el Israel de siempre, sino un pueblo nuevo, que nace cada día de la entrega tuya germinando en todos los genes de los hombres, de todos los pueblos y naciones de la tierra. Nace cada mañana como el sol de lo alto, el sol de tu día, de tu gracia, cuando alguien toma su cruz y te sigue. La experiencia de los discípulos, de los seguidores, hombres y mujeres que te seguían por los caminos aquellos, es repetible en nosotros los tuyos de todos los tiempos. En la oración sencilla del Rosario, como por un balcón de gracia, podemos mirarte, ver tu obra, tu gesto, y sentir lo que sentiste, en la medida en que tú quieres darlo a cada uno. La contemplación de tu obra parece tan cercana en compañía de tu Madre, que se convierte a veces en la parte más doliente de la propia vida; porque el amor hace que duelan más tus heridas que las propias. La más grande entrega de toda la historia del universo es la tuya, Jesús generoso, y la enseñas a los tuyos personalmente a tu modo, a tu medida y manera. A unos cien, a otros sesenta, a otros treinta, como el fruto de la semilla del reino que es. En muy pocas horas pasaste, Jesús doliente, de la gloria falsa que te daba el hombre llamándote Mesías y Rey, cuando montabas un pollino sobre una alfombra de mantos, de ramos y flores, a la muerte que también tenía la misma causa: la insensatez humana que gira como una veleta en día de viento racheado. Tú describiste la miseria a la que habíamos llegado en tantos siglos sin ti, con una sola frase: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y aceptando con voluntad propia la voluntad mistérica de tu Padre te entregaste del todo en manos de los hombres insensatos. No quisiste entregarte a ellos cuando querían hacerte rey, pero sí te entregaste cuando querían matarte ¿Quien entenderá eso? La cabeza lógica no puede, y el corazón amante, tan solo lo vislumbra. La voluntad del Padre suponía una ruptura no solo de la armonía o salud de tu carne, sino de todos los esquemas ‘lógicos’ del hombre, si es que pudiera tener algo lógico ese hombre fuera del primer paraíso de la voluntad de Dios, del que fue arrojado. Ahora, después de tu actuación, con la fe en tu obra se nos ha dado un nuevo principio del raciocinio. En realidad para nosotros los que hemos creído en ti, ya lo único lógico es lo que tú haces y dices, como el LOGOS del amor que eres. Por eso Juan, el discípulo al que querías, el evangelista del amor, funda todo su discurso en ese misterio: “El Principio es la Palabra”. Así comienza el prólogo de su Evangelio. El principio de todo es el LOGOS, el Verbo de Dios. Y el Logos eres tú, Jesús de Nazaret, Verbo ‘lógico’ de Dios, que pones de manifiesto lo ilógico del hombre.

El primer suplicio lo sufriste ya en la soledad de la oración, a la sombra que la luna llena de la pascua judía dibujaba en el huerto de olivos. Fue una noche blanca de luna llena, pero roja y negra de sangre, de sudores de miedo, de angustia, de zozobra, de silencio en el que solo se dejaban oír, entre ronquidos de los tuyos, los ecos sigilosos de las pisadas de tus verdugos y el ritmo disparado de tu corazón. Noche de tristeza de muerte para ti, y de abandono al sueño del vino nuevo de tu primera Eucaristía para tus amigos. Noche de valentía para enfrentarte solo, a Dios tu Padre justo, a ti mismo como juez supremo, y a las huestes del mal de todos los tiempos, concentradas en aquella patrulla de esbirros. La justicia y la misericordia de Dios se enfrentaron en ti y crearon tal tensión, que para unificarlas tuviste que sudar sangre a goterones. Al entrar en el callejón de tu tormento incomprensible, sabías perfectamente que ya no había retorno. Ibas a terminar tu tiempo de hombre por la puerta de salida universal de todos los hombres que es la muerte. Desde la altura del balcón de nuestro tiempo, al inicio del siglo XXI, se puede ver aquel martirio tuyo lleno de gloria y gracia, porque los que creemos en ti sabemos el final glorioso de la calle de suplicio y muerte, pero tú allí, hace dos mil años, estabas solo delante de tu Padre y del pueblo que miraba de lejos. Seguramente eras muy consciente de que estabas creando el gran remedio de tu gracia para todas las soledades, dolores y dudas del mundo de los hombres que son tuyos porque creen en ti, porque son tus ‘generaciones’. Asomarse al balcón que mira al huerto de los olivos, es la mejor terapia para la soledad acompañada de un hombre. Especialmente cuando ve que los suyos, los que debían de estar con él, porque han cenado y comido con él, los que han pasado con él el torrente Cedrón de la miseria humana y parecían aunados en la misma aventura, yacen vencidos por el sueño !Todos dormidos! Y el enemigo que va a escenificar la muerte, acercándose sigiloso, traicionero, con una fuerza y determinación que no dan lugar a dudas sobre sus intenciones. Tu sangrienta oración entre los olivos es la entrada al misterio de la soledad final del hombre, y estará bien buscar un claro en el huerto interior de cada uno, y elevar los ojos al Padre de los cielos, al menos para decir como tú dijiste: “Hágase tu voluntad, y en la forma en que Tú quieras, Padre mío. No como quiero yo”.

El gran dolor herido de tu alma, fue contemplar la decisión irredimible de entregarte a la muerte que traía tu amigo, tu confidente en otras tantas noches de aquel huerto, el Judas cogido del diablo. No duró mucho más de una hora la cumbre de aquel acto, pero fue tan intensa, tan decisiva, tan irremediablemente avocada al final de una vida y principio de otra, que sirve de paradigma y puerta de la Pascua, de tu paso y el de cualquier hombre que crea en ti, a la gloria bendita del Padre. Dos escuetas frases del Evangelio pueden ser el resumen del drama. La primera dirigida a tu Padre: -“No se haga mi voluntad, sino la tuya”- que se convierte así en el centro mismo y en la esencia de toda vida orante. Así lo habías enseñado a los tuyos en las horas tranquilas: “Padre nuestro… Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo”. Y así fue también el acto de amor que dio origen a tu propia vida de hombre: “Hágase en mí según tu palabra”, dijo la virgen nazarena que te llevó en su vientre y guardó esa palabra en su corazón. Es la sumisión íntima, creativa, que distingue al hombre que busca ser de Dios. No se puede ser de Dios de otra manera. Solo en ese estado de entrega se conquista la gloria, aunque cueste goterones de sangre.

La segunda frase de aquella noche enlazada con el misterio de tu propia persona de Cristo, de Ungido Hijo de Dios, se la dijiste a los hombres que te buscaban para prenderte: ¿A quién buscáis?– A Jesús de Nazaret…YO SOY” les dijiste. Y fue tanta la seguridad, la fuerza de tu voz al pronunciar tu nombre propio –YAHVÉ-, “YO SOY”-, que aquellos malhechores nocturnos y alevosos, quedaron literalmente aterrados, caídos por la tierra, y sin saber siquiera que habían oído de la fuente misma de la gracia, la más alta verdad teológica de nuestra historia: un hombre indefenso, sangrando de angustia y de miedo, era Yavhé, el Dios Fuerte e innombrable en medio de ellos. Esa fue la causa que sustentó luego tu sentencia de muerte. El Dios de Israel, que no cabía en el universo entero, no podía estar para los líderes judíos en un humilde carpintero de Nazaret, aunque hiciera milagros nunca vistos. La atrevida proclamación era una blasfemia castigada con la muerte, y así te condenaron ¡Para dar gloria a Dios!
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5.-2. EL PRENDIMIENTO DE JESÚS.
MISTERIO DE SU ENTREGA EN MANOS DE LOS HOMBRES.

MATEO 26, 45-57,- Viene entonces donde los discípulos y les dice: “Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos!, ¡Vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca.” Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo numeroso con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que le iba a entregar les había dado esta señal: “Aquel a quien yo dé un beso, ése es; prendedle.” Y al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡Salve, Rabbí!”, y le dio un beso. Jesús le dijo: “Amigo, ¡a lo que estás aquí!” Entonces aquéllos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron. En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?” En aquel momento dijo Jesús a la gente: “¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días me sentaba en el Templo para enseñar, y no me detuvisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas.” Entonces los discípulos le abandonaron todos y huyeron. Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
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JUAN 18, 1-14 Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno.” Díceles: “Yo soy.” Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno”. Respondió Jesús: “Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.” Así se cumpliría lo que había dicho: “De los que me has dado, no he perdido a ninguno.” Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?” Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suero de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.
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Traicionado, prendido, maltratado, burlado, azotado, coronado de espinas, te entregas sin protesta alguna. “Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros” habías dicho en la cena, y lo demostraste otorgándote al hombre para ser entregado. Los creyentes vivimos aún de esa cesión tuya en voluntad del Padre, y te seguimos entregando a los hermanos como signo supremo de nuestra comunión.

Tu soledad del huerto no terminó en compañía gozosa, aunque lo intentaste acercándote a los tuyos varias veces. Cumplir la voluntad del Padre es el gozo supremo del hombre, pero esta vez, en contra de lo que habías vivido desde la eternidad, terminó en tragedia. Ya no quedaba gozo alguno para ti, hasta encontrarlo nuevo en la novedad del reino que ibas a inaugurar tras el dolor y abandono de la muerte. En manos de los hombres ya solo te esperaban insultos, latigazos, voces inconexas, corona de espinas, juicio sin justicia, testigos falsos, y el tremendo peso de causarle con tu “lógica” forma de entregarte, un dolor inmenso a los tuyos, a los que te amaban, especialmente a tu Madre. Todo lo entregaste. Tu carne, tu sangre, tus ropas, tu alma y tu Espíritu. Todo. Hasta tu Madre nos la diste. No te reservaste nada para tu intimidad. A nadie con poder, aunque estuviese lleno de filantropía y viendo tan perdido al hombre, se le hubiera ocurrido tal forma de salvarlo. Se necesitan un conocimiento y poderío supremo como el de Dios, para tener la fe en el hombre que tienes tú, Jesús Maestro. Se necesita una misericordia inmensa para otorgarle al hombre tanta libertad, que pueda incluso revolverse contra su Creador. Dos evangelistas reflejan esta dimensión de la entrega y del drama. Son Mateo y Juan. Mateo refleja tu elección de salvar al hombre violento por ese método pacífico, aunque toda su frustración airada se estuviera despeñando sobre ti. A Pedro, partidario de usar la defensa con la espada, le espetaste: Guarda tu espada, porque todos los que empuñan la espada, a espada morirán ¿O crees que no puedo acudir a mi Padre, que pondría a mi disposición en seguida más de doce legiones de ángeles? (Mt 26,51-54) ¡Doce legiones! Hubiera bastado un solo ángel para que todo aquel tropel de sayones se diluyera en la noche. Doce legiones podrían haber reducido a toda la humanidad si fuese preciso. Y en realidad ni siquiera hubieras necesitado ángel alguno. Nos lo dice Juan: “Jesús, que sabía todo lo que iba a ocurrir, salió a su encuentro y les preguntó – A quien buscáis. Ellos contestaron – A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo -YO SOY. Judas el traidor estaba allí con ellos. En cuanto Jesús les dijo YO SOY, comenzaron a retroceder y cayeron a tierra (Jn 18, 4-7). El terror y miedo de aquellos pobres hombres, al encontrarse frente a frente con Dios, Yahvé, (Yo Soy el que Soy) sería semejante al terror de los israelitas en el monte Horeb cuando pidieron a Moisés que les hablase él en vez de Dios, porque estaban aterrorizados ante aquella Voz tremenda que los traspasaba, y no querían morir. Desde esa perspectiva, se entiende mejor tu valor personal de hombre, Jesús intrépido, y tu valentía para afrontar la pasión, y el desprecio de los estamentos religiosos y políticos hasta la misma muerte. La sola confirmación de tu nombre derribó por tierra a tus verdugos. Y es que tu Nombre, bien lo sabía Israel, era la gloria de la humanidad. Lo predijo Jeremías muchos años antes: “Como cordero manso llevado al matadero, no me asusté de los planes homicidas que contra mi planeaban: ”Talemos el árbol de su lozanía, arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más” (Jr 11.19).

“Los azotes que recibió el Señor atado a la columna” es la formulación tradicional de este segundo misterio doloroso en el rezo del Rosario, pero aunque fue bárbaro el castigo físico, parece incluso menos impresionante que tu decisión de rebajarte en humildad hasta recibirlo de los que te odiaban, expresada ya en aquel terrible momento del prendimiento. Tu dolor, aumentado con la preocupación por los tuyos, exigió algo para entregarse si reserva: “Si me buscáis a mi, dejad marchar a estos”… ¿No voy a beber esta copa de amargura que me ha preparado mi Padre? Todo el misterio de Dios está servido en tu entrega. Repasarlo diariamente, sobre el recitado de fondo de diez avemarías, es una riqueza personal que capacita para afrontar situaciones claves de la vida. Cada hombre tiene que beber su copa de amargura, y la forma suprema de afrontarla es la que enseñas tú, el Maestro. No se puede ser cristiano sin saber vivir en comunión con los hermanos, pero tampoco se puede ser como Tú, Cristo valiente, sin beber en soledad la copa del dolor y la entrega incondicional desde dentro, en totalidad, aunque cueste la muerte física.
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5.-3.- EL MISTERIO DE UN JUICIO INICUO, Y SU CARNE TRITURADA.-

MATEO 26, 59-68.- Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: “Este dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo.” Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?” Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.” Dícele Jesús: “Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.” Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?” Respondieron ellos diciendo: “Es reo de muerte.” Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: “Adivínanos, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?”
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MARCOS 15,16-19.- Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir al pretorio, y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: “¡Salve, Rey de los judíos!” Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
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JUAN 19, 1-7 Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: “Salve, Rey de los judíos.” Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: “Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.” Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: “Aquí tenéis al hombre.” Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Les dice Pilato: “Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él.” Los judíos le replicaron: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.
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Dolor físico y psíquico. Condena a muerte. Abandono de los tuyos y rechazo de los judíos. Pero tú no te rindes, Jesús de la Verdad, y vuelves a decir quien eres, el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Seguramente a muchos piadosos rezadores del Rosario les gustarán más los enunciados tradicionales de “los azotes que recibió Jesús atado a la columna”, o “la coronación de espinas del Hijo de Dios”, para los misterios segundo y tercero de estos dolorosos, y así convendrá plantearlo a veces para ‘reconocer’ al irreconocible varón de dolores anunciado por Isaías, pero también son muy enriquecedores otros puntos de vista, que se perciben desde otros balcones al misterio. El juicio que emite sobre Dios el hombre desjuiciado, torticero y prejuzgador, atado a la ley y al rito escrupuloso cuando le conviene, pero que lo deja a un lado la justicia cuando se opone a su capricho, suponen un contraste necesario para conocer la personalidad de Jesús; y ese contraste, en el encuentro con los que debían ser los ‘sabios’ y pastores de Israel, e incluso con la ancestral justicia romana, que habría de ser fundamento del derecho de tantos pueblos, para Jesús fue más doloroso que el propio martirio de los azotes, que las burlas grotescas y que la coronación de espinas. La entrega humillante, amarrado y apaleado, a los que se decían “de arriba”, según las reglas político-sociales-militares del momento, y los falsos testimonios vertidos en el juicio de los estamentos supremos religiosos y civiles, contrastan con el silencio pasmoso de Jesús. Ni un lamento, ni un grito, ni una queja. Solo un silencio tenso, como el propio silencio de Dios cuando no quiere dejarse ver del hombre necio. El silencio de Dios que a veces se hace más tremendo aún que su Palabra. Si el discípulo tiene que ser como el Maestro, vivir y actuar como el Maestro, no solo tendrá que aprender a gritar la injusticia cuando corresponda, sino que tendrá que aprender a callar y soportarla cuando la propia vida esté ya denunciando esa injusticia. “No echéis vuestras perlas a los puercos”, dijo Él. La cumbre del testimonio que es el martirio, es un silencio de palabra, oculta tras el grito de la sangre y de la propia vida que se entrega entera, en juego congruente con la fe.

La condena a muerte de Jesús no vino de un juicio, sino de un pre-juicio, y la defensa que hubiera hecho Nicodemo, tenía poco que decir cuando ya había sido desechado su alegato antes de escucharlo siquiera. Por eso fue más inmoral y lastimosa la condena que los latigazos, que la coronación de espinas o que la misma crucifixión ¡Tener delante a Dios, y no verlo! Toda la historia de un pueblo amasada en la esperanza de que pronto iba a llegar su Señor a vivir entre ellos, y cuando llega nadie lo reconoce. Rezar sobre ese desatino, aún hoy se hace más duro que revivir incluso en propia carne los suplicios de la crucifixión y muerte. Quizás sea ese uno de los sentidos de las palabras de Jesús: Padre perdónalos, que no saben lo que hacen.
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Pero sobre el dolor del rechazo por los dirigentes del pueblo, creo que sufriste, Maestro de dolores, uno insuperable en cualquier noble corazón humano: el del extravío de las gentes sencillas del pueblo, a las que amabas y habías venido a salvar, provocado por los falsos pastores. Los dirigentes del pueblo de Dios lo estaban llevando a confundir el Camino de amor, con el del odio hacia su Salvador. Los azotes que te dieron atado a la columna, la corona de espinas, y todo tu martirio físico, hasta la misma cruz, solo fueron un medio de justificar su torpeza para reconocer la verdad. La humildad y el respeto al otro en su persona, siempre pone nerviosos a los soberbios que, como argumento decisivo, echan mano a la violencia, cumbre de la torpeza del hombre. “Si puedo machacarte, es que soy más veraz que tú”, es el sofisma de los necios. “Si puedo matarte, es que mi verdad es más real que la tuya”. Y la cumbre del despropósito llega cuando el argumento se usa incluso en nombre de Dios, de la patria o del bien del pueblo. El juicio de los sumos sacerdotes y legalistas ya fue duro para ti, Dueño de la Justicia, pero el rechazo del pueblo gritando “¡Fuera, fuera…! ¡Suéltanos a Barrabás…! ¡Crucifícalo, crucifícalo…!”, creo que fue mucho más duro. Hay que tener redaños para aguantar todo aquello en silencio, y no dejar que “cayera fuego del cielo, y los devorase”(Lc 9,51-55), como te habían sugerido en otra ocasión los ‘hijos del trueno” Juan y Santiago, simplemente porque unos samaritanos no quisieron hospedaros en su pueblo. Tu vivencia era la del salmo 94: “Durante cuarenta años, aquella generación me asqueó y dije: es un pueblo de corazón extraviado que no reconoce mi camino, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso”, ni en mi silencio vivo. Con ese dolor de incomprensión y rechazo, las propias heridas de los azotes, y las espinas de la corona, que hoy nos impresionan y admiran, fueron casi un juego, pero seguramente son el fondo que necesita una parte de esa virtud religiosa que llamamos piedad y que ya había sido pregustada en profecía por Jeremías. Conviene también releer en conexión con los sufrimientos de la pasión de Cristo, el canto cuarto del siervo de Yavhé (capítulo 53 de Isaías). Nos hace descubrir que la piedad se funda en el dolor, como la misericordia en la miseria.”Tan desfigurado en su aspecto que no parecía hombre… Como raíz en tierra árida, no tenía apariencia ni presencia estimable. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, no le tuvimos en cuenta ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que Él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Azotado, herido de Dios, humillado, molido por nuestras culpas, soportó el castigo que nos trae la paz”. Esa es la piedad de todos los tiempos, la comunión con un hombre injustamente destrozado.

La subida del camino amargo que comenzó en Getsemaní y acabó en el Calvario, duró unas veinte horas intensas de dolor y soledad. Ni siquiera el consuelo del Padre se dejó sentir. Tú estabas solo Jesús, hombre Santo, separado. La más segura compañía de la humanidad, que eres Tú, amigo y compañero fiel, quedó en la mayor soledad acompañada de la historia.
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5.- 4.- CARGANDO SU CRUZ, SUBE HACIA LA MUERTE.

JUAN, 19,16-18.- Entonces Pilatos se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos.

LUCAS 23, 26-29.- Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron!

LUCAS 9, 23-24.- Jesús decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.
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En la calle amarga fue el encuentro con el dolor de los tuyos, y supiste como hombre, que duele la carne propia, pero duele más el dolor de aquellos a quien amas. Cada paso adelante era una liberación del mundo de inquina y de odio que te había condenado y rechazado, porque sabías el glorioso final de aquello, pero el dolor de sentirte rechazado tuvo otra coronación de espinas en esa misma calle. Fue advertir el desgarro que tu padecimiento estaba causando a los tuyos, especialmente a tu madre. El esperado más de dos mil años por muchas generaciones como el consuelo de Israel, el anunciado por Isaías como el fin de todos los dolores del pueblo de Dios y de la humanidad entera, lo que estaba padeciendo y causando en la realidad de aquella hora, era un dolor como no se había conocido nunca en el pueblo de los justos, ni siquiera en los grandes destierros o en la destrucción del templo. Mirar, con los ojos nublados por la sangre, las lágrimas de tu gente, desde tu Madre a Pedro, desde la Magdalena a la Verónica hemorroisa, con los demás discípulos y santas mujeres, dejó pequeña la tortura de tus propias heridas. Incluso el dolor por el rechazo de la clase sacerdotal, del consejo de ancianos y del pueblo santo de Israel, fueron poco ante aquello.
Uno de los más admirables dones o poderes que configuraban tu persona de Hijo de Dios e Hijo del hombre, era que “conocías todo lo que había en el corazón humano, sin necesidad de que nadie te lo dijera”. Lo tuyo es el corazón, no la apariencia. Ese conocimiento de la realidad interior del hombre, que te llevo a conmoverte cuando viste llorar en sufrimiento a tus queridas Marta y María por la muerte de su hermano, ¿qué no te haría sufrir ahora cuando viste llorar de aquel modo a tu Madre y a los discípulos que te siguieron? Tu delicadeza humana se vio en el peor trance de su vida mortal. No eras capaz de matar una mosca, y estabas causando torturas de muerte al amor de los suyos. Tú sabías que aquello iba a pasar, que sería para gloria de Dios Padre y tuya, pero la tristeza y la duda de los que te amaban era grande y estaba allí ante lo que te sucedía, que no tenía apariencia alguna de gloria. Aceptaste el reto y lo afrontaste llevando contigo, cargado en tus hombros, los dolores e injusticias que estaban sufriendo e iban a sufrir a lo largo de la historia humana todos los que te aman, y todos los elegidos para el sufrimiento, aún sin conocerte. El “Consolador de Israel”, estaba siendo el mayor desgarro doloroso de los suyos.
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¿Qué poder de comunión tiene la piedad fundada en la crueldad y la tortura, o en una sangre derramada hasta la última gota? ¿Qué fuerza tiene un héroe humillado hasta ese extremo? No cabe en cabeza humana, pero el “ardor del corazón” que fundamenta la piedad de la gloria es así. Tú mismo, Jesús glorioso en el sufrimiento, llamaste ‘insensatos’ a los dos discípulos que iban hacia Emaús el Domingo de tu resurrección, porque no habían entendido aún ese sentido del dolor.”¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? (Lc 24, 25-27). Y es que el dolor que nos parece inútil, no solo es el fundamento de la piedad, sino también de la fe. ¿Quien lo entenderá? No es fácil, como no es fácil tampoco entender la Eucaristía donde esos dos discípulos te reconocieron a continuación, cuando partiste el pan. En realidad hasta tú mismo, orando y sufriendo en el huerto de los olivos, tuviste que echar mano de toda tu fuerza para seguir adelante con la obra de Dios. Seguramente fue la peor tentación tuya como hombre ¡Tener en la mano el poder para evitar aquello, y no querer usarlo! Cualquiera se preguntaría ¿cómo es Dios en realidad para el hombre? ¿Cómo puede pedirle una cosa así a los más buenos? Solo cabe otra pregunta no menos desconcertante para medio responderse a tal cuestión ¿Cómo será de grande la pena de un pecado que mereció tal dolor y suplicio? ¿Por qué fue tan caro nuestro rescate?
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Recitando despacito la oración sencilla de María, trenzada sobre las cuentas del Rosario, puede pasarse al siguiente balcón que se abre al misterio definitivo de la carne humana de Jesús, con su alma y su muerte. Todas las fuerzas dispersantes del hombre, como individuo y como pueblo, se estaban dando cita en aquel camino de amargura, y en la entrega cruenta de su cuerpo y su sangre. Él iba aglutinando sobre las piedras de las estrechas callejuelas de la ciudad santa, las miradas, los sentimientos, los deseos, los proyectos de vida, los miedos y zozobras de todos los sufrientes de la historia. Así los hombres de todos los tiempos, de todas las culturas y de todos los lugares, tendríamos desde entonces un punto de referencia para la unidad. La infamante y sangrienta subida al Calvario, sin otro sentido que la muerte, estaba dando norte a todos los ahogos de los hombres, como la cabeza y el corazón de un individuo contienen el sentido de todos sus actos, de toda su conducta, de todas las demás partes de su cuerpo. Siendo desconcertante la pasión de Cristo, contiene sin embargo el sentido de comunión y unidad más poderoso que existe en la humanidad. Es la comunión perfecta del mismo Jesús, muerto y resucitado, con todos los que a lo largo de la historia hemos creído en Él. Lo deja claro S. Juan en la llamada “oración sacerdotal” elevada al Padre por Jesús momentos antes de comenzar el camino de pasión: “No pido solo por estos, -los Apóstoles que iban a ser testigos directos de su pasión y gloria- sino por todos aquellos que por su palabra creerán en mí. Que todos sean uno, como tú Padre en mí, y yo en ti (Jn 17,20-21). Si los actos de amor que unen al hombre, tienen añadido un placer apasionante que los hace repetibles y buscados por encima de otros motivos que pudiera tener el encuentro, tu pasión, Cristo de dolores, para sus conocedores y vividores, tiene en el dolor de tu cuerpo macerado por la entrega total, un motivo de atracción más fuerte que cualquier otro amor. Lo saben bien los amadores de esa pasión tuya en compasión, y especialmente los que la meditamos al amparo de la que mejor supo interiorizarla y sufrirla, tu Madre bendita y dolorosa.
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5.-5.- ES CLAVADO EN LA CRUZ Y PERDONA A LOS VERDUGOS EN EL MISMO ACTO.
Despojo total de sus ropas, de todos sus derechos, de su intimidad.

MARCOS 15, 22-26.- Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario. Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: “El Rey de los judíos.”

JUAN 19,23-24.- Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca.” Para que se cumpliera la Escritura: Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica. Y esto es lo que hicieron los soldados.
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Ropas, derechos, intimidad, todo te fue arrebatado menos tu amor, que te lo había robado antes tu Iglesia y lo tenía ya guardado y protegido para siempre. Así fuiste clavado en aquel esperpento de muerte inventado por el hombre que era la cruz. Tú, creador de todo árbol verde, con su madera y sus hojas que clorofilan la impureza del aire dejándolo limpio para la vida, por respetar la libertad creada para el hombre, viste el cambio sustancial que el hombre mismo había dado a tu proyecto primero, convirtiendo el instrumento de vida, que es un árbol, en arma mortal. Y tuviste que aportar de nuevo tu poderío de Dios. Sobre un árbol seco, cortado a destiempo para obtener madera utilizable en el martirio de una cruz, tu fuerza creó la función más extraordinaria que haya tenido un árbol: purificar la cerrazón del pecado del hombre, y dejar la conciencia transparente al regalo de luz que le viene del cielo. Lo hiciste perdonando a los verdugos en el mismo acto de amor en que abriste tus brazos. Sobre ese gesto de acogida te atravesaron las manos y los pies, te alzaron en la cruz y te dejaron colgando de unos clavos sobre el madero húmedo de amor. Fuiste clavado en la propuesta de tu abrazo, en la entrega de tus manos abiertas. Y tanto te clavaron, que solo quedó suelta la palabra en tu boca. La usaste para algo inaudito hasta entonces: perdonar, y pedir a tu Padre omnipotente que perdonase también aquella enorme injuria, en un argumento de defensa que nos debe hacer revisar nuestros sistemas jurídicos: “No saben lo que hacen”. Allí nos enseñaste la lección suprema, y lo más difícil de aprender de todo lo que hiciste como hombre. Clavado, perdonaste. Te habían desnudado cuatro soldados, e hicieron con tus ropas cuatro lotes, y la túnica… No dice el Evangelio que llevases mucha ropa. Seguramente rasgaron el manto en pedazos y dejaron intacta la túnica de una sola pieza, sin costura, como la del sumo sacerdote, pero empapada de tu sangre. Aquellos peones del diablo, realmente no supieron lo que hacían, ni que el salmo 21 era el guión de aquel espectáculo: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado… Soy un gusano, no un hombre… Vergüenza de lo humano, asco del pueblo… Se burlan de mí… Soy como agua derramada… Mi corazón se derrite como cera, mi paladar está seco como una teja, mi lengua pegada a mi garganta, y me echan al polvo de la muerte… Taladran mis manos y mis pies… Se reparten mis vestiduras, echan a suertes mi túnica…”. ¿Y tus sandalias? ¿Acaso toda tu pasión, como el lugar más santo de la historia de la humanidad, la recorriste descalzo? Pero si Tú, Jesús Crucificado, conocías la parte dolorosa del salmo que ahora se estaba haciendo realidad en tu cuerpo, es indudable que también conocías la parte positiva del mismo. Sabías, porque lo habías inspirado con tu Espíritu Santo, que la esperanza del justo nunca queda defraudada, que el Dios al que llamabas Padre, está cerca de los atribulados, y que todos aquellos dolores se convertirían en alabanza permanente de la gran asamblea reunida en tu nombre, de la eterna asamblea en la Jerusalén celeste, donde los pobres comen y quedan saciados, los que buscan al Señor te alaban, porque su corazón -gracias a tu gesta- vive eternamente”. Tú sabías, Varón de Dolores, que aquel despojo y tu entrega en manos de los verdugos, cuando se recordase en “acción de gracias”, hecho Eucaristía, sería el motor para volver a Dios desde todos los confines de la tierra. Y sabías que de todas las familias de las naciones se postrarían ante ti, ante tu faz doliente, los ricos y los pobres, porque eres el Señor de las naciones en todos los tiempos”. (Salmo 21) Y quizá la más clara alusión a la piedad de la auténtica raza de María, a la piedad de la Iglesia sencilla que ora, sea el último versículo del mismo salmo 21. Parece que está describiendo a los que te recuerdan en la oración sencilla del Rosario:”Vivirá mi alma para él, le servirá mi raza, que hablará del Señor en la generación futura, y cantará su justicia en el pueblo que ha de nacer”.

Lo que hiciste Tú, Jesús de Nazaret, no fue crucificarte. Eso lo hicieron otros. Lo que hiciste y le pides a todos tus seguidores, fue cargar con la cruz y entregarte entero. Simplemente estuviste a disposición hasta para la cruz, hasta los límites que puede estar y aguantar un hombre: permitir voluntariamente que otros dispongan de su propia vida. Los planes y deseos de Dios eran, y siempre serán, la paz y la justicia, el conocimiento del amor más que el holocausto, pero el hombre no sabe seguir esos caminos solo. Su orgullo no tolera que nadie lo ponga en evidencia, ni toque algo de su vida, su honor o sus cosas. Si alguno se atreve a tal cosa, como pueda, lo mata. Por eso te mataron a ti, Jesús, porque humilde te pusiste en sus manos y fuiste un testimonio de su injusticia, de su guerra interior y exterior heredada en línea directa de aquel Adán que dio origen a todas sus listas genealógicas, incluyendo la tuya, en la que se restauró el eslabón roto de la cadena que unía al hombre con Dios: “… Hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios” (Lc 3,23-38). Los exterminios y matanzas que hoy vemos en la humanidad sobre gente indefensa o pueblos enteros, tienen la misma causa que aquella cruz tuya, y quizás los mismos efectos purificantes de salvación o condena para sus testigos activos o mudos.

Cuando te sacaron hacia al Calvario, ya no quedaba sangre apenas en tu cuerpo, pero sí mucha sed física de agua, y la que producía en tu espíritu aquel enorme sentimiento de ausencia de todos los amores que podían protegerte. Amores de los hombres y de Dios. Solo tu propio amor iba contigo. Crecido como un río tras la lluvia que desborda su cauce, se dejaba sentir por los que aún confiaban en ti e iban mirándote aunque fuera de lejos, tu Madre y pocos más. Cuando la tierra se tragase aquel torrente de amor tuyo, después de inundar hasta los infiernos, al tercer día brotaría la nueva fuente de la vida que estabas inaugurando para el hombre nuevo en tu martirio. Solo quedó tu amor engrandecido ante el odio, el enemigo eterno de los hombres. Había que desnudarse del todo, y te desnudaste; había que extenderse sobre el madero y te extendiste; había que abrir los brazos y los abriste; tiraron hacia abajo de tus piernas, y ayudaste juntando tus pies para la entrega. Ni una protesta, ni un lamento, ni una advertencia, ni una amenaza, ni un insulto, ni siquiera un gesto de impaciencia. El dolor te traspasó hacia dentro y atravesó la tierra, donde estaban esperando todos los dolores de los hombres, ocultos como semilla de esperanza que iba a rebrotar en salvación con el nuevo clima de tu sacrificio. Desde entonces el Padre aceptaría el dolor como moneda auténtica del Reino, mientras hubiese hombres y tierra. Moneda inimitable, infalsificable, con el cuño especial de tu nombre, Cristo Crucificado y muerto.

Tu sangre de Dios se estaba mezclando con la tierra, y regando el surco para restaurar al hombre de la tierra, al hombre ‘enterrado’. Pero desde la sola perspectiva humana parecía otra cosa. ¿No habría nadie en los cielos o en la tierra, o en todo el universo, que al menos gritara de angustia y de coraje ante aquella injusticia? ¿Nadie te iba a defender de aquel atropello? ¿Nadie iba arremeter contra aquella chusma de asesinos? Tu Madre y tus amigos, también en silencio, estaban recibiendo las llaves de la gracia: los ojos que contemplan tu pasión y prenden en ella la vela de su amor.

5.6.- LEVANTADO EN LA CRUZ, JESUS MUERE, Y SE HACE SIGNO DE VIDA.
El misterio de morir crucificado.- En la cruz nos regala a su Madre, y Él se entrega en manos de su Padre. Todo se ha cumplido.

JUAN 19,25-27 y 28-30.- Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed.” Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido.” E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Así cuentan los otros Evangelios el momento:
1.- Jesús entonces, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt,27,50).
2.- Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró.- (Mc 15,37).
3.- Era ya sobre la hora sexta cuando la oscuridad cayó sobre la tierra hasta la hora nona. El velo del santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: ¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu! y dicho esto, expiró.- (Lc 23, 44-46).
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Cuatro Evangelios y cuatro formas de proclamar la Noticia. Cada uno de los que la escuchamos hoy le ponemos también nuestro pequeño enfoque personal de afecto, según la experiencia de la injusticia, del dolor, de la muerte, del pecado y de la redención que cada cual tenga. Es el don personal de Jesús a cada uno, el signo identificativo de cada cristiano. El mismo hecho es en sí mismo tan rico, tan lleno de sed y saciedad de relación, tan pleno de encuentro y desencuentro de amor, que cada uno de los hombres y mujeres que lo vieron con sus ojos y cada uno de los que hemos creído desde entonces en la Palabra que lo proclama, ponemos algún adorno haciendo así que cubra todo el abanico comprensivo de la raza humana, y se haga propio a la idiosincracia de cada individuo, de cada cultura y de cada época. La esencia es que Tú, Jesús crucificado, te entregaste a tu Padre y al hombre, y nos abriste así el misterio de la vida con la misma muerte. Fue el momento supremo de cumplir tu propia doctrina: “Al César lo del César, y a Dios lo que es de Dios”. Así lo que habías enseñado lo cumpliste en ti mismo a la perfección. Dios es Espíritu y recibió tu espíritu y tu vida de hombre. Los hombres, señores de la carne por regalo divino, recibieron tu cuerpo armónico de hombre que, cumpliendo también en eso la Escritura, fue “el más bello de los hombres”. Lo entregaste a los hombres, sin distinción de buenos y malos, de ricos o pobres, de hombres o mujeres. Así la relación de amor quedó restablecida. Tu entrega fue total y para todos. Pero como en tantas otras cosas, los malos llegaron antes que los buenos, e hicieron lo que sabían: torturar, injuriar, matar y huir cada cual a su escondrijo. Los injustos te mataron, y dos justificados por el impulso del amor a ti, José de Arimatea y Nicodemo, te recogieron muerto en nombre de todos los tuyos. Luego, durante algunas horas, silencio total en cielo y tierra. Ni una palabra buena de consuelo para nadie. Solo se oían las burlas y los gritos de los necios, que sin ‘saber lo que hacían’, mataban y desgarraban no solo tu corazón sino el de tu Madre y el de todos lo que te querían. Nubarrones, oscuridad y protesta en forma de terremoto como reproche de la madre tierra, pero ningún gesto para ti de justicia o consuelo. Casi podría decirse que todo el universo estaba esperando que se consumase tu martirio. Fue como si el cosmos, cielos y tierra, hombres y ángeles, llevasen inscrito en sus genes aquel desenlace de la historia sagrada de todo lo creado. Dios estaba dando vida desde la muerte, haciendo justicia desde el horror de la injusticia, posibilitando comprensión y justificación del fracaso y el dolor del hombre caído, desde lo incomprensible de tu propio dolor y muerte. Desde allí se estaban dando también las claves del auténtico placer de la vida: desde lo abominable de un martirio, se pasa contigo a la gloria. El triunfo temporal del mal sobre el bien, de lo malo del hombre sobre la imagen desfigurada que aún quedaba de la bondad divina, te sirvió a ti, Cristo Redentor, Relegislador y Recreador, para restablecer la ley del universo entero: si todo estaba hecho para ti y para el hombre, la nueva fuerza de gravedad o atracción total del alma de ese hombre sería el amor manifestado en tu cruz como UNGIDO de AMOR, Cristo del Amor. Aunque estuviese oculta hasta el momento de tu inauguración, el signo de la cruz era la nueva fuerza de relación definitiva, eterna ya para la humanidad y para todo el universo nuevo que le sirve de habitáculo. El cruce de todas las fuerzas en lo vertical y lo horizontal de la cruz, contiene todos los puntos cardinales para el hombre nuevo que renace del viejo. Lo más difícil de comprender en la experiencia humana, que es el dolor, no iba a tener otra respuesta que el superlativo más incomprensible. Al por qué del dolor, Dios responde con un dolor inmenso. Al por qué de la injusticia, responde soportando la mayor tropelía y estulticia torticera que había cometido el hombre hasta entonces. Al por qué de la muerte, Dios iba a responder muriendo y resucitando. Al por qué de la maldad humana, el vengador del hombre, estaba respondiendo con una bondad y mansedumbre nunca jamás soñadas. Realmente la razón humana no había sido creada para `entender’ al amor de AMOR, sino para experimentarlo. No cabe en corazón humano la inmensidad de entrega que dio comienzo al Reino del Cristo bendito, el varón de dolores que portaba en su unidad personal al hombre total y al Dios de todos los amores, de todas las justicias, de todas las esperanzas, de todos los placeres y alegrías de ese hombre. Desde entonces, desde la gesta amorosa de la cruz, sabemos que si el amor no es una gran locura, no es gran amor, y probablemente ni siquiera amor. Asomado al balcón que da al misterio del Calvario uno no entiende nada, pero lo comprende todo. Le basta al hombre sentir la comunión de aquella sangre tuya, Jesús de la transmisión total, comulgar con tu entrega pasionada y pasionante, abrir los ojos, y aunque sea de lejos, empaparse de todo lo que ve, reblandeciendo el corazón y dejando que penetre hasta el fondo oscuro del pecado aquel soplo que rompe a su paso lo que encuentra cerrado, obstruido. Cuando inunda el alma la energía de tu vida muriendo en el monte de la Calavera, se descubre en plenitud la fuerza desatascadora de Dios, y si se acepta, se convierte en base de amor sobre la que se puede edificar para la eternidad una respuesta justa, agradable al Padre de la vida, y a todos los hermanos de esa vida.

Completada en la cruz tu aventura humana, Jesús de Nazaret, ya no querías volver atrás. Podías haberlo hecho, podías haber cedido a la tentación que te lanzaban como un reto los que te habían condenado, e incluso los que estaban crucificados contigo. ¡”Baja ahora de la cruz, y creeremos en ti”! Pero no quisiste. Era el cáliz de tu Padre, el Dios de Israel, el que había dicho por Isaías “Yo soy el Señor y no hay otro: yo modelo la luz y creo las tinieblas, yo hago la dicha y creo la desgracia; Yo, el Señor, hago todo eso” (Is 45,6-7). Hasta la mente ordenada y metódica del santo y filósofo Tomás de Aquino se deslumbraba en la piedad sencilla del tesoro de la Cruz “¿Era necesario que el Hijo del hombre padeciera por nosotros? Lo era… Si buscas un ejemplo de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron de beber hiel y vinagre…” ¡Parece que el filósofo santo estuviera rezando el Rosario o repasando sus misterios! Y es que no puede haber santidad ni sabiduría cristiana sin pasar por la piedad de la Cruz. No se puede ser hijo de Dios, configurado al Hijo, sin pasar por el camino humilde de la piedad sencilla, emocionada ante la Cruz, en el que no se entiende nada, sino que simplemente se conoce. La piedad de la Cruz de Jesús, supera los sistemas parciales de nuestro conocer de hombres divididos o rotos desde Adán, y se unifica en ella la dicotomía que por un lado conoce y por otro quiere, por un lado ordena y por otro desordena, por una faceta de su alma odia y por otra ama, en su rincón de basura se enquista y en la ventana del amor se entrega entero y florece en tesoros de luces. La piedad de la cruz unifica al hombre en su experiencia y, como dijo Pablo de Tarso, “se hace en él la paz, y por la sangre de su cruz reconcilia en Él todas las cosas” (Col. 1,20)

Contemplando a Jesús crucificado, las únicas palabras que se atribuyen al Padre en los Evangelios, -tanto en el Bautismo del Jordán, como en la transfiguración del Tabor-, tienen aquí en el Calvario un sentido nuevo y pleno. “Este es mi Hijo, mi amado, mi complacencia”. La eudokía o complacencia de Dios, viendo el suplicio de su Hijo Amado, no es bienestar o alegría. Más bien significa “buena enseñanza” “instrucción preciosa”, y es la razón que, aprendida e imitada vivencialmente, podemos desde entonces aportar ante el Padre para que nos acoja a los hombres pecadores que hayamos aceptado a su Amado así, en su pobreza suprema. “Eu-angelio” significa buena noticia, y “eu-dokía” significa buena resolución, hermosa enseñanza, imprescindible para ser aprobados por el Padre de la nueva humanidad. María, la Madre, conoció también en aquel dolor la verdad de la profecía de Simeón, cuando en el Templo, tomo al niño casi recién nacido en sus brazos predijo la “espada que le traspasaría el alma”. Espada de dos filos, uno la pasión de su hijo, y otro mi pecado. La sangre de las tórtolas de la ofrenda, fue también anuncio de la sangre purificadora.

La fe, la esperanza y el amor de María en el Calvario, hacen que podamos ver hoy en todo su sentido el volcán amoroso de Dios que se abrió en Jesús. La purificación de todos los pecados, tiene allí su origen y plenitud, siendo María la corredentora. Sin su presencia aceptante, seguramente el Padre habría destruido allí mismo a toda la humanidad.
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5.-7.- SEPULCRO Y SILENCIO. DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS.-
EL MISTERIO DE LA FUENTE EN EL TEMPLO DE SU CUERPO.-

Atravesado el pecho por la lanza, brotó sangre y agua, su cuerpo quedó inerte. Y puesto en el sepulcro, el Verbo queda en silencio total. “Bajó a los infiernos”, dice la primera fórmula de fe, el ‘credo’ apostólico.

JUAN 19, 31-42.- Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilatos que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilatos autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilatos se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo – aquel que anteriormente había ido a verle de noche – con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
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No acabó todo cuando entregaste el Espíritu a tu Padre, Nazareno bendito. Podría decirse que ahí empezó todo para el hombre de Dios. Tu cuerpo siguió dando testimonio de tu entrega total al Padre, aunque ahora desde las manos mismas del Dios de los hombres. No eran sacerdotes aquellos soldados, pero hicieron posible y visible en escena, el misterio que fundamenta todo el rito del Nuevo testamento, y de todos los sacramentos que nos hacen conocer la vida de Dios. La lanzada que dejó tu pecho atravesado chorreando sangre y agua, el descendimiento de la cruz, el último abrazo de tu Madre, la unción de mirra y áloe, las vendas y el sudario, el dolor de los tuyos, y toda aquella escenificación de tu misterio de entrega produce desde entonces para el hombre piadoso de siempre, la apertura de la puerta estrecha que da a la vida. Su contemplación posibilita la entrada hacia el mundo interior del corazón donde tú vives siempre, y nosotros no lo sabíamos porque la puerta quedó cerrada al salir del paraíso el Adán primero. Ahora no solo lo sabemos, sino que podemos entrar, y entramos en la oración sencilla del Rosario. Retomando el símil del castillo o palacio interior, aquella hora de la tarde después de nona, en la que, ungido tu cuerpo, te pusieron en el sepulcro, es la escena que se contempla desde otra ventana, estrecha y alta, abierta en la sombra de la misma esquina de la casa grande del Rosario, que da al Monte de la Gloria. Solo pueden asomarse a ella, uno a uno, los que van llegando porque son llamados, pero es tan misterioso el espectáculo, que graba eternamente al que se asoma y puede contemplarlo. Basta un solo vistazo, y como les sucedió a los que se asomaron en la mañana del domingo, también uno a uno, a la entrada del sepulcro, que viéndolo vacío quedaron impregnados en la verdad de la Pascua, así el que se asoma a la verdad proclamada por el llamado credo de los apóstoles cuando dice: “descendió a los infiernos”, queda impresionado del poderío y amplitud de la misericordia de Dios y tuya, Jesús de los “Infiernos” convertidos en cielos. Tu descenso a ellos es la posibilidad de que los que murieron antes de su liberación por la sangre de tu cruz, puedan entrar en el Reino. Es como un juicio primario sobre su ser de hombres. Si antes de tu descenso al lugar de la muerte no había posibilidad de entrar al cielo, tampoco la habría para el infierno definitivo. Y dicen los Padres de la Iglesia que en persona bajaste a ese lugar oscuro que llamaban “seol”, donde esperaban los justos tu santo advenimiento. Era el “Seno de Abrahán”, el lugar de los justos que aún no tenían tu justicia de tu cruz, donde los hombres se reunían con sus padres esperando la llegada del que tenía las llaves de la muerte y del Reino de la Vida de Dios. Para nosotros, creer y gozar que “bajaste a los infiernos”, es saber con certeza que venciste a la muerte, que nuestra propia muerte tiene una puerta abierta hacia la vida, y que hasta lo más profundo del abismo llega tu voz cuando nos llamas. En lo que afecta a la oración sencilla del Rosario, desde este misterio vemos de otra forma tu gran MISERICORDIA, que recorre la historia del hombre hacia atrás y hacia delante como tuya que es, en todos sus términos de tiempo, de espacio y de eternidad. El contenido del término misericordia, aunque pueda medirse de cara a los hombres por gestos físicos de entrega personal o de bienes, de cuidados y perdón de ofensas, es además una virtud creativa de un corazón nuevo, un “corazón de carne y no de piedra”. De ese corazón nuevo, que renace de la muerte del pecado, saldrán las obras nuevas porque es el corazón de amor prometido al hombre, como signo evidente de la presencia de Dios y de su reino.

Que Dios es AMOR lo proclama la primera carta de Juan, y como en Él todas las virtudes son su único ser, ha querido definirse para nosotros como MI-SER-I-CORDIA, como si dijera: mi ser es puro corazón abierto a la relación. Cuando yo puedo decir que mi ser es cordial, estoy en condiciones de reconocer que su ser, en su faceta de apertura, de entrega y recibo de los otros, ha prendido en mi, y ‘mi ser es cordioso’, ‘misericordioso’, ‘misericordial’, es decir, vivo de corazón para los otros. Hemos perdido mucho tiempo para el crecimiento de la humanidad, reduciendo el campo de la misericordia del corazón a socorrer la escasez humana, a la ayuda compasiva del déficit humano al que equivocadamente hemos llamado “miseria”. En realidad “mi-ser-ya”, debería tenerse por el estado más interesante y placentero del hombre. Algo así como mi ser está aquí y ahora. Mi ser es lo que soy en el corazón para Dios, en relación a Dios y a otros hombres, y no en mis riquezas, posesiones o cualidades. En ese estado de relación, obviamente, si estoy caído me cogerán, y si yo veo a otro caído, lo ayudaré. El corazón entiende por fin que el sentido de su ser es para otro, y sabe que también hay otro para él, encontrando así en la relación una ocasión única de vida, que es el amar. El buen samaritano de la parábola evangélica (Lc 13,25-37) ejemplo de hombre misericordioso, no lo fue solo cuando ayudó al pobre que encontró asaltado, apaleado y abandonado medio muerto en el camino, sino que ya era compasivo antes y seguiría siéndolo después. El prójimo objeto de su atención fue solo una ocasión de manifestar el ser de su corazón. Para eso hizo Cristo el gesto de ser enterrado y bajar a los llamados infiernos de la tierra, como preparación del gran acontecimiento de la Palingenesia del hombre, de su nueva creación y nacimiento en la resurrección hacia el amor, que es la Pascua cristiana, para manifestar su gran misericordia. Así es el corazón de Dios. Así es Él.
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A nadie se le oculta Cristo Amigo, que si te hubieses desclavado y bajado de la cruz, -lo que podías haber hecho incluso muerto ya-, delante de todos aquellos bocazas que te retaban a hacerlo para creer en ti, o si hubieses resucitado encima de la cruz tras la lanzada, el efecto sorpresa hubiese sido multiplicador y corroborador de la Gran Noticia de tu Evangelio. En muy poco tiempo todo el mundo se habría enterado y hubieras sido el tema de estudio de todos los historiadores de la época. Los mejores escritores y sabios se habrían ocupado de ti, contándonos tu vida con todo lujo de detalles, y los científicos seguirían estudiando tu carne resucitada. Pero no quisiste hacerlo así, sino a escondidas de todo ojo humano, y le encomendaste divulgarlo, como la Buena Noticia, a unos pescadores sin estudios, tachados de sectarios y amigos tuyos incondicionales. No quisiste hacerlo de cualquier otra forma que dejase constancia física en el cosmos, del mayor acontecimiento que se ha dado en él. Solo Dios, y tú que eres hombre y Dios, sabéis por qué tiene que ser así, pero así es. Las reglas de la fe no las impone el hombre. Aquel sepulcro fue como el surco que hace crecer la semilla tras acogerla, humedecerla, envolverla y ocultarla hasta que empieza a desarrollar su potencia. Y así ocurrió en las entrañas de la cueva que recibió el cuerpo de Jesús como semilla del Verbo, su oscuridad encuadró la luz, y se convirtió en símbolo de la entrada a la plenitud del fruto de la tierra prometida, donde comenzó lo que buscamos todos los hombres siempre, acoger la Palabra y hacerla germinar. Desde entonces se sabe para qué sirve la tierra que hace germinar la muerte en vida. Hoy para nosotros, tener esperanza es ser como tierra que se abre el grano y el polen de la Buena Noticia, y en el silencio húmedo de amor de su oscuro surco de fe, los deja que germinen por su propia fuerza. Solo el silencio de nuestra oscuridad, conscientes de estar vivos, a la espera, atentos, descubre esos primeros movimientos de la vida, y podemos sentir al fin que llegas. El silencio que espera la Palabra, es la única entrada que has usado hasta ahora, para unir la tierra, los infiernos y los cielos. Cuando vengas en gloria todo será distinto. Se habrán unido el fin con el principio, y tú serás su engarce. Ya no habrá silencio mudo, sino alabanza y música en tu silencio sonoro.

Noches de amores negros, doloridos, donde el recuerdo imprimió su carácter, fueron aquellas dos noches de sepulcro para los que te amaban ¿Y para ti, Jesús sepulcrado? El salmo 117 tiene unas pinceladas de lo que pudo ser tu estado de conciencia de hombre, cuando estabas inaugurando el reino de la luz en plena oscuridad:”Invoco al Señor de mi alabanza, y quedo libre de mis enemigos… torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaron los lazos de la muerte… en aquel peligro invoqué a mi Dios… desde su templo Él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos. Entonces tembló y retembló la tierra… inclinó el cielo y bajó, con nubarrones debajo de sus pies, volaba a caballo de un querubín cerniéndose sobre las alas del viento, envuelto en un manto de oscuridad… el fondo del mar apareció y se vieron los cimientos del orbe… desde el cielo alargó la mano y me agarró, me sacó de las aguas caudalosas… me sacó a un lugar espacioso… me libró porque me amaba…“.

La experiencia del Éxodo, la pascua del Israel de siempre, fue símbolo de la Pascua de Cristo y del paso del hombre por la muerte hasta la experiencia de vida definitiva. San Pedro en su primera carta, se plantea ese tiempo de soledad en el sepulcro como también salvífico: “Cristo para llevarnos a Dios murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el Espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el arca…” (1Pe. 3,18-20). El ‘Credo’ o símbolo de los Apóstoles cuando incluye esta verdad de contemplación, parece plantear la esencia del Misterio no en la palabra, sino en el silencio. “El día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra llega su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje”.
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A mirra, áloe y acacia olía tu cuerpo, cuando en silencio total descendiste al lugar oscuro donde la muerte guardaba sus tesoros robados a la vida de los hombres. Cuando bajaste a los ‘infiernos’, rompiste allí los sellos de la muerte, abriste sus puertas hacia Dios, liberaste a sus cautivos, y quedó expedito el camino hacia la gloria para los que navegan en la barca de la fe, o incluso los que “en otro tiempo icrédulos”, estaban con sus velas de esperanza henchidas por el viento del espíritu. Fueron días de soledad también para tu Madre. Dos días con sus noches aguzando al máximo sus sentidos desarrollados en el misterio de Dios, para entender aquello. Al comenzar el tercero, la fe de la Virgen Nazarena tuvo su explicación final. Ella había dicho un día Sí, “hágase en mi según tu palabra”, al escuchar del Ángel en clara profecía la “grandeza del Hijo del Altísimo”: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33). Pero ahora todo era oscuridad. ¿Dónde se cumpliría la profecía del Arcángel, ratificada por Zacarías en la visitación a Isabel? Ella sabía bien que la palabra del Arcángel Gabriel era cierta. Incluso se atrevió a cantar las “grandes obras que el Señor hizo en ella” cuando sintió que el niño se formaba en su seno ¿Y todo iba a quedar en eso? ¿En unos cuantos milagros, muchos caminos, mucha hambre, mucho miedo de la autoridades de Israel, un juicio torticero y una muerte horrible? ¿La estaría engañando su corazón de Madre? ¡Y ni siquiera tenía ya a José! su confidente íntimo en las cosas de aquel niño Hijo de Dios.

La soledad es un contraste que nace en el alma entre la presencia y la ausencia. Quien más presencia tuvo, más solo se siente en la ausencia. A quien más amó, le duele más la separación. Ni una palabra nos dicen los Evangelios de María en los días y noches posteriores a la muerte de Jesús. Su rastro se pierde al pie de la cruz, entregada a la custodia de Juan y aceptada por él, hasta que reaparece en la oración común con todos lo hermanos, sus hijos en la fe, el día de Pentecostés. Quizás solo sea una fantasía mía, pero me gusta pensar que Ella se escapó de la custodia de Juan, y sola, fue la noche del sábado al sepulcro. Su corazón de Madre de la nueva humanidad estaba otra vez rompiendo aguas para el nuevo parto. La gran metamorfosis, el paso más atrevido de la evolución y desarrollo de la naturaleza creada hacia la plenitud definitiva, ¿se iba a producir en el interior de una cueva excavada en la piedra, sin testigo alguno de los que estaban en este lado nuestro de la realidad? La llamada de la Maternidad a la novedad de la especie humana parece necesaria. Conociendo las cosas de Dios y de los hombres, siendo su fe la más plena, habiendo padecido las soledades de Belén, de Nazaret, de los caminos de la vida pública, y los del corazón que solo guarda “sus cosas”, “sus mandamientos” sus regalos íntimos al alma, la presencia de María, la Madre de la Iglesia, en el acontecimiento de la resurrección, parece imprescindible, o al menos muy conveniente para nosotros. Es más, creo que aún hoy, su enseñanza personal en todo el misterio de su Hijo, es el fundamento de la oración sencilla del Rosario, como recuerdo vivo de su gracia.
Junto a la roca enorme que taponaba la entrada del sepulcro, la Reina de los Ángeles esperaba la hora de ver la plenitud de su obra maternal, y dar a luz definitivamente. La maternidad fecunda de la tierra había acogido la semilla formada en el gineceo de aquella flor hermosa, el seno de María, y la estaba transformando para levantarla al cielo como el fruto maduro de toda la creación y signo de su fertilidad. Al mensaje escuchado de la boca de Jesús,-“al tercer día resucitaré”-, había que aplicarle el cómputo impaciente y apremiante del amor. Por eso, apenas día y medio transcurrió, y el portento ya se había realizado. Lo enterraron el viernes por la tarde y el domingo, muy temprano, ya no estaba allí. Treinta y seis horas mal contadas fueron suficientes, aunque para aquella mujer, que llevaba dentro toda la esperanza de la humanidad, parecieran años.
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La Escritura Santa nos da la clave de tus cosas, Señor de la Resurrección. Entrar contigo en el sepulcro y gozar de la experiencia de la transformación de tu cuerpo de carne en cuerpo de luz, después de la secuencia de sufrimiento y muerte, es ineludible para un cristiano en el grado que tú mismo le concedas su conocimiento en la fe. Acercarse a ti, hacerse “cristi-uno” y llevar tu nombre, supone la experiencia de tu muerte y resurrección para nosotros hoy. Si los Salmos son tus sentimientos vividos por los santos de tu pueblo Israel, incluso mucho antes de que los padecieras y gozaras en tu carne de hombre concreto, Jesús de Nazaret, para demostrar con argumento ‘a priori’, es decir anunciado antes de que sucediera, que tú eres el Señor del universo, Dueño del tiempo y del espacio, Dios o Luz de la conciencia del hombre que se desarrolla en los “siglos de los siglos”, un detalle de ese señorío es sin duda el salmo ochenta y siete. Una oración profunda que reúne muchos momentos cumbres de nuestra vida cristiana. El dolor, la soledad, la muerte, y la esperanza clara de la resurrección se dan cita en el canto. El final de tu cuerpo de carne, no fue la corrupción y la ceniza. Aunque tomaste un cuerpo de barro como el de Adán, su maldición total no te alcanzó, porque siendo también polvo, no te convertiste en polvo. La vida en ti fue más fuerte que la muerte, y una recreación total alumbró las tinieblas, destruyendo su Luz el poder de las sombras sobre el hombre. El estilo de este salmo, como tantos otros pasajes de la Escritura, es la provocación a Dios a través de una pregunta sobre un hecho que parece imposible de cumplirse o realizarse, si no interviene Él mismo. Solo en tu boca, Jesús de los Salmos, encuentra su verdadero sentido esa atrevida pregunta, que incluso para el propio salmista sería un imposible. Dice el salmo: “Mi alma está colmada de desdichas… Me cuentan ya con los que bajan a la fosa… Tengo mi descanso entre los muertos, como los caídos que yacen en el sepulcro… Me has colocado en lo hondo de la fosa, en las tinieblas del fondo… Se han alejado todos mis conocidos, me has hecho repugnante para ellos; encerrado no puedo salir… “Pero yo sigo invocándote, tendiendo mis manos hacia ti…” Y en medio de esa situación irreversible de muerte, surge la proclamación de la esperanza segura, aunque sea con el estilo cuestionante del salmista que pregunta y exige a la vez. El hombre pregunta como un imposible, y el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, responde, asegura, exige y desvela la obra cumbre del Padre Creador y suya:”¿Harás tú maravillas por los muertos? ¿Se levantarán las sombras para darte gracias? ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia y tu fidelidad en el reino de la muerte? ¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, y tu justicia en el país del olvido? Yo te pido auxilio, y por la mañana estará en tu presencia mi súplica”. Si le quitamos los signos de interrogación, y los suplimos por signos de admiración, despejamos las dudas, y entonces ni siquiera los Evangelios son tan claros sobre la resurrección de la carne como finalidad de la esperanza del hombre. María la Madre, aquella noche de sábado santo, solo tuvo que suprimir las interrogaciones, y poner signos de admiración sobre la realidad de aquel sepulcro, y fue la primera en poder cantar: “¡Haces tú maravillas por los muertos! ¡Se levantan las sombras para darte gracias! ¡Se anuncia junto al sepulcro tu misericordia y tu fidelidad en el reino de la muerte!¡Se conocen tus maravillas en la tiniebla, y tu justicia en el país del olvido! Yo te pedí auxilio en la noche, y por la mañana se hace realidad mi súplica”. Aquella mañana de tu resurrección, Cristo de la Luz, tu Madre tuvo la confirmación exacta a la profecía. Lo que ocurrió en el “fondo de la fosa, en las tinieblas del fondo”, fue precisamente que hiciste maravillas por los muertos, y se alzaron por fin las sombras para darte gracias. Lo que pasó aquella mañana del primer día, fue que se anunció en el sepulcro tu misericordia, y tu fidelidad deshizo el reino de la muerte. Los que estaban en el reino de la tiniebla, en el país del olvido, conocieron tus maravillas y el encanto de tu presencia salvadora. “Me pidió auxilio y lo escuché”, dice otro salmo, como la voz del Padre que estaba también deseando de realizar en el tiempo de la plenitud y la gracia, su milagro anunciado. Quedarse en oración contigo en la oscuridad y silencio del sepulcro, junto al altar de tu cuerpo destrozado, tiene sus ventajas. Tu Madre es la maestra del misterio. Es según creo, y me encanta creerlo, la única que presenció desde este lado de la realidad, tu paso de la carne al Espíritu. Por eso puede enseñarnos ahora a gustarlo en lo oscuro del gran misterio de oscuridad, abriéndonos un balcón gracia en la fe donde se te encuentra para siempre: en la oración sencilla del Rosario dirigida por ella en nosotros a ti, Cristo de las sombras y la luz, Señor de la muerte y de la vida, que vives con ella y con tu Padre por los siglos. Tu resurrección, que desde la perspectiva de la tierra se produjo en lo escondido de un sepulcro, vista desde el cielo, al otro lado de la muerte, sería algo distinto. Fue el amanecer del primer día del universo nuevo de comunión y amor. Seis días necesitó tu Padre para crear el mundo, y con tres tuviste tú bastante para recrearlo. El “Día del Señor” comenzó, -mirándolo desde la tierra-, con un vacío enorme, que se llenó muy pronto de encuentros de amor.
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PASCUA DE RESURRECCIÓN:
1.-MISTERIOS DE COMUNIÓN DE AMOR
2.-MISTERIOS DE GLORIA
(Para el sábado y domingo)

En el rezo tradicional del Rosario, solo se contemplan los ‘Misterios Gloriosos’, y a grandes saltos. De la Resurrección se pasa a la Ascensión sin referencia alguna a ese período intermedio que fue sin duda el más cercano de Jesús de Nazaret, muerto y resucitado ya, al corazón del hombre en la tierra, y el que más nos ilumina sobre nuestro tiempo actual. Todos los tuyos, Jesús resucitado, creyeron en ese tiempo de cuarenta días, que estabas vivo tras la muerte, que habías surgido nuevo hacia la forma definitiva de ser hombre, aunque no podían verte con sus ojos de carne cuando querían ellos, sino cuando querías Tú, Señor de la Cercanía en la fe. En los misterios de Comunión de Amor que propongo a continuación, para el rezo del Rosario los sábados, se recogen algunos encuentros de la Comunión de Amor que quisiste tener con tus íntimos después de que el sepulcro quedara vacío.

El Papa S. León Magno, en su Sermón primero sobre la Ascensión, da algunas claves de cómo han visto los Padres de la Iglesia, los hechos de los cuarenta días entre Resurrección y Ascensión. “No fueron días ociosos -dice el Papa santo- sino que durante ellos se confirmaron los grandes sacramentos, se revelaron grandes misterios…” “Se abolió el temor de la horrible muerte, y no solo se declaró la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. Mediante el soplo del Señor en su aparición en el cenáculo, se infundió el Espíritu Santo, y se confiaron a Pedro, las llaves del redil, con autoridad sobre los demás. No solo reprendió a los que no creyeron a las mujeres, sino que confirmó lo que anteriormente había proclamado con palabras y hechos, disipando las tinieblas de la duda… De las tinieblas pasaron a la luz, del frío al calor, de la tibieza al ardor del corazón… Se les abrió el sentido de las Escrituras, y el ojo del alma a la contemplación de su luz natural glorificada”.
Dos estados de conciencia se confirmaron para todos los tiempos como parte del tesoro de la Iglesia: la bienaventuranza de la fe (“bienaventurados los que crean sin haber visto”. Jn 20,29) y la “inmensa alegría” que engendra la oración cristiana.”Ellos, después de postrarse ente él, volvieron a Jerusalén, rebosantes de alegría, y estaban en oración continua bendiciendo a Dios en el templo” (Lc.24, 52-53). Una forma sencilla de “oración continua” es sin duda el rosario.
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Nuestra precariedad de datos históricos, Jesús eterno, sobre toda tu obra en carne resucitada, es la que nos hace seguir escribiendo desde la experiencia de la fe en los Evangelios y Escrituras Santas, sobre tus cosas. Aún hoy, Jesús de la Luz del alma, podemos decir cosas nuevas, y escribirlas hasta que se inunde el mundo empalabrado en ti. Como ocurrió en el diluvio universal con el agua, queda ahora el universo del Espíritu inundado de tu Palabra. El que no sepa nadar en ti, ni tenga un sitio en el arca de tu alianza nueva, que flota en la Palabra y navega por ella, sin duda perecerá ahogado en el mar de sus dudas y oscuridades. El hecho de que existan “muchas y evidentes pruebas que diste a los tuyos, de que estabas vivo” (Hech.1,3), en aquellos cuarenta días desde la Resurrección a la Ascensión, aunque no han quedado escritas ni transmitidas oralmente, quizá tenga una explicación piadosa que no me resisto a exponer. No se somete todo lo que sucedió esos cuarenta días a la contemplación de los orantes con María, en algún ‘Misterio del Rosario’ tradicional que los contemple, porque con ella, con María, cada Rosario es una experiencia personal de los hechos que se proclaman en esencia. Cada vez que rezamos el Rosario, se abre un misterio de Comunión y Gloria con la existencia del hombre resucitado, ya eterna. La experiencia de “saberte resucitado” en la oración de la Iglesia, Jesús de la Vida Nueva, o de sentir tu presencia profunda en tu preferencia por mostrarte a los más humildes que te amaban y te aman, no ha acabado aún. Mientras exista un hombre en el mundo, seguirás saliendo del Padre como luz salvadora para devolverlo hacia su seno. A cada hombre, a tu modo y manera, lo llevarás hasta la morada que has preparado para él, donde brota la vida en el descanso. Es cierto hasta la eternidad que tú, Jesucristo Muerto en cruz y Resucitado, te haces experiencia del que te busca. Y entre las formas de experimentarte, tu Madre nos regaló el Rosario como ramo de rosas que adorna tu casa con el hombre. Es una técnica extraordinaria para descubrirte cada día de forma sencilla que parece ordinaria, pero es en realidad el amor consolidado de una familia unida que hace que sus miembros se encuentren y se reconozcan en las tareas más simples, en los pasillos, en las salas y rincones de la casa que ahora es el interior de tu presencia viva. “Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). En realidad, desde que te fuiste al Padre, el tiempo del creyente es un solo día en el que tu sol ya no se pone nunca. Y no se cansa el ojo de ver la luz de ese día, ni el oído de oír el susurro de su noticia, ni su canto, porque el amor no se cansa de abrazar al amado en su banquete. Ahora ya no tenemos aquella limitación que le pusiste a la Magdalena, “¡Suéltame, porque aún no he subido a mi Padre”! (Jn 20,17). Quedó claro desde entonces que una vez subido al Padre, incluso en este mundo, ya se te puede abrazar, en la forma y modo que le das en la fe a cada uno de tus miembros de amor. Unos te abrazan en la luz de la contemplación, otros en la tiniebla del dolor de los pobres; algunas veces te estrechamos en la proclamación litúrgica de tus misterios, otras en los niños, en los ancianos, en los enfermos…, pero tú ya serás el mismo en todos para siempre.
No alcanzo a descifrar por qué has escogido el silencio, abierto a tu experiencia, como forma de recomponer en el misterio de la oración, el período fecundo de tu vida recién resucitada de aquellos días hasta Pentecostés y Ascensión, pero así quisiste que fuesen aquellos cuarenta días antes de subir a tu Padre, silencio lleno de esperanza. La mayor parte de ese tiempo fue silencio. Seguramente porque el “silencio” hace referencia a un sentido corporal,-el del oído-, y la fe, ungida de Palabra, entra también por ese oído que te escucha, aunque se desarrolla luego a su manera en cada uno hasta llegar a la comunión. El prólogo de la Primera Carta de tu amigo Juan, tiene un apunte de explicación: “Lo que era {en silencio} desde el principio, ahora lo hemos oído, lo hemos visto con nuestros ojos, y lo hemos acariciado con nuestras manos, y lo que estaba como rodeando al Verbo de la Vida…(la palabra y la obra de Jesús) os lo anunciamos… para que vuestra alegría llegue a la plenitud” (1Jn 14). Nuestra experiencia en la oración sencilla del Rosario, es que cada uno puede sentirte cada día, como te sintieron aquellos de Emaús en el camino, en el ardor del corazón, que puede ser la entrada al misterio de tu cercana trascendencia.
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Situándonos en la casa o castillo imaginario al que hemos comparado el Rosario, dejamos ahora los “balcones de gracia” por los que nos hemos asomado a la vida de un hombre entre los hombres, desde que fue engendrado en carne de hombre hasta que esa carne fue enterrada en el sepulcro, para subir a lo más alto del imaginario edificio, y desde su terraza, mirando hacia el oriente, contemplar en el amanecer los primeros rayos del sol de la mañana del nuevo día del que es Señor del universo, luciendo sus haces de luz sobre el horizonte y viendo como se refleja su albor en las miradas de aquellas personas con las que Él quiso comunicarse tras su resurrección, haciéndoles sentir su amor, “antes de subir al Padre”. Estos son los Misterios de Comunión.

María Magdalena, cuando se abrazó a Él y escuchó de sus labios aquel “Noli me tángere”, es el ejemplo iniciático de estos misterios de comunión cercana en las lágrimas del amor ausente. Para la comunidad formada en la experiencia de los Apóstoles y María en aquella oración del cenáculo, fue la experiencia del encuentro en el sentimiento de miedo por la ausencia, del que antes les protegía, y ahora era ocasión de zozobra ante los judíos. O la experiencia de los dos de Emaús en el camino, y la del encuentro con algunos discípulos en el Lago. Luego, tras la Ascensión y los primeros años de predicación, se apareció también en luz a Pablo de Tarso en el camino de Damasco y a Juan en la isla de Patmos. Entramos así en el recuerdo de comunión con todos los que Él quiso entonces, y con los que sigue queriendo hasta el fin de los tiempos. Porque el estilo de amor cercano de Jesús sigue siendo hoy el mismo de siempre. Pudo haber hecho espectaculares explosiones solares con auroras boreales, o llenar el espacio de estrellas “super novas” que dejaran huella indeleble de aquel suceso más brillante que el universo mismo, pero no quiso. O quizás sí lo hizo, y aquellos humildes encuentros, sean más brillantes en el mundo del Espíritu que una constelación entera. Quizás nos enseña que a Él se le encuentra siempre en el llanto de amor, en la pregunta sobre su obra y sobre su persona, en la Escritura Santa, en la comunión de oración con la Iglesia, en el trabajo sencillo de cada día, aunque parezca estéril, y a veces en la ocasión más inesperada y contradictoria, como le ocurrió a Pablo, o en la oración profunda de un destierro no querido, como comprobó Juan en Patmos. Veamos los Misterios uno a uno

6.- 1.- AL TERCER DIA ¡RESUCITÓ!.
El misterio contemplado desde el interior del sepulcro con su Madre.
Juan 20, 1-10.- El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.” Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos, entonces, volvieron a casa.
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Jesús fue el primer hombre en recibir en su carne la plenitud del Espíritu. Lo que se había insinuado en la cima del Tabor, ahora llagaba a su plenitud. Antes de ver lo que ocurrió en el callejón de la amargura que sube al Calvario, nadie hubiera creído que la vida tuviese tan cerca la muerte, ni que la muerte guardase tan dentro de sí la Vida. Solo desde la altura de la cruz y la hondura del sepulcro, se percibe el fin del dolor que se transforma en alegría, o el de las sombras de la noche que se abren en la luz resplandeciente de la mañana. Nadie hubiera sospechado siquiera que a la humillación total, seguiría tan pronto la total glorificación, a la debilidad, la fuerza omnipotente, a la injusticia, la justificación de todos, y a la herida mortal, la salud vital. Pero así es la realidad de Jesús de Nazaret. Apenas lo acabamos de contemplar muriendo, y a la vuelta de la esquina está resucitando en gloria. La Madre de la gracia fue quizás la única que esperaba el desenlace, porque ya sabía “guardar todas sus cosas en la memoria del corazón”. Pedro y los otros, según nos dice “aquel discípulo a quien Jesús tanto quería”, solo creyeron cuando vieron “el sepulcro vacío”, -es decir, nada-, pues antes “no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20,9). María de Nazaret sí lo entendió a su modo perfecto de concebir las cosas de su Hijo. Ella lo creyó cuando Él había dicho que resucitaría al tercer día después de su muerte. No dudó la resurrección, aunque tembló por la muerte.

Resucitar es un fenómeno que no tiene toda su realidad en este mundo. En esta dimensión cósmica percibida por los sentidos, donde vivimos girando con el sol y las estrellas, podemos imaginarnos la Anunciación y el Nacimiento de Jesús, con todos los demás misterios de su vida de hombre, pero su “metamorfosis” o resurrección en la gloria de Espíritu, con un cuerpo glorioso como el mismo Espíritu, no hay modo de representarla. “No puede el hombre ni imaginar lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Es un fenómeno único en su género, que solo conocemos y aceptamos por la fe, porque se realizó fuera de la mirada de los hombres en este mundo, y aunque es el mayor regalo de Dios a la humanidad, su realidad tendrá que ir descubriéndola cada uno personalmente dentro de sí mismo y en el seno de la comunidad que recuerda su nombre y sus dos apellidos: Jesucristo Nazareno, Muerto y Resucitado.

Desde esta longitud de onda que llamamos cosmos o mundo, que es la de nuestra carne aquí y ahora, la prueba primera y más chocante que se nos ofrece de la resurrección, es la ausencia del cuerpo masacrado y muerto, del lugar donde lo habían puesto. Cuando los que lo amaban fueron al sepulcro, su cuerpo ya no estaba allí, ni lo encontraron en sitio alguno. Y así empezó la catequesis de Dios sobre la nueva realidad vital para la Iglesia. Hasta el nuevo orden de cosas que se instale con su venida definitiva, Él ha pasado a ser el objeto de la esperanza del pueblo que lo encuentra y lo ve de nuevo en “galilea” –galiluya–, la tierra o estado de conciencia de la fe y la alegría. Es el misterio más sublime de la vida de Jesús, y el inicio del universo definitivo donde los hombres van a vivir eternamente con su Dios, siempre sorprendidos por el estilo del Creador. Todo el universo lo hizo para el hombre, se lo mostró y lo puso a su disposición en el paraíso, exceptuando aquella prueba de obediencia y sumisión que era el árbol del bien y del mal. Pero el principio de la recreación, la regeneración o metamorfosis sublime y eterna, su cambio de naturaleza de carne a naturaleza de luz, cumbre de la obra creativa y recreativa, la realizó escondido en la oscuridad solitaria de un sepulcro excavado en la roca de esta tierra que había sido creada por y para Él. La Pascua de Cristo, la definitiva, no es comparable en efectos especiales de sentidos, al de aquella aparatosa salida o Pascua de la esclavitud de Egipto, con ruidos, relámpagos, gritos, separación de las aguas del mar, etc. Tampoco es comparable, aunque no tengamos sino el relato del Libro del Génesis, al del estallido inicial creativo de todo el universo, cuando “el Espíritu aleteaba por encima de las aguas”(Gn 1,2)
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Tu Pascua, Jesús de Nazaret, que ahora es la nuestra, no fue así. El paso más importante de la humanidad en todas sus adaptaciones evolutivas, que fue el que tú diste hacia la luz, no se realizó con grandes alardes de fulgores y truenos, ni millones de años progresando. La tuya, creemos desde aquí que se realizó en unas horas, pero quizás visto desde el ‘lugar’ o modo en el que vives tú ahora, fue solo un segundo eterno, en el que eres con el Padre sin tiempo ni espacio, en el reino del Espíritu, que tienes preparado para nosotros(Jn 14,2-3). A pesar de ello, o quizás por ello, tu resurrección no tuvo testigos. El hombre debe investigarla ahora personalmente, como hace con todos sus principios y orígenes en el tiempo y el espacio, rebuscando indicios y plasmando como dato cierto de su evolución, tu Noticia en la Palabra, donde todo se une, y donde el principio y el fin son una misma cosa. Sin ella, sin la Palabra de Dios, para el hombre no habría Pascua, ni mundo, ni gracia, ni malo, ni bueno, ni blanco, ni negro. Sin la Palabra simplemente seríamos lo que el ser le da a cada cosa, a cada animal, o a cada especie, pero no seríamos hombres libres. Por eso el mayor crimen es hacer callar a un hombre que dice en su palabra la verdad de su vida. Y la mayor ofensa es la mentira, si va dirigida al engaño de otro hombre sobre su propio ser. No se puede ser libre sin la libertad de la Palabra libre.

Los que llegaron al sepulcro el domingo, solo vieron ausencia, es decir no vieron tu cuerpo de carne muerta donde lo habían dejado el viernes. Dedujeron por tus palabras anteriores, y por la fe incipiente, que habías resucitado, pero hasta la tarde no te vieron vivo, con sus ojos de carne. Solo te vio y te abrazó María Magdalena, cuando apenas había amanecido (Jn 20,11; Mc 16,9). Después te vieron otras mujeres, y los de Emaús, que te reconocieron al final de un camino, elmque lo esencial fue también la Palabra explicativa de la nueva realidad, apoyada en la antigua Palabra escrita de los profetas de Israel. Pero cuando volvieron a Jerusalén a contarlo, su experiencia ya no era novedad, ya te habían visto también Simón y los otros, e incluso habían comido contigo. (Lc 24,34). Nosotros te “vemos” ahora en los Misterios de Comunión con los tuyos, que nos relata el mismo Evangelio, porque aunque se escribió muchos años después del suceso, el ambiente de la vivencia de tu presencia resucitada en la comunidad es el mismo desde el “primer día de la semana” hasta la eternidad. La Palabra viva de los testigos era la clave del crecimiento de los creyentes, porque era la esencia del “kerigma”, era y es “la Buena Noticia”. Escuchar la Palabra, responderle con los hechos de nuestra conducta como si fueran un canto, y alabar con palabras y cantos como si fueran la mejor conducta y los más cumplidos hechos del amor, es desde entonces la prueba irrefutable de tu resurrección para el que te ama. Cantar tu hazaña se convirtió después de aquellos días, para los hombres de todas las naciones, en nuestra Religión. Y en esas formas religiosas de alabanza y conducta, como si fueran la estancia de tu carne, te buscamos y encontramos también hoy, sabiendo que eres la Vida misma, junto al Padre. No existe un hecho épico más grande en la historia humana que tu Resurrección, Jesús hombre nuevo Hijo de Dios, y sin embargo las únicas pruebas en nuestra técnica de ciencia física, son unos cuantos testimonios de gentes que no tenían cualificación de historiadores, ni de científicos, ni de grandeza humana alguna. En realidad su testimonio más importante es el Amor que Dios encendió en sus corazones. Ese es el hecho trascendente al tiempo y al espacio, que fundamenta la vida del hombre en su Luz viva, en la “Noticia Viva” o Evangelio, y que llamamos simplemente LA VERDAD. Ahí es donde estás vivo y resucitado, en LA VERDAD que proclama la Palabra de fe de tu Iglesia. No mataste o venciste a grandes monstruos ni a gigantes malvados, como otros héroes de la humanidad, ni a reyes o tiranos injustos, pero venciste al mayor enemigo del hombre, a la misma muerte. Tu victoria no fue proclamada en el principio por acreditados historiadores o poetas, sino por la gente sencilla que te vio resucitado. Gente que no sabía otra cosa que su verdad de las cosas pequeñas de cada día. Para ellos la verdad -hasta que tú llegaste a sus vidas- era lo que veían sus ojos y tocaban sus manos, lo que comían y bebían sus bocas, y lo que meditaba su corazón limpio. Así fueron las mujeres que te seguían por toda Galilea, con los dos extremos de virtud y pecado arrepentido que representaban tu Madre, siempre santa, y la Magdalena, siempre pecadora hasta que la llamaste; así eran también los sencillos pescadores discípulos; así, dos caminantes de una aldea cercana a Jerusalén llamada Emaús; y algo más tarde, fuera del programa inicial, un súper-ortodoxo intratable, Pablo de Tarso. Pero a pesar de la precariedad de testigos y medios, tu gesta es la aventura más comentada de todos los héroes del mundo, en la historia universal del hombre. La razón es sorprendente y magnífica: Tú estás vivo en el relato de tu propia hazaña. El que cree en el que proclama tu epopeya, tu Pascua, conoce de primera mano la proeza de tu muerte y resurrección. Y lo más admirable: la revive en sí mismo, muriendo y resucitando contigo.
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Los ángeles fueron también testigos de la resurrección, pero la angelología merece un estudio aparte. Además de colaborar en el evento quitando la piedra enorme que cubría la puerta del sepulcro, trasmitieron su alegría en la misión de anunciar a los hombres el paso del estado de muerte humana del Señor de hombres y ángeles, a su ser para siempre como “Señor de la muerte y de la vida”. Los ángeles intervienen toda la Buena Noticia. Primero, en la encarnación y nacimiento, en los ayunos y tentaciones del desierto, y definitivamente en la Resurrección. Proclamaron la alegría de todos los estamentos, estratos y categorías de la vida, la suya y la nuestra, de ángeles y hombres, y cumplieron así su papel esencial de ser Noticia, Buena Noticia, Alegre Noticia.
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Aunque en estricto sentido los Evangelios no dicen nada sobre la presencia de algún ser humano en el acontecimiento mismo de la resurrección, yo no me resigno a pensar que el hecho más grande de las obras de Dios en relación al hombre, no tuviera ni siquiera un testigo humano. En mi fe particular para la piedad, no estando contradicho por la fe de la iglesia, que es la norma de toda fe, creo que testigo del gran paso o metamorfosis de aquel cuerpo de carne, desangrado y maltrecho, a un cuerpo de luz, resucitado y nuevo, fue María de Nazaret, la mujer de cuyos genes se había formado la carne primigenia de la resurrección. Por eso podemos llamarla Madre de la Iglesia, Virgen piadosa. Lo sabía bien el hijo de Zebedeo, Juan, al que Jesús amaba y al que le encargó su cuidado. Él la recibió en su casa, y escuchó de sus labios todos los relatos de las “cosas de Jesús que guardaba en su corazón”. Juan es el único evangelista que nos da un detalle físico del que podamos deducir aquella presencia que sugiero. Escrito su Evangelio muchos años después del suceso, y en claves gnósticas, no fáciles de entender para nosotros, ese detalle al que me refiero no tendría sentido alguno en el momento importante en que se relata, porque antes ni siquiera nos había hablado en todo su Evangelio de la maternidad virginal de María, o de su vivencia de la infancia del hijo de su carne y de Dios, como hace Lucas por ejemplo, o Mateo. El texto al que me refiero es el siguiente. “Llega María Magdalena corriendo donde Simón y el otro discípulo, a quien Jesús quería…’¡Se han llevado del sepulcro al Señor… Echan a correr… Llega primero el otro, pero no entró… (Nadie entró según Juan hasta que Pedro entró) llega Simón Pedro, entra en el sepulcro y ve las vendas por el suelo desordenadas, y plegado en un lugar aparte, no junto a las vendas, el sudario que cubrió su cabeza” (Jn 20,1-7) En realidad no hay ninguna otra constancia de que fuera Pedro el que vio el “sudario plegado en un lugar aparte”. Más parece que fuera una apreciación del propio evangelista, que quiere llamar nuestra atención sobre ello, aunque haga primer testigo del hecho a la “Piedra de fundamento de la Iglesia”, al “primus inter pares”. Ante el hecho más grande de la historia humana, poco importaría que estuvieran las vendas por el suelo, y el sudario plagado cuidadosamente en un lugar aparte, si no quisiera decirnos algo más el propio Juan, que además es el único evangelista que lo cuenta. ¿Quien plegó el sudario? ¿Quién pudo tener la serenidad y elegancia suficientes para ponerlo incluso en un lugar aparte, como si quisiera guardarlo? Por allí se vieron ángeles, pero no creo que los ángeles se entretengan en esas cosas. Todo el cielo estaría pendiente de aquel paso glorioso en la obra de Dios. Contemplar al hombre creado del barro de la tierra, y ahora “hecho uno de nosotros”, era un estado de asombro incluso para los ángeles, que no tendrían oportunidad, ni ganas, ni encargo de nadie, de plegar un sudario. Poder contemplar la carne hecha luz, como el nuevo estado del hombre que ama, desde el otro lado de la creación, desde la dimensión espiritual propia de los ángeles, no les dejaría atención alguna para ponerse a doblar un trapo lleno de sangre y de aromas de mirra y áloe. Pero un ser humano, ante aquel hecho esperado, sí querría ver con ojos humanos, desde la carne, al menos el rostro amado y bendito en el momento de su transformación en la faz de Dios para los hombres. Eso requería quitar al menos el sudario que cubría la cabeza. Quitarlo y dejarlo tirado por el suelo con las vendas, podría en realidad haberlo hecho cualquiera, pero “doblarlo con cuidado, y ponerlo aparte, no junto a las vendas” (Jn 20,7) es un detalle de amor, serenidad y feminidad extraordinario. Las vendas que envolvían su cuerpo quedaron esparcidas por el suelo, quizás por aquel vendaval de luz y energía que barrió la losa en la que estaba el cuerpo desnudo, pero antes, la mujer que lo conocía “desde el principio” de aquella carne humana, desde que nació, había quitado el paño para ver el rostro de su hijo amado, como había hecho tantas veces con sus pañales de niño, con sus ropas de muchacho, con sus atavíos de trabajo, con su túnica inconsútil o su manto de Señor y Maestro. Solo una persona había tenido ese privilegio durante toda la vida del Redentor. Para ella se abrió con seguridad la puerta del sepulcro antes que para nadie. María, la doncella de Nazaret, la Reina de los ángeles, fue servida de nuevo por los que desde su maternidad fueron sus súbditos. Entró, levantó el velo que cubría la cara de su hijo, y siguiendo un automatismo de madre amorosa lo plegó como hacía siempre con las ropas de Él, y para llevárselo luego lo puso en un lugar aparte. Es posible incluso, como sugieren tantas piadosas tradiciones, que hubiese quedado el lienzo marcado con el rostro amado. Entonces, ante sus ojos de testigo cualificado, se produjo el milagro. La Resurrección fue un acto de vida en la intimidad de la desnudez total, y María, que había recibido la Luz Creadora del Verbo de Dios, y lo había hecho carne de su carne, ahora era testigo de cómo esa carne se convertía en Luz, en Palabra de Dios que volvía a Dios. Y María, como también había hecho siempre, lo recibió de nuevo entero en su corazón, y se hizo Madre de la Iglesia, Madre de todos los que creemos en la Resurrección. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”. Aquello fue más grande y definitivo que el paso del Mar Rojo en la primera pascua judía. Fue más sublime que la creación de Eva de la costilla de Adán, incluyendo el entusiasmo y asombro del patriarca al ver aquella “carne de su carne” frente a él. Aquello fue más misterioso y comprometido para María, incluso que la misma encarnación en su vientre de la Palabra de Dios. Seguramente la redacción de Lucas del Magnificat, cuando dice que “el Poderoso ha hecho maravillas para mí.” -y Lucas recibió posiblemente la noticia de la misma María-, tenga más que ver con la resurrección que con la propia encarnación. Se entienden mejor tras la resurrección, aquellas expresiones de triunfo del canto del “Maníficat”, el canto de la “Esclava del Señor”: “Desplegó la fuerza de su brazo, -dice-, dispersó a los soberbios del corazón, derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes (Lc 1,46). María supo tras la resurrección que aquel estado de ser que su Hijo había inaugurado, era la auténtica promesa hecha a Abraham. “Levantó* hacia Él a Israel, su Siervo, acordándose de la misericordia, como había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su linaje por los siglos” (Lc 1,54-55).
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*(Nota en texto) El texto griego de Lucas en el Magníficat, usa el término “antelábeto”, del verbo (anta-lambano) que se traduce normalmente al castellano como “auxilia” a Israel su siervo, pero de modo alternativo me inclino por el sentido de “levantar hacia”, porque la preposición “anta”, como adverbio, significa “de cara, de frente, totalmente” y el verbo “lambano”, en su significado de “tomar” “coger”, “llevarse” “arrebatar” no está aquí fuera de contexto. Así se explica bien el asombro de un testigo de la resurrección al traducirla por “levantó”, o “arrebató hacia Él”. También la traducción latina del verbo suscepit, que usa la Vulgata, más que auxiliar, es `recibir’, y mejor aún puede ser el figurado de “reconocer un hijo”, “tomarlo en los brazos”. Eso es lo que vio María hacer al Padre Eterno con su Hijo, con aquel hombre muerto, hijo de ambos.
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María supo por experiencia, y no solo por fe, por qué la habían de “llamar dichosa todas las generaciones”. Supo por qué y para qué sus ojos, los de la carne y los del espíritu, habían sido limpios desde su concepción inmaculada. Y supo que pronto entraría ella misma, en cuerpo y alma, como anticipo de la humanidad redimida, en aquel estado de eternidad gozosa en el que su Hijo había penetrado. Contemplar la resurrección de Jesús, el Salvador de Israel, le dio el sentido de todas las gracias y sufrimientos del Pueblo de Dios, el Israel de siempre y su Iglesia Santa. Nosotros lo aprendemos poco a poco de ella, y vamos descubriendo en nuestra evolución de ser y de conocimiento, todas esas verdades que María presenció la madrugada del primer Domingo, el Día del Señor, realizadas en la carne sacrificada de su Hijo.
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Creer que Jesús había resucitado, que había sido acogido definitivamente como hombre por su Padre, Yavhé Dios, fue también el auténtico hallazgo de los primeros discípulos que superaba el conocimiento religioso de la técnica sacerdotal judía. Y lo fue, incluso más que por lo extraordinario del suceso de la resurrección de una carne física muerta, por la comunión que producía entre ellos la fe de tener a Dios y al hombre Jesús de Nazaret, no donde lo dejaron muerto hacía apenas tres días como hombre sufriente, sino donde se manifestaba ahora glorioso, dentro del corazón. Comunión con el Padre, con el mismo Hijo, con el Espíritu, y con los hermanos de la fe. Esa comunión o koinonía, se sigue produciendo en los que oramos en el recuerdo vivo de su gesta, de su resurrección de entre los muertos y su presencia resucitada en medio de nosotros, dentro de nosotros, en la experiencia íntima del corazón creyente y piadoso. Seguir creyendo hoy en la cercanía de la resurrección que se manifiesta en la oración sencilla, es dar un paso, -cada uno el suyo-, para la manifestación total anunciada que esperamos todos.

6.-2.- SEGUNDO MISTERIO DE COMUNIÓN: SE REVELA Y UNE EN CERCANIA DE INTIMIDAD A LA MAGDALENA Y OTRAS MUJERES.

JUAN 20, 11-18.- Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: “Mujer, ¿por qué lloras?” Ella les respondió: “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.” Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: “Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo recogeré.” Jesús le dice: “¡María!” Ella le reconoció y le dice en hebreo: “¡Rabbuní!” – que quiere decir: “Maestro” -. Dícele Jesús: “Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.” Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
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Tras la resurrección en la íntima oquedad del sepulcro, excavada en la roca, sigue Jesús con esa técnica suya de no ser reconocido de una vez por los ojos humanos al modo en el que todos ven la luz del sol cuando amanece. Ya en muchos de sus milagros de curaciones, había ordenado a los curados y testigos que “no dijesen nada a nadie” sobre aquello que les había sucedido. No todos lo cumplieron, pero el mandato manifiesta ese afán suyo de revelar el misterio del reino de Dios ya presente, poco a poco, persona a persona, uno a uno, o en grupos reducidos, y siempre en comunión de fe. Así lo cuenta Juan. María Magdalena debió de sentir aquel día primero un doble desconcierto, primero el de no ver el cuerpo amado en el sitio donde lo habían dejado el viernes, y enseguida el de ver vivo al hombre de su alma, al que pudo abrazar un momento, aunque el encuentro llevase aparejado la prohibición de tocarlo como había hecho otras veces. Ella era una mujer que había desarrollado su amor humano en el tacto, en el encuentro personal y profesional, en el abrazo íntimo, y Jesús no le había cambiado el signo, sino que le había dado otro sentido. Tocar para ella ahora no era solo sexo, sino reconocimiento del reino del amor. Por eso sentiría más el desconcierto, sabiendo que hacía apenas una semana, cuando ungió su cuerpo con el mejor perfume que tenía, Él sí se había dejado tocar y acariciar, delante de todos. Incluso la había defendido, señalando expresamente su sepultura como justificación de su gesto de amor, cuando algunos protestaron por tanto despilfarro. También la defendió ante los escribas y fariseos, clientes habituales del prostíbulo, cuando mojó sus pies con sus lágrimas, y los secaba con sus cabellos y sus besos, (Lc 7,36-50) “Tu fe te ha salvado, Vete en paz”, le dijo. ¿Cómo ahora no lo dejaba tocarlo? Vete a mis hermanos y diles que vayan a Galilea, allí me verán”, le mandó. Y ella lo cumplió, porque había aprendido que las razones de su amor eran incompresibles. Supo en carne propia que todo gran amor, hace grandes locuras. Quizás por eso nadie la creyó cuando dijo que había abrazado a un resucitado. Y ese fue el primer testimonio de que no se trataba de un fantasma, de un cuerpo espiritual, o un producto de su fantasía o imaginación amorosa, sino carne y hueso reales, que podían tocarse y abrazarse. Pero la mayor confusión de la Magdalena, llegó cuando ocho días después de aquel primer Domingo, el mismo Jesús le pidió a Tomás, el incrédulo y práctico discípulo, que metiera sus dedos en las heridas de sus manos, y su mano entera en su costado abierto. No le fue fácil a la mujer apasionada encontrar una explicación amorosa para aquello. El evangelista Juan, que cuenta las dos escenas, no es sospechoso en modo alguno de misoginia, o menosprecio por la feminidad en la iglesia. El mismo encargo que le dio Jesús de cuidar a su Madre, muestra que su delicadeza y sensibilidad hacia las mujeres eran bien conocidas por todos ¿Qué proclama entonces ese Juan querido en su Evangelio? Seguramente es una pedagogía en el progreso de la fe, y en el paso del eros, o amor de carne, al ágape, o amor del Espíritu en la misma fe. “Dichosos los que sin ver (ni tocar) creen”. A la que nosotros llamamos Magdalena, Jesús la llamó primero ‘mujer’, y después por su nombre, ¡María! le dijo, haciéndole sentir y ver que estaba vivo en su amor, con su persona entera, incluyendo su carne, y que eso era el mayor evento para la humanidad desde su creación primera: vivir la misma realidad de carne y hueso en el estado de conciencia que se abre por la fe y crece en el amor que espera. Él lo sabía, y no quiso usar esta vez los efectos especiales de las grandes teofanías del Antiguo Testamento, sino que lo hizo del modo más admirable y completo por el que puede un hombre hacerse presente en el interior de otro, para siempre y no sujeto ni al tiempo ni al espacio, es decir, sin las limitaciones de la carne para la comunión perfecta: lo hizo en el recuerdo vivo del Amor, que es Dios en nosotros.

Excepto Magdalena, las otras mujeres que lo amaban, y los dos únicos apóstoles que fueron al sepulcro, Juan y Pedro, solo vieron ausencia de lo que puede verse y tocarse en este mundo. En cuanto a la experiencia de sentidos, en aquel momento estaban peor que nosotros ahora, porque ellos no habían creído aún en un hombre resucitado, sino en un hombre vivo como ellos. Pero enseguida escucharon la Noticia, la Verdad del Evangelio, y en esa cercanía de la voz interior, lo reconocieron también con el sentido del amor, que da sentido a todos los demás sentidos. La conclusión fue unánime: ¡Ha resucitado! Y creyeron de nuevo en la persona humana, cercana, que conocían. Recreyeron para siempre en su amigo y Maestro Jesús de Nazaret, el hijo de José y de María. Para descubrir hoy esa cercanía, sigue siendo una ayuda inmensa pronunciar el nombre de Jesús en el alma, con el acento especial de la fe amorosa. Es lo que hacemos en el centro del avemaría: “Bendita por el fruto bendito de tu vientre, JESÚS.” O “Bendita en el amor de tu hijo bendito, JESÚS”. El resto lo hace Él, y siempre de esa forma personalizada para cada uno que lo caracteriza, que nos da su carácter y su fuerza, y que nos hace gritar también como María o Tomás “Rabunní” ¡Maestro mío! Por eso y así, es El Señor de hombres y de ángeles que sirven su Noticia admirable, y encaminan hacia la Comunidad a los que buscan, o ya tienen, la experiencia de su cercanía.
En todo el Evangelio de Juan, Jesús solo pronuncia los nombres propios de Simón, al que se lo cambió por el de Cefas, (Jn 1,42), -aunque Él le seguía llamando “Simón de Juan” (Jn 21,15 y ss)-, el de Lázaro, (Jn 11,11, y 43. ”Lázaro ¡Sal fuera!), el de Felipe (Jn 14,9) y el de María Magdalena. (Jn 20,16). Ni siquiera dice Juan que pronunciara el nombre de su madre, a la que llama simple y mistéricamente “Mujer” en ese cuarto Evangelio. El pronunciamiento más directo y entrañable, sin otra orden o circunstancia que la de pronunciarlo con el acento especial del que ama y quiere ser reconocido, fue el de María Magdalena en la mañana de su resurrección. Después, y una vez reconocido su señorío resucitado, vendría el envío a la comunidad: “Vete donde mis hermanos y dile: ‘subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’… (Jn 20,17)”. El encuentro es sin duda el paradigma de su esposa la Iglesia. ¡Que llega el Esposo, salid a su encuentro! Y Juan se recrea en la simplicidad y elegancia de los signos de Jesús Resucitado. Una realidad mucho más unitiva y total que cualquiera de las conocidas en el mundo de la carne, incluyendo el matrimonio o la maternidad, acababa de salir de las entrañas de la tierra por la fecunda intervención del cielo, y estaba iniciando la relación de amor definitiva para el hombre. Cuando algunas novelas contemporáneas, retomando relatos apócrifos mucho más antiguos, llaman esposa de Jesús a la Magdalena, solo se equivocan en la realidad del mundo de amor que puede soportar esa afirmación. María Magdalena fue su amante y su esposa, como lo somos todos y cada uno de los que creemos en Él y lo amamos. Referido al solo mundo de la carne y el sexo, el mismo Jesús se encargará de remediar toda confusión. “¡No me toques que aún no he subido al Padre! En otro misterio de gracia, veremos después como obliga a Pedro a reconocer ante los otros su amor y su cariño: Pedro de Juan, ¿me amas?… me quieres?… ¿me amas más que estos? Jn 21,15 y ss).
LA APARICIÓN A LAS MUJERES EN EL RELATO DE MATEO.-
Luces de relámpago creyeron ver las mujeres, en medio de dos hombres vestidos con blancura de nieve que, en el estruendo de un terremoto, decían: “Id enseguida y anunciad a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis'”. (Mt 28,7). Pero Mateo no se contenta con la noticia de los ángeles, y dedica dos versículos al encuentro directo con las mujeres. Eran para él las primera experiencia del Resucitado que tuvo la piedad de la Iglesia y así nos la cuenta: “…de pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡’Alegraos’! (jairete)”. Y ellas manifestaron su alegría en la forma que sabían: “Se lanzaron sobre Él, se abrazaron a sus pies, y le adoraron”. Algo sintieron parecido al miedo y la alegría juntos, como siempre pasa en cualquier primer acto de amor y piedad: “Con miedo y gran gozo” dice el Evangelio. Y es que Jesús, sin pedirles esta vez que lo soltaran, como había hecho con María Magdalena, les dijo: “No temáis, id, avisad a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán.” (Mt 28,9-10) Esos dos versículos de Mateo son la esencia de la piedad del Rosario: abrazarse a Él, adorarlo en la alegría del mensaje, en el que se le reconoce vivo, y verlo como Él se deja ver ahora de cada uno de los suyos, en la luz de la fe.
EL HIJO DEL HOMBRE RESUCITADO Y LAS MUJERES, EN EL RELATO DE LUCAS.-
Para el relato lucano las mujeres llegaron al sepulcro con los aromas, y encontraron la piedra ya retirada. ¿Será que el Evangelista de la Virgen Madre, nos quiere dar también alguna pista sobre quien estuvo en el sepulcro antes que las demás mujeres piadosas? De todas formas fue entonces cuando las mujeres, entre las que no nombra a María Madre, vieron a “dos varones con vestidos resplandecientes”. Pero el acento de este evangelista está puesto en la Palabra viva que se recuerda en el corazón. “Recordad como os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de pecadores, y sea crucificado, y al tercer día resucite’. Y ellas recordaron sus palabras” (Lc 24, 4-8). Es la misma actitud que nos cuenta Lucas de María, la Madre, al inicio de su Evangelio. Y es que con todas las cosas de Jesús que “Ella guardaba y repasaba en el corazón”, se confeccionó el Evangelio. Lucas no fue testigo directo de los sucesos del nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, sino que escribe lo que le cuentan las “fuentes “que, “desde el principio,” guardaban en el recuerdo del corazón las palabras y hechos de Jesús. “Las que referían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María la de Santiago, y las demás que estaban con ellas.”(Lc 24,10). Aunque a ellos, como a cualquiera que sea mínimamente prudente en lo humano, “estas palabras les parecían desatino”. La Noticia especial de Lucas, es precisamente que a Jesús, como Hijo del hombre sufriente, muerto y resucitado, se le conoce en la fe que acepta la Noticia, y aceptada produce la experiencia del cristiano piadoso: “el corazón ardiente”. Lo veremos en el Misterio de los que iban a Emaús.
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El Evangelio de Marcos es tan escueto, que parece remitir a sus lectores a la vivencia de cada comunidad y de cada persona. Da por supuesta una experiencia personal del resucitado en cada uno de sus lectores y oyentes, pues sin ella nada de todo lo que cuenta en su Evangelio tendría sentido. Si no hubiese resucitado Jesús, y si no se le pudiese experimentar en la comunidad donde se proclama, la Buena Noticia carecería de la gracia especial de esa proclamación y recuerdo. Marcos, conscientemente, a esa experiencia personal de Jesús resucitado la llama “Galilea”, “Galiluya” dice el texto griego. Es “el lugar de la Alegría”, de la Verdad y de la Gracia, el lugar del encuentro con Jesús vivo. Aunque como les sucedió a las mujeres, al principio pueda ser un lugar de temor y espanto, de silencio y de simple conocimiento intuitivo. En realidad, los evangelistas saben perfectamente cuando escriben, que la “Galiléa” del encuentro es la Iglesia.
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El evangelista que mejor expresa los sentimientos de las mujeres, personalizadas en María Magdalena como ya hemos visto, es sin duda Juan. Sus gestos y respuestas son paradigmáticos de lo que será la auténtica piedad cristiana. La Resurrección no es un hecho religioso en el sentido sacerdotal o litúrgico judío de la expresión, sino un hecho de amor, libre de toda regla física, social, moral o religiosa conocida. Es una conversión o conversación de amor, que se inicia al escuchar su nombre en la Palabra y hacer lo que El dice. La actitud de las mujeres, unánime en todos los evangelistas, además del miedo y la alegría juntas, es la búsqueda piadosa del cuerpo físico de Jesús Crucificado. Los ángeles le darán a ese Señor Crucificado su segundo apellido: EL RESUCITADO: “Sé que buscáis a Jesús, EL CRUCIFICADO. No está aquí, ha RESUCITADO”-(Mt 28,5-7; Mc 16,6; Lc 24,6). Y las mujeres, con sus hechos y actitud del corazón, le dan la realidad que Él quería para su Iglesia: el constante recuerdo amoroso de su persona en comunión con el Padre.

6.-3.- JESÚS RESUCITADO SE REVELA Y UNE A LOS APÓSTOLES QUE ORABAN JUNTOS

Este encuentro viene solo desarrollado en dos evangelistas, Juan y Lucas.

I.-EL RELATO DE JUAN
Jn 20,19-29.-“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.” Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros.” Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.” Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío.” Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”
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Culminas tu obra de amor, Jesús de la Buena Noticia, en la luz de la Palabra hecha Evangelio. Nada de lo que hiciste tras tu victoria sobre la muerte, fue como lo hubiésemos hecho nosotros hoy, acostumbrados al marketing, a la publicidad, y a las campañas electorales o de imagen de empresarios y políticos. Tú escogiste encuentros personales, en sitios escondidos, con puertas cerradas, en el anonimato de un camino, o en un grupo enclaustrado por miedo a los judíos. Cualquiera de nosotros hubiese aparecido rodeado de ángeles en la plaza mayor de la capital de un imperio de la época, en Roma, Grecia o Egipto, y con los poderes de tu nuevo estado, hubiésemos hecho algo nunca visto; o quizás en el mayor centro religioso del momento, en Delfos, en China, en la India o en el Tíbet, hubiésemos montado un espectáculo de luz, del que quedase huella imborrable de nuestra proeza, grabado en algún monumento de piedra indestructible. Pero tú no lo hiciste así, Jesús Resucitado y siempre humilde. Todo lo hiciste en un pueblo pequeño, en un rincón del mundo y de la historia, ante unos testigos sin estudios ni instrucción cultural o mistérica alguna conocida. Revelaste el mayor evento de la historia humana, que es tu vida de hombre resucitado y eterno ya, ante una prostituta convertida por amor, ante unos humildes pescadores de un lago bajo el nivel del mar, ante un publicano, y ante otro pescador con el corazón más duro que una piedra, que hasta que no lo comprobó con sus sentidos, te vio, te palpó y te oyó hablar y comer, no se lo creyó. Realmente la Iglesia fue distinta en su origen a otras formaciones religiosas, al menos en los primeros pasos de su caminar sin ti, en este mundo de los sentidos. Y no menos sorprendente es el hecho de que todos se alegraran al ver tus manos y tu costado, se supone que vieron las heridas de los clavos, y de hecho Tomás es lo que pidió ver. ¿Cómo es que un cuerpo glorioso, tiene aún las heridas del tormento que le causó la muerte? ¿Cómo es que te identificaste más por las heridas que por la gloria de tu palabra que es Palabra de Dios? Pero así quisiste tú que fuera tu identidad, porque en profecía eres el “cordero degollado”.
En tres ocasiones relatadas te dejaste ver por los elegidos a los que llamabas ya Apóstoles y Amigos. Pescado asado comiste ante ellos para probar que vivías y que eras el mismo, en una forma nueva a veces, pero en tu misma carne humana y con tus mismos gustos, porque a ti te guastaba el pescado, el cordero, el pan y el vino. Seguías siendo el de antes, uno como nosotros, aunque obviamente, incluso ante sus ojos asombrados, ya eras distinto. Y junto al lago no solo comiste, sino que diste de comer pescado asado en las brasas y pan caliente a tu iglesia naciente, que había intentado en vano pescar sin ti. Te hiciste compañero de viaje de los que caminaban desilusionados de nuevo hacia su pueblo Emaús, y lo más asombroso quizá, es que así quedaron todos confirmados en la fe y en el amor esperanzado del reencuentro permanente. Tu muerte y resurrección en la luz de la Palabra, fueron el germen y principio de toda la nueva “sabiduría” cristiana. Lo dice el último versículo del Evangelio de S. Mateo “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Y en la ausencia entre encuentro y encuentro, dejabas un silencio raro para el hombre que ama. Tuvieron los tuyos que acostumbrarse a tu nuevo estilo. Sabían que estabas con ellos, pero no podían verte con sus ojos o tocarte con sus manos, ni oírte con sus oídos cuando ellos querían. Solo podían unirse a tus sentimientos, orando con los salmos y profetas del Israel de siempre en el que naciste y moriste, y dejando vibrar el sentido común del corazón, que al fin se impuso para enseñar de nuevo a ver, oír, oler, gustar y tocar en la forma definitiva que tienen para siempre los que te aman y creen en las cosas del reino, es decir por la fe que regala el Espíritu. Nada sabríamos nosotros de tu muerte y tu resurrección, si no llegáramos a “saber” de tu cercana presencia diaria y total, o si no aprendiésemos a saberte en la fe “todos los días” hasta que vuelvas. No una vez a la semana como fueron tus apariciones confirmatorias de que estabas vivo, o una vez al año, con el ritmo de la pascua judía, o una vez en la historia de la humanidad, como fue aquel tiempo privilegiado de tu vida de hombre, sino “todos los días, hasta el fin del mundo”. Eso les dijiste y ese es tu Evangelio, tu Buena Noticia. Porque tus días ya no coinciden con la luz de sol, ni tus noches con su ausencia. Tu día lo marcan y señalan los encuentros contigo, en la luz que brota de tu ser resucitado, como los días de la tierra se enmarcan en la luz que brota de su astro rey sobre el que gira. Y las noches del creyente son tu ausencia a la vista del conocimiento, en esa presencia tuya tan sutil. Se hace noche cuando ni el ojo herido, ni el oído taponado, entretenidos en luces y en músicas del mundo, pueden percibirte. Esa será luego la tesis de Juan en el epílogo de su Evangelio: sus ojos de fe te ‘vieron’. Supo que habías resucitado, cuando nadie –ni siquiera él-vio en el sepulcro tu cuerpo masacrado. Solo había allí vendas por el suelo, y un sudario doblado en lugar aparte, pero eso fue suficiente para ‘sus ojos’ especiales de verte en la fe. También Juan fue el primero en el lago, al volver de la pesca fallida que se convirtió en milagrosa, en saber que eras tú y en proclamarlo a los otros. Es la misma Noticia de Lucas en el relato de los de Emaús, que sin verte en tu forma anterior de hombre, “se le abrieron los ojos”, y supieron que eras tú.

Así nos cuenta Juan la extraordinaria y gozosa presencia tuya entre tus discípulos aquella tarde del “primer día de la semana”. No salían de la sala en el piso alto, seguramente en la casa de Marcos, o José de Arimatea, donde aún perfumaban las velas y el misterio de tu primera Eucaristía. No estaban allí esperando tu vuelta, sino por simple miedo a los judíos. Los buscaste tú a ellos, porque ellos no creían que podían buscarte como un hombre vivo. Por eso traspasaste las puertas y cerrojos de su miedo, y de alguna forma nueva para la humanidad, que incluía sentidos externos e internos funcionando a la vez, los introdujiste en este modo tuyo de relación actual y eterno que tienes con el nuevo Pueblo de Dios: la oración común en paciencia, en esperanza, en capacidad de admiración, y con ojos de ver los signos de tu nueva existencia. ¡Estabas inaugurando un nuevo sentido del tiempo y del espacio! Una relatividad o relación distinta a todo lo conocido hasta entonces. El tiempo y el espacio de tu resurrección, ya no son relativos a sí mismos, sino que hacen relación a ti y a tu palabra. Las nuevas coordenadas del desarrollo humano, ya solo son medibles en luces de amor, no en metros ni en horas, en kilómetros o años. La nueva ley de relatividad del universo nuevo, empezó cuando volviste de la muerte y, atravesando las puertas y ventanas cerradas por el hombre y su miedo, dijiste: ¡Paz a vosotros! Aquella presencia duró en el tiempo, en lo sensible, lo que quisiste Tú. Pero les enseñaste a tus amigos que, en la fe, podía durar lo que quisieran ellos. Aún hoy perdura lo que queramos nosotros, los que creemos en ti, y así será durante todos los tiempos y espacios de hombres que el Padre nos regale. Los años-luz con los que medimos la distancia del universo, son nada en comparación de los encuentros de luz que les das a los tuyos. Esa es la gran labor sacerdotal que estabas regalando al grupo de elegidos, ser mediadores y testigos de unidad de los dos mundos: El viejo universo de la tierra y del sol, y el nuevo mundo de tu luz y tu palabra. Por eso en el umbral de tu nueva presencia les entregaste la Paz, les mostraste tus manos y el costado, y les soplaste el Espíritu Santo en aquel Pentecostés privado. No dice el Evangelio que después te fueras de aquella estancia de la primera Iglesia, sino que desapareciste de su vista, y cuando llegó Tomás ya no estabas visible. Los otros diez y las mujeres le contaron el encuentro, y Tomás se quedó con lo que más le había impresionado de tu sacrificio en cruz y del relato de los otros sobre tu aparición resucitado: tus manos y tu costado abierto. Sobre esa imagen tremenda propuso la prueba, “si no meto mi dedo en el agujero de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Buen reto te puso. Pero aceptaste y volviste a ellos, al mundo de sus sentidos de la vista, del oído y del tacto. ¡Pero a los ocho días! ¿Qué hicieron ellos toda una semana sin ti? Seguro que, al amparo de la Madre, empezaron a vivir la nueva vida de la Iglesia. Orar, esperar y sentirte viviendo dentro del corazón de cada uno, hablando entre ellos de tus cosas. Los que ya se sentían hermanos en la nueva naturaleza humana, aprendieron a contarse las cosas rumiadas dentro del corazón, en la memoria viva que se volvió el lugar privilegiado de tu presencia, el lugar donde esperar ya siempre el regalo de tus mandamientos, que son tus regalos diarios. Juntos en la oración, sin saber ni cuando ni como te volverían a ver, adquirieron la certeza de que ninguna puerta, ni encierro, ni claustro, serían ya nunca más obstáculo a tu presencia viva. Hoy, sentir tu presencia resucitada en los sacramentos de la Iglesia y también en la oración sencilla, como el Rosario, hace que nos integremos en esa historia de salvación y queramos ser “cenáculo a la espera” de tu manifestación definitiva.

A los ocho días del primer Domingo, el primer Día del Señor de tu tiempo nuevo, “estaban otra vez los discípulos dentro, y Tomás con ellos ” (Jn 20,26). Se supone que estaban en la misma casa que el domingo anterior, y de nuevo encerrados por miedo a los judíos, pero conociendo a Juan, puede que su “estar dentro con las puertas cerradas” tenga también otro sentido. Puede que haga relación a un estado de conciencia, a una forma de ser hacia Dios. Sea como sea, de hecho nos dice que “vino Jesús, estando las puertas cerradas, se puso de pie en el centro y dijo: La paz con vosotros”. Todo un programa de vida. Cerrar las puertas al mundo, esperarte, y cuando entres, o nosotros entremos abriendo el sentido interior a tu presencia, Jesús de los Domingos, recibir tu paz y tu soplo de Espíritu. La experiencia de los signos de tu cruz ya no será meter el dedo en la herida de tus manos, o la mano en tu costado, sino clavar cada uno sus manos y sus pies en la cruz que le regales, y tener tus heridas marcadas para siempre en sus propias manos, incluyendo el costado abierto hacia los demás. Aquel día Tomás se llevó quizás la mejor parte. Su incredulidad y su atrevimiento, tuvieron la respuesta soñada por cualquier amante de la realidad física de tu cuerpo de hombre: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Aquella deseada experiencia de Tomás se quedó en nada a los ocho días. No cuenta el Evangelio que hiciese lo que pretendía como presupuesto necesario para creer: meter su dedo y su mano en las heridas. Lo que le dijiste fue: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos “.Tomás no necesitó el tacto. No necesitó meter los dedos en los agujeros de los clavos, pero le propusiste meter la enorme mano de pescador curtido, en la herida que abrió la lanza en tu costado, lo que seguramente tampoco hizo. Le bastó escuchar la voz y ver el brillo de tus ojos, como llamas de fuego, Jesús resucitado, para llegar a la experiencia de la fe, a la seguridad del corazón creyente. El resto de su vida lo pasaría ya así, creyendo sin tocar ni ver, y contagiando de su fe segura a los hermanos. Pero quizás no fue tampoco la fe en tu resurrección -que maduraría más tarde- la que hizo a aquel hombre práctico y rudo gritar “Señor mío y Dios mío”, sino la experiencia de ti, el reconocimiento de la nueva realidad del Dios y Señor en medio de los hombres, experimentable hasta en el interior de tu cuerpo de hombre nuevo. Aunque no llegara a meter las manos en tus heridas, tuvo bastante con la regañeta por su falta de fe, y no le importó mucho. Ni tampoco le importaría “el creer por haber visto”, en vez de por la fe pura y dura que Tú proponías, ¡Quien la tuviera! Mucho tiempo después, una enamorada tuya, Teresa de Jesús, te cantaría muriéndose de envidia amorosa, “…dulce Jesús bueno, véante mis ojos muérame yo luego”. Y tengo por seguro, que alguno de los presentes aquella tarde, especialmente uno que se había recostado en tu pecho antes de estar físicamente abierto, sentiría también ganas de experimentar tu propuesta de acercar sus manos a tus heridas. Aunque le regañases por su falta de fe, la disculpa sería su abundancia de amor, porque la tendencia del amor a entrar dentro del amado es irrenunciable. Tú lo quisiste así al crearnos, y al recrearnos te costó después no solo la vida, sino inventar la forma más completa de entrar a la persona amada: te hiciste alimento y energía viva de nuestra vida. Tu cuerpo lo hiciste pan y tu sangre vino, y así juntaste la fe y la experiencia. Y se hizo realidad sublime la bienaventuranza final del Evangelio de tu discípulo amado: “Dichosos los que aún no viendo creen”. (Jn 13,17 y 20,29) Es la única bienaventuranza de Juan, la fe que conoce y obra, la fe que “ve” con sus ojos de conocimiento y amor. Una teoría central del cuarto evangelio, para fundamentar la autoridad de su autor, es la experiencia del propio Juan en su primer encuentro contigo, Jesús de la fe, cuando le dijiste “venid y ved”, pero ahora proclamas la dicha de los que no ven, pero creen. En realidad Juan distingue dos formas de llegar a la misma fe, una por la experiencia de sentidos, que tuvo él, y otra por el solo testimonio de la Palabra, que tenemos nosotros. El resultado de las dos será el mismo: la seguridad de tu presencia que hace gritar al que la tiene: ¡Señor mío y Dios mío!

II.- EL RELATO DE LUCAS
Lc. 24,33-49.- Y, levantándose al momento (los dos de Emaús, el Domingo a la tarde), se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.” Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de comer?” Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.” Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.”Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.”
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El mismo hecho se ve de forma distinta por cada uno de los que lo contemplan, bien directamente, como Juan, bien a través de la experiencia de otros como hizo Lucas y hacemos nosotros hoy. La riqueza de Jesús Vivo para siempre, será ya inagotable, y el Evangelio, la Noticia de gracia, es el mismo Jesús de Nazaret, resucitado en medio de nosotros.

Lucas parece reunir los dos relatos de Juan, el del primer Domingo y el de la octava, en un solo día. Entre los orantes del Rosario contempladores del misterio, habrá unos días en que se prefiera el relato más espiritual de Juan, y otros en que se necesite el pragmatismo del relato de Lucas, en el que Jesús da a todos los discípulos presentes la pruebas físicas de resurrección. Las mismas dudas que expresó Tomás, las tienen todos los discípulos en este relato. Y la respuesta de Jesús fue la misma también, “palpadme”, experimentadme aunque sea a tientas. De hecho “palpar” o tocar el cuerpo de Jesús resucitado fue una de las claves de la constatación firme de la fe. El contenido del verbo griego, y el tiempo gramatical que se usa para transmitirnos aquel acto engendrativo de la fe, (pselafesate) no es corriente, y significa tantear en la oscuridad, buscar a tientas, andar a tientas. Es decir, hace referencia a la experiencia de un ciego que estira las manos para reconocer su entorno. De hecho solo se emplea tres veces más en todo el Nuevo Testamento. (1Jn 1,1 Hechos 17,27; y Heb,12,18). Dos para expresar la trascendencia de Dios, su existencia mas allá de los sentidos, y otra, en la primera carta de Juan, para demostrar su cercanía, en el mismo sentido de Lucas: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos sobre la Palabra de Vida”,(“peri ton logos tes zoes”), es decir, tocamos la carne que estaba como envolviendo y conteniendo el Logos de la Vida. La expresión usada por Juan, más que un tacto simple, supone una caricia inteligente, una relación intuitiva con la profundidad del otro. El tacto en una imposición de manos, en un beso, en un abrazo, o en el simple estrechar la mano del otro, sigue siendo un signo de nuestros sacramentos y liturgia, y en la experiencia del resucitado fue fundamental.

Otros elementos unifican ambos relatos de Juan y Lucas, la promesa del Espíritu, el saludo de paz, el envío… pero baste para este libro, que solo trata de entusiasmar en la rumia del Evangelio visto con la ayuda de la mirada de María en el Rosario, enunciar la tesis de que ambos evangelistas tenían, una fuente común que les hizo ver aquellas realidades de forma similar. Fue sin duda María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, la persona que más tocó y acarició el cuerpo humano de Jesús, y la que supo traducir perfectamente la experiencia de sentidos sobre un cuerpo humano, con experiencia de Dios en su Hijo, por la sabiduría del Espíritu.
6.-4.- JESUS RESUCITADO SE UNE EN EL CAMINO A LOS DE EMAÚS.

LUCAS 24,13-36.- “Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: “¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?” Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?” El les dijo: “¿Qué cosas?” Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.” El les dijo: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.” Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.”
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Te hiciste presente a los que hablaban de ti en su camino ordinario y les provocaste el “ardor del corazón”, Jesús de la Palabra luminosa. Aquel ardor del corazón, fue y sigue siendo, la esencia misma de las Escrituras que hablan de tu muerte y resurrección. Aún hoy te revelas a nosotros muchas veces, no solo como el Santo y Separado, como el “Yahvé” que eres, sino como Palabra compañera de Camino, cercano a nuestras cosas y nuestras formas lentas de comprender las tuyas, en el ‘ardor del corazón’ que escucha. Aunque la misma escena la cuentan también otros evangelistas, Lucas lo hace con la autoridad que le da el conocimiento personal de aquellos dos que tú elegiste, Cristo Jesús el Nazoreo, para manifestar tu presencia en el camino; tanto los debía de querer Lucas, que en su Evangelio cuenta tu encuentro con ellos, incluso antes de contar tu aparición a los once, que eran el cuerpo ‘oficial’ de tu Iglesia naciente; y además, mientras al encuentro con los apóstoles dedica solo seis versículos (Lc 24,39-43), a los de Emaús les dedica treinta y tres (Lc 24,13-35). Hablaban Cleofás y el otro por el camino sobre lo que había pasado contigo en Jerusalén, y seguro que lo hacían al modo mediterráneo común a semitas, árabes y latinos, cuando nos apasiona algo, discutiendo y gritando. Sobre su discusión apareces tú como un caminante más, y en ‘otra forma de hombre’, no en la tuya de antes de la muerte en cruz, que ellos conocían y amaban. O quizás quiera decir Lucas que apareciste “dentro de otro hombre”, siguiendo su camino y su charla. Lucas dice simplemente que “sus ojos estaban retenidos para que no te conocieran”. Debían de estar bastante acalorados ya en sus exposiciones y eso te permitió entrar a su conversación sin ser notado casi, aunque también les hablaste duro, y sin haberte presentado siquiera como el Señor que eras. Seguramente en aquellos tiempos sería más normal que hoy el que unos caminantes hablasen con otros, porque vivir las mismas circunstancias une a los hombres y los hace amigos, o enemigos. El camino es una de esos lugares privilegiados para ello, aunque hoy lo hayamos despersonalizado tanto. Les hablaste de las cosas del Mesías, así en tercera persona, como si no fueras tú mismo, pero convenciéndolos de que ese Cristo que profetizaba la Escritura desde Moisés a los profetas, debía pasar lo que pasaste Tú. Eran tus cosas las que les expusiste, pero ocultas tras las profecías, donde siguen escondidas aún para nosotros. Era lo que el Cristo padeció, y lo que tenemos que padecer nosotros para entrar en el reino contigo. Y todo en “cumplimiento de las Escrituras”, como si fueran el programa de tus actos y los nuestros. ¿Pero acaso las Escrituras no las inspiraste tú? Vuestro Espíritu Santo -del Padre y tuyo- había inspirado, desde Moisés a los profetas, lo que queríais hacer para salvar al hombre, y una vez inspirado y proclamado, tú lo realizaste haciéndote hombre. Nadie hubiera sido capaz de realizarlo sino tú. La interpretación incorrecta de la Escritura lleva a pensar que, según lo escrito, los malos son los que sufren, mientras que los buenos, los justos que tienen la bendición de Dios, son los que nadan en la felicidad y la abundancia de bienes materiales y espirituales. Pero tú demostraste con tu cruz que esa no era la intención del Padre, ni la tuya. El Camino del Reino iba a ser estrecho, duro y de pocos.

Quizás lo más dicente del encuentro, no fueron los argumentos de escritura sobre tu persona, sino tu propia persona. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino, y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32). Se acabó la discusión. La experiencia de ti y tu forma de hablar y de partir el pan les encendió de nuevo el corazón y se abrieron sus ojos. La vida ‘cristiana’ tenía ya su realidad profunda puesta en marcha, y en el camino, en la Escritura, en la fracción del pan, en el ardor del corazón, en la unidad de los hermanos, aún hoy te seguimos encontrando nosotros, porque eso eres tú siempre: Camino, Palabra, Pan vivo, ardor del corazón, y comunión de hermanos. El relato de tu compañía en el camino, además de las seguridades que transmite, suscita mil preguntas. ¿Por qué no nos cuenta Lucas, o cualquier otro de los que conocieron a los de Emaús, cuales fueron tus argumentos de Escritura? ¡Empezaste por Moisés y seguiste por todos los profetas…! Menudo repaso para la interpretación auténtica de la Escritura. ¿Por qué no nos dan ni siquiera una línea de tu interpretación de algún profeta, o de algún salmo? Siendo tú el que mejor conoce al Padre de todos los hombres de la historia, ¿por qué no nos dejaste alguna pista para conocer su criterio sobre el dolor, la muerte y la gloria del hombre? Solo nos cuenta Lucas que dijiste: ¿No era necesario que el Cristo padeciera todo eso para entrar así en su gloria?, y les fuiste repasando lo que se dice para ti en Moisés y los profetas.¿Qué estilo fue aquel de tu interpretación de las Escrituras que no les calentó la cabeza -como la mayoría de nuestras ‘magníficas’ exégesis- sino el corazón? No les hablaste de lo que dicen las Escrituras y los Profetas sobre la conducta del hombre, ni sobre lo que hay que hacer o no hacer, tocar o no tocar, comer o no comer, ni mirar siquiera, sino sobre ti mismo. Y especialmente sobre tu sufrimiento -y el nuestro- para entrar en la gloria del Padre. Cuando argumentabas con las Escrituras, lo que les estabas manifestando es que el Mesías ya estaba en su gloria, y ese auténtico mensaje fue directo al corazón. Con tu actuación les dijiste a ellos, y nos sigues diciendo a nosotros, que estás más cercano que la misma realidad aparente a nuestros ojos, ¡Estás en el “ardor del corazón”! Estás en ese fenómeno de amor que provoca tu presencia corporal en la piedad de la oración sencilla del camino. Estás en la Eucaristía, ¡Estás en el Rosario! Estás en todo recuerdo compartido sobre “lo de Jesús el Nazareno”, como estuviste para aquellos dos. ¡Qué buena gente eran los dos que iban a Emaús! Unos cualquiera no hubiesen aguantado que un desconocido les abordase, se metiese en su conversación, y lo primero que les diga sea casi un insulto. “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!” Y además, por si fuera poco, no solo no se molestaron, sino que te invitaron a quedarte con ellos aquella noche. Y lo hicieron con tal humildad e insistencia que tú, Amigo del Camino, no tuviste más remedio que quedarte. Eran buena gente, sin duda. Siempre he querido saber su historia personal, saber quiénes eran, porque ese primer día solo te presentaste resucitado y vivo a los que mucho amabas y te amaban. Y es que tu estilo de abordar al hombre es decidido y directo al corazón. Por eso no te soportan muchos y otros te odian. Seguramente por ese estilo tuyo te mataron. No a todos nos gusta que se metan en nuestro corazón aunque sea con un pretexto religioso. Pero el que aguanta tiene su recompensa. Aquellos dos que aguantaron tu improperio y tu sermón, la tuvieron y crecida. Sin saber que eras tú, les ardía el corazón al oír la Palabra. Sin saber que eras tú, se sentaron a la mesa contigo y te brindaron hospedaje y pan. Y dice Lucas, en uno de sus relatos más íntimos, que allí, sin saber que eras tú, supieron que eras tú. Sin verte, te vieron. Se les abrieron los ojos del alma que tenían cerrados, y te reconocieron al partir el pan. Pero ¿por qué desapareciste al instante de reconocerte? ¿Fue así, o solo es que así lo cuenta Lucas para respetar la intimidad del encuentro de amor contigo? Les dejas el corazón ardiendo y te vas. ¿A dónde fuiste? No podemos pensar que a Jerusalén para que te vieran los Apóstoles, porque ya era posible para ti, con tu nueva naturaleza, estar en muchos sitios a la vez, ¿Por qué en el momento del reconocimiento los dejaste? ¿Para que fueran a dar la noticia de que estabas vivo a los hermanos? Seguramente no fue tampoco por eso, porque cuando tras el nuevo esfuerzo del camino de vuelta, a la carrera y con el corazón emocionado, llegaron donde los once para darles la buena noticia, ellos ya sabían que estabas vivo. Y además aquellos sencillos caminantes de Emaús no tendrían tanta autoridad humana sobre los apóstoles para ser creídos. ¿Quienes eran los de Emaús? Desde el punto de vista noticioso, su viaje de vuelta fue un fracaso. Iban cansados, de noche, sin comer sino el bocado de pan que tú les diste, y cuando llegaron de nuevo a Jerusalén para dar la primicia de la extraña noticia, llenos de ilusión, resultó que todos la sabían ya con más detalles incluso que ellos mismos. Pero su vivencia no fue infecunda, y quedó al fin y al cabo como uno de los más preciosos encuentros relatados en los Evangelios. Todavía te seguimos pidiendo en nuestros cantos de comunión, lo que ellos te pidieron ¡“Quédate con nosotros, la tarde está cayendo…! Al llegar a Jerusalén, junto a los discípulos reunidos en el cenáculo, se volvió a repetir lo que el Evangelio de Lucas nos quiere enseñar: “Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” (Lc 24,36)

La gran enseñanza del relato no es la noticia de tu resurrección, atestiguada por otros relatos y otras personas con más autoridad entre la Iglesia primera, sino la comunión contigo de la piedad sencilla en el camino de la vida. Nadie consiguió que te quedases a cenar con ellos por petición propia, sino los de Emaús. Ni los Apóstoles, ni la Magdalena con todo su amor ardiente, ni las otras mujeres, consiguieron que te quedases un momento más con ellos. Aparecías cuando querías y te esfumabas cuando te parecía bien. Pero los de Emaús lograron que cenases con ellos a petición propia. Seguramente lamentarían después que “les abrieses los ojos para verte”, porque no se conformaron solo con el “ardor del corazón”, y te perdieron en presencia inmediata a la vista, aunque llevaban ya encima la gran enseñanza: en las cosas de Dios, el corazón ve mejor y de forma más estable que los ojos. De hecho el gran drama de Adán en el paraíso, fue que cuando “se le abrieron los ojos” tras comer del fruto prohibido, dejó de ver a Dios, y empezó a verse solo a sí mismo.
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Tus “tiempos” de Señor, tus ritmos y medidas del tiempo, Dios de la eternidad, no coinciden con los nuestros. En el breve período de cuarenta días que estuviste resucitado, antes de ‘subir al Padre’ y de enviar el Espíritu Santo, ¿cuánto duró cada una de tus apariciones a los que amabas y te amaban? ¡Apenas unos momentos! Tendremos que aprender tus ritmos y aprovecharlos. Unos minutos al día. Unos días al año, un año en la vida… Los ritmos del amor de Dios experimentado por los sentidos, son en cómputo humano del tiempo, muy breves. Pero todas nuestras cumbres de amor humano son muy breves. Las divinas y las puramente humanas. Siempre dejan “un no sé qué, que queda balbuciendo”, si en verdad son de amor. Y es que para el Amor, la medida de las cosas no se hace solo por tiempo y espacio, sino por la intensidad de relación y de vivencias que producen conocimiento del amado, dejando un poso de ‘conocimiento’, de fe y esperanza para seguir amando. Una sola mirada, un solo toque de amor, pueden cambiar la vida y abrir la puerta a un encuentro de relación cuántica, sin tiempo ni espacio, eterno.
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Los hombres pasamos buena parte de nuestro tiempo yendo de camino, de un sitio a otro, de un lugar otro, de un amor a otro, de un pensamiento a otro, de un argumento a otro. Especialmente gastamos más tiempo pasando de un sitio físico a otro, que comiendo, estudiando, trabajando o rezando. Por eso, aprender a encontrarte, Jesús de Nazaret, en el trasiego del pasillo, en la escaleras, en la carretera, camino del trabajo o en los desplazamientos dentro de la propia casa o lugar de trabajo, y en las personas que se nos unen y cruzan en esos sitios, es tener seguridad de hacer efectiva tu vida en el nombre que nos dejaste para ser cristianos, el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu. La aparición a los de Emaús en el camino, es una de las cumbres de tu revelación y de tu forma de darnos a conocer al Padre y a ti. Todos los signos son solo “señales” para indicarnos el camino, y la realidad que enseñas aquí, en la que te muestras aún hoy, es el “ardor del corazón”, ese raro fuego afectivo que se convierte en luz y oscuridad a la vez, en agua y sed a la vez, en alimento y hambre, en Palabra y silencio, en Espíritu y barro moldeable. El ardor del corazón es el ambiente de esa mansión donde vives ya siempre con el Padre: el corazón del hombre abierto por la fe al calor del Espíritu. Cuando hiciste el gran milagro de aparecerte resucitado, no dejaste que te reconocieran sus ojos hasta que tú quisiste; tú que te habías presentado como el agua viva, les dejas el corazón ardiendo de sed, y te vas. “Venid a mí los que estáis cansados y fatigados que yo os aliviaré”, habías dicho, y aquellos dos, por el hecho de reconocerte al partir el pan, físicamente cansados de un día tremendo de dudas, de penas y de camino, se ponen en marcha de nuevo hacia Jerusalén, desandando lo andado, para anunciar a los once algo que ya sabían, que tú estabas vivo. Y es que a veces, caminar contigo no tiene más recompensa que el camino mismo; aunque el servicio a la Iglesia parezca mínimo y la fatiga del andar se muestre estéril, ir a tu lado es la vocación del hombre. Me figuro que el camino de vuelta desde Emaús lo harían en silencio, con los ojos de fuera y de dentro bien abiertos al encuentro, antes inesperado y ahora deseado. Aquellos dos, volvieron a Jerusalén solo para re-andar el camino hecho contigo en el corazón, y volver a sentir aquel ‘fervor’ que sería para siempre el sentido de sus vidas. Eso es lo que parece querer enseñarnos el relato de Lucas:”¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose al momento se volvieron a Jerusalén. Y encontraron reunidos a los Once… Ellos por su parte contaron lo que había pasado en el camino, y cómo lo conocieron al partir el pan” (Lc 24,32).

Su experiencia contigo fue el ardor del corazón, fue la petición sencilla que te dejó en su casa, y fue la gran experiencia de que el camino terminaba en una comunión de amor. La frase de Lucas “Entonces se les abrieron los ojos”, como ya he apuntado, es un paralelo bíblico con el relato de Adán en el paraíso cuando pecó y perdió la intimidad del corazón contigo. Al primer hombre, por una comida del árbol prohibido se le “abrieron los ojos” al mundo, y perdió la cercanía de tu voz en el corazón. Esa fue en verdad la salida del auténtico paraíso. Ahora en Emaús, a dos que te amaron como hombre y creyeron en ti, al comer el pan que tú partías “se les abrieron los ojos” a tu nueva presencia, y se dieron cuenta de que volvías a habitar en el corazón del hombre. Así encontraron la entrada del paraíso nuevo, y volvieron a la presencia de Dios. Su “ardor del corazón” fue el efecto de pasar bajo la “llama de la espada ardiente” de los querubines que guardan la puerta perdida, abierta ahora para los que vuelvan por el camino de la fe en tu persona, a gustar del árbol de la vida, tu cruz bendita (Gen 3,24). No es un camino fácil, y desde los Salmos lo expresan con la dureza y gozo que conlleva: “Guardé silencio resignado, no hable con ligereza, pero mi herida empeoró, y el corazón me ardía por dentro, pensándolo me requemaba hasta que solté la lengua” (Sal. 38). Es como un anticipo de la oración sencilla del Rosario. La esperanza de Israel consiguió su verdadero sentido. “Nosotros esperábamos que Él sería el salvador de Israel”, pensaban los de Emaús, y efectivamente lo eras y lo eres, pero aquella esperanza de ellos y la nuestra debe ser purificada como el oro. El crisol será la cruz y resurrección, la tuya y la nuestra.

6.-5.- JESUS SE REVELA EN LA ORILLA DEL LAGO A LOS QUE QUERIAN VOLVER A PESCAR, Y NO PESCABAN NADA.

Juan 21,1 -14 “Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar.” Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo.” Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis pescado?” Le contestaron: “No.” El les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”, se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.” Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: “Venid y comed.” Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
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El regalo del Padre a los hombres aquella mañana en el lago de Genesaret, fue el de unos “ojos que te conocen” en cualquier forma en que aparezcas, Jesús del Amanecer. Aquella mañana fueron los ojos de Juan, sin prejuicios, contemplativos, los primeros en “verte”. A la mirada inteligente que te conoce, le seguirá el “apasionamiento del corazón”, allí representado por la actuación irreflexiva de Pedro, que estando desnudo en su carne, se viste al oír la palabra que te revela, y se lanza al agua a buscarte sin pensarlo siquiera. También hoy, a la orilla del mar de los ajetreos de nuestra vida, donde nos tienes preparada la comida y el encuentro de amor tras el trabajo, el Padre nos prepara cada día algún regalo. Dejas que tu presencia siga siendo un misterio entre nuestras cosas ordinarias, infecundas para el reino hasta que llegas tú, y así ejercitas en nosotros aquellos ojos de Juan que te reconocieron en la orilla, para que aprendamos a reconocerte cercano, incluso tras el fracaso del trabajo de siempre, como aquellos buenos pescadores, tus amigos y discípulos. La primera clave para el encuentro contigo fue “estar juntos”. Ellos entre sí lo estaban ya en la barca y en la brega de una noche estéril, agrupados por la propuesta de Pedro: “Voy a pescar”.”Vamos contigo”, le contestaron (Jn 21,3). Y quedó así preparada la aventura del encuentro. Pero los dejaste bregar toda la noche, sabiendo que su esfuerzo estaba condenado al fracaso. ¿Por qué no apareciste hasta el amanecer? ¡En toda la noche no pescaron nada! Y la pesca estaba allí. Pero ya no podían hacer nada sin ti, sin tu palabra. Ni siquiera lo que habían hecho siempre antes de conocerte, toda su vida, y debía de ser muy fácil para ellos. A cualquiera se le ocurre que podías haberles evitado el esfuerzo de toda una noche si te hubieses aparecido al atardecer en vez de al amanecer. Si hubieses venido antes de que ellos salieran al lago, aunque te hubieses ido luego a la mañana, ellos habrían podido estar toda la noche contigo. Pero tus métodos no son nuestros métodos. ¿Qué nos quieres enseñar en tu aparición entre la niebla matutina de la orilla? Seguramente, sabiendo todo el tiempo que ibas a estar fuera de este mundo antes de tu vuelta gloriosa, quisiste inculcarle a tu Iglesia la confianza en ti. ¡Siempre hay que esperar con los ojos abiertos! Porque siempre que tú no estás es noche, pura ausencia, y cuando tu apareces, es amanecer y se hace día. Por eso dice Juan en su Evangelio que: “Al amanecer, estaba Jesús en la orilla…” pero ellos, -como nosotros casi siempre-, “no sabían que era Jesús”. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerte si nos tienes más que dicho dónde estás? Nosotros, mar adentro en nuestras cosas, y tú esperándonos en la orilla de este lago estéril de nuestras decisiones y caminos sin ti. Nosotros en el agua inestable, y tú en la orilla de la tierra firme, junto al Padre, preparando el banquete. Ni siquiera cuando te diriges personalmente a nosotros te conocemos la mayoría de las veces: “Muchachos ¿tenéis pescado? -”No”, dijeron. Y tú, que todo lo sabes, ¿no ibas a saber que no habían pescado nada? Pero de alguna forma tenías que empezar la nueva relación. Y lo más admirable: ¿Cómo fue que habiendo ellos dejado todo solo para seguirte y escuchar tu voz, y escuchando estuvieron más de tres años, no la reconocieron inmediatamente? Ni tu figura ni tu voz conocieron. Seguramente les faltaban los hechos, y los pusiste. “Si no me creéis por las palabras, creedme al menos por los hechos” les habías dicho a los judíos, y así lo hiciste también con los tuyos. Pero hubo una gran diferencia en el resultado de tu invitación en uno y otro caso, y eso es lo que Juan quiere resaltar. “Echad la red a la derecha de la barca y encontrareis”. Y lo curioso es que la echaron inmediatamente, a pesar de lo dudoso de la propuesta de alguien para ellos desconocido. Unos hombres expertos en su arte, obedecieron sin rechistar a quien los estaba poniendo en ridículo ante sí mismos. Hay que reconocer que algo sí habían aprendido en aquellos tres años de caminar contigo, porque se hicieron humildes, obedientes, dóciles a la palabra, y enseguida vinieron los hechos. Fue un signo extraordinario de la abundancia de tus cosas en el reino del Padre. “Al lado derecho de la barca” estaban los peces, y la obediencia les hizo descubrirlos. Es seguramente la virtud más esencial de nuestro ser cristiano: oír tu voz, y hacer lo que dices. Ya en tu presentación en el Monte Tabor, tu Padre fue lo único que le pidió al hombre: “Este es mi hijo, escuchadle”. Y lo mismo hizo tu Madre al pedir tu primer signo en aquella boda de Caná de Galilea: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,1-12). No es difícil a lo largo de la vida para cada uno, hacer a veces las cosas razonables, justas según nuestra conciencia y según las costumbres y formas sociales de cada momento. Con más o menos trabajo, se hacen. Lo difícil es actuar contrariamente a todo eso que parece “lo razonable”, y sin saber siquiera que eres tú quien lo manda. Para eso se necesita la gracia antecedente de todas las grandes cosas de los hombres. Juan parece que quiere subrayarlo en este relato del lago. Ni siquiera él, el discípulo amado y amante, te conoció hasta después de haberte obedecido. Parece que quisiera resaltar de nuevo aquella predicción del Prólogo de su Evangelio: “jaris anti járitos” “gracia para estar ante la gracia”, la gracia para responder a la gracia, para conocer la gracia, viene de tu plenitud (Jn 1,16). Pero en todo su relato, el “conocerte”, incluso el ser el primero en hacerlo, no lo da la elección, ni tu encargo pastoral de cuidar tu rebaño, sino el amor. “El discípulo al que Jesús amaba, le dice a Pedro: Es el Señor”(Jn 21,7) Esa voz era durante toda la historia del pueblo de Dios, como la contraseña de salvación y de la propia identidad. Desde que lo sacaste de Egipto, Israel te cantaba y te gritaba así, y ese fue tu nombre.”Es el Señor”.*
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(Nota en el texto) Ver Ex. 15,3; Num 16,28; muchos Salmos, y claramente en Isaías 25,9 “Aquel día se dirá: Este es nuestro Dios en quien esperamos par salvarnos, este es el Señor , alegrémonos, gocémonos, porque nos ha salvado.” O más claro aún en Is. 47,4 “…cuyo nombre es el Señor todopoderoso, el Santo de Israel”. O en Jeremías 16,21 ” por eso, he aquí que voy a manifestarme a ellos,… y sabrán que mi nombre es el Señor”. Y lo prueba con hechos “¿Quien dijo algo y quedo hecho?¿No es el Señor el que decide? (Lamentaciones 3,37) Será también como el signo de la fe de la Iglesia, porque “Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor, si no es movido por el Espíritu (1Co,12,3). Ese es el ambiente en el que sitúa Juan su Evangelio, hasta llegar a la gran revelación del Apocalipsis:”No vi en la ciudad templo alguno, porque su templo es el Señor, Dios todopoderoso, y el Cordero. (Ap. 21,22)
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Pedro entendió el mensaje al instante. No veía sino aparejos y redes, cuerdas y canastos, una red llena de peces grandes y mucho trabajo por delante hasta sacarla a la orilla, pero en cuanto oyó decir que eras tú, lo dejó todo, “se vistió, porque estaba desnudo”, saltó de la barca y se tiró a la mar. Grande fue su amor de arrastre hacia ti, porque dejó a los demás con el trabajo físico, apenas empezado, de sacar las redes, y él saltó al agua y se escapó hacia tierra. Una clase de amor fue la primera en conocerte, y otra clase de amor fue la primera en acercarse a ti. Juan se sabía el ‘discípulo amado’ tuyo, pero sabía que Pedro tenía en ciertas cosas la primacía. Pero algo de lo que cuenta Juan puede ser una de aquellas bromas que tendrían entre ellos, y que tú, Jesús familiar y amigo, aprovechabas para enseñarlos; dice Juan que Pedro hizo lo contrario de lo que hubiera hecho cualquier hombre prudente: ¡Vestirse para tirarse al mar! Cualquiera se hubiese quitado la ropa para tirarse al agua, y la hubiese llevado por encima de su cabeza los escasos cincuenta metros que distaban a la orilla, sin dejar que se mojara, para vestirse de nuevo en la playa, con la ropa seca. Pero Pedro lo hizo al revés, se vistió para tirarse al agua, aunque sabemos que no debía de ser buen nadador a pesar de ser buen pescador, porque pidió socorro cuando comenzó a hundirse aquel día que caminando sobre las aguas le falló la fe. Y es que la pasión de amor hace locuras. O quizás sea mejor decir “corduras”, movimientos del corazón no razonables que arrastran el cuerpo a lo más insensato muchas veces. Tú lo sabías, y para rehabilitarlo de algún modo ante los otros como piedra angular, tras sus dudas, tras sus negaciones y tras dejar a los otros solos en la barca con todo el trabajo de la pesca, al menos hasta que llegaron a la orilla, le preguntaste delante de todos si te amaba, si todo aquello lo hacía por amor a ti. Y él lo confesó ante todos: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Una de las escenas más ricas e íntimas del Evangelio de S. Juan, es la de las brasas que preparaste en la playa de aquel lago galileo con un pescado y pan. ¿Y no habría vino? En mi tierra eso se llama una ‘moraga’, que también significa en castellano ‘manojo de espigas’. Allí llegaron además, casi con seguridad, Zebedeo y algunos otros de los que le ayudaban todos los días en la pesca desde que sus hijos y socios lo dejaron solo frente al trabajo, para irse tras de ti (Mc 1,17). Se lo debías al viejo pescador como Señor de justicia que eres, y quizás por eso pediste que te trajeran más pescado. No es tu estilo que falte la comida, sino que siempre sobre, y así fue también ahora. Solo pediste más peces, pero no pediste más pan que el que ya tenías sobre las brasas, y multiplicarlo para que todos comieran era tu signo favorito. El hecho es que todos supieron que “eras el Señor”, sin preguntarte nada.
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Tus apariciones después de resucitar no fueron muchas, pero si intensas, y solo a la gente que amabas. Podías haberte aparecido al sumo sacerdote, a Pilatos, o al mismo Cesar en Roma, y hoy constaría en los anales de la historia. Pero no quisiste. Solo te vio la gente sencilla que te amaba, y quedaron en la obligación de dar testimonio de tu gesta. A casi todos les costaría la vida el testimonio, pero así es tu obra. Cercanía total para los tuyos, y compromiso absoluto de cada uno en su papel. Pedro iba a conocer el suyo siguiéndote después de la comida. Pero ¿quién te ayudó a preparar las brasas y el pescado? ¿Fue quizá Zebedeo? El caso es que cuando los otros discípulos bajaron de la barca, estaba casi todo preparado, el pescado y el pan sobre las brasas. Alguien se acercó a última hora, al olor de la sardina, y pediste que te trajeran algunos de los peces grandes que acababan de pescar. ¿Qué nos quiere decir Juan con eso? ¿Es tan solo un detalle de la veracidad y primera mano de su relato? Yo creo que no. Conociendo a Juan, y cómo hablas tú por él, algo queréis decir. Ciento cincuenta y tres peces grandes, algunos para coméroslos allí mismo, sin decir cuantos, hasta saciar el hambre. Los que ya estaban asados cuando llegó Pedro, los habría puesto alguno de los que te vieron en la orilla antes de que llegase la barca, seguramente Zebedeo, o aquel niño paralítico al que curaste en Cafarnaúm y que ahora era uno de los ayudantes del viejo pescador. Allí estaba naciendo algo nuevo y también el alimento sería nuevo. Al principio de tu vida púbica les habías dicho a Juan y a Andrés: “Venid y ved, y fueron y vieron dónde vivías“(Jn 1,39). Y ahora les dices “venid y comed” y se acercaron a ti y comieron. Como en otra ocasión les habías repartido también pan y pescado, hasta que se saciaron ellos y unos cinco mil hombres más (Jn 6), la cosa era demasiado evidente. Cualquiera hubiera sabido que aquella pesca desmesurada y ‘milagrosa’ era obra tuya, aunque tu aspecto físico no fuese el mismo de antes. Por eso no te preguntaron ¿quien eres tú? “Ya sabían que eras el Señor” (Jn 21,12), aunque su ‘saber’ no coincidía con la experiencia de sus sentidos, porque ni tu figura ni tu voz eran las mismas. Pero en realidad ¿con qué figura te presentaste? ¿Con qué voz los llamaste? Si hubiese sido con la tuya de siempre, la que ellos conocían, la expresión de Juan no tendría sentido. El acento de su relato se hubiese puesto, solo sobre la realidad de tu resurrección y tu presencia allí. Pero Juan da por sabido que tú estabas vivo, que hablabas y comías como un hombre cualquiera, y por eso pone el hilo de su trama en llegar a conocerte o no, aunque aparezcas bajo una apariencia distinta. La esencia de la fe será conocerte no por la apariencia de vista o de sonido, sino por el contenido de los signos, por tu presencia oculta tras lo que se ve y se oye. Es el mismo mensaje que contiene el relato que hace el cuarto Evangelio de la multiplicación de panes y peces para que comieran aquella multitud (Jn, 6). Con el relato de la moraga en la playa del mar de Galilea, Juan y tú estáis confirmando la liturgia en la Iglesia, tu presencia viva bajo los signos del agua, del fuego, del trigo, del vino y del aceite, de la luz y la voz.
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(Nota en texto) El paralelismo, complementario y explicativo, entre el capítulo 6 y el 21 del de S. Juan es manifiesto. No solo por el pan y los peces, usados como signos del verdadero alimento del cielo, sino por la fe que ‘conoce’, por la resurrección y vida eterna que promete Jesús a los que crean en él, por la intervención de Pedro, confirmando el seguimiento “Señor, donde quien vamos a ir. Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,67-70). “Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos.” (Jn 21,15)
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¿Por qué te aparecías con forma distinta a la tuya habitual para ellos, Jesús de la identidad perfecta? ¿Era realmente distinta del todo? ¿Era acaso el cuerpo que ellos veían, el de alguno de aquellos otros discípulos tuyos -no de los doce- que te amaban y empezaban a obrar inhabitados por ti, “in persona Cristi”? Creo que esa fue al menos una parte importante de tu catequesis posterior a la Resurrección: conocerte en los hombres que por sus obras, sus palabras y sus signos traducen tu presencia en medio de nosotros, aunque no sean “de los Doce”, como tu traduces las obras del Padre, y nadie lo conoce sino por ti. “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,20). Aquel día en el lago, el final del encuentro fue la forma de responder cada uno a tus preguntas de amor. Pedro directamente y franco, como él era. Juan, pudoroso, en silencio tras vosotros dos, pero que antes de acabar su relato y su escrito, se adorna con casi todos los títulos que tiene: “El discípulo al que Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había susurrado: ‘Señor ¿Quién es el que te va a entregar…?” Escribe eso para causarle admiración a cualquiera que te ame después leyendo su Evangelio. El mismo Pedro se sintió celoso, y no pudo aguantar la pregunta: “Señor, ¿y este qué?” (Jn 21,21). En cuestiones de amor, cada uno quiere ser primero y único. Pero el ágape no es así. Y Jesús interroga a Pedro sobre el ágape, ¿“agapas me”? dice el texto griego, ¿”me amas”? Aunque Pedro contesta tres veces con el “filos”, “Tú sabes que te quiero” (“filos se”). En aquel ambiente cualquiera os hubiera seguido, -yo también-, como hizo Juan al ver que os marchabais. No es una respuesta pastoral la que dio Juan, sino la respuesta del amor, como en paralelismo con aquel apasionamiento de Pedro al saltar de la barca, y nadar hasta la orilla. Y durante toda la historia de la Iglesia será así, unas veces nos tiraremos de la barca al mar tal como estemos al descubrirte, y otras iremos detrás de ti y de Pedro, en silencio por el camino, hasta que vuelvas, o hasta que aprendamos a ‘verte, oírte y servirte’ en los hermanos en los que tú mismo has dicho que vives para siempre, en los pobres del Espíritu.

6.-6.- APARICIÓN A PABLO Y ANANÍAS. LA LUZ Y LA PALABRA.

La conversión alucinante de Pablo en la explosión de Luz y de Palabra, en contraste con la visión en oración sencilla de Ananías en Damasco, después de la Resurrección, es sin duda una obra personal del amor y poderío de Jesús resucitado, que estando ya sentado a la diestra del Padre, se aparece al hombre, y lo vincula así a su obra. Es un misterio de amor que conviene meditar y revivir en la oración sencilla. Nos lo cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles.

HECHOS 9,1-19 Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén. Sucedió que, mientras iba, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” El respondió: “¿Quién eres, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.” Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber. Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: “Ananías.” El respondió: “Aquí estoy, Señor.” Y el Señor: “Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.” Respondió Ananías: “Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.” El Señor le contestó: “Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.” Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.” Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco, y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios. Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: “¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?”Pero Saulo se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que aquél era el Cristo.
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La oración sencilla está siempre unida a los grandes acontecimientos de la iglesia, y la conversión de Pablo de Tarso fue uno de ellos. La aparición de Jesús resucitado tiene la misma fuerza de testimonio en Jerusalén o en Damasco, y es hoy fuente fresca de fe para contemplar en la oración. Siendo uno de los relatos más conocidos y comentados de nuestro cristianismo, voy a resaltar solo algún aspecto menos aparente, pero esencial para nuestro intento. El hecho luminoso del camino de Pablo a Damasco, oscurece otros hechos quizás menos espectaculares en aquella acción de Jesús resucitado, pero que a su lado, son posiblemente el verdadero sentido de la historia de conversión que cada hombre vive, o al menos la explican de forma comprensible para nosotros. Junto a la aparición deslumbrante de Jesús que tiró a Pablo por el suelo y lo dejó ciego, para esa misma “obra de Jesús”, que es lo que importa, hay en el relato de Lucas llamado “Hechos de los Apóstoles”, aunque en realidad sean hechos de Jesús, otras apariciones que contienen el sentido sereno de la vida del ‘Justo’ Jesús de Nazaret en su Iglesia, en la intimidad personal de los suyos. Todo el entorno del texto de los Hechos de los Apóstoles que escribe Lucas, se construye en esa dirección de la Noticia. Paradigmáticos son el relato del encuentro de Felipe con el eunuco funcionario de la reina de Etiopía, Candace, que se convirtió y fue bautizado (Hech. 8,26-40), o el episodio de S. Pedro con el centurión Cornelio (Hech 10). Y es que, en lo que interesa para nuestra oración Mariana, hay unos personajes principales en la evolución de la primera Iglesia, llamados “los del Camino”, que no son muy resaltados ni conocidos, pero que, al propósito de la humildad y la oración sencilla del Rosario, interesa ahora destacar. Son personajes que parecen secundarios en el relato principal, pero que tenían una intimidad entrañable con Jesús Resucitado, porque estaban en comunión de oración constante ante Él, y hacen algo por Él, fiados en su palabra. Ese ambiente de oración íntima que describen los Hechos, es el ambiente del Rosario: Oración constante, permanente, ante la venida del Esposo que es el Rey, “la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”, al mundo suyo, como nos dice S. Juan. (Jn 1,9).

Tres veces cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles el mismo episodio de la conversión de Saulo, y cada una tiene los matices que podrían interesar más al auditorio de Pablo. A nosotros para este libro, nos interesa el primer relato, porque su protagonista y centro no es el mismo Pablo, sino El Señor y su Iglesia orante; la comunidad salvada y perseguida, valiente y atemorizada a la vez, pero con una fe práctica e incardinada en la presencia viva del Resucitado, asequible solo para los “seguidores del Camino”. Estos son los verdaderos protagonistas y el objeto de todo el relato, los humildes e innominados seguidores del Camino de Jesús. El contenido de las cartas que portaba Pablo, eran órdenes imperativas de los sumos sacerdotes para la Sinagoga de Damasco, con mandatos de prisión y muerte contra los seguidores del Nazareno. El punto de mira de las iras de Pablo eran ellos, los humildes del “Camino”, y el centro de la protección de Jesús eran también ellos, con una peculiaridad que los hace únicos: Jesús se identifica personalmente con aquellos humildes fieles perseguidos, como si fueran una sola cosa con Él: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Para este misterio del Rosario, destacamos que el primer contacto de Pablo y su comitiva con el fenómeno del Resucitado, fue la sensación de estar “rodeados por una luz venida del cielo que los tiró por tierra”(Hch 9,3-4). La caída del caballo ha sido una versión posterior piadosa. Pero todos los relatos coinciden en que hubo una luz y “una voz que decía: Saúl, Saúl,¿por qué me persigues? Y la primera consecuencia del contacto con aquella luz, no fue ver –como parece esencial a cualquier luz-, sino oír. Pablo quedó ciego pero oyó su propio nombre repetido, y su misión. Es la forma preferida de relacionarse Jesús con los que ama, pronunciar su nombre y describir como apellido su acción. ¿Por qué me persigues? Tan honda fue la pregunta y tan profunda la voz, que Pablo, el terrible perseguidor del Camino, caído en tierra, sin saber aún quién era el que le hablaba, lo llamó Señor. Y no solo eso, sino que inmediatamente hará lo que ordena ese Señor que se identifica con los perseguidos. “Soy Jesús al que tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes de hacer”… Saulo se levantó y lo llevaron de la mano y le hicieron entrar en la ciudad”. De irascible y temible perseguidor, se convirtió en sereno y manso cordero, que como un niño, tuvo que ser llevado de la mano.
Algunas palabras del relato son claves para entender la vida cristiana, la misma vida nuestra, la que nos hace orar y sentirnos su pueblo aún hoy. “Luz que viene del cielo”, “la Voz”, “la caída por tierra” en el temor y el reconocimiento del Señorío, el “levantarse” y ser llevado de la mano hasta la comunidad, tres días en las sombras, como muerto, la imposición de manos de los que oraban, y de nuevo la luz del Señor, esta vez en la fe de su nombre, Jesús, el Señor, el Hijo de Dios…Es el paradigma de toda conversión, de la reconciliación y de la vida de Jesús en su Iglesia, en su gente que ora frente a todo, en peligros o alegrías, porque confía en su Palabra.
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Ananías era un discípulo que estaba en Damasco seguramente huido de Jerusalén por la persecución y el horror que capitaneaba el propio Saulo de Tarso. Pero no importa el sitio, lo que nos interesa es que estando en oración, tenía “visión del Señor”, y diálogo fluido y sincero de comunión con Él. No necesitó que el Señor lo llamara dos veces como a Saulo. Con solo pronunciar su nombre una vez, dio inmediata respuesta:”Ananías”…”Aquí estoy Señor”. Aunque el protagonista del relato de Lucas parezca Pablo, para nuestro propósito de sentirnos pueblo de Dios, cuerpo total del Cristo vivo, vamos a revisarlo desde esa otra perspectiva de los humildes y constantes en la oración, que serán los ejemplos de los que oran con el Rosario. Desde ese punto de vista, no solo Ananías es protagonista directo, sino también aquel Judas, el de la calle Recta de Damasco, en cuya casa fue acogido Pablo, o incluso los que llevaron a Pablo de la mano hasta su casa, y todos los que estaban en ella. Era la sencilla Iglesia de siempre, la comunidad anónima para el mundo, pero conocida de Dios. Se les llama simplemente: “Discípulos del Señor”, “seguidores del Camino”, “los que ven al Señor”, “los que escuchan su voz y cumplen lo que Él quiere”. Son “sus santos” que sufren por Él, los que “invocan su nombre” y padecen solo por eso, por ser “los hermanos”. Y Jesús, para esa comunidad es el perseguido, el que se aparece en el camino por donde caminamos a veces contra él y dando coces contra el aguijón. Jesús es el que hace recobrar la vista de la gracia, y el que nos llena de su Espíritu Santo. Porque entrar en la vida de oración, es una nueva forma de “ver” el mundo. Así lo dice Lucas en su relato cuando contrapone la visión de los ojos de la carne, con la visión de la luz en la oración: “Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías, entraba y le imponía las manos para devolverle la vista”. Dos luces y dos formas de ‘ver’ en nuestra experiencia de hombres, que luego Pablo proclamará hasta su muerte. Ante esa forma simple pero total de oración, en la que se relacionan comunidad, pueblo y persona misma de Jesús, Pablo y su espectacular llamada, pierden protagonismo. El centro del relato es la gente sencilla que ora, vive y muere por Jesús. Es la gente a la que va dirigida la Palabra que luego esgrimirá el mismo Pablo, hiriendo de amor y fe a más enemigos que su espada primera hirió a cristianos.

Contemplar la intimidad de Jesús resucitado con cada uno de nosotros y nuestras circunstancias, es un objetivo importante de este misterio del Rosario. Nosotros somos ahora los Ananías, Judas, y todos aquellos hermanos en cuyo entorno se realizó el milagro de Pablo. Entre aquella gente sencilla que oraba, no solo tuvo lugar la espectacular, avasallante y extraordinaria iluminación de Pablo, sino su posterior formación específica cristiana, su bautismo, y donde “tomó alimento y recobró fuerza”. El mismo relato, leyéndolo al pié de la letra, tiene un misterio que en sus propios términos revela el uso de los sacramentos de vida como se entendían al principio: “Recibió la vista; se levantó (convirtió) y fue bautizado. Tomó el alimento y se fortaleció”. El término levantarse (anástasis) proclamado en un ambiente religioso, es sin duda una participación en la resurrección de Jesucristo y en su Luz maravillosa. El mismo Pablo recogerá luego en su carta a los Colosenses, un himno del pueblo cristiano, el pueblo de los santos en la luz, que canta esa transformación: “Damos gracias al Padre que os ha capacitado para participar en la herencia de los santos en la luz. El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados”. (Col 1, 12-13) Cada vez que oramos, mucho más si lo hacemos con María, somos ese Pueblo de Luz en el que sigue viviendo Jesús de Nazaret, Cristo bendito de la Luz y la Voz.
Otra esencia del relato de los Hechos, es la razón que da Jesús mismo al orante Ananías sobre su misión con Pablo. Es la descripción perfecta del cristiano: “Este es para mí un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.” Llevar el Nombre de Jesús, y sufrir por Él. Es el común denominador de los seguidores del Camino: el gozo de sentirse elegidos para sufrir por su Nombre. Nadie puede sufrir por el Nombre, sino el que lo ama. Todo hombre tiene que sufrir, pero no por el Nombre de Jesús. Solo el que lo ama tiene ese regalo, que es la moneda y carta de identidad propia del Reino.

6.-7.- SE APARECE A JUAN COMO EL HIJO DEL HOMBRE Y REVELA SU ESTADO DE GLORIA.-

APOCALIPSIS 1,12-18.- “Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro, como el sol cuando brilla con toda su fuerza. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: “No temas, Soy Yo, el Primero y el Ultimo, el que Vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades.

Para entender algo de LA IMAGEN DE CRISTO Y EL HIJO DEL HOMBRE que proclamó Juan en el Apocalipsis, el mejor comentario es la profecía antecedente de Daniel, en textos misteriosos, pero que rezuman respeto, admiración y amor. Reproduzco algunos, para gozar este Misterio.

Daniel 7,9-10.- Mientras yo contemplaba: Se prepararon unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros.
Daniel 10, 1 -12.- El año tercero de Ciro, rey de Persia, una palabra fue revelada a Daniel, por sobrenombre Beltsassar. Palabra verdadera: gran lucha. El comprendió la palabra; le fue dada en visión su inteligencia. En aquel tiempo, yo, Daniel, hice penitencia durante tres semanas: no comí alimento sabroso; ni carne ni vino entraron en mi boca, ni me ungí, hasta el término de estas tres semanas. El día veinticuatro del primer mes, estando a orillas del río grande, el Tigris, levanté los ojos para ver. Vi esto: Un hombre vestido de lino, ceñidos los lomos de oro puro: su cuerpo era como de crisólito, su rostro, como el aspecto del relámpago, sus ojos como antorchas de fuego, sus brazos y sus piernas como el fulgor del bronce bruñido, y el son de sus palabras como el ruido de una multitud. Sólo yo, Daniel, contemplé esta visión: los hombres que estaban conmigo no veían la visión, pero un gran temblor les invadió y huyeron a esconderse. Quedé yo solo contemplando esta gran visión; estaba sin fuerzas; se demudó mi rostro, desfigurado, y quedé totalmente sin fuerzas. Oí el son de sus palabras y, al oírlo, caí desvanecido, rostro en tierra. En esto una mano me tocó, haciendo castañear mis rodillas y las palmas de mis manos. Y me dijo: “Daniel, hombre de las predilecciones, comprende las palabras que voy a decirte, e incorpórate, porque yo he sido enviado ahora donde ti.” Al decirme estas palabras me incorporé temblando. Luego me dijo: “No temas, Daniel, porque desde el primer día en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y debido a tus palabras he venido yo.
Daniel 12, 1-13.- “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad. “Y tú, Daniel, guarda en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del Fin. Muchos andarán errantes acá y allá, y la iniquidad aumentará.” Yo, Daniel, miré y vi a otros dos que estaban de pie a una y otra parte del río. Uno de ellos dijo al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río: “¿Cuándo será el cumplimiento de estas maravillas?”Y oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, jurar, levantando al cielo la mano derecha y la izquierda, por Aquel que vive eternamente: “Un tiempo, tiempos y medio tiempo, y todas estas cosas se cumplirán cuando termine el quebrantamiento de la fuerza del Pueblo Santo.” Yo oí, pero no comprendí. Luego dije: “Señor mío, ¿cuál será la última de estas cosas?”Dijo: “Anda, Daniel, porque estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del Fin. Muchos serán lavados, blanqueados y purgados; los impíos seguirán haciendo el mal; ningún impío comprenderá nada; sólo los doctos comprenderán. Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días. Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días. Y tú, vete a descansar; te levantarás para recibir tu suerte al Fin de los días.”
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No se puede hacer ya mucho comentario ante la claridad del texto de tu profeta, Jesús Hijo del Hombre y río de su vida, solo mirarte, quedarse entre las luces de tus manos, respirar tus encantos desde la nieve de tu cabeza blanca, hasta quemarse en el metal ardiente de tus pies que caminan entre las iglesias, y cuando tu pongas la mano en nuestra frente, alabarte. Tu Madre conocía tu figura entera, tu fuerza, tu belleza, tu señorío que es el metro y medida de todo imperio. Tu Madre, que ahora es también nuestra Madre, no solo la conoce en toda su gloria tal y como está sentada parta siempre a la derecha del Padre, sino que nos la enseña, nos la muestra, y lo más gratificante, nos hace crecer en la semejanza que nos conseguiste con tu muerte y resurrección. La semejanza perdida en aquel paraíso de Adán, ahora se recupera recrecida y nueva, como impresionante poder que se nos otorga para conocerte, porque lo semejante se une con lo suyo, en “koinonía” total.
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Es el “poder ser Hijos de Dios” (Jn 1,12),servidores y hermanos del hombre vestido de lino, con túnica talar ceñida al pecho con ceñidor de oro, objeto de la mirada de sus ojos de fuego que impresionan a todo el que los ve y es mirado por ellos. La sensación de su mirada para sus amantes es la de quedar caídos a sus pies, como muertos. Solo su mano amiga los levanta, y esa mano es el amor que se revela. Aunque luego en los libros de Daniel o del Apocalipsis se anuncien como profecías los datos sobre la historia viva de su pueblo, en la escena misma lo que prima es la admiración del amor y la comunión en un encuentro que marca para siempre: El Hijo del Hombre y su Señor, el que era, que es y que viene, el alfa y la omega, el primero y el último. Lo que realmente asusta al que lo ve no es su humanidad, sino su divinidad. Es parecido al hombre, pero igual a su Padre, con su cabeza blanca por la esencia de todos los seres, con su rostro de fuerza de luz como el sol cuando brilla en toda su potencia, porque sintetiza y contiene todas las ondas posibles de la luz. Con solo el eco que produce el relato de Juan o de Daniel, con la sola noticia, uno vive ‘entusiasmado’, iluminado dentro de su sombra, y alumbrado en la fe de la Palabra. Los privilegiados elegidos y amados, Daniel y Juan, han cumplido el sueño de todos los hombres, el encuentro con Él. Sus escritos son un gran regalo del mismo Espíritu para todos los que amamos a ese Hijo del Hombre, aunque tan desemejantes seamos aún, y no podamos “verle”. El amor produce semejanza, y por eso El es semejante a su Padre y al hombre, y cada uno de nosotros iremos aumentando nuestra semejanza en la medida que nos crezca el amor, y nuestra dedicación a su conocimiento sea más completa. No crece lo que ya está perfecto, sino lo nacido que no ha llegado aún a su plenitud.
“El hombre vestido de lino que se cernía sobre las aguas del río, el que levanta sus manos a lo alto y jura por el que vive eternamente”, es una de las claves para leer el libro de Daniel, y acercarse después a la realidad de Jesús resucitado, el Señor de siempre que describe Juan en el Apocalipsis, porque lo que proclama la escritura del profeta es una experiencia poética y crítica, que envuelve por entero al hombre que es elegido; y tras la experiencia ya no es mucho lo que pueda hacer el escogido, sino “purificarse, el que está llamado a la purificación, o seguir maleándose el malvado”. Nadie entenderá mucho, ni el bueno ni el malo, porque las “palabras están guardadas y selladas”. La experiencia humana del Verbo, sigue siendo misteriosa, sigilosa, secreta y arcana, y no se puede hacer mucho más que aceptar su regalo en la forma en que Él quiera hacerlo. Uno de los caminos más seguros por los que transitar hacia el conocimiento que nos identifica con Él, es la oración sencilla del rosario. Contiene todos los parámetros para llegar a ser suyo, para sentirse suyo: Petición de ayuda a quien puede prestarla, recuerdo, proclamación y rumia incesante del Evangelio, la Buena Noticia, la Palabra de Dios que oestando sellada, se abre para el que permanece en ella. La experiencia personal con la luz de la palabra es imprescindible, la constancia en la oración, insustituible. Así como no se puede aprender a tocar un instrumento sin dedicarle el tiempo necesario, con arreglo a las virtudes y posibilidades de cada uno, tampoco se puede llegar a la oración que entiende, que conoce, sin dedicarle todo lo que se tiene en tiempo y espacio interior.
El relato de Juan en su Apocalipsis, tiene una enseñanza añadida que nos da seguridad de que estamos ante la vida eterna de Jesús Resucitado. El Apóstol amado había conocido muy de cerca a Jesús de Nazaret, cuando aún no era creído como Hijo de Dios. Había sido el primero en ser testigo de su resurrección, entrado en el sepulcro al que llegó incluso antes que Pedro. Estuvo al pié de la cruz impregnándose de aquel tremendo espectáculo de humillación y sufrimiento, junto a María, a la que recibió desde entonces en su casa. Estuvo, también con la Madre y los demás Apóstoles en el cenáculo y en Pentecostés. Lo vio antes que nadie junto al mar de Galilea cuando apareció en la playa y comieron con Él. A pesar de toda esa relación privilegiada, sin paralelo en la historia de la primera Iglesia, cuando lo vio en Patmos resucitado, “cayó como muerto a sus pies” cegado por la fuerza de su amor sin duda. Y es que Jesucristo resucitado es siempre nuevo, siempre impresionante, siempre alucinante.
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¡Oh Tú, Jesús Luz de Dios! Que estás sobre las aguas del río de la vida, y eres la explicación del universo y de su historia, déjanos mirarte y sentir el temblor de tu presencia. Déjanos estar a la orilla de tu río, a un lado y a otro, mientras tú te meces sobre la corriente de la historia que corre hasta el océano de tu gloria. Haznos sentir que conoces bien las dos orillas, y que alzando tus manos hacia el Padre nos revelas los signos de los tiempos. Vístenos de tu lino, cíñenos el pecho del cinturón de oro de tu amor, corona nuestras cabezas con el blanco de tu conocimiento, más limpio quena nueve blanca de la cumbre, y así seguiremos fácilmente los pasos de tus pies de metal fundido en el horno de nuestros dolores. Dinos quien eres, con tu voz de muchas aguas, tu voz de muchas gentes que pronuncian tu nombre, algunos sin saberlo siquiera. Si caemos muertos a tus pies en una orilla, levántanos ya nuevos en la otra, donde vive tu pueblo, el que ha creído en ti, alumbrada su noche por las llamas de fuego de tus ojos, el pueblo de los candelabros entre los que tú andas con toda libertad más allá de la muerte. Que tu Madre, la madre de todas las Iglesias, la que te hizo en una sola pieza la túnica blanca de lino, nos diga algo de ti. Que interceda por nosotros hasta el momento cumbre del encuentro. Que ella mantenga hoy encendida en nuestra Iglesia tu lámpara, y brille en tu presencia, como un ángel, porque ella es la Reina de los Ángeles.

7.- MIRANDO AL MONTE DE LA GLORIA.
MISTERIOS DE GLORIA
(Para el Domingo)

En la torre más alta del castillo interior del Rosario, desde la almena que casi pega al cielo, donde ya no hay necesidad de ventana ni balcón, sobre la nube de tu voz, Jesús de la Gloria, aparece resplandeciente el final de la historia de salvación humana. Todos los arcanos y las semejanzas, los dolores de la tierra y los gozos del cielo, se aglutinan al verte, resucitado y nuevo en el recuerdo vivo de estos misterios, subir en el primer Misterio de Gloria, Jesús de las Alturas, hasta el trono que tienes “a la derecha del Padre”.

Contemplarte entrando en su Gloria, ya tuya y nuestra, no tiene semejanza con aventura humana de ningún tipo, y sentir la admiración alucinante que gozaron los testigos de tu partida ascendente, es entrar en la alegría permanente, e instalarse en el juicio del que procede todo conocimiento, experimentando aunque sea entre sombras, el núcleo de la luz creativa del universo mundo.

7.-1.- MONTE DE LA ASCENSIÓN DE JESÚS AL CIELO.-

LUCAS 24, 49-53.-“Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.” Los sacó hasta cerca de Betania y alzando sus manos los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.
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Te fuiste y los dejaste boquiabiertos, ojiabiertos, almabiertos, Jesús de la Ascensión al Padre de la Gloria. Plantados quedaron sobre el monte, mirando al cielo, sin saber bien qué hacer, porque presentían que la separación corporal iba a ser larga. ¿Cuánto tiempo pasaron así, en aquel monte de olivos regado por tu sangre apenas hacía cuarenta y cuatro días? Tuvieron que venir unos “hombres vestidos de blanco” para sacarlos de su ensimismamiento entimismado: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Este mismo Jesús que os ha sido llevado, vendrá del mismo modo que le habéis visto subir al cielo” (Hechos 1,11). El sentido de tu Ascensión, o al menos de su relato en el Evangelio, parece ser el anuncio de la “parusía” y el presupuesto necesario de tu vuelta gloriosa entre nubes, como Señor de todo el universo. Pero creo que el mensaje de aquellos hombres-ángeles, puede tener también otro sentido más inmediato y más cercano a nosotros en el tiempo y en el Espíritu. Interesa mucho al que te ama, saber que la esperanza de gustarte y tener tu sabor, ya desde el misterio de este mundo, consiste ciertamente en parecerse a ti por el sufrimiento, por la misericordia, por la comunión con los pobres, la mansedumbre, la limpieza interior o la paciencia en el mismo sufrimiento, pero no es despreciable tampoco la luz que produce la fe en tu presencia interior y cercana. No es la comunión contigo solo acción, sino también conocimiento, contemplación de ti, en el solo ejercicio de amar, aunque a veces nos parezca un escapismo de la urgente llamada a evangelizar el mundo.

Aquel día que te fuiste, no entendieron los que te amaban tu nueva desaparición a la experiencia de los sentidos tras la Ascensión. Su explicación nos la dan los capítulos 13, 14 y 16 del Evangelio de tu amado -y mío- Juan, el hijo del trueno Zebedeo, Boanerges. Es la ilustración más clara de los Evangelios para estos dos misterios de tu ida hacia el Padre y la vuelta hacia el hombre en la luz del Espíritu. Entresaco solo alguna de sus frases, para hacer presencia tuya, Jesús intermediario entre Dios y el hombre, a través de este escrito, entre el Apóstol y el que lea esto ahora, porque así activo mi sacerdocio:”Hijos míos, ya no estaré con vosotros en el tiempo, pero me buscaréis… Porque os doy un regalo nuevo, para que podáis amar… Y ese regalo será vuestra identificación: porque será el amor… Creed en mí, en la casa de mi Padre hay muchas moradas y voy a prepararos un lugar. Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo para que como soy yo, seáis también vosotros (y donde esté yo, estéis también vosotros). Y donde yo voy ya sabéis el camino… Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí, si me conocéis a mí conoceréis a mi Padre, y desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.” La reacción no se hizo esperar. El práctico Felipe se dio cuenta del sentido de tu anuncio de marcha, y te pidió al momento “Muéstranos al Padre y nos basta”. Y ese es el sentido de la Ascensión y separación física de los tuyos, la preparación en la Casa del Padre de un lugar definitivo para la experiencia de ti. “Me voy al que me ha enviado ¿Y ninguno me pregunta, dónde vas?” (Jn 16, 5). También es el sentido de la oración constante, estar preguntándose continuamente dónde estás Tú, de dónde eres Tú, dónde te encuentro ahora, a dónde fuiste y cómo voy yo allí… Alguna repuesta de tu ida en Ascensión, como tú quieras mostrarla hoy, la descubrimos en el misterio siguiente del Rosario: la Vida en el Espíritu. Deberíamos tener ya muy claro que tu Ascensión a los cielos no supone un traslado sideral por las galaxias de estrellas que también llamamos “cielos”, espacio, universo, sino tan solo un paso definitivo de la carne al Espíritu, donde tú estabas antes de nacer aquí, y donde sigues siempre. Es la entrada a la “tierra prometida”, al Reino del Dios Amor, que será total en nosotros cuando estemos allí.
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En los capítulos 13 a 18 de S. Juan, la “ida de Jesús al Padre” y la venida del Espíritu Santo, son misterios correlativos. Como la Resurrección presupone la muerte, el envío del Paráclito presupone la Ascensión de Jesús y su marcha definitiva hacia el Padre, “pros ton Zeon”, hacia Dios (Jn 1,1). Lucas, tanto en su Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, aunque parece relatar un suceso físico de elevación corporal hacia el espacio cósmico, hasta que “una nube” se lo quitó de la vista a los perplejos discípulos, los términos que usa sugieren también otra cosa. El verdadero sentido de la Ascensión, como en Juan, es el paso o pascua desde este mudo al Padre, y ahí sí encaja la frase final de su Evangelio, que incluso omiten varios manuscritos quizás simplemente por parecer incongruente: “Y sucedió que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.” (Lc 24, 52-53). Es una secuencia demasiado densa. Si la Ascensión de Jesús se tratase solo de un fenómeno físico espacial, una vez desaparecido Jesús de su vista en las alturas oculto por una nube, hubiera sido imposible postrarse ante Él. Pero su Ascensión fue una entrada en el reino omnipresente del Padre, y ellos, los discípulos, comenzaron a entenderlo. O al menos Lucas cuando escribió su Evangelio ya lo tenía muy claro. Incluso la nube que lo acogió en su seno y se lo quitó de la vista a los reunidos, recobra todo el sentido simbólico que tiene en los Evangelios, como el lugar desde el que habla el Padre directamente al corazón. Y en esa nube de la fe que lo oculta, sigue presente y hablándonos hoy (Lc 9,34-35). Es el Nuevo Templo del que había hablado muchas veces el Maestro, donde se adora al Padre en Espíritu y en Verdad. Ese Templo es en el que dice Lucas que estaban siempre los discípulos bendiciendo a Dios. No creo que se trate del templo edificado por Salomón, sino el templo de la auténtica oración y adoración en Espíritu y en Verdad, que edificó Cristo.
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“Se cubrieron de luto los montes…” dice un himno piadoso referido a la tragedia de la cruz, y esos mismos montes, en la ‘galilea’ cristiana que es la “Alegría de la Pascua” –Galiluya dice el texto griego-, aquella singular mañana de finales de mayo, a tu llamada se cubrieron de gentes alegres. Fue en un monte no lejos de Jerusalén y del Calvario, “cerca de Betania”, nos dice Lucas (Lc 24,50), el Monte de los Olivos que dista de Jerusalén el camino de un sábado (Hech,1,12), el mismo monte donde Jesús había sudado sangre de dolor y miedo, quizás como signo para nosotros de que dolor y alegría, enfermedad y salud, muerte y vida, juventud y vejez, son dos caras de la misma moneda, dos miembros del mismo cuerpo, necesarios para caminar y para abrazar. Ni los apóstoles, ni todos aquellos discípulos, supieron a qué iban a ese monte hasta que ocurrió el fenómeno. Por eso preguntaron: ¿Es ahora cuando le vas a restablecer el Reino a Israel? (Hechos 1,6). Dios sorprende siempre y cada día, pero ellos sabían que tú estabas allí, Maestro de la sorpresa, y eso les bastaba. También pareció bastarte a ti, Jesús de la Novedad permanente, que hiciste lo que tenías que hacer, lo que viniste a hacer, llevar nuestro ser de hombres hacia el Padre Creador, y dejar su misterio abierto hacia el hombre creado en la tierra. Fue un día gozoso también para tu Madre, sabiendo que por fin entrabas, con todo tu ser de hombre, hacia tu Padre. Ella sabía desde que te concibió en su vientre, que ese era el sentido de tu vida, de la suya propia y de la nuestra. Ella sabía que tu ser de hombre, cuajado en su vientre, había venido de ‘arriba’, de Él, y seguramente se sintió plenamente realizada como esposa del Espíritu y madre tuya, cuando te vio entrar en el Reino que te correspondía, anunciado por el Ángel Gabriel cuando te concibió. Seguramente en el Monte de Olivos, cerca de Betania, al verte subir hacia el cielo, descubrió todo el sentido del anuncio angélico: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” (Lc 1,28-35) ¡Por fin el verdadero Padre de tu hijo se hacía cargo de Él directamente! Ya no habría más dolores, ni carencias, ni sufrimientos, ni pérdidas de la presencia de ese Hijo, virgen Madre de Dios y Madre nuestra. Tu corazón se llenó de seguridad por tener al hijo querido en el Reino de Dios, por tenerlo, y ya para siempre, dentro del corazón. Nadie como tú supo tan claro en toda historia de la humanidad, que el Reino de Dios y el mundo de tu corazón eran la misma cosa. Pero también comenzó entonces tu sufrimiento y preocupación por la Iglesia, por todos los llamados a ese reino vuestro, por nosotros.
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Así quisiste también tú que fuera, Jesús Hijo del Hombre y de la Virgen Santa, y hoy nos sigue dejando el misterio de tu subida al Padre, llevándote tu cuerpo y tu alma de hombre, unas ganas tremendas de mirar al cielo por donde has de volver. El gran tesoro de la Iglesia será la venida del Espíritu que enviasteis en Pentecostés, y su fruto sabroso: la esperanza de verte venir de nuevo sobre la nube que te sigue ocultando a nuestra vista, para instalar definitivamente tu reino en plenitud. Al cumplir tu mandato de esperarte mientras dure esta historia humana, se vive la realidad cristiana más significativa que puede constatarse con todos los sentidos: la alegría. “Ellos, después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría” (Lc 24, 50-52). ¡Quien diría que los discípulos podían estar alegres, cuando sabían que te habían perdido para siempre en la vivencia de la carne! Pero así fue, porque creyeron que te encontrarían en la vivencia definitiva del Espíritu. Aquel gozo del espíritu nace de un regalo tuyo, Jesús de la Alegría, y engendra una actitud de alabanza que no deja inactivo al que la recibe. Por eso tus hermanos: “Estaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios”. Es un antecedente claro de la oración continua que se ejercita también en el Rosario. La bendición que hacemos a María: “Bendita por el fruto bendito de su vientre, Jesús”, es el marco y la forma en la que se realiza el encuentro con Dios en esta oración sencilla, que se convierte en templo de presencia, un lugar de bendición y entrega, de acción de gracias, y petición constante de su ayuda. Así el Rosario puede ser una de aquellas entradas al Reino de Dios que anunciaste tú, Jesús Templo de Dios, a la mujer samaritana que tuvo la suerte de ser encontrada por ti junto al pozo de Jacob: Los auténticos adoradores… para dar culto al Padre no tendréis ya que subir a este monte, ni ir a Jerusalén” (Jn 4,21) El templo de adoración y culto ya es simplemente “en el Espíritu y en la Verdad” del Evangelio. Así sabemos hoy que cuando te fuiste al otro lado de los sentidos del hombre, nos dejaste la huella imborrable de tu identidad conformando la esencia del alma del cristiano como fruto primero del bautismo, y es esa huella tuya la que llenamos en la oración, cada cual a tu modo, en la forma y manera, en la profundidad o altura en las que tú lo has dispuesto para construir el reino de tu amor. Dirigirse hacia ti, como tú te diriges hacia el Padre, lo hacemos al orar, al recordar tu nombre y tu esencia. Así abrimos el balcón de nuestra casa, para que tú, como luz del Sol de lo Alto, entres, y dando calor y vida, te hagas nuestro día, en el que podemos compartir todo lo que tenemos con los hermanos. Así se levantaron amando en aquel día de primavera los tuyos, plenos con el nuevo amor que asomaba a sus vidas, y así los sacaste hasta el monte de olivos, el lugar testigo de tu oración en sangre. Si allí habían visto tu debilidad, allí encontraron la fuerza de tu mandato, la gracia de tu encargo, de tu envío regalado en un soplo el primer día de la semana. Pero también encontraron tu ausencia en la carne. Y no te vieron más a la manera nuestra de ver y de abrazar, sino a la tuya. “Un poquito más y ya no me veréis, otro poquito más y volveréis a verme”, les habías dicho en los discursos de la cena de pascua, antes de sufrir. ¿Por qué surgió su duda en aquella ocasión, según nos cuenta Juan, solo sobre el término “un poquito más”? Quizás comprendieron que no era un poco de tiempo de lo que tú hablabas, ya que eso lo hubiese entendido cualquiera ¿Qué era entonces? Quiere el Apóstol que lo cuenta que también nosotros nos preguntemos sobre “el poquito” que separa al hombre de la experiencia de ti. No es el tiempo ni el espacio lo que nos separa de tu presencia viva, no son centímetros o kilómetros, ni años luz, sino la medida de fe que produce el conocimiento. Es un poquito más de fe lo que les faltaba a tus discípulos, y nos falta aún a nosotros, para tener la seguridad de tu presencia. Y esa certidumbre la regaló el Espíritu Consolador. Sin el conocimiento que produce la fe, no podían verte ni ellos ni nadie. “Un poquito aún” de tiempo, y ya no podréis verme. Pero “un poquito más de conocimiento fundado en la fe” y podréis verme eternamente, porque me voy al Padre, que siempre está cerca de todo. Descubrir esa puerta de entrada al lugar donde vives, donde moras en la delicia eterna de tu Padre, que ya es nuestro Padre, es todo el trabajo de los profesionales de tu búsqueda que somos los cristianos. Los hermanos tendrán que enseñar esa entrada después a todo el que quiera encontrarte, pero tú has elegido desde el principio a algunos que la describan y señalen, con un testimonio seguro, reconocible en la palabra de amor que nos dejaste. Son los Apóstoles, los hombres y mujeres entregados a tu amor en totalidad, consagrados a ti.
Lo que realmente nos da miedo hoy, por la enorme cercanía que supone, es buscarte en la nube que te oculta a la vista de la carne. No te fuiste en la nube que solo te ocultó al ojo, sino que introdujiste tu cuerpo resucitado en el lugar que el Padre y tú mismo habéis preparado desde la eternidad para que los hombres vivamos contigo, contemplando tu gloria, el ‘lugar’ que en tu muerte y resurrección acondicionaste para la entrada inmediata de tu gente al eterno ‘redil’. Por eso dijiste “Yo soy la Puerta”, y sabemos que esa puerta es la entrada al Reino. Aquel día que te ‘fuiste’, lo que en verdad hiciste, como dice S. Agustín, fue volver al lugar que te correspondía en el corazón del Hombre. La nube no te llevó a ningún sitio cósmico, porque a pesar de lo que puedan opinar algunos, no se trataba de ningún vehículo espacial, sino del signo de la carne del hombre, tal como quedó al salir expulsada de aquel estado onírico del principio, llamado paraíso. Por eso dice Lucas en los Hechos, que “después de hablar así, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó a su vista” (Hechos 1,9). No dice que te fueras en la nube, sino que te ocultaste a sus ojos de carne cuando prometiste la presencia en ellos del Espíritu.
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(NOTA en texto) En todo el pequeño prólogo del libro de los Hechos, están presentes esas dos realidades en la que hay que situar la Resurrección. Pasión y muerte frente a resurrección y vida (v.3) Inicio del Reino de los cielos que Jesús proclamaba, frente a la restauración del “reino de Israel”, político y mundano, que todavía pensaban los apóstoles ser su obra. La nube es un símbolo claro en toda la historia de Israel, de la presencia terrible y salvadora de Dios para su pueblo; desde ella lo guía, lo cobija y lo defiende. El sentir del pueblo lo expresó Salomón, en el libro primero de los Reyes (8,12): “Tú, Señor, has dicho que vives en la nube oscura”. Y por tanto, de esa nube suya, de la que salió la creación y la ley, saldrá también la justicia y la recreación.”El despliega en torno a sí la nube, y cubre la cima de los montes” (Job 36,31) Pues tu amor es más grande que los cielos, y tu fidelidad, alcanza la nube” (Sal. 108,5) También la oración humilde “atraviesa la nube, y no descansa, hasta llegar a Dios” (Si 35,7). Pero en cambio, para el soberbio “Te has envuelto en una nube, para que no pase su oración”(Lam 3,44). La nube es signo de la divinidad del Mesías (subiré a las alturas de las nubes, seré igual que el Altísimo’. (Is14,14) que todo lo domina; “derramad cielos el rocío, y lluevan las nubes la victoria. Ábrase la tierra, y brote la salvación…(Is.45,8). En el Nuevo Testamento, Dios Padre habla siempre desde la nube en la que se manifiesta para presentar a su Hijo, menos en la Ascensión, en que solo calla y se lleva la Palabra a su seno, en la nube. Es como si quisiera decirnos que siempre había hablado al hombre desde la nube o la “columna de nube”, y ahora, desde la nube en la que recibió a su Hijo, escuchaba al hombre, recibía al hombre entero en el Hijo del Hombre.
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La ausencia que produjo tu Ascensión al Padre en aquellos Apóstoles y amigos, que ya se estaban acostumbrando a encontrarte en lo más escondido y en lo más público de sí mismos, es la misma ausencia que sentimos ahora nosotros, pero nos consuela saber que también la presencia es la misma. A partir de este misterio, el encuentro se produce a través de los siglos en todos los hombres de buena y sencilla voluntad, capaces de orar junto a los hermanos y a tu Madre, en tu nombre. Esos ecos de ti que suenan en el Rosario, llamado el “salterio de María”, son la Vida que tienes preparada para el ‘encuentro tras la muerte’.

7.- 2. SEGUNDO MISTERIO DE GLORIA:PENTECOSTÉS.-
LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES.-
HECHOS DE LOS APÓSTOLES.- 2,1-6.- Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
Es un misterio inmenso, como el de la Encarnación del Verbo, Cristo Jesús. Para una experiencia de fe en la piedad, baste fijarnos en la Iglesia primera en oración, y contemplar algo desde la iglesia actual, que somos nosotros también cada día en oración con María. La riqueza extraordinaria del misterio, como el mismo Espíritu, no se puede agotar en ningún escrito o signo particular, pero puede lanzarse como un grito de alegría al saber que es LA VERDAD, al sentir que es verdad, que Jesús, sentado a la derecha del Padre, sigue enviando hoy su Espíritu de gracia a la gente sencilla que también a Él le hizo gritar lleno de gozo: “Te doy gracias Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y se las has mostrado a las gentes sencillas”.
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Mirar desde la almena del castillo interior de la oración, al centro del misterio de tu nombre, Jesús de la Promesa hecha realidad, no se puede hacer sin recibir el Espíritu Santo que prometiste y envías. El es quien nos informa de tu procedencia, de la nuestra y de la suya propia, porque es el Espíritu que procede del Padre y de ti, Jesús de Nazaret, Verbo Eterno, sentado a su derecha como Único Hijo que eres. Manifestándote a ti, y regalando los dones que recibe de ti, el Espíritu sigue dando hoy la vida al mundo. Subir en esa vida hasta la torre del Pentecostés en la oración sencilla del Rosario, y en compañía de la Mujer del Espíritu, María, la Reina de ese Palacio de la Iglesia en oración, es como abrir el alma a la esperanza que reproduce la presencia tuya y al fuego del Espíritu, cual si fuera borrachera de amor. Así ocurrió aquel día, siete semanas después de tu resurrección. Al contemplar tu vida y tu Regalo, rezando los misterios del Rosario, cada uno de esos hechos misteriosos de tu vida de hombre, es como una “lengua de fuego” sobre nuestra conciencia, que queda unida así a la conciencia de la Iglesia. Porque orar con tu Madre, reproduce el recuerdo vivo de tus cosas que ella lleva aún en sus entrañas. Ella da a luz de nuevo dentro del alma que ora, cada vez que pronunciamos tu nombre en su presencia. Es el misterio de la oración cristiana. La Madre de Dios, da a luz a su hijo, que es Dios, y lo vuelve a colocar en el pequeño pesebre del alma orante, envuelto en los pañales de su gracia, que pedimos en cada avemaría. El sentido de la oración con ella, no es solo el grito del Adviento, “¡Ven Señor Jesús!”, “Maranathá”, sino que tiene ya un sabor cierto de presencia que canta: ¡Bendito tú, Señor Jesús, que estás aquí con nosotros!, con la forma tuya de estar ahora para nosotros en este tiempo y lugar, con la transparencia tuya que requiere el instrumento de la fe para conectar contigo, como el astrónomo requiere del telescopio, o el biólogo del microscopio. Nuestra suerte es tener los ojos de María, tu madre, para verte. Los Evangelios -al menos algunas de sus noticias- fueron escritos así, con sus ojos de madre, con sus recuerdos vivos, que eran recitación constante en la memoria de la primera iglesia a su amparo y cuidado. En la memoria de hoy, se siguen convirtiendo en gloria tuya estos misterios, como obra perenne del Espíritu en la Iglesia: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros” (Jn 16,14). Por eso abrir el ventanal interior del palacio de todos los sentidos, al suceso de fuego y de luz que es la venida del Espíritu, en la oración sencilla, en compañía de la mujer del Espíritu, la Madre de Dios con nosotros, es abrir el alma a la esperanza que termina engendrando y produciendo, a su modo, la presencia tuya Jesús de Nazaret, el aliento tuyo como fuego y como vino de sangre que produce borrachera de amor. Así ocurrió aquel día de Pentecostés, cuando Tú, Jesús Resucitado y Ascendido, no solo regalaste el Espíritu a los que estaban en la casa, y el don de lenguas para hablarle al mundo de tus cosas, sino que también regalaste a los que estaban fuera, el “oído de oír” la verdad de tus cosas. Lo que dice el relato de los Hechos de los Apóstoles literalmente sobre aquel misterio, no es que en ese momento hablasen los discípulos todas las lenguas o dialectos de la tierra y a la vez, -lo que hubiese sido un gran galimatías peor que la torre de Babel- sino que “toda la gente se llenó de estupor, al oírles hablar cada uno en su propia lengua”. Aunque los apóstoles solo hablaran en su lengua galilea, cada uno de los que habían acudido al ruido del viento que venía del cielo, oía el mensaje en su lengua nativa. La maravilla del Espíritu fue llegar con la Buena Noticia hasta lo más íntimo e inmediato del hombre, ese lugar sagrado de la “lengua materna” que se aprende de los gestos, cadencias, sonidos y modos de pronunciar las palabras de la propia madre. Allí el Espíritu prometido y derramado ahora en abundancia, hizo sonar y tradujo para cada uno “las maravillas de Dios” (Hech. 2,11). Esa es la lengua propia del cristiano, su “lengua materna”. Y aunque aquellas gentes, admiradas y estupefactas, se preguntaban lo que significaría aquello, nosotros podemos aventurar una explicación desde la piadosa filiación mariana, porque sabemos quien es la Madre de la Iglesia, y cuales son las “maravillas que hizo Dios en ella” (Lc 1,49). El Regalo, el Mandamiento Nuevo del Amor, la nueva Ley de Dios entregada a los cincuenta días de la Pascua, como había ocurrido con la ley antigua, se promulga en el nuevo monte Sinaí que es la oración en el Espíritu y en la Verdad. Siendo interminable hablar de Él, que alienta el mismo y distinto carisma en la oración de cada cristiano, cada uno debe poner su experiencia orante, distinta y la misma cada día, en la contemplación del misterio de Cristo, para sentirse dentro de esta realidad del Espíritu, que en el Rosario regala de modo magnífico su don de piedad. “La Iglesia de Cristo está siempre, por decirlo así, en estado de Pentecostés. Siempre reunida en el Cenáculo para orar, está al mismo tiempo bajo el viento impetuoso del Espíritu en la “casa común”, y siempre en camino para anunciar el Evangelio. La Iglesia se mantiene perennemente joven y viva, una, santa, católica y apostólica, porque el Espíritu desciende continuamente sobre ella para recordarle todo lo que su Señor le dijo (Jn 14, 25), y para guiarla a la verdad plena” (Jn 16,13).(Homilía de Pentecostés de Juan Pablo II en 2003).
“Del hecho de que el Espíritu Santo es «la nueva alianza» deriva que la obra de la tercera Persona de la Santísima Trinidad consiste en hacer presente al Señor resucitado y con él a Dios Padre. En efecto, el Espíritu realiza su acción salvífica haciendo inmediata la presencia de Dios. En esto consiste la alianza nueva y eterna: Dios ya se ha puesto al alcance de cada uno de nosotros. En cierto sentido, cada uno,«del más chico al más grande» (Jr 31,34), goza del conocimiento directo del Señor, como leemos en la primera carta de san Juan: «En cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa— según os enseñó, permaneced en él» (1 Jn 2, 27). (Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles. 17 de junio de 1998). Con la efusión solemne y pública del Espíritu Santo en Pentecostés, se completa la manifestación de la Trinidad del Dios único para su Iglesia.

7.- 3.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS.-

La subieron a su propio corazón, a su propio interior, que es el lugar más alto de toda la creación donde vive su Hijo con el Padre, en su templo de Espíritu. Leamos algunos textos del dogma. “Gran regalo este a la iglesia, de Jesús en su estado de “Señor de todo el universo”. “Toda espléndida, la hija del rey” (Sal 45, 14) quedó como señal permanente de nuestro camino hacia la luz del Padre. Será difícil perderse ya en ese camino mirándola a ella. “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap. 11, 19-12,1). La Asunción de María es una participación singular en la resurrección de Cristo” (Juan Pablo II). “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces, y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”. (El Papa Pío XII “Munificentissimus Deus”)
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“Asociada por un estrecho e indisoluble vínculo a los misterios de la encarnación y redención, la bienaventurada virgen María, la Inmaculada, terminada su vida terrena ha sido llevada en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo que resucitó de entre los muertos, recibió en anticipación el destino de todos los justos”. “Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva y Madre de la Iglesia, continúa ejerciendo sus labores maternales en favor de los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos.”(Del CREDO DEL PUEBLO DE DIOS de Pablo VI)
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Si nunca fue sencilla para ningún ser vivo inteligente, la tarea de llegar hasta la cumbre de la gloria, donde vive el Padre en la profunda comunión de amor con su Hijo, el que llegue una mujer, y que sea proclamada así por quienes no dan demasiado valor al papel sacerdotal profundo de la feminidad, es una proeza doble en dos direcciones, hacia Dios y hacia los hombres. Pero María es así, ha superado todas las metas de obras y dones en todas las creaturas y en la Iglesia, que proclama su misterio en categoría de dogma de fe para todos los tiempos. Debemos vincular el hecho mismo, con la petición al Padre que hizo Jesús, su Hijo, y nos cuenta Juan en la llamada ‘oración sacerdotal’: Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. (Jn 17,24).

Nadie podría creer en el antiguo Israel que en la verdad del Dios Innombrable por su propia grandeza, una mujer entrara al centro de la gloria, en cuerpo y alma, y no para mirar, adorar y marcharse, sino para quedarse eternamente. Ni en los mitos esotéricos más atrevidos se contempla semejante paso desde lo visible a lo invisible, desde el tiempo y el espacio hasta lo eterno. Hombres, de alguno se dice que ha sido llevado en cuerpo y alma al cielo. De dioses y héroes míticos también se cuenta que han bajado a la tierra. Pero subir una mujer al cielo en cuerpo y alma, y no en huida libre, ni siquiera en premio de una obra merecida, sino en ida y venida, en amparo y cuidado de los hijos de Dios y suyos, eso no se ha descrito nunca. Algunos mitos religiosos, aunque parecidos, son muy distintos en su cercanía, pues los más parecidos sucedieron una vez, y solo para algún privilegiado, pero no constantemente y para todos los que quieran acogerse a su cuidado maternal. Pero nuestro misterio de fe es así. Cuando Dios elevó a María hasta su propio trono fue para hacerla más Madre aún. Se la llevó para seguir engendrando con ella a los “Hijos de Dios”, imágenes del Hijo de su amor, a los que hay que alimentar y dar el ambiente de familia. La Asunción en cuerpo y alma de María a los cielos no es un misterio lejano o aislado de la Iglesia presente, sino una luz que ilumina el camino que hemos de recorrer nosotros, y una anticipación en ella de nuestro propio destino. ¡Vivir donde ella vive en cuerpo y alma! Ese es el reto que se paladea en cada ‘avemaría’ del misterio. Su presencia en la gloria del cielo es confirmante también para el hombre Jesús resucitado de que su obra, la fuerza de su vida y de su muerte, tienen ya un fruto en plenitud en el lugar que el Padre le ha dado, para vivir con los que escuchan su Palabra y la cumplen. “Cuando me haya ido, y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,3). En cuerpo y alma. Por eso no es solo orgullo lo que sentimos al contemplar la aducción de María al cielo, sino también la pasión que provoca una noticia que nos ata, y que es nuestra porque es anuncio de nuestro propio camino de vida. El premio de la humanidad está ya proclamado y experimentado anticipadamente en ella. Un hombre, con toda la plenitud de su existencia, ha pasado a la gloriosa y definitiva forma nueva de vivir, y enseguida, junto a él, en el nuevo paraíso creado por él y para el hombre, ha surgido la nueva mujer, la madre de los hombres nuevos, la nueva Eva, Madre de la Iglesia. Se repite la historia del Principio, pero ya sin muerte. La experiencia de cada uno en el misterio de nuestra transformación en Hijos de Dios, será su regalo de Madre, y el idioma materno del reino lo aprendemos de ella, elaborado en el recuerdo constante de la Palabra que brota en su corazón como el agua de su fuente. Y es por esa vinculación suya con la Palabra, por lo que se la puede llamar lo que es: Madre de la Iglesia, Reina y Señora de todo lo creado.
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Al rezar el Rosario, algo de tu vida de Dios, Jesús hijo de María, nos afecta en el pequeño tiempo de nuestra vida hoy, y esclarece más la gracia de tu Madre, y Madre nuestra. Lo que nos enseña este Misterio, no es solo es tu Ascensión y su Asunción, que de alguna forma son signos de vuestra lejanía, sino vuestra “descensión”, vuestra nueva bajada a la dimensión humana que llamamos conciencia. ¡Esa sí es ahora vuestra cercanía! De los dos, de tu madre y tuya, hasta la fuente donde nacen las palabras, el lugar interior donde se dice “Sí” a vuestros dones. Es el mismo ‘lugar’ donde Ella dijo Sí, y donde te engendró. En ese ‘lugar’ o estado de conciencia descendéis ahora en la oración, y ella te vuelve a engendrar con su eterna misión de Madre en cada uno de los que oramos con ella, y con ella recordamos tus cosas, vuestras cosas, como ella las tenía en el corazón. Ella fue asunta al cielo pero también asumió, de nuevo y para siempre, su función de Madre en la dimensión en la que Dios se hace presente para nuestra conciencia ahora. “La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (Lumen Gentium 68). No me resisto a transcribir aquí un sencillo canto que me enseñó un trapense, no sé si compuesto por él o por alguien de su pueblo:

Señora Virgen María,
Hija, Madre, Esposa, Reina,
para ir al cielo ya siempre,
tu Hijo nos abrió la puerta,
y por ella entraste tú
en su reino, la primera.
Llena de luz y de gloria,
te acogieron las estrellas
envidiosas de tu gracia,
tu Hijo te llevó hasta ellas.
Oh Madre de mi esperanza,
Virgen de amor, la más bella,
cantando contigo al alba,
toda la tierra te espera.
Liberada de la muerte,
y la atracción de la tierra,
subes y sigues subiendo,
a donde brota la fuerza.
A la fuente de la vida,
a la luz blanca y eterna,
la que te engendró aquel hijo,
quedando siempre doncella.
Baja, si puedes bajar,
de esa fuerza que te lleva,
¡Mira nuestro torbellino!
¡Acuérdate de la tierra!

7.-4. MARIA, CORONADA REINA Y SEÑORA DE TODO LO CREADO.
SALMO 45, 7-17.- Tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos. Desde palacios de marfil laúdes te recrean. Hijas de reyes hay entre tus preferidas; a tu diestra una reina, enjoyada con el oro de Ofir. Escucha hija, mira y pon atento oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza. El es tu Señor, ¡póstrate ante él! La hija de Tiro con presentes, y los más ricos pueblos recrearán tu semblante. Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos en oro recamados; con sus brocados es llevada ante el rey. Vírgenes tras ella, compañeras suyas, donde él son introducidas; entre alborozo y regocijo avanzan, al entrar en el palacio del rey. En lugar de tus padres, tendrás hijos; príncipes los harás sobre toda la tierra. ¡Logre yo hacer tu nombre memorable por todas las generaciones, y los pueblos te alaben por los siglos de los siglos!
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La Palabra de Dios creó todo lo que existe. La luz, los cielos y la tierra, con todos su vivientes, todo se hizo por y para la Palabra, y será la Palabra la que decida también el orden y lugar con el ser que tenga cada uno en su reino. En la fuente misma del Ser Supremo saliendo hacia su cosmos creado, como puerta del Reino, está la sencillez fecunda de una mujer en relación permanente con el Espíritu. Nada más congruente por tanto con nuestra forma de pensar y llamar a las cosas por los nombres que les hemos puesto, que llamarla a ella REINA Y SEÑORA DE TODO LO CREADO. Si su hijo es el Reino mismo de Dios entre nosotros, si todo tiene en Él su consistencia (Col. 1,15-20), a la Madre del Reino entre nosotros, puede llamarse Reina Madre de todo lo creado para Él. Y no es un eufemismo piadoso, como puede ser el que cada uno llame a su madre física, la “reina de la casa”. María, además de madre física de Jesús de Nazaret, engendrado en ella por el Espíritu, es madre de la vida del Espíritu en cada uno de nosotros, y precisamente por su elevación en cuerpo y alma al cielo, asume el papel de corredentora y copartícipe en la “metamorfosis” o transformación del universo caído, en Reino de Dios. Todo lo creado ha de transformarse en ‘Reino de los Cielos’, porque así lo quiso el Creador, y en esa evolución hacia la luz de la presencia de Dios en su creatura, la hermosa Virgen de Nazaret tiene un papel cenital; por ella entra la ‘luz que viene de lo alto’. Tan conforme se ha hecho a esa luz, que su señorío no se despega en nada, ni dificulta en nada el señorío único de su hijo, ni su ser Reina supone algo distinto del Reino de Dios entre nosotros. Si a nosotros se nos llama pueblo de reyes, ella es Reina de reyes. El acto de su “Coronación” por la Trinidad, con su Hijo resucitado ocupando el lugar de Señor que le corresponde a la derecha del Padre, y luciendo el instrumento de su realeza en la cruz, ha inspirado a los artistas para expresar el misterio de gloria que culmina muchos de los retablos de nuestros templos. En nuestra oración sencilla, nos sentimos también coronándola con corona de rosas, Rosario de alabanza y grandeza para ella, que se agrada en los pequeños gestos de sus hijos. Y es que su realeza es la presencia total de la justicia de Dios en un ser humano. La justicia tiene en ella su trono para siempre, y por eso “la ama el Señor ente todas sus compañeras”. Cuando el salmo enseña que “el Señor odia la injusticia, y ama la piedad” (Sal. 45,7), es como si estuviese confirmando la oración del Rosario, modelo de la piedad sencilla. En ese verso el salmista contrapone dos conceptos esenciales para el hombre que busca, que son el odio y el amor de Dios, la lejanía de Él contrapuesta a su cercanía. Y lo que Dios odia, lo que está lejos de Él, es la injusticia, pero lo que ama, lo que está cerca, es la piedad. Lo lógico sería decir que si Dios odia la injusticia, lo que ama es la justicia; pero no dice eso el salmista, sino que Dios “odia la injusticia y ama la Piedad”. Y es que la piedad, la oración sencilla que se acerca a Él, es la manifestación más segura en este mundo, de la justicia de Dios, del Reino de Dios en el que María es la “Reina y Señora de todo lo creado” precisamente para esa justicia, para esa piedad. Volviendo a los primeros misterios del Rosario, así lo supieron apreciar muy bien los ancianos Simeón y Ana, cuando en el supremo acto de piedad de su vida, tomaron al Niño Jesús de los brazos de María, lo vieron, lo acariciaron y cantaron a todos los presentes la grandeza de su esperanza hecha realidad. Es en esa sencillez donde se sintieron realizados de toda una vida dedicada a la piedad, y donde fueron los primeros en conocer directamente a María como Reina y Señora de aquel mundo de piedad, que es el verdadero mundo de Dios.

7.-5.- MARIA MADRE DE LA IGLESIA EN FE, ESPERANZA Y AMOR.

1Co. 13,11-13.- Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.13 Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.

1.- MADRE DE LA FE.- EN BELEN, EN EL CALVARIO, Y EN LA ORACIÓN DE LA IGLESIA.-
Lc. 1,45.- “Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”
María es Madre de todos los misterios del corazón del hombre en relación con la vida de la Gracia, y especialmente con la gracia primera de la fe. A las letanías layetanas se ha añadido el título de “María Madre de la Iglesia”, pero no hay un misterio del Rosario que contemple expresamente su maternidad sobre la Iglesia y sobre la fe de cada uno de nosotros, aunque todos sepamos que esa maternidad es real, y esté reconocido de modo universal por la piedad de todos los tiempos. De hecho en casi todas las versiones o modos de rezar el rosario, se añade a casa misterio, al principio o al final, esa proclamación de “María, Madre de gracia y de misericordia….” Y en la Salve se la saluda simplemente como “Reina y Madre, vida, dulzura y esperanza nuestra…”
María es madre de la Iglesia y de cada uno de sus miembros por designio divino, en la vida de fe, esperanza y amor. Desde la cruz, Jesús nos la dio como Madre en la representación simbólica que hizo Juan de todos los cristianos: “Jesús, habiendo visto a su Madre, le dice: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dice al discípulo: He ahí a tu Madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa (Jn 19, 26-27). Todos los que, como él, deseamos ser “discípulos amados” de Jesús, necesitamos acoger a María en nuestra casa de oración interior, donde se muestra verdaderamente madre nuestra. Ella nos engendra continuamente a la vida sobrenatural, y como madre intercede continuamente por nosotros ante Dios. Ella siempre nos indica el camino a Cristo y nos consigue las gracias necesarias para andar hacia él (Pablo VI). La Virgen María fue solemnemente proclamada como “Madre de la Iglesia” en el Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. Sobre su misión para el cristiano, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “(967) “Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es “miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia” (LG 53), incluso constituye “la figura” [“typus”] de la Iglesia (LG 63). (968) Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. “Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61). (969) “Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (LG 62).

2.- MADRE DE LA ESPERANZA, CADA DIA HASTA QUE SU HIJO VUELVA EN GLORIA.

Merece la pena releer la Constitución “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II, para entrar a la oración de este Misterio. Transcribo solo algunos párrafos:

III. La Santísima Virgen y la Iglesia
60. Uno solo es nuestro Mediador según las palabra del Apóstol: «Porque uno es Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos» (1 Tm 2, 5-6). Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.
61. La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia.
62. Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna [186]. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora [187]. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador [188].

Entre tanto, mientras vuelve en plenitud de gloria, “la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y en alma es imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así ahora en este antecede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios, como signo de esperanza segura y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 Pet. 3, 10)”. De la Constitción Lumen Gentium. Del Concilo Vaticano II.-
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Y en el Credo del Pueblo de Dios del Papa Pablo VI, se dice:
“6. Creemos que María, siempre Virgen, es la Madre del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y que por virtud de esta elección singular, Ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, redimida de modo eminente, preservada de toda mancha de pecado original y colmada del don de la gracia más que todas las demás criaturas Asociada por un vínculo estrecho e indisoluble a los Misterios de la Encarnación y de la Redención, la Santísima Virgen, la Inmaculada, ha sido elevada al final de su vida terrena en cuerpo y alma a la gloria celestial y configurada con su Hijo resucitado en la anticipación del destino futuro de todos los justos. Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos (Cf. Lumen Gentium” 62; Pablo VI, Exhort. Apost. “Signum Magnum”, P. 1, n. 1). (Cf. Dz. Sch, 2803 y 3903) (Cf. Lumen Gentium, 53, 56,58, 61, 63; Pablo VI, “Alocución. en la clausura de la III Sección del Concilio Vat. II”: AAS LVI (1964 1016); Exhort. Apost. “Signum Magnum”, Introd.),

3.- Y LO MÁS LINDO: MARÍA ES LA “MADRE DEL AMOR HERMOSO”.-

Del libro de Ben Sirá, 24,
Entonces el Creador del universo me dio una orden, el Hacedor estableció el lugar de mi morada: “Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.”… Exhalé fragancia como el cinamomo y la retama y di aroma como mirra exquisita, como resina perfumada, como el ámbar y el bálsamo, como nube de incienso en el santuario. Yo extendí mis ramas como el terebinto, un ramaje bello y frondoso. Como vid hermosa retoñé, haciendo brotar sarmientos floridos, y mis flores y frutos son bellos y abundantes.
Yo soy la madre del amor hermoso, del temor de Dios, del conocimiento y de la santa esperanza. Yo he sido dada a todos mis hijos desde la eternidad, a aquellos que han sido por él designados. Venid a mí los que me amáis, y saciaos de mis frutos; mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia mejor que los panales. El que me come tendrá más hambre de mí, el que me bebe tendrá más sed de mí, el que me escucha no fracasará, el que me pone en práctica no llegará a pecar

Es fácil decir que todo lo hacemos por amor, o pedir que todo lo hagamos por amor, o incluso proclamar que la ley o mandamiento fundamental del cristiano es el amor. Pero en realidad no es fácil definir el amor. ¿Qué es el amor? Su propia esencia no se deja describir, porque es el mismo Dios en relación a sí mismo y hacia nosotros, y porque nuestra verdad es ser como Dios. Pero podemos aproximarnos a una definición por los efectos experimentables, por los síntomas que produce, y eso ya es un consuelo, porque supone la satisfacción real de que es cognoscible, de que podemos saber cuándo amamos y cuándo nos aman, aunque no sepamos describir la esencia de esa correlación. Es experimentable como un estado de conciencia relativo, es decir que hace relación a otra persona. Solo sé que estoy amando, cuando mi recuerdo, mi voluntad, mis actos internos y externos se dirigen a otra persona con sentido de vida. El estado de conciencia contrario que sería el odio, también se dirige a otro, pero con sentido de muerte, de anulación.

No se puede ser hijo de Dios sin la gracia, ni se puede ser como el Padre sin la fuente del Espíritu que brota en lo más íntimo del alma. Y a ninguna de esas funciones esenciales, se puede acceder sin “nacer de nuevo, de lo alto” (Jn 3). Como el viento que sopla donde quiere, es el amor que nace de María, el Verbo amoroso del Dios Padre del Amor. María es fuente de gracia, porque es fuente de amor. La gracia que brota en ella “del Señor que esta en ella”, no tiene otro sentido, que su amor a Dios y a la obra de Dios, el hombre y el Hijo del hombre.
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El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano. En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».
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 Transcribo como nota parte de un texto de Jutta Burggraf, que me pareció escrito para este misterio
Entrar en la escuela de María
“Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo podemos corresponder a ese gran amor divino? ¿Cómo podemos amar con un corazón puro, que no defrauda ni traiciona? Para aprenderlo, es preciso acudir a las personas que lo han conseguido en su vida, y que ya están eternamente unidas a Cristo. Así, la mirada del creyente se dirige espontáneamente a la Virgen María, a la “llena de gracia”, la más bella de todas las criaturas. María es bella porque es amada; y es de aquella hermosura que llamamos santidad. El esplendor de Dios se refleja en ella. Juan Pablo II afirma que “la historia del amor hermoso” comienza precisamente con ella, con esta mujer simpática y sencilla que irradia bondad. A través de su fiat, María se ha convertido en Madre de Dios, y el Amor infinito se ha hecho visible en nuestro mundo. En el mismo acto, María se ha convertido también en Madre nuestra, ya que por la gracia somos hermanos de su Hijo divino. Ella nunca ha dicho no al amor y –movida por la fuerza del Espíritu– ha vivido su vida terrena en Dios y para Dios y, al mismo tiempo, ha tenido desde siempre un amor verdadero, profundo y real a cada uno de los seres humanos. Como una buena madre, la Virgen quiere enseñarnos el arte de amar. Si entramos en su escuela y nos dejamos guiar suavemente por ella, se ensanchará nuestro corazón y nos enamoraremos, cada vez más, de la vida, de los demás y de Dios. Lo que Dios quiere darnos –aclara Juan Pablo II–, no son bienes que prometen una vida exitosa y satisfactoria: tan poco no nos ama. Él mismo quiere entrar en nuestro corazón, quiere limpiarnos y renovarnos desde el núcleo más íntimo de nuestro ser, comunicándonos su gracia, que es luz y vida, “el comienzo del cielo en la tierra”. De la mano de la Virgen –destaca Juan Pablo II– descubrimos las lecciones del amor hermoso. Aprendemos que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento… Juan Pablo II insiste: “No tengáis miedo de vivir contra las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios. La valentía de la fe cuesta mucho, pero no podéis perder el amor.” En la escuela de María aprendemos a amar al primer Amante. Aprendemos a ser para Dios lo que Él siempre ha sido para nosotros: un amigo que busca el bien del otro. La “historia del amor hermoso” puede considerarse, por tanto, como la historia de nuestra salvación. Por eso, Juan Pablo II nos anima a no dejar de contemplar a la Virgen de Nazaret, “la Madre del amor hermoso, que acompaña a los hombres de todos los tiempos… hacia la casa del Padre.” (JUTTA BURGGRAF (Hildesheim, Alemania).Doctora en Pedagogía (Universidad de Köln).Doctora en Teología (Universidad de Navarra) donde es Profesora de Teología. Arvo.net, 21/01/08
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7.-6.- ¡VEN SEÑOR JESÚS!.-
SÍ, VENGO PRONTO. JUICIO Y ENCUENTRO FINAL.

Apocalipsis 21, 1-7. Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él “Dios con ellos”, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.”Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo.” Y añadió: “Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas.” Me dijo también: “Hecho está: yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí.

2Pe.3,13.-“Cuando todo se consuma por el fuego… Nos queda la esperanza, según nos lo tiene prometido, de unos nuevos cielos y una nueva tierra, en los que habite la justicia”
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El Catecismo de la Iglesia Católica dice:
V El Juicio final
1038 La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles… Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mt 25, 31. 32. 46).
1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena: Todo el mal que hacen los malos se registra -y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3)…
1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
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La historia del hombre y del Universo unido a él, llegará hasta ese momento. Lo que hay ‘después’ ya no será historia, será pura alabanza, que trasciende el desarrollo histórico, y le da sentido de principio a fin. El juicio final será la puerta para el hombre, como especie, por la que entre, con todo su universo, en la novedad infinita. El juicio personal de cada hombre sucede tras la muerte, pero el reino total del hombre Ungido, del Cristo que se anuncia y se espera, vendrá cuando el Padre de todo dé la orden final. Se hará entonces la recogida de toda la obra realizada en esta longitud de onda que llamamos nuestro universo. La preparación de ese juicio o comparecencia ante la eternidad, se realiza desde este tiempo, por cada uno, con actos sencillos, con oración sencilla, con esperanza grande, con fe grande, con la comprensión de la Palabra que se encarna de nuevo en cada uno para la realización de la obra de Dios, que no solo es un “juicio”, sino una glorificación en su justicia.

7.- 7.- SU REINO NO TIENE FIN. ALABANZA EN ETERNIDAD.-
Yo soy el señor. El primero y el último: El que vive

“Jesucristo Rey del Universo” es la última fiesta del año litúrgico, y también el último misterio que se propone en este libro. El Evangelio que se lee el último domingo del Tiempo Ordinario está tomado de Juan 18,33-38: “Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos? “Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí? “Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.” Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” Le dice Pilato: “¿Qué es la verdad?” Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún delito en él”.

Y esa es una faceta preciosa de “la Verdad”, que Pilato proclamó, sin darse cuenta de su trascendencia, que en Él no hay delito alguno. La referencia que hace Jesús respondiendo a Pilatos sobre su identidad de Rey de los Judíos, es la puerta al mundo del conocimiento interior. Si Pilatos hubiese “conocido eso por sí mismo”, es porque se habría abierto a la luz interior que en todo hombre da testimonio de la Verdad. Pero no fue así. Solo conocía lo referente a la mentira en que había caído la clase sacerdotal judía, anquilosada en buscar lo que era pecado, y que no conoció la cercanía maravillosa de su Dios, que limpia el pecado.

El mejor comentario a la presencia del Reino de Dios, será mirar dentro de nosotros, y en libertad y limpieza del ojo interior, descubrir su presencia y cercanía, como la hace el mismo Juan en el Apocalipsis: “Revelación de Jesucristo… a su siervo Juan, el cual ha atestiguado la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo: todo lo que vio. Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca…Gracia y paz a vosotros de parte de “Aquel q ue es, que era y que va a venir”, de parte de los siete Espíritus que están ante su trono, y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, “Aquel que es, que era y que va a venir”, el Todopoderoso. (Ap. 1,1-20).

Así es nuestro Rey, y su reino no tiene fin. “Con la gloria que tenía antes de la creación del mundo” (JN 17,5). Ese será el trayecto a recorrer para su conocimiento en la unión permanente, y en el recuerdo vivo de la acción de gracias como eucaristía interior y plena. Y es que ahí, en su presencia viva, está el resumen de todos los Misterios, que produce la acción de gracias por habérsenos permitido entrar en la Vida Real del hombre resucitado, Jesús de Nazaret. Es el Misterio de cada uno de nosotros como meditador de los misterios, como templo de Dios consagrado a la bendición y la alabanza, a la petición y a la acción de gracias, en el silencio que se vive los domingos por la tarde, anunciado por el mismo evangelista del Amor. Es el Misterio de orar por orar, como expresión de la realidad suprema de amar por amar, porque el amor produce semejanza con el amado. En esa semejanza, la oración es convertirse en Él y dirigirse al Padre, hacerse como el Verbo que siempre se dirige a Dios, “pros ton Zeon” (Jn 1,1) hacia Dios en el silencio profundo de su ser. En ese silencio cada avemaría es como una intermitencia de gracia en la que se va realizando todo lo prometido y escuchado. ¡Ya llega el esposo, salid a su encuentro! Y el encuentro se realiza en la semejanza que se produce en la meditación y reproducción en nosotros de sus misterios. Como definitoria de esta clara doctrina y práctica piadosa de la iglesia de todos los tiempos, transcribo una página sobre el Reino de Jesús, de San Juan Eudes, presbítero, que leemos en el Oficio Divino: “Debemos continuar y completar en nosotros los estados y misterios de la vida de Cristo, y suplicarle con frecuencia que los consume y complete en nosotros y en toda su Iglesia. Porque los misterios de Jesús no han llegado todavía a su total perfección y plenitud. Han llegado ciertamente a su perfección y plenitud en la persona de Jesús, pero no en nosotros, que somos sus miembros, ni en su Iglesia, que es su cuerpo místico. El Hijo de Dios quiere comunicar y extender en cierto modo y continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia, ya sea mediante las gracias que ha determinado otorgarnos, ya mediante los efectos que quiere producir en nosotros a través de estos misterios. En este sentido quiere completarlos en nosotros. Por esto san Pablo dice que Cristo halla su plenitud en la Iglesia y que todos nosotros contribuimos a su edificación y a la edad de Cristo en su plenitud, es decir, a aquella edad mística que él tiene en su cuerpo místico, y que no llegará a su plenitud hasta el día del juicio. El mismo Apóstol dice, en otro lugar, que él va completando las tribulaciones que aún le quedan por sufrir con Cristo en su carne mortal. De este modo el Hijo de Dios ha determinado consumar y completar en nosotros todos los estados y misterios de su vida. Quiere llevar a término en nosotros los misterios de su encarnación, de su nacimiento, de su vida oculta, formándose en nosotros y volviendo a nacer en nuestras almas por los santos sacramentos del bautismo y de la sagrada eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual e interior, escondida con él en Dios. Quiere completar en nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección, haciendo que suframos, muramos y resucitemos con él y en él. Finalmente, completará en nosotros su estado de vida gloriosa e inmortal cuando haga que vivamos con él y en él una vida gloriosa y eterna en el cielo. Del mismo modo quiere consumar y completar los demás estados y misterios de su vida en nosotros y en su Iglesia, haciendo que nosotros los compartamos y participemos de ellos, y que en nosotros sean continuados y prolongados. Según esto, los misterios de Cristo no estarán completos hasta el final de aquel tiempo que él ha destinado para la plena realización de sus misterios en nosotros y en la Iglesia, es decir, hasta el fin del mundo”.
Este último Misterio, puede decirse que es como el primero. Es el contenido de todos los demás Misterios del Rosario y de la vida, el Amor de Dios, que gustaremos los que lleguemos a esa eternidad.

“¡VEN SEÑOR JESUS!

INDICE

Presentación y motivación…………………………………………..………….….2
Introducción…………………………………………………………………….……3
PRIMERA PARTE
I.- Enunciado de los Misterios…………………………………………………….5
II.- Las Oraciones:
1.- En el Nombre y Gloria de la Trinidad…………………..…………….10
2.- El Padre nuestro…………………………………………………….….13
3.- El Ave María ……………………………….. ……………..………….14
3.1.- Gracia -“Jaire” …………………………….……………..………..…15
3.2.- Plenitud de Gracia -“ kejaritomene”………………..………..……..16
3.3.- Del señor que está en ti-“O kirios meta sou”…………….………..18
3.4.- Dichosa por tu fe….’…………..……………………………………..20
3.5.-Bendita en el Amor de tu Hijo bendito……………………….……..21
3.6.- Jesús………………………………………………….……..………..23
3.7.- Santa María……………………………………………………………………..23
3.8.- Madre de Dios………………………………………….………..….24
3.9.- Ruégale en nosotros, pecadores……………..………….………..26
3.10.- Desde ahora hasta el encuentro tras la muerte..…………….….26
4.- EL Amén.-……………………………………….……………….….….27
SEGUNDA PARTE

Un palacio en castillo interior con balcones de gracia…………………………..29

COMENTARIO DE LOS MISTERIOS
1.- MISTERIOS DEL PRINCIPIO

1.-1.- LA ETERNIDAD DE DIOS, PADRE, HIJO Y ESPÍRITU.
FUENTE DE TODOS LOS MISTERIOS. (Presencia eterna en sí mismo)……31
1.-2. CREACIÓN DEL COSMOS Y DEL HOMBRE LIBRE EN SU PARAÍSO.
EL PECADO Y LA PROMESA. (Presencia en todo lo que existe)…….…..34
1.-3.- EL REGALO DE LA FE. UNA PROMESA Y UNA RESPUESTA.
(Presencia en la fe)………………………………………………………………37
1.-4.- ESCLAVITUD Y PRIMERA PASCUA DE EGIPTO.
(Presencia en la promesa y en la misericordia…………………………………….39
1.-5.- EL DESIERTO Y LA LEY. EL ENCUENTRO EN EL MONTE HOREB,.
ALEGRÍA, LIBERTAD Y ESCLAVITUD DE LA LEY. (Presencia en la zarza
ardiente, en el mar rojo, en los milagros del desierto, en el monte Sinaí.)…….40
1.-6.- LA TIERRA PROMETIDA. SE ESTABLECE EL PUEBLO Y EDIFICA
EL TEMPLO. (Presencia en el templo y su liturgia. Las “cosas del Padre”….41

1.-7.- LA PALABRA VIVE Y SE ANUNCIA EN LOS PROFETAS.
DAVID Y LOS SALMOS. (Presencia en la Palabra)…………………….……42

2 .- MISTERIOS GOZOSOS……………………….….43

2.-1.- PRIMER MISTERIO Y BALCÓN DE GRACIA: LA ENCARNACIÓN DEL VERBO.-p
(Presencia de Dios en la íntima humildad de la aceptación) ………………..46
2.-2.- SEGUNDO MISTERIO: LA VISITA DE MARÍA A ISABEL.
(Presencia de Dios en el conocimiento intuitivo del Verbo del Amor.)………49
2.-3.- NACIMIENTO DE JESUS EN BELÉN.
(Presencia en la carne del hombre)…………………………………………..…52
2.-4.- EL ANUNCIO A LOS PASTORES. LA GRAN ALEGRÍA.
(Presencia de Dios fuera del Templo, del sacerdocio y los doctores de la ley)..55
2.-5.- LA PRESENTACION DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO
(Presencia en los sencillos de oración continua. La gente del Rosario.).….59
2.-6.-LOS MAGOS DEL ORIENTE, Y LOS NIÑOS INOCENTES Y MÁRTIRES.
HUIDA A EGIPTO Y VUELTA A NAZARET. FAMILIA SAGRADA Y CONSAGRADA.
(Presencia de Dios en el trabajo humilde y sencillo de Nazaret, ………….63
2.- 7 .- EL NIÑO PERDIDO (?) Y HALLADO EN EL TEMPLO.
(Presencia en las “Cosas del Padre”)……………………………………..…..…69

3.- MISTERIOS DE LUZ….…………………….….72

3.-1.- BAUTISMO DE JESÚS EN EL JORDÁN(Lo revela el Padre)……..….…73
3.-2.- LA REVELACIÓN EN LA BODA DE CANÁ.(Lo revela su Madre)………..74
3.-3.- JESUS PROCLAMÓ SU “BUENA NOTICIA”:ÉL ES EL REINO ENTRE NOSOTROS.
(Jesús se revela a sí mismo en su propio Evangelio.) ………………………78
3.-4.- CUARTO BALCÓN DE LUZ: TESTIMONIOS DE JUAN EL BAUTISTA.
(Lo presenta el profetismo de Israel)………….………..……………………….79
3.-5.- JUAN Y ANDRÉS LO ENCUENTRAN, Y LO ANUNCIAN A SUS HERMANOS:“HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS”
(Lo presentan los sencillos, boca a boca…………………………………………….82
3.-6.- SE TRANSFIGURA POR LA FUERZA DE SU GLORIA EN EL TABOR.
(El Padre lo confirma de nuevo para la Iglesia: “Este es mi Hijo, Escuchadle”).85
3.-7.- INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. ………………………………………88

4.- MISTERIOS DE GRACIA………………..94

4.-1.- YO SOY EL QUE VIENE DE ARRIBA, DE LO ALTO, DEL CIELO.
(Se revela a Nicodemo y al mundo judío de los maestros de la ley……….…95
4.-2.- YO SOY EL MESIAS, EL QUE HABLA CONTIGO.
(Se revela a la samaritana como fuente del agua que no se agota)………..100
4.-3.- YO SOY LA MISERICORDIA DE DIOS
Se revela a la mujer sorprendida en adulterio………………………………..106
4.-4.- YO SOY LA SALUD Y LA LUZ DEL MUNDO.
SOY EL QUE HABLA CONTIGO.-
(Se revela en la intimidad a los que sufren. Un enfermo y un ciego)………..108
4-5.-YO SOY LO QUE OS DIGO DESDE EL PRINCIPIO,
SOY LA PALABRA DE DIOS. …………………………………………..….112
4.-6.- YO SOY EL BUEN PASTOR, Y LA PUERTA DE LAS OVEJAS
SOY DIOS, HIJO DE DIOS, Y UNO CON EL PADRE………………………113
4.-7.- YO SOY LA RESURRECIÓN Y LA VIDA .-
YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA………………………………118

5.- MISTERIOS DOLOROSOS………………….121

5.-1.- MISTERIO DE LA ORACIÓN Y SOLEDAD DEL HUERTO……………..123
5.-2. PRENDIMIENTO DE JESÚS.ENTREGA ………………………………………..126
5.-3.- EL MISTERIO DE UN JUICIO INICUO, Y SU CARNE TRITURADA.…128
5.-4. CARGANDO SU CRUZ, SUBE HACIA LA MUERTE…………………….130
5.-5.- CLAVADO EN CRUZ, PERDONA A LOS VERDUGOS …………………….132
5.-6.- LEVANTADO EN LA CRUZ, JESUS MUERE,
Y SE HACE SIGNO DE VIDA……………………………………………………….135
5.-7.- SEPULCRO Y SILENCIO. DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS
EL MISTERIO DE LA FUENTE EN EL TEMPLO DE SU CUERPO.-……….139

PASCUA DE RESURRECCIÓN:
6.- MISTERIOS DE COMUNIÓN DE AMOR
MISTERIOS DE GLORIA …………………..……..145
..
6.-1.-AL TERCER DIA ¡RESUCITÓ!. ……….………………….………………..146
6.-2.- SEGUNDO MISTERIO DE COMUNIÓN: SE REVELA Y UNE EN
CERCANIA DE INTIMIDAD A LA MAGDALENA Y OTRAS MUJERES. …154
6.-3.- JESÚS RESUCITADO SE REVELA Y UNE A LOS APÓSTOLES QUE ORABAN JUNTOS…………………………………………………………………………….158
6.-4.- JESUS RESUCITADO SE UNE EN EL CAMINO A LOS DE EMAÚS.…164
6.-5.- JESUS SE REVELA EN LA ORILLA DEL LAGO A LOS QUE QUERIAN VOLVER A PESCAR, Y NO PESCABAN NADA……………………………..……169
6.-6.- APARICIÓN A PABLO Y ANANÍAS, EN FIGURA DE LUZ Y PALABRA..174

6.-7.- APARECE A JUAN COMO EL HIJO DEL HOMBRE EN SU GLORIA…..178

7.-MISTERIOS DE GLORIA…………………………..181

7.-1.- MONTE DE LA ASCENSIÓN DE JESÚS AL CIELO……………………..181
7.-2. SEGUNDO MISTERIO DE GLORIA: PENTECOSTÉS……………..…187
7.-3.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS….189
7.-4. MARIA, CORONADA REINA Y SEÑORA DE TODO LO CREADO …192
7.-5.- MARIA MADRE DE LA IGLESIA EN FE, ESPERANZA Y AMOR. ….193
7.-6.- ¡VEN SEÑOR JESÚS!. JUICIO Y ENCUENTRO FINAL. ………………198
7.-7.- SU REINO NO TIENE FIN. ALABANZA EN ETERNIDAD.-…….…..199

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